martes, 6 de febrero de 2007

Sobre 'Eisha' y la discriminación


Artículo publicado en Perú 21, martes 6 de febrero de 2007

El domingo 28 de enero se llevó a cabo el 'Operativo Empleada Audaz' en las playas de Asia, al sur de Lima. El lunes 29, Nelson Manrique señaló en su columna en este diario que "en Asia se juegan cosas mucho más importantes de lo que podría creerse a simple vista". Según Manrique, uno de los problemas centrales del Perú es que, a partir de Velasco, cambiaron profundamente las estructuras económicas y sociales, pero no tanto las subjetividades, debido al carácter autoritario del gobierno militar. Así, persistirían hasta nuestros días las prácticas discriminatorias y racistas de la sociedad oligárquica.

Este retraso en el plano de las mentalidades explicaría prácticamente todos nuestros males, desde la violencia política, la hiperinflación, la crisis del Estado, la corrupción, el colapso del sistema de partidos. Me parece que la idea del 'operativo' se basa en un diagnóstico como este: de lo que se trata es de cambiar las mentalidades para que se ajusten a las nuevas realidades económicas y sociales.

Estoy en desacuerdo con Manrique, tanto en el diagnóstico como en sus consecuencias prácticas. Yo creo que en el Perú, por el contrario, el cambio de mentalidades ha sido gigantesco, de proporciones épicas. El cambio económico y social del que habla Manrique empezó con el cambio de mentalidades. Desde mediados del siglo pasado, los peruanos empezaron a rebelarse en contra de las concepciones racistas y de las prácticas discriminadoras. Ya que no tenían el poder suficiente para cuestionarlas de manera directa, lo hicieron indirectamente, a través de la migración, fenómeno masivo que hizo que nuestro país pasara de ser un país rural a uno urbano en 40 años. El Perú se nacionalizó "cholificándose", como señaló el sociólogo Aníbal Quijano, en la década de los años sesenta. Si bien podemos encontrar rezagos de racismo hasta hoy, creo que nos escandalizan precisamente por tratarse de arcaísmos intolerables.

Si el problema no está en las conciencias, ¿dónde está? Porque es cierto que existen problemas en cuanto a las condiciones del trabajo doméstico, la privatización de espacios públicos y la persistencia de prácticas discriminatorias. A mi juicio, el problema está en que los discriminados no tienen herramientas para hacer valer sus derechos ante los más fuertes. Lo que se deduce de esto no es la necesidad de hacer llamados a la conciencia, sino el dar herramientas para que se puedan defender los que lo necesitan.

¿Qué implica esto? Responder preguntas de este tipo: ¿Cómo hacer para que una empleada pueda denunciar abusos sin sufrir represalias? ¿Qué cambios se pueden hacer a las leyes y reglamentos existentes? ¿Cómo hacer intervenir al Ministerio de Trabajo para que sancione el incumplimiento de las normas vigentes? ¿Cómo facilitar las denuncias ante Indecopi por prácticas de discriminación? ¿Deberíamos aumentar las sanciones por este delito? ¿Cómo sancionar a las autoridades que no hagan respetar el uso público de los espacios?

6 comentarios:

David dijo...

Hola Martín, soy psicólogo social y me sumo a la interesante discusión sobre lo ocurrido en la playa Asia. Considero que las hipótesis propuestas –‘las mentalidades’ (Nelson Manrique) o la ‘falta de empoderamiento’ de los sectores marginales de la sociedad (Martín Tanaka)- para explicar el prejuicio en el Perú son lecturas atingentes pero amplificadas de este fenómeno, pues se centran en la dinámica entre los miembros de un grupo minoritario económicamente pudiente, y mujeres pertenecientes a un grupo cuyos ingresos económicos son muy inferiores a los del primero. Ciertamente estos dos son los actores principales de lo sucedido en Asia, pero ¿qué pasa con el cúmulo de opiniones racistas y conductas discriminatorias que circulan a diario dentro de capas sociales semejantes? Baste subirse a una combi (un laboratorio social por excelencia) para ser testigos de que las desavenencias que no toman un cauce racional (la mayoría de las veces), se suelen definir por medio de la descalificación racial donde el primero que “cholea” tiene la disputa ganada, más aún si el que la profiere tiene la piel algo más clara. Es innegable que alrededor este fenómeno ronda el cambio de mentalidades, sin el cual no sería posible la emergencia de un sistema que propenda a la igualdad de derechos, por lo que a mi modo de ver, las propuestas de ambos, antes que cancelarse son complementarias. Sin embargo, opino que son a la vez insuficientes para explicar la existencia del prejuicio étnico-racial en el Perú en todas las capas sociales y entre todos los colores. En este punto estoy completamente en desacuerdo con tu opinión de que el racismo ya fue. Y es aquí donde tiro agua para el molino de mi disciplina, proponiendo una arista más psicológica a este complejo tema. Sin la noción de respeto por el otro es imposible generar buenas prácticas ciudadanas. Pero, ¿cómo modificar éstas cuando desde nuestro núcleo familiar se nos han instilado (deliberadamente o no) mensajes separatistas, tendientes a desconfiar del distinto de uno? Y esta tradición de abominar del que es distinto de uno tiene larga data y comprende una serie de tópicos, pero que para abreviar solo me voy a limitar a uno: el del “culpable”. Repasemos la historia del Perú pero también la historia del Perú antes de volverse República: siempre hay un culpable de lo que nos ocurrió, de nuestras derrotas, de nuestro subdesarrollo, etc. Y curiosamente, la mayor parte de las veces este “culpable” es un ‘enemigo íntimo’, es decir, un coterráneo, y sobre él proyectamos todas nuestras limitaciones y defectos. Por eso, atisbar el rostro del otro nos da pavor, pues la imagen especular que nos devuelve nos pone en contacto con nuestras zonas más oscuras, y por eso, la defensa psicológica más dúctil es rechazarlo, denigrarlo, en suma, ponerlo al margen de nuestros círculos más preciados.

El Cantante dijo...
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Fritz dijo...

A mi lo que me sorprende de las ciencias sociales es la incertidumbre que predomina en sus juicios. El señor Nelson Manrique dice “A” y usted dice “B”. Ambos observan la misma realidad pero llegan a conclusiones opuestas. Supongo que uno de los dos debe de estar en lo correcto, pero lo más probable es que nunca lo sabremos. Si la sociología es tan sólo el reino de las especulaciones bien redactadas ¿Por qué se le llama “ciencia” entonces?
A este paso, todo parroquiano preguntón es un sociólogo en potencia.

El Cantante dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

La idea de que en el Peru solo existe la exclusión y no el racismo-discriminación me parece equivocada, la exclusión politica y económica existe en la medida en que existe un sistema discriminatorio que invade todos los aspectos de la vida nacional, en el que se reconoce como individuo digno de respeto solo a lo que es "moderno" o "blanco culturalmente". El concepto de "cholificacion" implica una homogenizacion y que fuerza a la gente a abandonar sus culturas y lenguas, esto no pasaria si el Estado y la sociedad reconocieran a todos los peruanos como ciudadanos de pleno derecho.
Amazilia Alba

David dijo...

Martín, gracias por darte el tiempo de ampliar tus respuestas. Quisiera comentar tu idea acerca del retroceso del racismo. Puede que mi naturaleza escéptica le de un tinte sombrío a mi visión, pero no me parece que el racismo como ideología haya retrocedido en el Perú. Sí ha adoptado ropajes nuevos, mutando en expresiones más sutiles como se observa en Europa o EUA, pero los pilares cognitivos y sociales que soportan ésta ideología sigue vigente a mi modo de ver. Ciertamente hay mucho de impresionismo en mi comentario; no poseo los datos para convencerte de mi postura. Apelo solo a los recuerdos y las señales fugaces que capto de la cotidianeidad (incluido el espacio virtual), y que me convencen de que hay un encono que está muy enquistado en todos nosotros, independiente del estamento social al que pertenezcamos. Por otro lado, puedo apoyar mi juicio en información que poseo a través de entrevistas realizadas a inmigrantes peruanos/as que viven en Chile, y en las que me han referido que una de las causas no económicas por las que se fueron del país es por el racismo y la discriminación que experimentaban. Curiosamente, y ligándolo con tu argumento de la migración hacia la capital, los hijos de esos primeros migrantes andinos se enfrentaron a las mismas expresiones de discriminación que sufrieron sus padres en las provincias, y al no poder hacerles frente, tuvieron que cruzar, en esta ocasión, las fronteras. En esa perspectiva, la migración puede ser leída más bien como un mecanismo de evasión del prejuicio, si se quiere hasta un reclamo o llamado de conciencia, pero no como una herramienta desafiante y transformadora del status quo. Y curiosamente también, muchas de estas personas lejos de abominar del Perú, se sienten orgullosas de su nacionalidad aunque derivan este afecto hacia aspectos muy específicos como la familia de la que provienen, los amigos, la comida, el humor, etc., pero claramente no extrañan la tupida telaraña del racismo que nos tiene enemistados a los peruanos desde hace mucho tiempo. Para terminar, quiero decir que es muy estimulante para mí leer las opiniones de todos los “posteros/as” (¿se dirá así?), y que demuestran que los peruanos podemos defender nuestras opiniones con pasión, pero manteniendo el respeto y la cordialidad que un debate intelectual de suyo reclama.
Saludos a todos,

D