viernes, 24 de junio de 2016

El Perú visto desde las ciencias sociales


Salió publicado recientemente el libro "El Perú visto desde las ciencias sociales" (Alan Fairlie ed. Lima, Fondo Editorial PUCP, 2016), en el que colegas de las especialidades de Antropología, Ciencia Política, Economía y Sociología evaluamos el aporte de la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP a la mejor comprensión del país, a propósito de su 50 aniversario (1964-2014). Hay aquí un trabajo mío, “Una evaluación post-factum de los grandes debates políticos en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP” (p. 103-126). El resumen de mi texto dice:

"En este texto analizo algunos de los que considero más importantes debates protagonizados por profesores de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, referidos a la interpretación de los acontecimientos políticos del país en sus cincuenta años de trayectoria. Creo que a la luz de estos debates podemos dar cuenta de los temas considerados prioritarios y de las diferentes maneras de abordarlos en las últimas cinco décadas, que a su vez ilustran algunos de los grandes debates teóricos y políticos que atravesaron a las ciencias sociales en el Perú en general. Con la ventaja que da el paso de los años, ensayamos un balance de esas discusiones, y concluimos que los aportes más significativos estuvieron asociados al lograr un equilibrio entre una ciencia social “comprometida” políticamente y el desafío de construir un conocimiento “científico” de la realidad social y política; así como al dar cuenta del contexto y de las particularidades del Perú, pero dentro de marcos conceptuales más sofisticados y desde una perspectiva comparada".

Los debates que se analizan en el artículo son:

"En este trabajo hemos seleccionado seis temas de controversia política, que recorren la historia de la Facultad de Ciencias Sociales: el primero, el debate sobre la naturaleza del Estado durante el velasquismo (1968-1975); el segundo, el debate sobre el sentido de la democracia al inicio de la década de los años ochenta; el tercero, el debate sobre el papel de los movimientos sociales en el contexto democrático; el cuarto, el debate sobre la anomia; el quinto, el debate sobre la caracterización de Sendero Luminoso; y el sexto, el debate sobre el fujimorismo, la “transición democrática”, y la naturaleza del régimen político actual".

Espero que sea de interés. A continuación, el índice del libro, que se puede conseguir aquí.


Introducción

Especialidad de Antropología

- Trayectorias académicas compartidas: haciendo antropología en la PUCP
Alejandro Diez Hurtado

- Estudios sobre territorio y etnicidad
Gerardo Damonte y Óscar Espinosa 

- Manuel Marzal, SJ. y Fernando Fuenzalida: dos referentes de la antropología de la religión en la PUCP
José Sánchez P.

Especialidad de Ciencia Política y Gobierno

- Una evaluación post-factum de los grandes debates políticos en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP
Martín Tanaka 

- El Estado bajo la mira de la Facultad de Ciencias Sociales
Eduardo Dargent y Stéphanie Rousseau 

- Los sectores populares y su participación política en el Perú: investigaciones previas y pendientes
Jorge Aragón

Especialidad de Economía

- El Departamento de Economía de la PUCP y sus contribuciones en temas de macroeconomía
Gustavo Ganiko, Patricia Lengua Lafosse y Liu Mendoza

- Contribuciones del Departamento de Economía en temas de desarrollo económico nacional y local, y economía internacional (parte real): 2004-2014
Mario D. Tello 

- Distribución, desigualdad y pobreza
Efraín Gonzales de Olarte 

- Estudios de análisis microeconómico sobre diversos problemas de la economía peruana
Janina León C. 

Especialidad de Sociología

- Lima y las ciudades latinoamericanas. Tendencias de cambio y (muchas) preguntas pendientes
Omar Pereyra

- Los enfoques sobre la discriminación racial, étnica y social en las ciencias sociales peruanas: el debate continúa
Martín Santos

jueves, 16 de junio de 2016

2018, julio

Artículo publicado en La República, domingo 12 de junio de 2016

¿Cómo se verán las cosas el 28 de julio de 2018, al empezar el tercer año de gobierno, cuando los grupos políticos tengan en mente a las elecciones regionales y municipales de octubre de ese año? Recordemos que Toledo, García y Humala empezaron sus gobiernos con aprobaciones superiores al 55 – 60%, y al iniciar el tercer año habían ya caído a un 30% Humala, 25% García y a un 10% Toledo. Además, Toledo inició su presidencia con 46 congresistas, y al inicio del tercer año, solo contaba con 40 (terminó con 34); Humala empezó con 47, al inicio del tercer año tenía solo 35, y terminará con 28 (el APRA sí empezó y terminó con 36 miembros durante su segundo gobierno).

El perfil tecnocrático del presidente electo y de sus colaboradores más cercanos anuncia el desafío de tener un buen manejo político, especialmente en la relación con la oposición parlamentaria fujimorista y con la oposición en las calles de las regiones y de la izquierda. En un contexto económico y político más complicado, está el riesgo de un desgaste rápido, de la pulverización de una bancada pequeña, y de la desaparición electoral prematura del partido PPK en 2018. Recordemos que Perú Posible presentó candidatos a las elecciones regionales de 2002 y 2006, pero obtuvo apenas el 13.5 y luego el ¡1.6!% de los votos totales, respectivamente, y solo un triunfo, en el Callao en 2002. El APRA presentó candidatos en las elecciones de 2010, obtuvo el 9.5% de los votos totales, y solo un triunfo, en La Libertad. Y el Partido Nacionalista ni siquiera presentó candidatos a las últimas elecciones regionales. En las tres ocasiones, la debacle regional fue el anticipo del desastre electoral de Perú Posible en 2006, del APRA en 2011, y del Partido Nacionalista en 2016.

Por ahora, los actores están presionados a mostrarse, desde la oposición, colaboradores y constructivos, y desde el gobierno, audaces y decididos. Pero muy rápidamente, el previsible desgaste del gobierno y el horizonte de las elecciones de 2018 empujarán al gobierno a ser más concesivo y concertador, y a la oposición a marcar distancias con este. El Frente Amplio se juega en 2018 la credibilidad que necesita para el 2021, y el fujimorismo necesitará demostrar que sigue siendo una opción vigente, a pesar de sus dos derrotas presidenciales sucesivas. El juego es más fácil para el primero, que puede asumir un papel opositor más neto, mientras que el segundo está obligado, desde su mayoría parlamentaria, también a sostener al gobierno (sin sus votos no sobrevive). Seguramente recordaremos la figura del Consejo de Ministros de Pedro Cateriano como una ilustración de esta situación. Y tanto el Frente Amplio como el fujimorismo intentarán no ser rebazados como parte del sistema desde fuera del parlamento, por grupos como el de Julio Guzmán, por ejemplo.

Para el gobierno, entonces, es clave mantener margen de juego, para lo cual necesitan habilidades políticas, no solo tecnocráticas; para la oposición, prepararse para el 2018, trampolín para el 2021. Un comentario breve sobre el fujimorismo: deberá no solo sostener al gobierno y ejercer un control opositor. Está obligado además a poner su mayoría al servicio de la implementación de reformas importantes. Un excelente referente: la ley universitaria y la de institutos superiores impulsadas por Daniel Mora, iniciativas que provienen claramente de un liderazgo parlamentario, no del poder ejecutivo. Mejor si se comprometen con inicitivas encaminadas a reformar el Estado y las instituciones democráticas. Sería bueno para el país y para sus esfuerzos de “conversión democrática”.

sábado, 11 de junio de 2016

Muhammad Alí, 1942-2016




Por si no lo vieron, comparto este video. Antes he contado un poco de cómo Alí fué uno de los ídolos de mi infancia, ver aquí. Con los años descubrí la verdadera magnitud del tamaño de ese hombre, en tantas dimensiones. El discurso de Crystal es impecable.

Sin Pauta Electoral: ¿Por qué perdió Keiko Fujimori?


Comparto con todos esta conversación reciente con Rosa María Palacios, que creo resultó entretenida. Saludos.

viernes, 10 de junio de 2016

Al filo de la navaja


Recibí un atinado comentario de Guillermo Rochabrún, que comparto con mucho gusto en el blog.

Guillermo Rochabrún

¿Cuánto es 41,133 votos (la cifra aproximada de electores que separó a PPK de KF)? Es el 0.24 de 17’132,987 votos válidos. ¿La captas? Muy difícil, porque son cifras muy abstractas para lo que acostumbramos manejar e imaginar. Coloquémoslas pues a una escala manejable. Veamos: si ese 0.24 fuese una persona, el resultado sería como si entre 417 electores 208 hubiesen votado por el perdedor, y 209 por el ganador. ¿Te das cuenta ahora?

Seguramente hemos estado en elecciones con 50, 120, 200 y más electores. ¿Cuántas de esas elecciones se han definido por uno, dos o cinco votos? En el modelo que estamos colocando, es por 1 entre 417! Es verdaderamente un resultado al filo de la navaja. Piénsese que con el 20% de electores omisos esos 40,000 votos hubieran podido cubrirse más de 100 veces; o 25 veces con los votos nulos.

Más aún, este resultado se obtiene cuando tras la primera vuelta KF ya tenía hecha el 80% de su tarea, mientras que PPK estaba en 40%. O en cifras más dramáticas: mientras que KF tenía que mejorar en un 25% sobre lo que ya había logrado, PPK tenía que hacerlo en 250%: convertir su 20% en 50% más 1.

Y lo que parecía imposible ocurrió. ¿Por qué? Lo más risible de todo este sainete es que en lo menor fue por méritos de PPK, ni personales ni organizativos. Fue por una conjunción donde hubo una sinergia “perversa” entre lo peor del fujimorismo, que salió a relucir en las últimas semanas, y las dispersas pero convencidas fuerzas que se movilizaron contra KF. No fueron voces a favor de él, sino en contra de ella.

Pero considerando el proceso desde la primera vuelta PPK le debe haber llegado a la Presidencia, en primer lugar al JNE, al eliminar a Julio Guzmán de la contienda; y luego a fuerzas mayormente de izquierda que condujeron la campaña “no a Keiko”. A ello se sumaron importantes medios masivos y hasta voceros del mundo empresarial, escandalizados con Chlimper. A estas alturas PPK todavía debe estarse preguntando cómo ha llegado a donde ahora está.

Bueno, así estamos en política…

Lima, 6/junio/2016, 11:55pm

lunes, 6 de junio de 2016

El día después

Artículo publicado en La República, domingo 5 de junio de 2016

Terminó ¡por fin! esta campaña electoral tan particular. En 2006 y en 2011 estuvieron en disputa dos grandes propuestas alternativas de país. De un lado Ollanta Humala, representando una propuesta de cambio, de crítica al modelo económico, y del otro primero Alan García, y luego Keiko Fujimori, expresando la continuidad de las reformas iniciadas en la década de los años noventa. Al tratarse de proyectos antagónicos, el debate resultó muy confrontacional y polarizado. Los clivajes que oponían a los candidatos de segunda vuelta eran varios: Humala expresaba ideas de izquierda, estrategias de cambio radicales, y concitó el apoyo de los más pobres, de la mayoría de provincias del país, especialmente en el sur andino, de las áreas rurales; del otro, García y K. Fujimori expresaron ideas de derecha, estrategias de cambio moderadas, y lograron más apoyo en sectores medios y altos, principalmente en las áreas urbanas de Lima y de la costa.

La segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski no parecía que llegara a ser tan polarizada. De hecho, ambos estuvieron del mismo lado en la segunda vuelta del 2011. Ambos apoyan la continuidad del modelo económico y estrategias de cambio moderadas. Y luego las encuestas de opinión mostraron que ambos tenían apoyo importante tanto en Lima como en las provincias del país, en áreas urbanas y rurales, y en los distintos sectores socioeconómicos, aunque la primera con un perfil un tanto más popular y el segundo más concentrado en sectores medios y altos. En tanto no había diferencias significativas ni en lo ideológico, ni en lo económico, ni en el contenido específico de las políticas públicas, “el debate de propuestas y de ideas” se volvió soso. Ganar votos requirió trazar límites claros en otras dimensiones, y al final la competencia terminó centrándose en la descalificación moral del adversario. De un lado un traidor a la patria, agente de las transnacionales, del otro la cabeza de una organización criminal dedicada al narcotráfico. Creo que, terminadas las campañas, una mirada fría tendría que reconocer que ambas acusaciones son cuando menos grotescas caricaturas de la realidad, lo que no quita, por supuesto, que sobre ambos caigan cuestionamientos legítimos. La lógica de la competencia hizo que quienes naturalmente habrían sido aliados hayan terminado como líderes de cruzadas por la salvación de la patria en contra de proyectos abyectos, capaces de todo para enlodar al adversario, aunque sería justo mencionar que de un lado los ataques sin fundamento han sido mucho mayores que del otro.

Hoy domingo votaremos y esperaremos los resultados. Una vez que se hagan públicos, probablemente la confrontación seguirá, reconozcamos a los perdedores el derecho al pataleo por unas horas. Pero al día siguiente las cosas deberían volver a su cauce. Amainadas las pasiones y disipado el humo de las hogueras, debería aflorar la incuestionable realidad: para gobernar, los dos necesitan del otro. Kuczynski porque necesita del Congreso, y K. Fujimori porque su mayoría dentro de la plaza Bolívar no es la del país. Para que el próximo gobierno funcione, se necesita que el próximo presidente o presidenta encabece una coalición muy amplia, y busque liderar y construir consensos amplios en torno a las reformas que el país necesita. La agenda es clara y conocida por todos: seguridad ciudadana, reactivación económica, políticas sociales, reforma política e institucional, lucha contra la corrupción. Y será obligación de los perdedores apoyar al gobierno si encabeza un esfuerzo genuino por implementar esas reformas.

viernes, 3 de junio de 2016

El fujimorismo con Keiko

Artículo publicado en La República, domingo 29 de mayo de 2016

¿Qué es el fujimorismo hoy? En un extremo, no habría nada nuevo, y seguiría siendo un movimiento autoritario, antipolítico, marcado por una lógica de imposición, manipulación, violencia, corrupción. Los supuestos signos de renovación lanzados por Keiko F. no serían más que una calculada hipocresía. En el otro extremo, se afirma que Keiko no es su padre, que ha encabezado una importante renovación del fujimorismo, y que el carácter pragmático de éste hace que no esté atado de antemano a ninguna línea de conducta. Así, el interés de Keiko estaría más bien en “limpiar” el apellido, que encabezaría un gobierno de base ancha, guiado por la generación de consensos amplios, y siendo implacable con la corrupción.

¿Cómo evitar que este debate se plantee en términos de puras simpatías y antipatías? Para esto resulta útil mirar la trayectoria de Keiko y del fujimorismo en los últimos años.

Keiko F. tenía 15 años y estudiaba en el colegio cuando su padre ganó la presidencia. Tenía 17 cuando el golpe de Estado, y asumió el papel de primera dama a los 19. Cuando la segunda reelección de 2000, tenía 24, y 25 cuando su padre renunció y se refugió en Japón. Su juventud estuvo claramente marcada por la figura de su padre, y apenas ensayó gestos de mínima distancia cuando el gobierno de este se hundía en la arbitrariedad y la corrupción. Pero también creo que se puede decir que empezó un lento proceso de maduración política en la adultez: la distancia con su padre se dio con el refugio de este en Japón y su nuevo matrimonio, la culminación de sus estudios en los Estados Unidos, y su elección como la congresista con más votación en 2006. Y acaso se acentuó con la ignominiosa postulación de su padre al senado japonés, su absurdo viaje a Chile, su posterior extradición y juicio. Creo que estos últimos episodios hacen ver, a los ojos de Keiko y a los de muchos fujimoristas, que Alberto no solo toma pésimas decisiones políticas, sino también morales, que ha perdido por completo contacto con la realidad, todo lo cual lo descalifica como líder. Progresivamente sectores del fujimorismo, y Keiko misma, asumen que el futuro del movimiento pasa por su liderazgo.

Construir ese liderazgo por supuesto no ha sido fácil. El perfil propio de Keiko recién inicia después de las elecciones de 2011, en las que Alberto todavía jugó un papel central, con el proyecto de Fuerza Popular. Pero su núcleo más leal es todavía pequeño, las viejas estructuras, redes y personajes todavía cuentan, y entre los fujimoristas de nueva generación ciertamente se expresan los sectores que han ganado en los últimos años influencia y poder, político y económico, al compás de una informalidad descontrolada y de un conservadurismo reaccionario. Esas presencias parecen no incomodar demasiado a la candidata, que hemos visto en las últimas semanas como dispuesta a todo para ganar. Esa voluntad férrea se expresó también en sus incesantes viajes por todo el país, en el trabajo de construcción partidaria, y en la ostensible distancia que ha mantenido con su padre últimamente (al punto de que ella es la principal interesada en mantenerlo en prisión).

Con estos antecedentes, creo que a Keiko le interesa erigirse en la líder indiscutida de su partido, y en esa línea, implementar la conversión del fujimorismo en un partido democrático de centro derecha con tintes populistas. Pero le costará mucho, no solo por las resistencias que genera en la sociedad, acaso sobretodo por el acoso de sus propios socios, tanto antiguos como nuevos. En esos tiras y aflojas definirá su identidad y futuro político.

Debate en Piura

Artículo publicado en La República, domingo 22 de mayo de 2016

Hoy se llevará a cabo el primer debate entre los candidatos presidenciales de cara a la elección del domingo 5 de junio. Por celebrarse en la Universidad Nacional de Piura, y responder a una lógica “descentralizada”, se abordarán principalmente temas asociados al desarrollo regional. Así, además de los dos bloques de mensajes más políticos al inicio y al final, tendremos cuatro con los siguientes temas: descentralización y ordenamiento territorial; potencialidades y competitividad regional; manejo de recursos naturales y conflictos sociales; e infraestructura.

La verdad es que ni Kuczynski ni quienes integran Peruanos por el Kambio, ni tampoco K. Fujimori o Fuerza Popular se distinguen por ser muy entusiastas de las banderas descentralistas, más bien asociadas a Perú Posible o los grupos de izquierda. No creo que esté en agenda de ninguno de los dos finalistas retomar el proceso de constitución de regiones integrando los actuales departamentos; ni subordinar la dinámica de inversión a planes de ordenamiento territorial elaborados en las regiones, que pueden colisionar, como ya ha pasado, con las lógicas del gobierno nacional. Ambos apuestan a mejorar la comunicación y coordinación entre niveles de gobierno, especialmente la relación entre el Ministerio de Economía y las regiones y municipios a través del Sistema Nacional de Inversión Pública (SNIP). Ambos consideran a la gran inversión privada como el motor del desarrollo regional, aprovechando las potencialidades existentes para llegar a los mercados de exportación; para lo cual el Estado debe cubrir los déficits de infraestructura, mediante asociaciones público – privadas. Queda como tema complicado cómo enfrentar los conflictos sociales asociados a la inversión minera que, previsiblemente, se dirá que se enfrentará mediante mecanismos de diálogo y prevención.

La desagregación en cuatro bloques temáticos supone que los candidatos tienen mucho que decir y cuentan con planteamientos sofisticados, cuando no es el caso. Por ello, tenderán a darse superposiciones y repeticiones, que esperemos los candidatos sepan evitar.

Sin embargo, visto el asunto en términos menos técnicos y más políticos, el debate podría tener algunos ejes interesantes. Para K. Fujimori, sería una buena ocasión para hacer un balance de lo ocurrido en la década de los años noventa. Recordemos que A. Fujimori desapareció los gobiernos regionales y la representación departamental en el Congreso, y acosó sistemáticamente el liderzgo de alcaldes provinciales que expresaban reclamos regionales. Implantó una lógica de “municipalización” del gasto público, que si bien de un lado permitió mejoras distributivas y llegada a municipios muy pobres, también lo fragmentó e hizo poco eficiente. Y también creó instituciones como el Miisterio de la Presidencia, que se relacionó clientelísticamente con las regiones. ¿Cómo se ubica K. Fujimori frente a ese legado y qué se propone ahora? En la vereda del frente, tenemos una combinación de ex funcionarios del gobierno de Alejandro Toledo (Kuczynski, Bruce, Sheput, entre otros) a los que se les puede responsabilizar de haber lanzado un proceso de descentralización improvisado y caótico, junto a exmiembros del segundo gobierno del APRA (Aráoz), a quienes más bien se les podría achacar el haber desactivado el Consejo Nacional de Descentralización y haber detenido el proceso. Además, la votación obtenida por PPK en primera vuelta muestra elocuentemente que su “agenda regional” no resultó atractiva. ¿Qué se ofrece más allá de encarnar el antifujimorismo y promover la inversión privada?

Tiempos turbulentos

Artículo publicado en La República, domingo 3 de junio de 2016

Nuevamente, tiempo de crisis en la región. Salimos bastante bien librados de la crisis de 2009, pero la desaceleración del crecimiento iniciada en 2013 está afectando a todos de manera importante, al punto que trae a la memoria los efectos de la “media década perdida” del periodo 1998-2002. Recordemos que en esos años Alberto Fujimori no pudo completar su tercer periodo de gobierno, renunciando vergonzosamente fuera del país en noviembre de 2000; De la Rúa en Argentina también se vió obligado a renunciar en diciembre de 2001, en medio de grandes protestas; grandes protestas también en Bolivia, que marcaron el final de la “democracia pactada”, que forzaron también la renuncia de Sánchez de Lozada en octubre de 2003. En Venezuela terminó la “cuarta república” originada en 1958, con la llegada de Chávez al poder en 1999. El caso más tormentoso fue el ecuatoriano, donde ni Bucaram, Mahuad, ni Gutiérrez pudieron completar sus mandatos entre 1997 y 2005. Además, el PRI perdió el poder el gobierno federal en México, y el partido colorado en Paraguay, ambos después de décadas en el gobierno.

¿La actual desaceleración económica generará una “onda sismica” equivalente en lo político? Esperemos que no, pero los analistas económicos pronostican para 2016 tasas negativas de crecimiento en Ecuador, Argentina, Brasil y Venezuela, con situaciones especialmente difíciles en estos dos últimos casos. Y tasas mediocres y en todo caso menores a las de los últimos años en todos los demás países. Llama la atención que a América del sur le va peor que a América Central, que parece beneficiarse de la recuperación de la economía de los Estados Unidos.

En lo político, por lo pronto ya cayó la presidenta Rousseff en Brasil (al menos mientras dura su juicio político), en medio de una grave crisis. Lo peor es que no se vislumbran caminos de salida: en 1992, cuando ocurrió la caída de Fernando Collor, bajo el liderazgo de Itamar Franco se tomaron decisiones (políticas de ajuste y reforma estructural) que sacaron a Brasil de la crisis; esta vez, la figura de Michel Temer parece más bien un retroceso frente a Rousseff. Hay una crisis económica y política pavorosa en Venezuela; los resultados de las elecciones parlamentarias de diciembre del año pasado abren la posibilidad del final de la “revolución boliviana”, pero se tratará de un proceso inevitablemente largo y tortuoso. Es inminente una crisis económica importante en Ecuador, agravada por los efectos del reciente terremoto, que podrían marcar el final de la “revolución ciudadana” correísta, después de casi diez años en el poder, pero tampoco hay recambios a la vista. En Argentina terminó el ciclo kirchnerista (2003-2015), y el nuevo gobierno enfrenta las dificultades de los ajustes que se vió obligado a hacer: parte de la opinión pública culpa al kirchnerismo por los pasivos que dejó al nuevo gobierno, pero otra parte culpa a éste de incompetencia y de dejar de lado consideraciones social y redistributivas. En México se hace ya un balance claramente frustrante de la promesa de la vida democrática iniciada en 2000, y también se lamenta la ausencia de alternativas.

En este cuadro, no debemos perder de vista que somos uno de los dos países sudamericanos con mejores perspectivas económicas (junto a Bolivia); y en lo político, si bien ni Keiko Fujimori ni Pedro Pablo Kuczynski despiertan grandes ilusiones, tienen a la mano la posibilidad de crear los acuerdos necesarios para emprender las reformas que el país necesita. No debería perderse esto de vista en la lógica de confrontación de esta segunda vuelta electoral.

Estrategias de segunda vuelta

Artículo publicado en La República, domingo 8 de mayo de 2016

Parto de la sorpresa inicial, ya registrada por varios, como Eduardo Dargent y Jaime de Althaus: muchos suponíamos que K. Fujimorí encabezaría la intención de voto en segunda vuelta. El perfil más “popular” de ésta le haría más sencillo acercarse a los votantes del sur, mientras que a Kuczynski le resultaría complicado atraer los votos de los otros candidatos, especialmente los de Mendoza, dado su carácter “pituco” y “limeño”, por lo que asumíamos que habría también un alto número de indecisos. Sin embargo, los candidatos están empatados, Kuczynski recoge la mayoría de los votos de Mendoza, Barnechea y García, obtiene una amplia ventaja en el sur, y el porcentaje de indecisos no es tan alto en el ámbito nacional.

Este escenario está marcando las estrategias de los candidatos. Kuczynski ha recibido un gran respaldo sin haber hecho mucho: sin gestos hacia Mendoza o propuestas significativas para el sur, o para sectores populares en general. Ha sido un candidato un tanto ausente y sin estrategia clara, hasta la reciente asociación con César Acuña; movida audaz que apunta a disputarle votos a K. Fujimori en sus bastiones de la costa norte, y a ganar un aliado con nueve votos en el Congreso. Pero necesita mucha más iniciativa para ganar.

En la otra orilla, K. Fujimori parecería pensar que no tendría sentido insistir con más deslindes con los estilos de la década de los años noventa, como han señalado Patricia del Río y Mirko Lauer: los votos “democráticos” ya estarían con Kuczynski. Con esos votos aparentemente definidos, la estrategia parece ahora apuntar a bolsones de electores desatendidos por el rival, prometiendo satisfacer demandas muy específicas: eliminar el 24x24 policial, derogar decretos de formalización minera, asumir las demandas de grupos religiosos conservadores, etc. La semana pasada me referí a esta lógica como la de una derecha populista, que también podría caracterizarse como la de un populismo conservador. Se trata de una apuesta arriesgada: revive la peor imagen del viejo fujimorismo, clientelista y renuente a implementar reformas de “segunda generación”; este perfil además atrae al fujimorismo sectores cuestionables (por ejemplo, K. Fujimori ya se ha visto obligada a expresar que no comparte las visiones homofóbicas del pastor Alberto Santana); genera imágenes incoherentes de las propuestas de política; transmite la imagen de desesperación; y finalmente, en el caso de que Fuerza Popular gane las elecciones, esta estrategia fortalecerá a los sectores “tradicionalistas” frente a la propia Keiko, lo que puede echar por la borda los esfuerzos de construcción partidaria de los últimos años.

La presentación del economista Elmer Cuba como parte de su equipo técnico va en otra dirección, sin embargo. Fortalece el vínculo con sectores tecnocráticos reformistas, “modernizadores”, ahora más cercanos a Kuczynski; da la señal de que se mantendrá la ortodoxia fiscal; tiende un eventual puente hacia sectores “democráticos” en un posible gobierno, todo lo cual va en contra de la lógica descrita anteriormente. ¿Qué camino se seguirá? Acaso sea preferible (y hasta más conveniente electoralmente para K. Fujimori) seguir una línea más reformista y modernizadora, construyendo una oferta para la pequeña y mediana empresa (el decisivo sector “C” de las encuestas), o para el desarrollo del sur andino, temas insinuados por Cuba en sus primeras presentaciones.

El próximo gobierno

Artículo publicado en La República, domingo 1 de mayo de 2016

¿Cómo será el próximo gobierno? Si ganara Kuczynski, es razonable pensar que su gobierno sería parecido a los tres últimos. Kuczynski fue ministro de economía de Toledo, y Mercedes Araoz de García. De los congresistas electos, Carlos Bruce y Juan Sheput fueron también ministros de Toledo. Y nada impide imaginar que muchos cuadros del gobierno actual puedan colaborar con Kuczynski en el futuro. De ganar, su presidencia sería la de la continuidad, para bien y para mal; ganaríamos en estabilidad, pero también padeceríamos problemas conocidos, consecuencia de tener en el poder a un partido personalista que reune a una “coalición de independientes”. Además, el gobierno seguramente padecería de los límites de un manejo tecnocrático, y habría problemas para mantener unida a la bancada de Peruanos por el Kambio, que es una suerte de reiteración de la Alianza para el Gran Cambio, el “sancochado” de 2011, que terminó diluyéndose.

El mayor incentivo que tendrían los 18 congresistas de PPK para mantenerse unidos con Kuczynski en el gobierno es que tendrán a 73 congresistas fujimoristas al frente. Es evidente que Kuczynski requeriría para gobernar de un entendimiento con el fujimorismo: eso no debería ser un problema en tanto comparten visiones similares en torno al mantenimiento del modelo económico (al punto que las escaramuzas de la segunda vuelta se ocupan de temas marginales). A pesar de eso, la relación no será sencilla: al fujimorismo no le interesa asumir los pasivos de un gobierno ajeno, e intentará desmarcarse del “gobierno de los ricos” con miras al 2021, y reivindicar solo los logros obtenidos gracias a su “responsabilidad y madurez democrática”. Para Kuczynski, el riesgo de la mayoría fujimorista estaría en la tentación populista de éste, antes que la autoritaria.

¿Y cómo sería un gobierno de Keiko Fujimori? Algunos consideran que el fujimorismo tendría un “ADN autoritario” que lo llevaría a actuar de manera similar a la de la década de los años noventa; podría decirse, de otro lado, que el contexto es totalmente diferente, que el fujimorismo en realidad carece de ideología, por lo que podría adecuarse pragmáticamente al nuevo escenario. Además, la influencia de Alberto Fujimori en la dirección del fujimorismo hoy parece marginal (recordemos su patética carta abogando por la postulación al Congreso de Chávez, Cuculiza y Aguinaga). A mí me parece que K. Fujimori en el poder nos recordará bastante al segundo gobierno de Alan García, mutatis mutandis. García quiso reivindicarse por el desastre económico de su primer gobierno, por lo que fue muy escrupuloso en el mantenimiento de la ortodoxia neoliberal: sin embargo, su gobierno quedó manchado por escándalos como el de los “narcoindultos” y “petroaudios”, por ejemplo. En otras palabras, por cada Luis Carranza o Mercedes Araoz, puedes encontrar un Facundo Chinguel o un Alberto Quimper.

Así, seguramente K. Fujimori querrá hacer una buena letra democrática para marcar distancias con el “albertismo”, pero enfrentará múltiples disidencias, desafíos e incoherencias a lo largo del camino. Lo ocurrido en días pasados con su hermano Kenji es elocuente. De otro lado, en lo económico, antes que la imposición de un dogma neoliberal acaso el riesgo esté en un eventual populismo de derecha, lógica que ha marcado la actuación de su grupo parlamentario en los últimos años: pro mercado, pero de acuerdo con que Petroperú administre el lote 192, por ejemplo. Piénsese también en el desconcertante apoyo de K. Fujimori a los mineros informales o su posición respecto al 24x24 policial de los últimos días.

lunes, 25 de abril de 2016

El próximo Congreso (2)

Artículo publicado en La República, domingo 3 de abril de 2016

En los últimos años, nos hemos acostumbrado a pensar que el Congreso es un actor poco relevante. ¿Cómo ha ocurrido esto, a pesar de que el ejecutivo no ha tenido mayoría propia en los últimos años? Recordando a los gobiernos de Bustamante (1945-48), Belaunde (1963-68) y Fujimori (1990-92) se constataba que gobiernos sin mayoría fueron muy inestables, y que terminaron con la interrupción del proceso democrático. El académico estadounidense Scott Mainwaring había advertido también que la combinación latinoamericana de presidencialismo con representación proporcional llevaba a gobiernos sin mayoría sumamente precarios.

En otros países, la estabilidad se logró mediante la construcción de grandes acuerdos políticos, dando lugar a los “presidencialismos de coalición”. De manera equivalente a lo que sucede en regímenes parlamentarios, la construcción de acuerdos políticos dio estabilidad a países como Uruguay, Chile y Brasil en los últimos años. En Perú no fue así: salvo el acuerdo entre Perú Posible y el Frente Independiente Moralizador durante el gobierno de Toledo, los presidentes lograron mayoría sin necesidad de grandes pactos.

¿Cómo fue eso posible? Por la existencia de un gran consenso pro statu quo en los útimos tres congresos. Perú Posible armó mayoría con el FIM, con Unidad Nacional y otros grupos menores; el APRA con el fujimorismo y Unidad Nacional; y el Partido Nacionalista con Perú Posible y otros grupos menores. Estas mayorías “pro-sistema”, hicieron que las leyes más importantes surgieran por iniciativa del poder ejecutivo (una de las pocas excepciones importantes a este patrón sería la ley universitaria, empujada desde la Comisión de Educación presidida por Daniel Mora). Esto no cambió aún cuando la indisciplina de los grupos mayoritarios complicó la construcción de mayorías: Perú Posible empezó con 45 parlamentarios pero terminó con 31, y ahora el Partido Nacionalista, que llegó con 47, cuenta solo con 27. Este consenso solo se ve mellado hacia finales de cada gobierno, cuando proliferan iniciativas de tipo populista en el contexto de las nuevas elecciones.

Todo será muy diferente a partir del 28 de julio. Si Kuczynski es presidente, se verá obligado a coordinar estrechamente con la bancada de Fuerza Popular cada paso que dé, al contar ésta con mayoría propia. En este escenario, sería muy importante saber de los congresistas de Fuerza Popular cuáles son los ejes y prioridades de su agenda parlamentaria. Lo mismo para el Frente Amplio; si bien sus votos por sí solos no podrán lograr muchos efectos, sería muy importante que pudiera coordinar acciones con Acción Popular, y sobre todo, con organizaciones sociales, nacionales y regionales; su ventaja está en su mayor contacto con la calle. La posibilidad de esa articulación sería otra gran novedad para el futuro. Finalmente, si K. Fujimori fuera presidenta, tendrá que enfrentar la desconfianza ante un potencial uso autoritario de su mayoría, como ocurrió entre 1995 y 2000. Ella no debe perder de vista que la mayoría de curules no equivalen a mayoría política en un sentido sustantivo. Ya anunció ceder a la oposición algunas comisiones clave. ¿No debería pensarse en mesas directivas multipartidarias? ¿Reflotar el Acuerdo Nacional? En realidad, gane quien gane, está en agenda constuir un gobierno de coalición muy amplio, más que en los gobiernos anteriores, paradójicamente, a pesar de que ahora hay una mayoría parlamentaria clara. Esto evitaría que Kuczynski sea visto como un rehén del fujimorismo, y que K. Fujimori no sea vista como la repetición del segundo gobierno de su padre.

El próximo Congreso

Artículo publicado en La República, domingo 3 de abril de 2016

Mucho se ha dicho ya sobre los resultados de las elecciones del domingo pasado en el ámbito presidencial; prefiero por ello concentrarme en el Congreso. El próximo Congreso será un actor fundamental, independiente-mente de los resultados del 5 de junio. Fuerza Popular, con 72 congresistas, contará con el 55% de la representación, prácticamente lo mismo que obtuvo Cambio 90 – Nueva Mayoría en 1995, cuando Alberto Fujimori ganó en primera vuelta con el 64% de los votos. Esto significa que, si gana Kuczynski, necesariamente debe contar con el aval de FP para aprobar cualquier iniciativa; y si gana K. Fujimori, no tendrá excusa para decir que algo no puede ser aprobado por la falta de apoyo del Congreso. Incluso podría conseguir con facilidad los 87 necesarios para hacer reformas constitucionales. En otras palabras, su gobierno cargará con los pasivos tanto del ejecutivo como del legislativo.

Se ha dicho, con razón, que para Kuczynski gobernar no sería fácil, con apenas 18 congresistas, menos del 14%, con representación en apenas 8 regiones del país. Además, ellos son parte de un “sancochado” armado para esta elección, cuya continuidad hacia el futuro es incierta: una típica “coalición de independientes”. Tienen por delante un gran reto de coordinación, la ventaja es que cuenta con liderazgos importantes. La bancada del Frente Amplio, con 20 miembros, podrá ser un actor muy relevante, con liderazgos importantes como los de Marisa Glave en Lima, Wilbert Rozas en Cusco y Alberto Quintanilla en Puno, por ejemplo. Y si bien solo tienen un 15% de la representación, tienen presencia en 14 circunscripciones (sobre todo en la sierra) y un activo fundamental: una mejor posibilidad de relacionarse con lo que la colega Carmen Ilizarbe ha llamado “el factor calle”, que no tiene representación partidaria, pero que resultará fundamental como factor de oposición a cualquiera de los dos posibles gobiernos, ya sea para confrontar la imposición de algunas reformas económicas o proyectos de inversión cuestionados como para levantar temas asociados a la lucha contra la corrupción y la impunidad, la defensa de los derechos humanos, derechos reproductivos, derechos de minorías, luchas contra prácticas de discriminación, etc.

Tampoco será fácil un gobierno de K. Fujimori. ¿Será su bancada tan cohesionada como lo fue en los gobiernos anteriores? Si en efecto existe una división entre “keikistas” y “albertistas”, ¿logrará Keiko imponerse? ¿Cuáles son sus operadores políticos? Si de un lado se ponen Luz Salgado y Kenji Fujimori, ¿quién se pone al frente? ¿Ursula Letona junto a los recién llegados Luis Galarreta y Lourdes Alcorta? Esas disputas y alineamientos serán cruciales.

Un ensayo de optimismo

Artículo publicado en La República, domingo 10 de abril de 2016

El proceso electoral cuya primera etapa concluye hoy ha estado marcado por eventos inesperados y sorprendentes, que generaron incertidumbre, nerviosismo, indignación, suspicacias. En el tramo final los miedos, los rechazos, la intolerancia, salieron a relucir con fuerza. Sin embargo, el clima de crispación, a mi juicio, no se corresponde con la situación que vivimos, y espero que cuando pase la humareda seamos capaces de verlo.

Parece haber terminado un ciclo, iniciado con la reinstitucionalización democrática del país en 2001. Un ciclo que deja un legado en parte positivo, de crecimiento económico y reducción de la pobreza, con uno de los mejores desempeños en la región. Tanto así que para algunos parecía que esto podía seguir sin fortalecer el Estado y sus instituciones, sin una política más ordenada y decente. Un ciclo en donde parecía que poner a debate temas como la mejor redistribución de los beneficios del crecimiento, los derechos de las comunidades campesinas y pueblos indígenas, entre muchos otros, resultaban una blasfemia.

Hoy terminó el ciclo de crecimiento basado en los precios altos de las exportaciones de materias primas, y surge legítimamente la pregunta por buscar otras opciones, complementarias. Es cada vez mayor la conciencia de que requerimos un mejor Estado y mejores instituciones, y mejores líderes políticos. Esta campaña electoral ha dejado constancia además de que los años de crecimiento y modernización han generado una nueva ciudadanía, más consciente y demandante, con nuevas reivindicaciones, no solo las convencionales que aspiran a “obras”. Aparecen también demandas “postmaterialistas”: hoy discutimos también sobre el matrimonio igualitario, los derechos reproductivos, y los derechos de la población LGTB. También temas de memoria, justicia y reparación a las víctimas de la violencia política y de violaciones a los derechos humanos. La lucha contra la corrupción, la demanda por integridad en los políticos y servidores públicos resultan también fundamentales, y se muestran capaces de movilizar a segmentos importantes de la población, en especial a los jóvenes, como en otros países de la región. Por fin parece que, al igual que en el conjunto de América Latina y Europa, la presencia de la izquierda volverá a ser parte del paisaje político.

Creo que hay plena conciencia de que estas novedades no pueden ser desatendidas. Y que quienes critican el manejo del país en los últimos años no pretenden una vuelta al pasado, sino correcciones importantes que resultan imprescindibles. Confío en que el Perú que emergerá de este domingo pueda ser mejor que el que hemos tenido en los últimos quince años. Al menos, la oportunidad existe.

¿Qué hemos aprendido…?


Artículo publicado en La República, domingo 3 de abril de 2016

¿Qué hemos aprendido del país en lo que va de la campaña? Ensayo un balance muy preliminar. (aunque sería más preciso decir qué es lo que creo haber aprendido yo).

Recordemos cómo veíamos esta elección hacia noviembre. Keiko F. puntera, seguida por Kuczynski; ya Acuña empataba el tercer lugar con García; y en quito lugar, rezagado y dando muestras de debilidad, Toledo. Hasta ese momento, decíamos, en esta elección primaba la continuidad; a diferencia del 2011 y 2006, el voto contestatario parecía adormecido, fruto del crecimiento económico. Con todo, había un espacio vacío aprovechado por alguien “distinto” (pero no antisistema) que había trabajado con mucho tiempo su postulación, y que contaba con muchos recursos, cuestión clave en un país fragmentado como el nuestro. Pensábamos también que podría haber espacio para una candidatura más de izquierda, pero que para ello debería resolver sus problemas internos y aparecer como viable, lo que no era nada evidente en el caso de Mendoza, que mostraba un perfil de votación más bien limeño y clasemediero.

En enero, Acuña estaba segundo y Guzmán apareció por primera vez fuera del grupo de “otros”, surgiendo desde una estrategia basada en redes sociales. Pensábamos que en nuestro país ese camino era poco viable, y no fue así. En febrero Guzmán estaba cercano al 20%, con presencia pareja en el norte, centro y sur del país. Parecía imposible un crecimiento así, con la imagen de un país fragmentado, desconectado y desatento de lo que pasa en lo político. Luego, una vez caídos Acuña y Guzmán, Mendoza y Barnechea salen del rubro “otros”. El ansia de renovación terminó marcando la campaña. Nuevamente, siendo muy poco conocidos, parecía difícil que crecieran mucho en poco tiempo, sin embargo en apenas dos semanas fueron capaces de duplicar y más su intención de voto. No solo eso, también de alcanzar una distribución territorial y social relativamente pareja. Tenía Richard Webb mucha razón al llamar la atención sobre la mucha mayor conectividad de todo el país.

De otro lado, ya en la elección pasada Kuczynski mostró que un candidato con ese apellido y pinta podía resultar viable; sin embargo, nos habíamos quedado con la idea de que su perfil limeño – costa norte no le permitiría ir muy lejos. Hoy vemos que su perfil de votación es muy parejo en lo nacional, lo mismo un candidato de perfil “patricio” como Barnechea. Y si bien ambos muestran un perfil “clasemediero”, resulta que estas clases resultan mucho más influyentes que antes.

Otras lecciones: Nano Guerra quiso desarrollar una campaña basada en un discurso “emprendedurista” y en estrategias efectistas, lo que parecía una buena idea, pero nunca funcionó; el votante es más sofisticado de lo que a veces se piensa. En el mismo sentido, tampocó resultó cierto de que al votante no le importarían los plagios e inconductas de Acuña; resulta que los valores sí cuentan. Tanto así, que la percepción de injusticia en contra de Guzmán despertó al antifujimorismo, que parecía en retirada.

¿Qué hacer?

Artículo publicado en La República, domingo 27 de marzo de 2016

La exclusión de los candidatos Acuña y Guzmán, de manera desproporcionada e injusta, ha desatado un frenesí reglamentarista: se pretende excluir también a K. Fujimori, a Kuczynski, a García, invocando razones equivalentes. Un callejón sin salida: con más exclusiones la elección pierde sentido, y sin ellas, se consagraría la injusticia y la parcialidad. Somos un caso único, hasta donde sé, en donde la legitimidad electoral no es puesta en cuestión por un poder que pretende perpetuarse, ni por la acción de mafias que tuercen la voluntad de los electores, sino por cambios contraproducentes y de última hora a las reglas electorales aprobadas por el Congreso, prácticamente por unanimidad, y por un Jurado Nacional de Elecciones que siguió un criterio “maximalista” de aplicación de la ley. Y recordemos que los miembros del pleno del JNE están allí elegidos por los magistrados de la Corte Suprema, por los Fiscales Supremos, el Colegio de Abogados, y los decanos de las facultades de derecho de las universidades públicas y privadas. Hasta allí llegan las responsabilidades.

¿Cuál es la salida? Guzmán ha hablado de fraude y ha solicitado la suspensión del proceso electoral. Me parece imposible: las elecciones fueron convocadas por el presidente, y este puede ser acusado constitucionalmente por impedir su realización. De otro lado las decisiones del JNE son “instancia final, definitiva, y no son revisables”, según la Constitución. Y solo se pueden anular las elecciones cuando los votos nulos o blancos superan los dos tercios de los votos válidos, o si se anulan las elecciones en circunscripciones que alcancen un tercio de la votación nacional válida. El Congreso podría eventualmente, en un acto de “creatividad constitucional” a la ecuatoriana (cuando se destituyó a los presidentes Bucaram, Mahuad o Gutiérrez), intentar hacer algo, pero para eso se requeriría que este tuviera una gran legitimidad ante la ciudadanía o la capacidad de construir consensos amplios, y ninguna de las dos existe.

Minimizar los daños me parece que no pasa por más exclusiones: dos errores no se resuelven con tres, cuatro o cinco. Y atención que estamos discutiendo sobre pequeños regalos de bienes y de sumas relativamente modestas de dinero en actos puntuales de campaña (mientras perdemos de vista el tema de los millones de dólares en financiamiento no transparente). Juega un poco (solo un poco) a favor del jurado que los problemas formales involucrados en la inscripción de la candidatura de Guzmán no parecen darse en la misma magnitud en otros casos, y que la entrega de dinero de Acuña haya sido “directísima” a diferencia de las otras en debate. Pero juega en contra las maromas argumentativas del Jurado Especial de Lima para justificar su cambio de opinión en el caso de la exclusión de Guzmán, o para rechazar la exclusión de K. Fujimori (¿de dónde salió aquello de que el dinero tiene que ser patrimonio del candidato?). El JNE deberá fundamentar mejor su respuesta a las apelaciones.

lunes, 21 de marzo de 2016

¿Qué implica hacer ciencia política...? en línea


Estimados, está disponible en línea el libro que editamos con Eduardo Dargent, ¿Qué implica hacer ciencia política desde el sur y desde el norte? (Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Escuela de Gobierno y Políticas Públicas, 2015). Les recuerdo el índice, realmente creo que es un aporte interesante.

Indice

Introducción
Eduardo Dargent y Martín Tanaka 

Primera parte
Hacer investigación desde el sur y desde el norte 

El estudio de las políticas de reforma del Estado en América Latina en perspectiva comparada con los países anglosajones, 1990-2014
Jessica Bensa 

La medición de la volatilidad electoral en sistemas de partidos escasamente institucionalizados. Análisis del caso peruano
Jorge Aragón y José Luis Incio 

Conocimiento denso y política comparada: un aporte desde el sur 
Eduardo Dargent y Paula Muñoz 

Segunda parte 
Las condiciones del trabajo académico en el sur 

Producción e impacto de la ciencia política en América Latina 
Daniel Buquet 

Who Sets the Intellectual Agenda?
Foreign Funding and Social Science in Peru 
Kelly Bay, Cecilia Perla y Richard Snyder 

Tercera parte 
El quehacer politológico en el norte y en el sur 

The Present Opportunities for Latin American Political Science 
Kurt Weyland

Migraciones intelectuales de sur a norte y de norte a sur 
Ana María Bejarano 

En off-side. Notas sobre la ciencia política contemporánea en América Latina 
Juan Pablo Luna 

Cuarta parte 
La democracia y la ciencia política desde el sur y desde el norte 

Olas y tornados: apuntes sobre el uso de la historia en el estudio de la democratización en América Latina 
Alberto Vergara 

De la crítica política a la ciencia política: notas hacia un balance 
Martín Tanaka 

El libro se puede descargar aquí

La herencia del autoritarismo

Artículo publicado en La República, domingo 20 de marzo de 2016

El ánimo que inspira a las manifestaciones en contra del fujimorismo de los últimos días (un hito importante en esta campaña electoral) es la indignación que genera la idea de que llegue a la presidencia quien representa un legado ignominioso: violaciones a los derechos humanos, corrupción, autoritarismo. Sin embargo, si Keiko Fujimori llega al poder, será a través del voto popular.

¿Cómo lidiar con el fujimorismo? Nuestros dilemas no son únicos. En Bolivia Hugo Banzer encabezó una dictadura (1971-78) durante la cual hubo desapariciones, torturas, asesinatos extrajudiciales, altos niveles de corrupción. Pero con la transición democrática aspiró a alcanzar la presidencia mediante elecciones: quedó tercero en 1980, quedó primero en la primera vuelta en 1985 pero no pudo ser electo después, quedó segundo en 1989 y 1993, para alcanzar la presidencia finalmente en 1997. Otro caso relevante sería el salvadoreño; la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) era el partido promovido por militares, terratenientes y otros sectores conservadores para responder políticamente al desafío de la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Diversos líderes de ARENA fueron acusados de estar vinculados a la formación de escuadrones de la muerte, masacres en contra de población campesina, y el infame asesinato de los sacerdotes jesuitas del movimiento Teología de la Liberación en la Universidad Centroamericana en 1989. Sin embargo, ARENA ganó las elecciones y gobernó El Salvador durante toda la década de los años noventa y la del dos mil, hasta que en 2009 ganó las elecciones el FMLN, en el poder desde entonces. Podría también mencionarse el caso del PRI, en el poder mediante una fórmula autoritaria desde la década de los años veinte hasta la transición del año 2000; pero en 2012, el PRI volvió a ganar la presidencia federal, a pesar de ser el partido que representaba el autoritarismo y la corrupción. O el caso chileno, con la herencia pinochetista representada en partidos como la Unión Demócrata Independiente (UDI), que llegó al goberno en 2010 como parte de la alianza encabezada por Sebastián Piñera.

La representación política del legado autoritario parece moralmente inaceptable. Pero este goza de un importante respaldo popular porque también encarna otras cosas valoradas por sus seguidores: la defensa de la sociedad frente a la amenaza de la subversión; la promesa de estabilidad política y de crecimiento económico basado en la inversión privada; la defensa de valores familiares tradicionales, entre otros. No se trata solo de clientelismo. ¿Cómo se convive con estos movimientos? De un lado, ciertamente, no se debe dejar de señalar los crímenes e indignidades con los que aparecen asociados algunos de sus líderes; pero respecto a su base popular, de lo que se trata es de ofrecer y construir mejores opciones. Trabajo tanto para derechistas democráticos (¿existen?) como para izquierdistas sin presencia en el mundo popular conservador.

Legitimidad electoral en cuestión

Artículo publicado en La República, domingo 13 de marzo de 2016

La semana pasada decíamos que esperábamos que el Jurado Nacional de Elecciones, respecto a Julio Guzmán, privilegie el derecho a la participación por encima de problemas con formalidades subsanables. Más todavía si es que vemos que otras candidaturas han incurrido también en problemas formales y no merecieron el mismo celo fiscalizador. Respecto a César Acuña, decíamos que su exclusión nos parecía desproporcionada e injusta. Minimizar los problemas que crea esta exclusión, ya irreversible, implica aplicar el artículo 42 de la ley de organizaciones políticas a todos por igual. La ley prohibe “efectuar la entrega, promesa u ofrecimiento de dinero, regalos, dádivas u otros obsequios de naturaleza económica; además dice que está prohibido hacerlo “de manera directa o a través de terceros”. La ley dice que esta prohibición “se extiende a los candidatos a cualquier cargo público de origen popular”, y “será sancionado con la exclusión del proceso electoral”. Lamentablemente para el caso de Acuña, tuvimos una infracción muy clara para una ley muy extremista. Pero una situación similar parece ser la de Vladimiro Huaroc (donación de víveres a damnificados a través de terceros), o José Luna (promesa de beca de estudios a un concursante en un programa de televisión).

En este momento, es muy importante salvar la legitimidad del proceso electoral ante la ciudadanía. Para el Jurado está a la mano actuar con razonabilidad (no de manera formalista y extremista) y aplicar el artículo 42 de la ley de organizaciones políticas a otros candidatos, mostrando mínimo de equidad en las decisiones. De otro lado, aunque es mucho más difícil por los argumentos expuestos hasta el momento por el Pleno del Jurado Nacional de Elecciones, correspondería rescatar la candidatura de Guzmán. Esta decisión tiene altos costos sobre la legitimidad de la elección, pero más altos aún no tomarla.

Si Guzmán queda fuera, ¿cuán mellada queda la legitimidad de la elección? Mucho, lamentablemente, aunque no tanto, a mi juicio, como para considerarla inválida o fraudulenta. La exclusión de Guzmán tiene claramente bases legales, y a mi juicio no puede ser calificada de arbitraria, aunque sí de equivocada. Y en cualquier caso, si bien uno tiene derecho a criticar las decisiones del Jurado, me parece claro también que debería respetarlas y acatarlas. ¿A dónde nos conduce el camino de hablar de fraude o cuestionar la legitimidad de la elección? No veo ningún escenario mejor que el que tenemos, ya malo de por sí. Habría que evitar un curso de cada vez más acusaciones y ataques, y crecientes niveles de intolerancia y violencia. Me parece muy preocupante que haya agresiones en contra de diferentes candidatos o que se pretenda impedir la realización de sus actividades de campaña; y peor aún, que esto sea celebrado y alentado en nombre de la democracia. Hay que defender el derecho de todas las agrupaciones y ciudadanos de apoyar o estar en contra de alguien, pero sin recurrir a la violencia.

VER TAMBIÉN:

Nudos por desanudar, por Augusto Alvarez
La República, 18 de marzo de 2016

Guzmán y Acuña

Artículo publicado en La República, domingo 6 de marzo de 2016

A poco más de un mes de las elecciones generales, no sabemos cuáles son los candidatos ni a la presidencia ni al Congreso. Muy probablemente varias caerán, no solo por decisión del JNE, también porque quienes evalúen que no pasarán la valla electoral se retirarán de la contienda, amparándose en los últimos cambios a la ley de partidos hechos por el Congreso, que increíblemente permiten mantener el registro a pesar de no participar en dos elecciones generales sucesivas. Esto nos lleva a señalar la irresponsabilidad del Congreso. Si el Jurado está todavía viendo objeciones a candidaturas es porque el Congreso no aceptó la propuesta de cambiar los plazos de convocatoria a elecciones y de inscripción de candidaturas, por ejemplo.

El Jurado Electoral Especial de Lima (JEE) excluyó a César Acuña del proceso electoral por haber violado el nuevo artículo 42 de la ley de organizaciones políticas, parte de las últimas modificaciones. Legalmente, creo que Acuña prácticamente no tiene salida: la ley señala expresamente que si entregas dinero en campaña la sanción es la exclusión del proceso. Al mismo tiempo, me parece que la sanción es desproporcionada e injusta, porque la única sanción prevista es la exclusión, cuando debería haber una gradualidad en las mismas. Se desdeña el derecho a la participación y la representación política, lo que nos lleva nuevamente a la irresponsabilidad del Congreso.

El caso de Guzmán es ambiguo, pero la manera en la que el JNE lo ha manejado ha sido terrible. Primero, el 15 de febrero el JNE declaró improcedente la inscripción del estatuto de Todos por el Perú (TPP) y del Tribunal Nacional Electoral que organizó el proceso que lo eligió como candidato, basándose en consideraciones excesivamente formalistas. Es evidente que la voluntad de los miembros de ese partido es que Guzmán sea candidato, por lo que tiene sentido que los problemas formales de una asamblea se puedan subsanar en otra posterior, si todos están de acuerdo. Así lo interpretó el JEE el 24 de febrero cuando aceptó la inscripción de la candidatura de Guzmán. Increíblemente, el 3 de marzo, al responder al pedido de tachas, el JEE se desdice, y acepta el criterio del JNE del 15 de febrero. Su justificación es que la decision del JNE de ese día fue objetada, y recién fue resuelta el mismo 24 de febrero, por lo que no pudieron tomarla en cuenta en la decisión que hicieron pública ese día. Aparentemente, en el JEE no siguen las noticias ni en diario, ni televisión o radio. Al formalismo se añade la incoherencia, lo que abre la puerta a especulaciones y suspicacias.

Queda la esperanza, aunque remota, de que en los próximos días el JNE, al evaluar la candidatura de Guzmán, y no el tema de sus estatutos, privilegie el derecho a la participación por encima de formalidades subsanables. Y todavía están pendientes las objeciones a sus listas al Congreso, lo que nos lleva a otro tipo de problemas.

Moraleja: urge una reforma política en serio a partir del 28 de julio.