lunes, 27 de octubre de 2014

Impresiones del 5 de octubre (III)

Artículo publicado en La República, domingo 26 de octubre de 2014

En las últimas dos semanas he comentando aquí sobre las elecciones del 5 de octubre, concentrándome en el ámbito regional. Por su peso demográfico y significación política, es pertinente comentar algo sobre los resultados en Lima.

El triunfo de Castañeda llama la atención por la estabilidad de su respaldo. Terminó su segunda gestión municipal con una altísima aprobación y nunca la perdió, pese a su derrota en la campaña presidencial de 2011. Es importante recordar que la base más firme de ese apoyo provino de sectores populares, beneficiarios de iniciativas directamente orientadas hacia ellos: la construcción de escaleras en zonas precarias, los hospitales de la solidaridad, obras de infraestructura vial en Lima norte, la conversión de grandes parques en espacios masivos de entretenimiento, entre otros. Digamos que el fujimorismo en el país y Castañeda en Lima lograron construir una derecha popular, compartiendo estilos políticos y de gestión. En Lima ambos se asentaron principalmente en la “nueva Lima”, yendo más allá de Ricardo Belmont y Alberto Andrade, más vinculados culturalmente a la Lima criolla. De otro lado, la no inclusión de Castañeda como inculpado en la investigación judicial por el caso Comunicore, y la escasa credibilidad de Villarán, explican que haya resistido los serios cuestionamientos que pesan sobre su gestión pasada, aún cuando, en nuestra darwiniana política, pueda perder también respaldo rápidamente. Lo que nos lleva a la pregunta por el fracaso de Villarán.

Su problema es que ganó con la imagen de un personaje desenfadado y amable, que rápidamente desapareció al politizarse y endurecerse desde el tramo final de la campaña. Perdió una imagen, pero no logró construir otra. La “tía regia” se convirtió en la tía metiche y peleona. Luego, los problemas de gestión fueron magnificados por un muy mal manejo político y por cierta incontinencia verbal, que se tradujeron en un cambio constante de agendas y la acumulación de promesas incumplidas. Por ello fue fácil colgarle el cartel de ineficaz. Pasó de la creación de una “zona rosa” al combate a la inseguridad ciudadana, de la reconstrucción del túnel Santa Rosa a la creación de una gran playa para el sur de Lima, parte de una remodelación integral de la Costa verde como espacio público, todas ellas promesas incumplidas en los plazos anunciados originalmente. Las pocas obras tangibles tuvieron un carácter mesocrático (la remodelación de la playa La Herradura, la ampliación de las avenidas Canadá o Universitaria, la intensa actividad cultural, el Corredor Azul). Y las grandes obras que cambiarán la ciudad están todavía en proceso (Vía Parque Rímac, o la reforma integral del transporte).

El fracaso de Villarán es el del intento de construir una izquierda socialdemócrata, lo que es de lamentar. E ilustra la dramática distancia entre lo que podríamos llamar las élites progresistas e ilustradas de la mayoría de la población, no solo del país, también de la propia Lima.

Impresiones del 5 de octubre (II)

Artículo publicado en La República, domingo 19 de octubre de 2014

La semana pasada llamábamos la atención sobre el hecho de que el debilitamiento de los partidos nacionales no tiene como correlato el fortalecimiento de movimientos regionales. Y entre los pocos que parecen avanzar lo hacen sobre la base de prácticas clientelísticas. La precariedad de la organización política cede paso al personalismo, pero es importante no perder de vista que hemos pasado en los últimos años de un personalismo a otro. Después de las elecciones de 2002, 2006 y 2010, cuando hablábamos de liderazgos regionales nos referíamos a Yehude Simon, Juan Manuel Guillén, José Murgia, Vladimiro Huaroc, o César Villanueva; hoy hablamos de César Acuña o de Wilfredo Oscorima. Es decir, los liderazgos regionales personalistas parecen alejarse cada vez más de referentes ideológicos, por más difusos que hayan sido, al más craso pragmatismo. Dentro de este se cuelan tanto quienes quieren desarrollar carreras políticas por muy diversas motivaciones (poco ideológicas, nuevamente), como quienes quieren usar la política como una extensión de sus negocios particulares.

Todo esto ha ocurrido en un contexto de crecimiento económico, tanto de actividades legales como de las informales e ilegales. Estas últimas, si bien pueden no ser tan significativas al ver el PBI general del país, sí resultan centrales en amplias zonas del territorio, y establecen circuitos que pasan también por importantes ciudades y la propia capital. El problema es que podemos pasar de una relación de convivencia pacífica y tolerancia mutua entre lo legal, informal e ilegal a otra en las que lo último busca capturar el Estado para afianzar y ampliar sus actividades, crecientemente internacionalizadas, dicho sea de paso. Perú, con su debilidad institucional y política, y escenario descentralizado y fragmentado, ofrece oportunidades atractivas para esto en amplias zonas del país. Si ha ocurrido en Paraguay, Bolivia y Brasil, Colombia, Venezuela, Centroamérica, México en los últimos años, no tiene por qué dejar de pasar en Perú. No parece casual el recrudecimiento de la violencia electoral y postelectoral, y la cada vez frecuente intersección entre la actividad delincuencial y la dinámica política, como los casos de Ancash, Chiclayo y muchos otros atestiguan.

En las elecciones de 2001 el tema central fue el combate a la corrupción y la institucionalización democrática; en 2006 y 2011, la inclusión social; en 2016, aparece uno que acaso es precondición de los otros, el desarrollo institucional y político. El problema es que los temas de 2001, 2006 y 2011 eran demandas populares, mientras que el de 2016 no lo es. Es más, acciones tendientes a la institucionalización chocarán con poderosos intereses sociales y políticos que han prosperado en la intersección entre legalidad, informalidad e ilegalidad. Por ello, la responsabilidad de las elites es fundamental. Las reformas necesarias solo saldrán de un gran acuerdo de nuestras elites políticas, económicas, sociales, intelectuales.

Impresiones del 5 de octubre (I)

Artículo publicado en La República, domingo 12 de octubre de 2014

Mucho que comentar, muy poco espacio. Por ello, impresiones telegráficas.

- Mirando los resultados de 2002, 2006 y 2010, confirmamos que los movimientos regionales desplazan a los partidos del espacio regional. Ya sabemos que los partidos “nacionales” son cascarones sin militantes; no tiene sentido esperar que, con las actuales reglas, se comporten de otra manera. Alianza para el Progreso (APP) es una excepción, pero construida sobre redes de patronazgo y clientelismo, con gran fuerza en la costa norte; la otra es el fujimorismo, aunque es más identidad que organización. Quedan mejor posicionados para el 2016, junto con el APRA, gracias al desempeño de Cornejo en Lima. Siguiendo con los partidos, Acción Popular hizo un gran esfuerzo para presentar candidatos, pero con malos resultados. De otro lado, Solidaridad Nacional es quien hereda el capital político de Unidad Nacional en Lima, no el PPC, aunque también es una suerte de vientre de alquiler para las candidaturas distritales.

- Hasta 2010, cabía pensar en la consolidación de algunos referentes regionales. De ellos, ChimPum Callao se mantiene fuerte, nuevamente, sobre la base de prácticas con fuerte componente clientelista; en Loreto Fuerza Loretana con Yván Vásquez ganó el gobierno regional en 2006, fue reelecto en 2010, y quedó segundo el domingo pasado, a pesar de haber tenido prisión preventiva; y en La Libertad el APRA con José Murguía, electo en 2002 y reelecto en 2006 y 2010 perdió esta vez, aunque quedó en segundo lugar, detrás de César Acuña (APP), formando una suerte de bipartidismo regional. Por otro lado, en San Martín, Nueva Amazonía con César Villanueva ganó la presidencia regional en 2006 y 2010, pero ahora quedó en quinto lugar; en Apurímac, Poder Popular Andino ganador en 2010, con Elías Segovia, también quedó quinto. En Ucayali, Integrando Ucayali, con Jorge Velásquez, electo en 2006 y reelecto en 2010 prácticamente desapareció y su líder corre el riesgo de terminar en prisión. Otro de los reelectos en 2010, César Alvarez, ya sabemos en qué terminó.

Entre los presidentes regionales electos de 2010, quienes despertaron cierta expectativa por su buena gestión, no lograron continuidad: Javier Atkins en Piura, Martín Vizcarra en Moquegua o José Arista en Amazonas, por ejemplo, no postularon. Sí lo hicieron el MAS con Gregorio Santos, quien logró la reelección por razones ya bastante comentadas, a pesar de su prisión preventiva; y Wilfredo Oscorima, electo en 2010 por APP y reelecto por Renace Ayacucho, pese también a que es investigado por la fiscalía anticorrupción. En Junín Vladimir Cerrón podría también ser reelecto, pese a (o en mérito de) su supuesto “radicalismo”, así como Klever Meléndez en Pasco, también en prisión preventiva. En cuanto a nuevas y mejores continuidades, cabe mirar con atención a Arequipa, con la segunda vuelta entre Arequipa Renace (tercero en 2010) y Arequipa Tradición y Futuro, movimiento fundado por Juan Manuel Guillén, al que renunció recientemente.

Reformas políticas regionales y locales

Artículo publicado en La República, domingo 5 de octubre de 2014

De salida las autoridades regionales y locales electas en 2010, y terminadas las campañas electorales, es claro que nuestro funcionamiento político-institucional muestra grandes deficiencias. Hemos tenido malas gestiones sin mecanismos de control efectivos, y en donde los controles existentes se pervierten; liderazgos personalistas que cuando logran cierta consolidación no evolucionan hacia mayores niveles de institucionalización, si no que caen en prácticas autoritarias y corruptas. En las campañas, partidos poco representativos que abandonan la arena regional, movimientos regionales que no pasan del departamento y que no tienen raíces en las provincias; altos niveles de fragmentación, candidaturas precarias, alto riesgo de penetración de mafias e intereses ilegales, entre muchos otros males. Si no hacemos nada para intentar salir de esta dinámica, seguiremos en las mismas.

En términos de gestión, urge pensar en la constitución de diversas formas de autoridades autónomas por encima de la fragmentación que impone nuestro irracional número de distritos, provincias y regiones. Urge mejorar los mecanismos de control en regiones y municipios; en estos últimos una posibilidad es introducir criterios de proporcionalidad en los consejos locales. En las regiones, revisar la manera en que se constituye el consejo regional, sobre base provincial. De lo que se trata es de despersonalizar la representación, y fortalecer a las organizaciones políticas. En el mismo sentido, poner límites a la reelección, acaso dos periodos consecutivos como máximo, parecería una buena idea. Y fortalecer espacios de rendición de cuentas, fiscalización: en contextos en los que caciques o mafias locales controlan el poder, se requiere de una forma efectiva de control desde el ámbito nacional (la Contraloría no ha funcionado), con sanciones disuasivas muy potentes.

Fortalecer las instituciones representativas implica no debilitarlas, sino complementarlas con mecanismos participativos. Así, la revocatoria de autoridades, por ejemplo, debe ser repensada íntegramente, para evitar que siga siendo una segunda o tercera vuelta electoral usada por los perdedores para boicotear la gestión del ganador. Urge también repensar el papel de los Consejos de Coordinación Regional y Local, y de los presupuestos participativos, para que tengan algún sentido.

En cuanto a las candidaturas, urgen mayores exigencias y mejores barreras de entrada al sistema político. A los partidos “nacionales” se les debería obligar a participar en un mínimo de elecciones regionales y provinciales; a los movimientos regionales, en más de un departamento, por ejemplo. Gran parte de la competencia electoral debería darse al interior de los partidos, no entre partidos precarios. Finalmente, está el asunto del financiamiento a las campañas y a las organizaciones políticas. Sin financiamiento público y regulación efectiva del privado, no nos podemos quejar de la influencia de poderes ilegales.

viernes, 3 de octubre de 2014

50 años Facultad Ciencias Sociales PUCP



La Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú cumple 50 años en 2014, al igual que el Instituto de Estudios Peruanos. A propósito de esto, la Facultad ha publicado un libro, editado por Carlos Contreras. A varios profesores de las cuatro especialidades (Antropología, Ciencia Política y Gobierno, Economía y Sociología), se nos pidió ensayar una reflexión al respecto; la mía la pueden leer en este artículo: "Cincuenta años de debate político en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP".

"En este contexto, podría decirse que el principal aporte de la Facultad de Ciencias Sociales al campo de los estudios políticos es el haber sido un buen centro de formación académica, durante estas cinco décadas. Sin embargo, esta formación ocurría dentro de concepciones que consideraban lo político como una derivación de lo que ocurría en otras esferas, y se daba relativamente desconectada de los aportes y debates internacionales, lo que limitó la posibilidad de hacer contribuciones más significativas. De otro lado, creo que puede afirmarse que el énfasis en la docencia fue prácticamente excluyente, en desmedro de la investigación. Los profesores de la Facultad que la hicieron la realizaron mayormente a través de centros de investigación independientes o de colectivos intelectuales, no tanto en la propia Facultad. Esta deficiencia recién empieza a ser revertida en los últimos años.

Así, en cuanto a la evolución y cambios dentro de los estudios políticos en los últimos cincuenta años en la Facultad de Ciencias Sociales, lo más resaltante sería la historia de desaparición y reapertura de una especialidad de ciencia política, expresiva de un itinerario en el cual lo político fue progresivamente ganando legitimidad como un campo propio (acaso como consecuencia del desarrollo internacional de la ciencia política como disciplina), claramente distinguible de otros (derecho, filosofía y sociología, en particular); esto fue al mismo tiempo expresión de un reconocimiento implícito de la autonomía del ámbito político y un relativo distanciamiento de aproximaciones sistémicas o estructuralistas".

Más capítulos del libro, aquí.

miércoles, 1 de octubre de 2014

HeForShe / ElPorElla

Artículo publicado en La República, domingo 28 de setiembre de 2014

Las Naciones Unidas lanzaron recientemente una campaña internacional bajo el lema “El por Ella”, a través de su vocera, la actriz Emma Watson. La idea es generar un movimiento a favor de la igualdad de género, pero esta vez apelando a la acción de los hombres, a favor de una causa universal, de derechos humanos. Lo interesante de campañas como esta es resaltar el hecho de que la discriminación de género se expresa cotidianamente de múltiples maneras, y que para enfrentarla la participación de los hombres es imprescindible.

Según Martha Lamas, el movimiento feminista latinoamericano centró inicialmente sus demandas en torno a la maternidad voluntaria (educación sexual, uso de anticonceptivos y derecho al aborto), a la libre opción sexual y al combate a la violencia sexual. Virginia Vargas recuerda cómo en el Perú a inicios de la década de los años setenta el movimiento feminista estaba compuesto básicamente por exmilitantes de partidos de izquierda, lo que marcó sus demandas y estilos. Todo esto logró que el feminismo ganara cohesión y presencia pública, pero también que se ganara una imagen beligerante y cuya convocatoria no fuera más allá de pequeños núcleos.

Mucho ha cambiado desde entonces para el feminismo y para nuestras sociedades, y hoy somos más concientes de cómo la discriminación de género es resultado de múltiples exclusiones. Familias y madres sin información ni libertad para ejercer derechos reproductivos; que luego practican una crianza que reproduce esquemas patriarcales (mujeres, cuidado del hogar y maternidad; hombres, salida al mercado y al mundo público). Más adelante, niñas con menor acceso a la educación que los niños, por la sobrecarga de las tareas domésticas. En la juventud, adolescentes con maternidad temprana no deseada; luego, una división del trabajo social en el que el cuidado del hogar, de los niños, enfermos y adultos mayores recae sobre todo en las mujeres, actividades no reconocidas ni remuneradas. Todo lo cual afecta la inserción de la mujer en mercado laboral, donde recibe en promedio menor remuneración que un hombre. Todo lo cual se expresa también en menores niveles de participación social y política, y llegada a altos cargos de prestigio y poder.

A esto hay que sumarle la influencia de medios de comunicación que reproducen y amplifican lógicas patriarcales y machistas; mujeres usadas como “adorno”, objetos sexuales o soporte de publicidad comercial en programas de televisión, eventos empresariales, conferencias de prensa. Todo lo cual aumenta la vulnerabilidad y victimización de las mujeres en el espacio público.

Los hombres tenemos que defender también los derechos de las mujeres. Y asumir nuestra cuota de trabajo e involucrarnos en el cuidado del hogar y de las familias, denunciar el sexismo en las relaciones de pareja, en la educación, el trabajo, la calle, los medios, la publicidad. Renunciar a una posición de presunto privilegio que también nos degrada. Se ha avanzado, pero hay mucho por hacer.

martes, 23 de septiembre de 2014

Las imágenes de lo popular

Artículo publicado en La República, domingo 21 de setiembre de 2014

En la política, las imágenes de la racionalidad popular suelen variar en función de que coincidan o no con las opiniones de cada uno: si son las mismas, el pueblo es poseedor de una sabiduría natural y capaz de certeras intuiciones; si son contrarias, es ignorante y manipulable.

Gruesamente hablando, desde la izquierda y desde la derecha se ha oscilado entre ambos extremos. La tradición marxista-leninista llevó inevitablemente al “vanguardismo”: una elite esclarecida debía llevar “la verdad” a las masas “alienadas”, hacerles “tomar conciencia” de sus genuinos intereses, incapaces de hacerlo por sí mismos. En el otro extremo, siempre hubo una derecha aristocrática que despreció al pueblo, visto como inmerso en un mundo atrasado, premoderno, lleno de “malas costumbres” y “supersticiones”. Solo podría ser redimido mediante la educación, que implicaba erradicar sus hábitos, “civilizarlo” con la cultura occidental, racional, moderna.

Al mismo tiempo, hubo también tradiciones de cierta inspiración populista en ambos sectores políticos. Desde la izquierda se planteó también el rescate y valoración de la cultura popular, de modo que aquella solo tendría sentido si surgía de los anhelos de justicia del pueblo, y compartía sus valores y prácticas, precisamente rechazados por el aristocratismo de la derecha. Esto implicaba ir más allá de las consideraciones de clase y considerar el mundo de la cultura. Los planteamientos “nacional-populares” de socialistas italianos como Gramsci serían emblemáticos de esta postura. En la otra orilla, hubo también un populismo de derecha, que se asentaba precisamente en el hecho de que los valores populares tradicionales serían más bien conservadores: el respeto a la familia, a la autoridad, las demandas de estabilidad y seguridad, el rechazo a lo “foráneo”. El catolicismo conservador ha sido tradicionalmente una fuente de inspiración para estas posturas.

En las últimas décadas, el Senderismo fue el extremo delirante de las concepciones vanguardistas de izquierda. La conciencia debía ser “inculcada” mediante el terror y la violencia. El aristocratismo de derecha ha sido arrinconado por su incorrección política, no tiene expresiones partidarias, aunque subsiste en el sentido común de sectores altos. El populismo de izquierda encontró en Barrantes su mejor expresión (provinciana, empática); el de derecha tuvo acaso en el segundo belaundismo su último gran referente. En el medio se ubicó el populismo más convencional, menos ideológico, representado por el APRA, con más libertad para adaptarse en función de sus intereses electorales.

Lo nuevo en las elecciones de octubre próximo es que ha prosperado como no lo hacía desde hace mucho una derecha populista; que el viejo discurso de la derecha aristocrática parece haber sido asumido en parte por un sector reformista de izquierda, que sustituye sin resolver el viejo vanguardismo marxista-leninista. El populismo de izquierda está fuerte en algunas regiones, pero ausente en Lima.

Ana Jara y el Consejo de Ministros

Artículo publicado en La República, domingo 14 de setiembre de 2014

No habíamos comentado en esta columna sobre el Consejo de Ministros presidido por Ana Jara. Su naturaleza resulta paradójica. De un lado, parece débil: apenas logró obtener el voto de confianza por parte del Congreso, y varios de sus ministros son fuertemente cuestionados, incluyendo al poderoso ministro de Economía, y al ministro más popular, el del Interior. En las próximas semanas, el ministro de Energía y Minas podría ser censurado por el Congreso. Sin embargo, al mismo tiempo, tenemos un gobierno que sube en los niveles de aprobación a su gestión por parte de la ciudadanía y una opinión pública concentrada en las elecciones regionales y municipales, al punto que lo que ocurre con el poder ejecutivo resulta de poco interés. El hemiciclo semi vacío al final de la sesión de interpelación al ministro Mayorga, suspendida por falta de quórum, es una muestra elocuente de ello. Todo esto a pesar la existencia de problemas serios en la conducta de este y otros ministros, que Ana Jara debe ser capaz de controlar.

Lo que ocurre es que los problemas que tiene el Consejo de Ministros de Ana Jara no son consecuencia de cuestionamientos realmente de fondo, por más aspavientosos que parezcan algunos. Se trata de objeciones precisas a personajes puntuales que no ponen en debate las orientaciones generales de las políticas: cuestionamientos por un mal manejo de situaciones que exponen conflictos de interés (Mayorga), molestia por estilos y falta de modales (Urresti) o la necesidad de encontrar alguien a quien culpar por la desaceleración del crecimiento económico (Castilla). La aprobación a la gestión del gobierno está subiendo en la opinión pública, pese a la desaceleración, el ministro Urresti sigue siendo popular, y en realidad Mayorga es una pieza menor dentro del gobierno, que podría perfectamente caer sin mayores consecuencias. Del lado del Congreso, la aparente beligerancia opositora reside en realidad en la deserción de algunos miembros de la bancada nacionalista resultado de problemas de coordinación, no de pedidos de cambio sustantivos. Así, las eventuales interpelaciones y censuras no afectan en el fondo a la estabilidad del gobierno.

En realidad, la pregunta que podría resultar interesante es si Ana Jara podría convertirse en una candidata mínimamente eficaz representando al Partido Nacionalista en 2016, que no repita la historia de Mercedes Araoz con el APRA en 2011 o de Jeannete Enmanuel y Rafael Belaunde con Perú Posible en 2006. Por el momento, ha optado por un conveniente perfil bajo en los ataques que reciben los ministros cuestionados en el Congreso y en la prensa, que también se esmeran en precisar que no están dirigidos contra ella. ¿El presidente y la primera dama le darán espacio aportando a tener una mínima representación parlamentaria en 2016? Tal vez sí, en tanto Nadine Heredia podría encabezar la lista parlamentaria nacionalista en Lima. Pero para ello se requiere más que dejarse llevar por la pequeña marea ascendente del momento.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Representar a la mayoría

Artículo publicado en La República, domingo 7 de setiembre de 2014

Hace unas décadas, lo que podríamos llamar gruesamente la “sociedad informal” era vista con gran simpatía y esperanza. Desde las ciencias sociales, los migrantes que se asentaron en la periferia de las ciudades eran vistos como el germen de una nueva ciudadanía, más nacional, más integrada, que superaría las viejas divisiones y exclusiones del país. Esta visión cuestionaba una originada en la vieja oligarquía, la cual se veía víctima de la “invasión” de clases “peligrosas”, que habían terminado con la idílica Lima “del puente a la alameda”, por así decirlo. Desde la izquierda se pensaba que de allí saldrían los movimientos de protesta que serían la base del socialismo, y desde la derecha empezó a verse allí el germen de una revolución capitalista, pequeños empresarios y emprendedores enfrentados al intervencionismo estatal.

Ese entusiasmo general se trocó en decepción en la década de los años noventa. Desde el triunfo de Ricardo Belmont en la alcaldía de Lima en 1989 y con el fujimorismo en toda la década de los noventa, la sociedad informal empezó a ser vista como el mundo del pragmatismo egoísta, del clientelismo, del populismo de derecha. En esos mismos años Alberto Andrade encarnó el sueño de la recuperación de la Lima criolla, expresado en un centro sin vendedores ambulantes. Desde entonces, se consolidó en Lima una suerte de divorcio en el que el populismo de derecha estuvo más cerca del mundo popular, mientras que la izquierda quedaba del lado de las demandas de orden y recuperación de las tradiciones perdidas. En la década siguiente, Luis Castañeda consolidó esa configuración política, oponiendo como estrategia las “Escaleras Solidarias” a la Vía Expresa de la Avenida Javier Prado.

Cuán lejos y sin referentes terminó la izquierda de la sociedad popular se expresa en la gestión de Villarán, que tiene en los sectores altos su principal fuente de apoyo. Villarán abandonó en la práctica la pretensión de tener como centro de su gestión a planes de desarrollo social o de atención a la pobreza, o al programa Barrio Mío. Centró como emblemática a la reforma del transporte, cuya accidentada implementación ha favorecido por el momento a los autos particulares y a los usuarios de Miraflores, pero perjudicado a los del Rímac. Todo esto, por supuesto, favorece a Luis Castañeda y sus maniobras.

Está todavía pendiente construir una representación política de esos sectores “emergentes”, hoy mayoritarios en Lima. Ni el populismo de derecha ni el paradójico izquierdismo elitizado parecen ser opción. El reto de la formalización es ineludible, pero para ello debe resultar “racional” para la ciudadanía, por lo menos a mediano plazo, sobre la base de señales claras y confiables, no de una modernización tecnocrática. No existe todavía una oferta política que represente a la mayoría de limeños, la distancia entre la élite política y la sociedad que aspira a representar es enorme. Y en ese vacío prosperan los oportunistas, corsarios y piratas de la política.

lunes, 1 de septiembre de 2014

El humor de Zileri

Artículo publicado en La República, domingo 31 de agosto de 2014

Se ha escrito mucho sobre Enrique Zileri (1931-2014), legendario director de la revista Caretas. Se ha resaltado con justicia su lucha contra las dictaduras, su tarea fundacional y pedagógica en el periodismo; se ha comentado sobre su particular personalidad y carácter. Yo quisiera añadir algo sobre el humor en Zileri y en Caretas.

Seguir semana a semana los muy a menudo dramáticos o trágicos sucesos que ocurrieron en el Perú de las últimas décadas harían pensar que el tono de una revista política tendría que ser necesariamente grave y solemne. Y que la injusticia y la impunidad llevan inexorablemente a un tono rabioso e indignado. Recuerdo que en algún aniversario del excelente suplemento El Caballo Rojo de El Diario de Marka se publicó en las dos páginas centrales el poema “A nuestros sucesores” de Bertold Brecht, que en cierta forma expresaba ese talante: “Realmente, vivo en una época sombría / La palabra inofensiva es estúpida. Una frente lisa / es signo de insensibilidad. El hombre que ríe / no se ha enterado aún, simplemente, de / la terrible noticia (…) Y, sin embargo, sabemos: / el odio, hasta contra la degradación, / deforma las facciones. / La ira, hasta contra la injusticia, / enronquece la voz. Oh, nosotros, / que queríamos preparar el terreno para la amabilidad / no pudimos ser amables”.

A pesar de esto, el propio Caballo Rojo, bajo la conducción de Antonio Cisneros, expresó una sensibilidad muy lejana a lo que este poema sugiere. Y más adelante, dentro del mundo de izquierda, la revista y el suplemento No eran magnífica demostración de que había otras maneras de vivir consecuentemente esa “época sombría”. Acaso Caretas fue siempre la revista que mejor y más constantemente sintetizó otra actitud, otra filosofía ante las cosas que nos tocó vivir, que impuso el talante de Zileri: el humor, la ironía, como armas de la crítica; la argumentación y la persuación antes que la prédica rutinaria a los conversos; la disposición a reconocer validez en los puntos de vista de los adversarios.

No sé si Zileri haya leído al filósofo Richard Rorty, pero recordé alguno de sus escritos en estos días. Me atrevo a pensar que Zileri tenía el talante de lo que Rorty llamaba un “ironista liberal”. Alguien sin un “gran sistema” de creencias, que busca la verdad en el debate y la argumentación, siempre contingente, mucho más en los tiempos tan confusos e imprevisibles como los que nos tocó vivir. Alguien así difícilmente puede ser solemne, tomarse muy en serio a sí mismo, de allí su peculiar sentido del humor, expresado elocuentemente en el recordado “piletazo” de abril de 1995. Y su actuación pública no está motivada por una tarea de salvación llevando una verdad revelada, sino por la solidaridad, por la preocupación por un “nosotros”.

Vistas las cosas asi, creo que el humor de Zileri y de Caretas no solo son parte de un legado periodístico; son en el fondo parte de un ideario demócrata y republicano. ¿Firme y feliz por la unión? Pálidos pero serenos.


Perú, país de ingreso medio

Artículo publicado en La República, domingo 24 de agosto de 2014

Por los cincuenta años del Instituto de Estudios Peruanos organizamos un seminario en el que participó Alejandro Foxley, emblemático “tecnopolítico” latinoamericano: economista, académico, luego Ministro de Hacienda, senador y Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, luego funcionario de organismos internacionales multilaterales.

Foxley planteó la necesidad de estudiar la problemática y desafíos de la “trampa” que enfrentan los países de ingreso medio. Según las estadísticas, Perú dejó de ser “pobre” en los últimos años, al llegar a unos 10,000 dólares de ingreso promedio per cápita. ¿Solo una ilusión estadística? Según Foxley, esta situación nos pone retos diferentes de los que hemos estado habituados a pensar hasta el momento, y abre oportunidades antes inexistentes. Vista la cosa internacionalmente, Perú sería parte de un grupo de países que corre el riesgo de quedarse indefinidamente en una situación en la que se combinan razgos de país pobre con uno de país desarrollado: países como Malasia, Tailandia, Rumania, Bulgaria, Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México y Uruguay. Esta combinación, como sabemos, no es novedad para nosotros; llevamos décadas hablando sobre el “dualismo” o la fragementación del país, entre la coexistencia de un polo moderno-desarrollado y otro tradicional, con una mayoría empobrecida. Lo nuevo sería que la pobreza se ha reducido, los sectores medios han crecido, y el dinamismo económico estaría generando oportunidades que permitirían seguir un camino que podría llevarnos al desarrollo.

En las últimas décadas, muchos países han caído en esa trampa; los que la lograron sortear no están en América Latina: Finlandia, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelandia, Irlanda, España, Portugal, aunque estos tres últimos enfrentan en los últimos años serias deficultades. ¿Qué podemos aprender de esas experiencias? La necesidad de implementar políticas de crecimiento contracíclicas, con una regulación financiera eficiente; evitar una rigidez laboral y cambiaria, que nos haga vulnerables a situaciones de crisis; realizar una fuerte inversión en educación e innovación; construir un gran consenso social y político, que sostenga políticas de largo plazo.

En particular, para los países latinoamericanos, las tareas principales pasarían por avanzar en la diversificación de nuestra producción y exportaciones; para ello, una clave sería utilizar los recursos de la actual etapa de abundancia para defendernos de situaciones de crisis; el combatir las desigualdades, para lo cual se tiene que continuar con el combate a la pobreza, atender la extrema vulnerablidad de las “nuevas” clases medias; y atender la calidad de vida en las grandes ciudades, entre otras cosas. En el Perú en particular, diría que la absorción o integración (antes que “combate”) del mundo “informal” es una prioridad evidente.

Como puede verse, no se trata de hacer más de lo mismo que hemos hecho hasta ahora, sino de pasar a otra etapa, enfrentar otra agenda.

lunes, 18 de agosto de 2014

Henry Pease, 1944-2014

Artículo publicado en La República, domingo 17 de agosto de 2014

Desde muy temprano construyó los pilares que marcarían su vida. La política (fue presidente de la Federación de Estudiantes) y la academia: al poco tiempo de egresar de la PUCP empezó una ininterrumpida carrera docente, y se convirtió en director de DESCO, importante ONG de investigación y promoción del desarrollo. Desde entonces le tocó lidiar también con una enfermedad que marcaría la tenacidad con la que acometería todas sus tareas; y acaso también una visión de la vida capaz de situarse por encima de las contingencias del momento, y en la que las prioridades estaban bien puestas: la familia, la amistad, los afectos.

Esta combinación hizo que su trabajo académico estuviera politizado en el mejor sentido: orientado por la preocupación por los problemas del país. Como académico fue pionero en reivindicar la legitimidad de la democracia, algo extraño para la izquierda de la época, y tambien la autonomía de la política: por encima de los intereses de clase, la política era también negociación y acuerdo. Pionero también en alentar la reflexión sobre lo que hoy llamaríamos el desarrollo de políticas públicas (el área urbana de DESCO, p.e.), todo lo cual se expresaba en sus sesudas e imprescindibles editoriales en la revista QueHacer.

En 1983 Alfonso Barrantes ganó la alcaldía de Lima, y Pease se convirtió en teniente alcalde y motor de la gestión. Llevó a una izquierda marxista-leninista tradicionalista muchas cosas: la valoración de la democracia, el rechazo rotundo al senderismo, la apertura al mundo no partidarizado, a la “sociedad civil”, la importancia de una gestión pública eficiente, la relación con el mundo de la investigación, de la promoción del desarrollo, y de la cultura. Fue el gran impulsor de la propuesta de convertir Izquierda Unida en más que la suma de sus partidos; vino la ruptura que no pudo evitar, y por sus principios, sacrificó por un buen tiempo largas y cercanas amistades.
 

En la década de los años noventa entendió que la oposición al fujimorismo era la tarea central, y que debía darse en todos los espacios; no cayó en la tentación del abstencionismo (error de muchos, entre ellos de sus compañeros de izquierda), y participó en un Congreso hostil. Muy a contracorriente ejerció la oposición, con valentía denunció los crímenes de Barrios Altos y La Cantuta. Asumió que su tarea era articular un gran frente de oposición, y fue el gestor silencioso de los acuerdos que permitieron que Valentín Paniagua se convirtiera en Presidente del Congreso y en Presidente del gobierno de transición. Este nuevo perfil lo acercó a Toledo y lo llevó a la presidencia del Congreso, donde intentó implementar una reforma integral de la Constitución y una reforma política, lamentablemente fallidas.

En los últimos años, desde la Escuela de Gobierno de la PUCP, asumió que su servicio al país era formar profesionales competentes, pero con criterio y sensibilidad política. En la universidad nos veíamos con frecuencia. Lo voy a extrañar.

Gestión de intereses

Artículo publicado en La República, domingo 10 de agosto de 2014

En los últimos días fue “hackeado” ilegalmente el correo electrónico del expresidente del Consejo de Ministros René Cornejo, y hecho público un mensaje de Cecilia Blume dirigido al Ministro de Economía, escrito en tono amical, argumentando a favor de la prórroga de la temporada de pesca de anchoveta de este año, cosa que efectivamente ocurrió días después. Blume es consultora empresarial (y en esa actividad es socia de la hermana del ministro Castilla), miembro del directorio de una empresa pesquera, y columnista del diario Correo. Hace unos años, durante el gobierno de Alejandro Toledo, fue asesora de Pedro Pablo Kuczynski tanto en el Ministerio de Economía como en la Presidencia del Consejo de Ministros, y en su ejercicio profesional coincidió también con el ex primer ministro Cornejo. El caso Blume no es aislado, es más bien la expresión emblemática de una situación general.

En un mundo ideal, los profesionales se forman en un conjunto amplio de universidades competitivas, y optan por carreras en el sector público, en el sector no gubernamental sin fines de lucro, en el mundo de la investigación académica, o en el sector privado. Los campos están bien delimitados, todos son relativamente prestigiosos, y bien remunerados. Así puede darse lo que Peter Evans llamó “autonomía imbricada” en un libro clásico dedicado al papel del Estado en el desarrollo industrial en países emergentes. La idea es que estos espacios estén relacionados, que compartan visiones favorables al desarrollo, pero que estén también en trincheras diferentes. Esta situación permitiría diálogo y acuerdos, pero también haría difícil la “captura” del Estado por intereses particulares o conductas predatorias por parte de este.

En países como el nuestro, los centros de formación universitaria de alta calidad son muy pocos, y quienes tienen acceso a ellos muchas veces comparten otros espacios: viven en los mismos distritos, estudiaron en los mismos colegios, son socios de los mismos clubes, todo afincando en Lima. Esta cercanía genera relaciones amicales y hasta de parentesco. Al mismo tiempo, no hay en el Estado una carrera pública, las ONGs tienen problemas crónicos de financiamiento, las universidades pagan mal, y el mundo empresarial privado es siempre movedizo. Todo esto hace que sea muy frecuente que se pase de un espacio al otro y que las fronteras sean siempre borrosas. Esas mismas personas suelen usar los medios de comunicación para opinar sobre las decisiones que deben toman las autoridades públicas. Al final, la percepción general es que diferentes “argollas” controlan el Estado, desatendiendo el interés general.

La legislación actual sobre la gestión de intereses y las incompatibilidades y responsabilidades de los funcionarios públicos queda corta. En el corto plazo, cuando menos, se necesita más transparencia en quienes abogan por intereses específicos, quienes toman las decisiones en el Estado, como en quienes opinamos sobre estos temas en los medios de comunicación.

VER TAMBIÉN:

Conflictos de interés (LR, 14 de noviembre de 2009

lunes, 4 de agosto de 2014

Cuarto año

Artículo publicado en La República, domingo 3 de agosto de 2014

El presidente Humala inicia el cuarto año de gobierno sin ruta de navegación. Con Salomón Lerner, en los primeros cinco meses, de lo que se trató fue de establecer un equipo de orientación izquierdista que implementara la “hoja de ruta”; con Oscar Valdés, en los siete meses siguientes, se trató de combinar crecimiento, inclusión y orden; con Juan Jiménez, durante dieciseis meses (quien retrospectivamente aparece como un maestro en el arte de gobiernar), la combinación fue crecimiento, inclusión y diálogo. César Villanueva en cuatro meses nunca llegó a ejercer propiamente el cargo, y René Cornejo en cinco mostró que nunca dejó de ser una salida de emergencia ante la caída de su predecesor. Ana Jara es una excelente operadora política, pero su problema es que encabeza el Consejo de Ministros de un gobierno sin rumbo. Ahora el crecimiento está en cuestión, la inclusión prácticamente desapareció del discurso, y el gobierno no se decide entre el diálogo o la confrontación con la oposición, ambigüedad que hizo precisamente fracasar la opción de Villanueva. En este momento, todo parece quedar en manos de la iniciativa de los ministros individuales: en Educación, en Salud, en Producción, en Transportes, tenemos ministros con agendas de reformas importantes, y sus iniciativas particulares son las que marcan el rumbo del gobierno. Todo esto hace que la percepción del desempeño gubernamental hasta el momento aparezca como mediocre.

Sin embargo, ubicados en el escenario electoral 2014-2016, resulta que el humalismo sigue ubicándose en el espacio de centro izquierda con el que ganó las elecciones. Otra manera de decir lo mismo es que a la izquierda de Humala no existe nada (tanto así que Susana Villarán terminó siendo candidata de “Diálogo Vecinal”), salvo la apuesta de que Tierra y Dignidad, liderado por Marco Arana, se convierta en un referente político viable. De otro lado, si bien el desempeño gubernamental parece muy mediocre, y la aprobación a la gestión de Humala al inicio del cuarto año es similar a la de García en el mismo momento, García ya había pasado por el escándalo de los petroaudios y por los sucesos de Bagua, mientras que sobre Humala no pesan cargas equivalentes. Esto hace que, por ejemplo, en la votación para elegir la nueva mesa directiva del Congreso, la lista oficialista aparezca como “progresista” frente a la de pepecistas, fujimoristas y apristas.

Todo esto genera varias paradojas: visto desde la derecha, la gestión de Humala es ciertamente amigable, pero no lo es comparado con lo que serían las cosas con Keiko Fujimori, Pedro P. Kuczynski, o un tercer gobierno de Alan García. Desde la izquierda Humala despierta tirria por su “traición”, pero el humalismo resulta parte indispensable de cualquier intento de construir un frente progresista.

PS. Mi solidaridad con Farid Kahhat, notable colega de la PUCP, víctima de comentarios deleznables del embajador de Israel en nuestro país, totalmente impropios de quien ejerce ese cargo.

miércoles, 30 de julio de 2014

Independencias

Artículo publicado en La República, domingo 27 de julio de 2014

Los historiadores Juan Carlos Estenssoro, Carla Granados y Cecilia Méndez, con el apoyo del Instituto de Estudios Peruanos y del Instituto Francés de Estudios Andinos, entre diversas instituciones, están promoviendo importantes actividades alrededor de la celebración de la independencia: un concurso de ensayos, “Narra la independencia desde tu pueblo, tu provincia o tu ciudad”, y un seminario internacional, “Las independencias antes de la independencia”. El concurso buscó visibilizar la complejidad y extensión del proceso independentista, y los ganadores dan cuenta de sucesos ocurridos en Huacho, Arequipa y Tarapacá. Es decir, la independencia fue mucho más que la proclama del 28 de julio de 1821 de San Martín en Lima, fue una suerte de guerra civil que movilizó gran parte de la población del territorio que se convirtiría en el Perú. De allí que el seminario hable de diversas “independencias” antes de 1821, luchas que se remontan cuando menos hasta 1811, con la rebelión de Francisco de Zela.

Los organizadores impugnan el desinterés oficial y la simplificación del discurso público sobre la independencia, que suele obviar a personajes como Túpac Amaru, Zela, Paillardelle, los hermanos Angulo, Pumacahua, entre otros. Estenssoro señala en entrevistas que esto sería parte de un espíritu de los tiempos desdeñoso del pasado, de las humanidades y de la reflexión crítica; Méndez que esto podría expresar el desdén centralista por las provincias y el recelo que genera en las élites la movilización popular.

¿Reivindican parcialmente los organizadores, sin pretenderlo, la retórica oficial de 1971, con su énfasis en los precursores y próceres, y la noción de que la nación peruana tenía importantes bases de legitimidad popular, noción cara tanto a la historiografía conservadora como a la retórica del nacionalismo velasquista que se juntaron curiosamente alrededor de la Comisión Organizadora del Sesquicentenario? (visión cuestionada por Heraclio Bonilla y Karen Spalding con su célebre tesis de la “independencia concedida” por fuerzas extranjeras). Podría decirse también que caracterizar el proceso independentista como “guerra civil” lleva a distanciarse un poco del discurso anticolonial convencional, otro punto de contacto posible con una narrativa conservadora. Sin embargo, intuyo que los organizadores quieren, aunque no de manera explícita, reivindicar la capacidad de agencia de los actores sociales en general y de los populares en particular, que no habrían logrado tener propiamente representación ni en el orden colonial ni en el republicano. Sería muy bueno intentar convertir esa intuición en un discurso historiográfico que compita con los desgastados existentes.

Esa tarea resulta más pertinente considerando que estamos ante la gestación de una nueva narrativa de la peruanidad, alrededor de valores como el “emprendedurismo”, la creatividad, y una reivindicación nacionalista (“Marca Perú”) que tiende a soslayar nuestras deudas históricas pendientes.

ACTUALIZACIÓN, 4 de agosto

Una "réplica" a mi artículo, de Juan Carlos Estenssoro:

Narra la independencia desde tu pueblo: Historia, Historiografía y memoria. Un aclaración necesaria, en respuesta a Martín Tanaka

Una versión corta de esta "réplica" se publicará como carta en el diario La República. Mi comentario al respecto, que envié al editor es esta:

“La intención de mi artículo era resaltar la valía e importancia del trabajo de Estenssoro y Méndez. En el texto me pregunto si sus iniciativas podrían tener puntos de contacto con la historiografía conservadora, y mi respuesta es que no, en tanto “intuyo que los organizadores quieren, aunque no de manera explícita, reivindicar la capacidad de agencia de los actores sociales en general y de los populares en particular, que no habrían logrado tener propiamente representación ni en el orden colonial ni en el republicano”.

En una nota aparte, no entiendo por qué se percibe que la categoría “conservador” tenga alguna carga negativa (“estigma”). El conservadurismo me parece plenamente respetable, la historiografía conservadora tiene aportes fundamentales que debemos valorar y recoger en cualquier narrativa sobre el devenir histórico del país. Saludos.

ACTUALIZACIÓN, 7 de agosto

Una nueva "réplica" a mi artículo, esta vez de Cecilia Méndez, aquí.

ACTUALIZACIÓN, 18 de agosto

Carta de Estenssoro a La República, del 8 de agosto, y mi breve réplica.

Estado, islas y archipiélagos

Artículo publicado en La República, domingo 20 de julio de 2014

Hace unos días el premio a las buenas prácticas en gestión pública de la ONG Ciudadanos al Día cumplió diez años y, como todos los años, se dieron a conocer experiencias valiosas implementadas por diferentes entidades públicas. En general, puede afirmarse que cada vez más pueden encontrarse iniciativas destacables en diferentes ámbitos del Estado, que se expresan en mejoras a la atención de los ciudadanos y mayores niveles de eficiencia. Desde las universidades, cada vez más registramos que nuestros egresados ingresan al sector público, y que los salarios que perciben son competitivos frente a los del sector privado; en muchas entidades existe una política que premia la capacitación y el desempeño, y contrata siguiendo criterios meritocráticos, no clientelísticos. Sin embargo, al mismo tiempo, el día de ayer, Elmer Cuba en este diario nos recordaba que la recaudación tributaria casi se duplicó entre 2009 y 2015, pero la provisión de servicios públicos no ha aumentado en la misma proporción, ni en cantidad ni en calidad.

¿Cuánto ha cambiado el Estado peruano en los últimos años? En la década de los años noventa teníamos un diagnóstico: en el océano de un Estado quebrado e ineficiente, aparecieron “islas” de eficiencia, vinculadas al manejo macroeconómico y en parte a la política de combate a la pobreza. Sin embargo, el propio Fujimori bloqueó un intento de reforma integral del Estado hacia 1997, y ya sabemos cómo terminó esa historia: esas “islas” no solo no impidieron, sino que coexistieron con una corrupción generalizada y la destrucción de la institucionalidad política.

En la década de 2000, se mantuvieron en general las “islas” asociadas al manejo macroeconómico; con el gobierno de Toledo se avanzó algo en cuanto a mejoras en la institucionalidad democrática, pero muy parcialmente; y con el gobierno de García, la lógica de integración a los mercados globales llevó a que, paradójicamente, se avanzara en materia de regulaciones ambientales y del reconocimiento de derechos culturales. Al mismo tiempo, en el enfrentamiento con los sindicatos en el magisterio y en el sector público en general se encontró que lógicas de modernización y racionalización en el sector público resultaban un mecanismo útil para arrinconarlos, con lo que se avanzó en impulsar lógicas meritocráticas en el Estado. Finalmente, en los últimos años, con el gobierno de Humala, muchas de estas iniciativas han continuado, y se extendieron a la salud; y la promesa del combate a la exclusión llevó a mejoras en las políticas de combate a la pobreza.

Todos estos avances se han dado de manera parcial, discontinua, casi como consecuencia no intencional, no como parte de un compromiso conciente por mejorar el Estado. Las carencias siguen siendo clamorosas en cuanto a salud, educación, seguridad, justicia. Sin embargo, podría decirse que habríamos pasado de islas de excelencia a una suerte de archipiélago. La pregunta es si este es capaz será capaz de desencadenar cambios más profundos.

La nueva ley universitaria

Artículo publicado en La República, domingo 13 de julio de 2014

La realidad de nuestras universidades es ciertamente dramática. Medidas con criterios académicos internacionales, incluso las mejores tienen problemas para ubicarse al nivel de sus pares latinoamericanos. A duras penas solo alguna logra estar entre las 30 mejores de América Latina. Si esto pasa entre las mejores, ya pueden imaginarse qué pasa con el resto, considerando que hay cerca de 140, uno de los números más altos de América Latina. Como ha señalado el congresista Daniel Mora, muchas de ellas constituyen una estafa y merecerían ser cerradas. Algunos de sus críticos han señalado que la ley tiene una vocación paternalista negativa, y que bastaría con proporcionar información e indicadores de desempeño para que el mercado educativo se “autoregule”. Otros, simplemente defienden el statu quo.

A mi juicio, las intenciones de la ley son justas y necesarias, el problema es su implementación. Ocurre que en realidad la universidad peruana es muy distinta de lo que entenderíamos desde estándares internacionales, del mismo modo en el que ni nuestros partidos son tales, ni nuestras instituciones en general. En medio del colapso de la educación primaria y secundaria, en muchos contextos la educación superior resulta, en la práctica, el nivel en el que se intentan paliar sus limitaciones, y luego las maestrías se convierten en el nivel en el que se intentan paliar los límites de una mala formación de pregrado. Así, nuestra población universitaria muestra niveles que en realidad no corresponden a lo que internacionalmente se esperaría, pero sin embargo esos estudios cumplen una función. Esto explica que a pesar de que se trate de una “estafa”, sea un vehículo usado tan masivamente por la población, intentando lograr, mediante más años de estudio o la obtención de “cartones”, mejores oportunidades laborales.

Siendo las cosas son así, podría pensarse que la intención de la nueva ley es correcta, lo que llevaría, en el mediano y largo plazo, a un sinceramiento y reducción del número de universidades. Esto podría estar bien, pero la pregunta a continuación es qué caminos de mejor inserción al marcado laboral les quedan a los jóvenes. La respuesta sería una extensa oferta de carreras técnicas de calidad en todo el país, pero eso tomará tiempo; de hecho, una mirada profunda al mundo de la educación superior tecnológica mostrará también “estafas”. Tenemos una oferta excesiva en rubros como enfermería, comercio, servicios turísticos o computación, mientras que es prácticamente inexistente en áreas clave asociadas al desarrollo industrial.

La clave del éxito en la implementación de la ley es el crecimiento de una oferta sólida a nivel superior tecnológico; si no, la educación universitaria, por más mala que nos parezca, seguirá siendo la mejor opción para muchos jóvenes. En esto, estamos ante un viejo tema: el problema que enfrenta un Estado que quiere introducir lógicas racionales y modernas en sociedad que se mueve por reglas informales o tradicionalistas.

sábado, 12 de julio de 2014

50 años pensando el Perú



Acaba de salir publicado este libro, del cual tengo el honor de ser editor y coautor. Están todos invitados a su presentación.

"Con ocasión de los cincuenta años del Instituto de Estudios Peruanos, nos propusimos hacer un balance de nuestra contribución a las ciencias sociales peruanas y al mejor conocimiento del país. Fieles al espíritu de la casa, no quisimos inventarios celebratorios o complacientes, sino balances críticos. Quisimos textos que miren la producción del instituto a la luz de lo que sucedía en el país y en las ciencias sociales; que resalten los aportes a la comprensión del Perú, pero que también señalen omisiones, puntos ciegos, errores de interpretación, límites del trabajo institucional. Y que abran preguntas, temas de investigación, que esbocen una agenda para el futuro. Así, en este libro analizamos los temas centrales de preocupación del IEP (sociedad rural, migración y urbanización, escuela y sociedad, violencia y memoria), su producción disciplinaria (política, economía, historia), y proponemos evaluaciones generales sobre sus orígenes, evolución y desafíos futuros. Esperamos que a través de estos balances críticos el lector encuentre otra manera de acercarse a la comprensión de la compleja realidad peruana".

Contenido

Prólogo, por Roxana Barrantes

Introducción

El itinerario del Instituto de Estudios Peruanos: algunos hitos fundamentales
Julio Cotler

Pensando el Perú desde la literatura: el aporte del Instituto de Estudios Peruanos
Víctor Vich

Primera parte
Lo rural y lo urbano: escuela, migración y debate sobre la modernización en el Perú

50 años de reorientación de los trabajos del IEP: las sociedades campesinas y la migración a las ciudades
Jürgen Golte

50 años de investigaciones sobre la sociedad rural en el Instituto de Estudios Peruanos
María Isabel Remy

Educación, escuela y sociedad en el Instituto de Estudios Peruanos (1964-2013)
Patricia Ames

Segunda parte
Historia y violencia

La historia de la historia en el Instituto de Estudios Peruanos: los ciclos de las revoluciones historiográficas
Marcos Cueto

Los hondos y mortales desencuentros: violencia política y memoria(s) desde las miradas del IEP
Pablo Sandoval

Tercera parte
Economía y política: ¿la institucionalización de los mercados y la desinstitucionalización de la política?

Visiones de la economía y del desarrollo desde el Instituto de Estudios Peruanos: 50 años de reflexión sobre el Perú
Efraín Gonzales de Olarte

Los estudios políticos en el Instituto de Estudios Peruanos: cambios, continuidades y posibilidades
Jorge Aragón

Cuarta parte
Visiones generales

El Instituto de Estudios Peruanos y las ciencias sociales en el Perú: un balance crítico
Martín Tanaka

50 años del Instituto de Estudios Peruanos: de la agenda originaria a la agenda pendiente
Guillermo Rochabrún

El Instituto de Estudios Peruanos: 50 años buscando nación. Un ensayo de historia institucional
José Luis Rénique

Bibliografía general

Más aquí.

Derecho y economía

Artículo publicado en La República, domingo 6 de julio de 2014

Hace un par de meses se comentaba, a raíz de su fallecimiento, de los aportes de Gary Becker, ganador del premio Nobel de economía en 1992. Uno de los principales fue extender un análisis “económico” a otras esferas de la vida social, basado en el supuesto de la racionalidad de los actores en función de la maximización de sus beneficios individuales. Así, Becker exploró terrenos como la discriminación racial, el combate al crimen, las decisiones de casarse, divorciarse, tener hijos, entre muchas otras cosas. Digamos que Becker encontró una llave que parecía abrir muchas puertas, y la usó de manera creativa y abiertamente provocadora.

Una de esas puertas fue el estudio del derecho. Este tradicionalmente se fundaba en consideraciones normativas, que apelaban al “deber ser”, mientras que el enfoque económico partía de considerar que el cumplimiento de ley se rige por los costos y beneficios asociados a este, y que las leyes y normas estatales afectan la racionalidad de los actores, incentivando o no conductas determinadas. Los politólogos vemos también el mundo institucional más allá del deber ser, pero a diferencia del análisis económico, consideramos que existen instuciones formales e informales, y en estas últimas son claves hábitos, relaciones sociales, cultura, historia, y no solo los incentivos dados por las normas.

Todo esto viene a cuento de la discusión de los últimos días sobre el paquete de medidas propuesto por el Poder Ejecutivo, que busca promover la inversión reduciendo exigencias ambientales o procedimientos burocráticos, o cuando se plantea que para combatir la informalidad de la economía lo que correspondería sería reducir regulaciones y costos laborales.

Sin embargo, considero que son infundadas las expectativas puestas en que la inversión o la formalización aumentarían con cambios normativos. La desburocratización y la disminución de costos excesivos es algo bueno en sí mismo, y beneficiará en general a todos los empresarios, pero poco más. Las decisiones de inversión dependen de muchos otros factores: de la rentabilidad económica, obviamente, y de la calidad institucional en general, de la cual la burocratización es apenas un factor más. La informalidad es consecuencia de la incapacidad del sector moderno de absorber la demanda de trabajo y de la muy baja productividad de la enorme mayoría de micro y pequeñas empresas, antes que de los costos laborales. Aún más, relajar los controles ambientales y los estándares laborales puede ser contraproducente, porque puede aumentar la conflictividad social.

Precisamente, este desafío requiere construir una autoridad ambiental y laboral fuerte y creíble, que aparezca como imparcial en la mediación entre el interés empresarial y el las comunidades y trabajadores. Fortalecer la percepción de una autoridad que privilegia el interés empresarial va en contra de ese objetivo. En realidad, la propuesta del ejecutivo encubre su debilidad para avanzar en las reformas institucionales de fondo.

Elección en Lima (2)

Artículo publicado en La República, domingo 29 de junio de 2014

La semana pasada comenté sobre los precandidatos a la alcaldía provincial de Lima, y cómo de sus perfiles podrían sacarse lecciones de cómo funciona la política en el país.

Del lado de los sobrevivientes del pasado, la candidatura de Cornejo del APRA tiene sentido pensando en su carrera dentro de un partido con posibilidades de volver al poder nacional. Del Aguila con Acción Popular y Bonifaz con Somos Perú pagan el precio de postular con partidos que no logran sobreponerse a la muerte de sus fundadores.

En cuanto a los partidos con candidatos adoptados, tenemos personajes con experiencia municipal local, para quienes la asociación con partidos con “marcas vigentes” es útil para saltar al ámbito metropolitano. Para Sánchez-Aizcorbe el fujimorismo es un buen vehículo, y para éste no es problema que aquél provenga de Somos Perú – Perú Posible – Solidaridad Nacional; en esos casos, como ahora, se trató de acuerdos pragmáticos. Jaime Zea tiene una larga historia en Villa el Salvador, y el PPC lo ayuda a buscar el salto a lo metropolitano; para el PPC Zea ya puede ser considerado un cuadro propio (candidato por Unidad Nacional en VES en 2010 y 2002), aunque en 2006 haya postulado por Restauración Nacional, en la década de los noventa haya estado en Somos Perú y en la de los ochenta en la izquierda.

Es interesante notar que, en tanto Lima se derechizó, los cuadros de izquierda tuvieron estímulos para hacer lo propio. Otro buen ejemplo de esto es el alcalde de San Juan de Miraflores, Adolfo Ocampo: candidato a alcalde del distrito por Izquierda Unida en 1980 y 1983 (año en que ganó), por el Acuerdo Socialista en 1989, y candidato a diputado por Izquierda Socialista en 1990; en 1995 fue electo nuevamente alcalde, pero por Cambio 90 – Nueva Mayoría, y reelecto en 1998 por Vamos Vecino. En 2006 fue nuevamente candidato, pero por Avanza País, partido que afirma pretender seguir “la obra de Alfonso Barrantes”. En 2010 volvió a ser electo, por cuarta vez, en esta ocasión con Cambio Radical, el partido de José Barba.

Luego están los candidatos con partidos propios: Castañeda con Solidaridad Nacional, Castillo con Siempre Unidos; y los personajes que postulan con partidos personalistas ajenos: Belmont con el Partido Humanista, Arteta con Alianza para el Progreso, Heresi con Perú Patria Segura, Altuve con Vamos Perú. Estos personajes sienten que tienen capital político suficiente para su campaña, necesitando solo un partido para postularse, mientras que para estos un candidato competitivo es ocasión para posicionar sus marcas. Lo mismo Lo mismo puede decirse de la relación entre Villarán y Diálogo Vecinal.

Todo esto respecto al juego electoral: ¿qué decir de las propuestas de gobierno? Parece algo totalmente secundario. En el pasado, la ideología perfilaba propuestas de ciudad diferenciadas. Hoy no, al punto que Villarán con sus reformas tiene más respaldo entre los limeños de mayores ingresos, y Castañeda entre los más pobres con el recuerdo de sus obras.