martes, 7 de febrero de 2017

El final del sueño tecnocrático

Artículo publicado en La República, domingo 5 de febrero de 2017

Los sucesos de las últimas semanas marcan el irremediable final del sueño tecnocrático neoliberal: decisiones técnicas, libres de nefastas interferencias políticas, que aseguran decisiones eficientes, el mejor uso de los recursos públicos. Quedarían atrás la demagogia de los políticos, la corrupción de los burócratas y funcionarios “mercantilistas”, gracias a las ventajas de la libre competencia y la acción de los actores privados. Después del desastre de finales de la década de los años ochenta, el fujimorismo sentó las bases del sueño. Funcionó bien por un tiempo, pero promesa fue traicionada por su implementador: Alberto Fujimori, el antisistema, el antipolítico, terminó encarnando todos los males del político “tradicional”: buscó perpetuarse en el poder, subordinó la necesidad de reformas a cálculos electorales, construyó o permitió la construcción de una vasta red de corrupción.

Pero al menos Fujimori fue eficaz en destruir el orden anterior. Caído aquél, los viejos partidos y personajes no volvieron tal cual del pasado, lo que no solo permitió la continuidad del sueño de los años noventa, sino su fortalecimiento. A lo largo de los gobiernos de Paniagua, Toledo, García y Humala, descubrimos que los políticos, carentes de ideas y de cuadros, delegaron en los “expertos”, la toma de las decisiones importantes, para bien y para mal. Esto permitió la continuidad y asentamiento de ciertas orientaciones de política pública que explican que Perú haya sido uno de los países que más creció y redujo la pobreza en América Latina en los últimos quince años. También generó una notable reducción del espacio de debate público, una menor transparencia y rendición de cuentas. Pero la promesa era que el país estaba en buenas manos, y que los buenos resultados lo justificaban todo.

En las últimas semanas, descubrimos evidencia de que elementos esenciales del modelo nunca funcionaron: Proinversión llamaba a concursos con proyectos genéricos que luego daban lugar a la necesidad de adendas que inflaban los precios; los privados tenían capacidad de amarrar con los funcionarios las bases de los concursos para beneficiar a postores específicos; resulta que existen amplísimas redes de complicidad que involucran a empresarios, funcionarios, jurados, evaluadores, árbitros, políticos, periodistas, que permitieron que estos esquemas funcionaran. Los escándalos de Odebrecht, los problemas de la concesión del aeropuerto de Chinchero, han atacado al discurso tecnocrático en su línea de flotación.

En el debate que han propiciado sobre este tema Fernando Vivas, Jaime de Althaus y Carlos Meléndez en las páginas de El Comercio esta semana, me parece que esto no necesariamente es consecuencia de un malévolo plan planificado desde el inicio, ni que pueda exculparse a los tecnócratas con el argumento de que se trata de un buen plan que falla en la ejecución, debido a presiones o incentivos externos (Brasil). Estamos ante la falla de la élite de derecha del país, demasiado cómplice, demasiado complaciente con el “mercantilismo” que proclamaba despreciar.

Puesto ante una encrujijada, el gobierno del presidente Kuczynski no ha optando por la defensa de los principios, pervertidos por los actores, sino por un manejo político cortoplacista, ilustrado en la decisión de “Chinchero va”. Esta decisión tendrá consecuencias, porque empujan a la orilla opositora a aliados naturales del gobierno, a los defensores principistas del modelo pervertido por el “mercantilismo”. Veremos cuán profunda llega a ser esta grieta y si se lamentará haber tomado esta decisión en el futuro.

Cien años de la revolución rusa

Artículo publicado en La República, 29 de enero de 2017

En marzo de este año (según el actual calendario), se conmemoran los cien años la revolución de febrero de 1917, que acabó con la Rusia Zarista, y por supuesto más adelante, en noviembre, la revolución bolchevique de octubre, que luego dio lugar a la creación de la Unión Soviética. Esta conmemoración nos lleva a revisar gran parte de lo que fue el siglo XX. Muchas preguntas surgen al pensar en este aniversario: ¿pudo haberse evitado la llegada de los bolcheviques al poder? La revolución de octubre, ¿es consecuencia de la acumulación de situaciones “histórico-estructurales” o un ejemplo del poder del voluntarismo político? ¿Qué quedó del sueño de la construcción de una sociedad socialista y comunista como superación de los males del capitalismo? ¿Cabe preguntarse en qué momento “se jodió” la revolución rusa? ¿Qué papel cumplieron Lenin, Trostky, Stalin? La historia de la revolución rusa, ¿pudo haber sido diferente? ¿Hasta qué punto “los males” de la década de los años treinta se justifican en nombre de la derrota del nazismo? La caída de la URSS, ¿era inevitable? ¿Cómo los comunistas chinos se mantienen aún en el poder? ¿Cómo juzgar el papel de Gorbachov?

Como puede verse, son muchas preguntas, muy grandes, y estas son solo algunas de las muchas que podrían plantearse. En general, a la distancia, podría decirse que desde muy temprano la idea de la construcción del socialismo se subordinó a las necesidades de la pura sobrevivencia. La propia llegada de los bolcheviques al poder se dio en condiciones muy azarosas y precarias: su consolidación en el poder ocurre en medio de una guerra internacional, que después da lugar a una cruenta guerra civil. La década de los años treinta está marcada por una grave crisis económica mundial, por la irrupción del fascismo y la antesala de la segunda gran guerra, que termina con un saldo de millones de muertos. Vistas las cosas así, uno parece entender mejor lo ocurrido desde el punto de vista de la vieja necesidad de mantener el orden y la seguridad de la gran Rusia antes que desde la voluntad de la construcción del socialismo.

Un capítulo especial en esta conmemoración sería explorar las relaciones entre la Unión Soviética y los países latinoamericanos, en particular a través de la actuación de los partidos comunistas marcados por su influencia. En el Perú en particular, creo que más allá de algunos esfuerzos valiosos, la historia del Partido Comunista Peruano desde José Carlos Mariátegui hasta Jorge del Prado, por así decirlo, está todavía por escribirse. El vínculo del comunismo peruano con el comunismo internacional, que se manifestó elocuentemente en el apoyo al gobierno oligárquico de Manuel Prado, la relación con los nuevos grupos de izquierda más cercanos a Cuba o a China, la relación con el gobierno militar de Velasco, el papel jugado dentro de la Izquierda Unida, en fin, serían algunos temas muy relevantes.

Hacer un balance y una evaluación de lo que significa este centenario resulta muy complicado en la propia Rusia actual. El actual presidente, Vladimir Putin, ha desarrollado una fuerte retórica nacionalista, que reivindica grandes figuras que se remontan muy atrás en el tiempo, y en donde la retórica bolchevique no tiene mayor lugar; aunque sí la reivindicación de la derrota del nazismo en la segunda guerra mundial. Es interesante leer en este contexto que, según algunas encuestas recientes, la figura del zar Nicolás II gana crecientes simpatías, pero también se mantiene la de Lenin. Lo que tienen en común es reivindicar la grandeza Rusa, más allá de las diferencias ideológicas.

Las “sutilezas” de la corrupción

Artículo publicado en La República, domingo 22 de enero de 2017

La corrupción (como la existencia del mal) es lamentablemente parte inevitable de la vida, siempre la ha habido y la habrá, en Perú y en todo el mundo: el asunto es prevenirla, combatirla, contenerla, sancionarla. Ayuda para esto saber en qué contextos prolifera: la enfermedad prospera en contextos de arbitrariedad, escaso control, sanciones débiles. Pero esta asume formas muy diversas según el contexto, y saber de sus variantes es clave para combatirla de manera más eficaz. Por ejemplo, con el fujimorismo de la década de los años noventa tuvimos una corrupción altamente centralizada y jerárquica, organizada desde el centro del poder, tomando provecho de la ausencia de contrapesos institucionales. En los últimos años, marcados por el escándalo lava jato, tuvimos una serie de condiciones favorables: a nuestra tradicional debilidad institucional y a la agravada precariedad de nuestra elite política, se sumó un excepcional contexto de alto crecimiento económico, la existencia de una entusiasta política de promoción de la gran inversión privada, que relajó mecanismos de supervisión y control.

Además, desde Brasil llegó a toda la región una política bien planificada para ganar recursos e influencia, una suerte de asociación público – privada corrupta: una coalición de gobierno armada desde el Partido de los Trabajadores, arma un esquema con beneficios para todos los socios, en el que participan empresas públicas y proveedores privados. Esquema que permite ganancias particulares y financiar las campañas políticas, para asegurar la reproducción del sistema. Un esquema no solo aplicado en Brasil, sino parte de una ambiciosa estrategia pensada para obtener beneficios e influencia internacional, la avanzada del sueño de la potencia mundial emergente. Por ello el caso lava jato extiende su onda explosiva por toda la región: Argentina, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Panamá, República Dominicana, Venezuela, son los países principales en los que se aplicó este esquema, que no respeta límites políticos o ideológicos, que halló suelo fértil en países con dinero e instituciones precarias. Nuestro país no es nada diferente, por ello el escándalo ha terminado salpicando a los gobiernos de Toledo, García y Humala, a múltiples gobiernos regionales y locales, incluyendo al de la capital.

La corrupción reciente asume particularidades en las que cabe reparar. No es la simple corrupción por “robo de dinero” de las arcas del Estado, es algo más sutil y difícil de investigar: sobornos para lograr convertirse en proveedor o concesionario; para desarrollar obras o prestar servicios en condiciones muy ventajosas, probablemente con sobre costos significativos. Es un modus operandi que requiere cercanía y coordinación con el poder político; al mismo tiempo, el poder político está tentado a incurrir en estas prácticas no solo por el beneficio personal, también por la presión para financiar la actividad política. Desenredar la madeja se hace así muy complicado, por la variedad de intereses en juego, que cruzan a todos los grupos políticos, de muy alto nivel, que van desde la corrupción para el beneficio personal, hasta aquellos que lo justifican en nombre de la defensa de causas partidarias.

¿Qué hacer? Ya se han esbozado algunas propuestas: hacer más exigentes y transparentes los procesos de licitación, los concursos públicos, las adjudicaciones, siendo concientes de que ello implicará seguramente procesos más largos; hacer transparente el aporte privado a las campañas políticas. Hay que volver a las recomendaciones de la Comisión Presidencial de Integridad.

Cómo bailar el vals

Artículo publicado en La República, domingo 15 de enero de 2017

En cuanto a la relación entre ejecutivo y legislativo, hay quienes piensan que el fujimorismo buscará de cualquier manera la vacancia presidencial y el adelanto de elecciones como mecanismo para llegar al poder. Otros pensamos que ese camino es suicida para el fujimorismo: la sombra de una conducta desleal con la democracia y la imagen de prepotencia liquidaría sus aspiraciones electorales. Y aunque lograra ganar, llegaría al poder muy debilitado y cuestionado, y heredaría una situación de crisis que haría inviable su gobierno.

El dilema del fujimorismo es que, de un lado, necesita presentarse como la cabeza de la oposición, para capitalizar el inevitable desgaste del gobierno; para ello necesita mostrarse duro, evitando ser rebazado por la izquierda, que más bien sostendrá que el gobierno y el fujimorismo comparten el mismo modelo económico. Pero al mismo tiempo, el fujimorismo del 2021 requiere que haya elecciones en ese año y una transición gubernamental mínimamente ordenada y estable, por lo que necesita apoyar al gobierno en asuntos clave desde su mayoría parlamentaria. ¿Cómo se baila ese vals? Vimos un ensayo satisfactorio con el voto de confianza al Presidente del Consejo de Ministros y la delegación de facultades legislativas; y un gran tropiezo con la censura de Jaime Saavedra, percibida como una demostración gratuita de fuerza, que ya se expresa en el aumento en la desaprobación a la actuación de K. Fujimori.

Una referencia de cómo se juega un juego como este es la relación que estableció Alan García y el APRA con el gobierno de Alejandro Toledo. Este gobierno se desgastó muy rápidamente y llegó a tener niveles de aprobación de apenas un dígito durante su tercer y cuato año de gobierno. Además, Perú Posible inició el gobierno con 45 congresistas, y los fue perdiendo hasta terminar con 35, unos cuantos más que los 28 apristas que mantuvieron la disciplina de la bancada. El escenario de la vacancia y del “paso al costado” rondó durante los momentos más críticos del gobierno; sin embargo, García logró el objetivo de arrinconar al gobierno, aparecer como líder de la oposición, evitar ser desbordado desde una opción de izquierda en las elecciones de 2006, y al mismo tiempo dejarle oxígeno al gobierno para que llegue hasta el final, realice una transferencia ordenada, y llegar a la presidencia en muy buenas condiciones. Para que el fujimorismo realice una faena similar, se requiere que entiendan la naturaleza del juego: se trata de golpear, pero nunca al extremo de impedir que el juego continúe hasta el final. Esto requiere lucidez, autocontrol, que esperemos tenga Keiko Fujimori, y una bancada disciplinada que entienda la diferencia entre los gestos y las intenciones verdaderas.

En diciembre del año pasado falleció el premio nobel de economía Thomas Schelling, a quien se le atribuye la teoría de la “destrucción mutua asegurada”, que supuestamente impidió una tercera guerra mundial durante la guerra fría. Dos actores racionales, concientes de sus intereses, desarrollan conflictos “convencionales” sin llegar a un escalamiento nuclear que saben los llevará a la destrucción mutua. En el escenario de la vacancia, cae el gobierno, pero también el fujimorismo. El problema es que los actores políticos no siempre son capaces de actuar racionalmente: como señaló otro gran analista de los conflictos, Graham Allison, en su libro sobre la crisis de los misiles cubanos, en ocasiones los pequeños intereses faccionales priman, las rutinas e inercias generan dinámicas imposibles de revertir, lo que termina generando conductas autodestructivas.

¿Qué país es éste?

Artículo publicado en La República, domingo 8 de enero de 2017

En junio de 1986 se produjo el motín de presos senderistas en los penales de Lurigancho, El Frontón y Santa Bárbara, que dio lugar a la operación de debelamiento que terminó con el fallecimiento de tres miembros de las Fuerzas Armadas, un rehén, y más de dos cientos internos, muchos de ellos ejecutados extrajudicialmente después de haberse rendido. Fue un suceso traumático para el país. Pocas semanas después, en el Instituto de Estudios Peruanos Julio Cotler organizó el seminario “Para afirmar la democracia”, que concitó enorme interés en el mundo de las ciencias sociales. Siendo estudiante universitario, intenté ingresar al evento, pero había tanta gente que me fue imposible. Al terminar alguna de las sesiones, amigos que habían estado dentro comentaban incrédulos que Luis Pásara había dicho que después de analizar mucho la situación, había llegado a la conclusión de que el Perú era inviable, de que entraría a un proceso acelerado de “libanización”, y que por ello había tomado la decisión de irse a vivir al extranjero. Ricardo Letts habría gritado de indignación, y Javier Iguíñiz habría dicho que en el Perú hay ciudadanos de pasaporte, de libreta electoral y de libreta militar, y que la izquierda debería preocuparse especialmente de estos últimos.

No sé cuán ajustado a los hechos sea este recuento, pero vale para marcar la relación de apasionado “amor-odio” que Luis Pásara ha mantenido con el país, y que se expresa nuevamente en su último libro, ¿Qué país es éste? Contrapuntos en torno al Perú y los peruanos (Lima, Fondo Editorial PUCP, 2016). Se trata de un libro de entrevistas realizadas por el autor intentando entender mejor al Perú de hoy, desde sus propias dudas e inquietudes. Así, uno de los temas es la relación con el Perú por parte de peruanos viviendo en el extranjero, que tomaron la decisión de volver; otros temas intentan hacer un balance de continuidades y cambios registrados en las últimas décadas; cubriendo asuntos como la discriminación y la desigualdad, el papel de la mujer, de los empresarios y de las elites en general, para lo cual Pásara conversa con artistas (Gerardo Chávez, Ramiro Llona), empresarios (Oscar Espinosa, Rosario Bazán, Juan Carlos Verme), intelectuales (Felipe Ortiz de Zevallos, José Luis Rénique, Alberto Vergara, Moisés Lemlij), académicos (Mario Montalbetti, Fabiola León-Velarde), ex funcionarios públicos (Pilar Mazzetti, Carolina Trivelli, Ricardo Luna, Fernando Palomino), expertos en diferentes materias (Javier de Belaunde, Ricardo Uceda, Jeanine Anderson, Jo-Marie Burt), personajes con experiencia política sin ser políticos propiamente dichos (Jorge Nieto, Alberto Gálvez Olaechea), y activistas sociales (Carmen Lora, Wilfredo Ardito, Roxana Vásquez, José Carlos Agüero). Pásara dedica el libro a la memoria de Jorge Basadre y César Arróspide de la Flor, “esperanzados ambos en que el Perú era no solo problema sino también posibilidad”, y ese es el espíritu que guia las páginas de este fascinante libro.

Cada entrevista tiene valor en sí misma, y en conjunto puede encontrarse una evaluación de cuánto ha cambiado el país “libanizado” que veía Pásara con espanto, con taras que se mantienen, pero también con oportunidades inéditas. Pásara invoca al inicio la figura de Basadre, y para terminar cabe recordar la frase con la que el gran historiador cierra La promesa de la vida peruana: “Toda la clave del futuro está allí: que el Perú se escape del peligro de no ser sino una charca, de volverse un páramo o de convertirse en una fogata. Que el Perú no se pierda por la obra o la inacción de los peruanos”.

2017

Artículo publicado en La República, domingo 1 de enero de 2017

En la primera columna de 2016, entrando a la campaña electoral propiamente dicha, veíamos una oferta abundante de candidatos a la derecha, varios con opciones significativas de triunfo, y del centro a la izquierda una diáspora de candidaturas poco viables. Los cinco candidatos que encabezaban las encuestas de intención de voto, y que se presentaron en la CADE de inicios de diciembre de 2015 (K. Fujimori, Kuczynski, García, Toledo y Acuña) no mostraban grandes diferencias en sus propuestas de gobierno, y la incertidumbre y los temores se personalizaban en la figura de Acuña, considerando la distancia que media entre haber sido alcalde y presidente regional, y ser Presidente de la República. Al final, como sabemos, Kuczynski logró ganar la elección ocupando, muy empujado por las circunstancias, una posición de centro; logrando maniobrar entre un fujimorismo muy fuerte y agresivo desde la segunda vuelta, y una izquierda que terminó siendo beneficiada accidentalmente de las contingencias asociadas a la exclusión de las candidaturas de Acuña y Guzmán. Todas estas últimas expresión de la continua búsqueda algo “diferente” en buena parte de los electores.

Desde entonces podía preveerse el rumbo del nuevo gobierno: decíamos el 3 de enero del año pasado que “en general sabemos que tendremos gestiones relativamente parecidas a las que hemos tenido en los últimos tres gobiernos: con cierta orientación general pro mercado, con algunas iniciativas sectoriales destacables, con otras con estancamientos o retrocesos lamentables. Con problemas serios de gestión política, consecuencia de la falta de cuadros suficientes con experiencia necesaria, de la falta de implantación en el conunto del país. Con metidas de pata desconcertantes, con iniciativas que luego son descartadas, algunas de ellas por la movilización y oposición ciudadana. Con muchos ministros independientes, que podrían haber sido ministros con cualquiera de los candidatos perdedores, y que podrían haber sido ministros con cualquiera de los gobiernos anteriores. Con escándalos salpicados por aquí y por allá, involucrando a congresistas del oficialismo y la oposición, a alguno que otro ministro o asesor presidencial”.

Pensando en el 2017, hay también cosas que resultan esperables. Si comparamos la evolución de la aprobación a la gestión presidencial en los últimos tres gobiernos, encontramos que Toledo terminó el 2002 con 24%, García el 2007 con 33%, y Humala el 2012 con 48%. Kuczynski termina el 2016 con 48%: en los próximos doce meses, muy probablemente no caerá tanto como Toledo, pero difícilmente terminará mejor que Humala. El segundo año del gobierno suele ser un año relativamente estable: en cuanto a las expectativas, se han desinflado las ilusiones infundadas iniciales, pero todavía no hay hartazgo con el gobierno; y en cuanto a la gestión, se superan los errores y las novatadas iniciales y la nueva administración empieza a funcionar, de modo que se equilibran algunos logros con los problemas inevitables (las caídas ocurren en el tercer año del gobierno).

Los primeros meses del 2017 el debate estará centrado en la evaluación de los decretos legislativos expedidos por el poder ejecutivo, y por su revisión por parte del Congreso, fuente nuevamente del tenso tira y afloja que ya vimos en las últimas semanas. Afortundamente, ahora hay más conciencia y experiencia respecto a cómo se juega ese juego. Y el inicio del nuevo año escolar será una prueba para evaluar la continuidad del legado de la gestión de Saavedra, y de las lecciones que habría sacado el gobierno después de su censura.

lunes, 26 de diciembre de 2016

La vida sin dueño

Artículo publicado en La República, domingo 25 de diciembre de 2016

Está en librerías el fascinante libro de memorias del pintor Fernando de Szyszlo (Lima, Alfaguara, 2016, con la colaboración de Fietta Jarque) testimonio del desarrollo de la cultura, las artes y de la política del siglo XX peruano, y también del XXI. En sus páginas leeremos evocaciones de Abraham Valdelomar (tío del pintor), recuerdos lejanos del golpe de Sánchez Cerro y la caída de Augusto B. Leguía, de los estudios universitarios con Adolfo Winternitz, de la peña Pancho Fierro y de la Agrupación Espacio; de la amistad del autor con José María Arguedas, Emilio Adolfo Westphalen, Sebastián Salazar Bondy, y Luis Miró Quesada; de su estancia en París con Blanca Valera, del descubrimiento de América Latina y del mundo a través de escritores como Octavio Paz, Pablo Neruda, Julio Cortázar, y de pintores como Rufino Tamayo, Roberto Matta y Wilfredo Lam; de la vida como pintor, la obsesión por el círculo, el hombre-máquina y el hombre-ave, las habitaciones o lugares extraños, y los signos de puntuación, reconocibles en muchas de sus obras. De su gran amistad con Mario Vargas Losa y de su relación con la política, su participación en el Movimiento Libertad, y de “los almuerzos de los jueves” que empezaron hace treinta años y al que últimamente se ha integrado el expresidente Alan García. De su vida personal, opiniones, en fin, 284 páginas en las que cada una tiene algo interesante, que reflejan un vida rica e intensa. El credo de Szyszlo sigue la frase de Rilke, según la cual para pintar, al igual que para escribir un poema, “hay que haber amado, hay que haber odiado, hay que haber sufrido, hay que haber gozado, hay que haber visto morir”.

Leyendo el libro me pregunto sobre las diferencias entre el quehacer cultural, artístico y político que muestra el libro y el que nos ha tocado vivir a las nuevas generaciones. Lima era más pequeña, y era más fácil que personajes dedicados a diferentes ocupaciones tuvieran relación entre sí, y que las actividades de unos repercutieran en los otros. Yo trabajo en el Instituto de Estudios Peruanos, cuya fundación y carácter no se entendería sin la Peña Pancho Fierro, la Agrupación Espacio y el Movimiento Social Progresista. Esas experiencias hicieron que se juntaran José Matos, José María Arguedas, Sebastían y Augusto Salazar Bondy, todos cercanos a Szyszlo. Luego, la experiencia parisina significó para Szyszlo, y los de su generación, descubrir el mundo, pero también las raíces latinoamericanas; hoy escritores como Jorge Volpi han decretado la muerte de América Latina como imaginario de identidad colectiva. Y para esa generación el compromiso político y una noción trascendente de su actividad era central, mientras que ahora el quehacer profesional y el individualismo parecen ser lo distintivo. En cuanto a las artes, Szyszlo señala que no considera arte buena parte de lo que sucede con el arte contemporáneo, “[el] pop art, el conceptual, las performances, las instalaciones, etc… esta clase de arte no trata de suprimir el arte [como en el dadaísmo] sino solamente quitarle todo contenido, banalizarlo hasta que se convierta en un producto vacío de interés y de atractivo”.

Las maneras en las que se relacionan arte, cultura y política han ciertamente cambiado, para bien y para mal. Han desaparecido algunas viejas taras, pero también algunas grandes virtudes. Leer el testimonio de la vida de Szyszlo permite a cada lector hacer un balance y, en lo que es posible en el mundo de hoy, plantea la tarea de recuperar aspectos valiosos de una tradición intelectual que no debemos perder.

domingo, 18 de diciembre de 2016

La censura y la confianza

Artículo publicado en La República, domingo 18 de diciembre de 2016 

El pasado martes 13, en su mensaje a la nación, el presidente Kuczynski lamentó el maltrato al ministro Saavedra, aseguró que no retrocederá “ni un milímetro” en la reforma educativa, anunció que no haría de la permanencia del ministro una cuestión de confianza de todo el Consejo de Ministros, que esperaba una actitud responsable en el Congreso, y convocó a un diálogo nacional. Creo que, en términos generales, el presidente hizo bien, y en realidad, no tenía margen para hacer nada muy diferente.

Algunas voces abogaron muy apasionadamente por el pedido de confianza, con la idea de que esa demostración de fuerza apaciguaría los ánimos levantiscos del fujimorismo. Sorprende la ingenuidad de esa postura, que demuestra que ninguna decisión importante debe ser tomada con la cabeza caliente. Primero, la cuestión de confianza hubiera implicado un escalamiento mayúsculo de la confrontación, en donde el matón dejaba de ser solo el fujimorismo y empezaba a serlo también el ejecutivo; más en un contexto en el que el, según IPSOS, el 42% de los encuestados piensa que el ministro fue interpelado por irregularidades en la compra de computadoras (otras respuestas muestran porcentajes mucho menores), y el 52% que debería ser reemplazado (frente a a un 32% que piensa que debería seguir en el cargo). Segundo, quienes creían que el pedido de confianza era una carta ganadora, se olvidan de que el Congreso no es manco: la mesa directiva podría haber argumentado que el pedido llegó tarde (después de la interpelación), o que no era un pedido procedente, porque los cuestionamientos caen sobre sobre la compra irregular de computadoras y el retraso en la organización de los juegos panamericanos responsabilidad de un ministro, no sobre la política general del gobierno. En todo caso, esto iba a ser materia de una interpretación por parte de la Comisión de Constitución, y luego, eventualmente, del Tribunal Constitucional. Así, censurado Saavedra, Zavala no habría sabido qué hacer. Mientras tanto, la opinión pública preocupada por la seguridad ciudadana, los casos de corrupción, la desaceleración económica, y mil problemas más, vería a una elite política enfrascada en una pelea incomprensible de sofisticada exégesis constitucional. Me parece que habría perdido el fujimorismo, pero también, y mucho, el gobierno. Quienes hubieran ganado serían otros que se presentan hoy como velando por los intereses del presidente.

Esto no significa por supuesto que para el gobierno no haya nada que hacer y que no haya en efecto riesgos en la relación con el fujimorismo. Lo importante es mantenerse firme, particularmente en cuanto a la continuidad de la reforma educativa y en la implementación de las iniciativas de la Comisión Presidencial de Integridad. Y si el fujimorismo ha optado por un camino obstruccionista y desestabilizador, pues lo que corresponde es dejarlo en evidencia. Según IPSOS la aprobación del presidente cayó de 51 a 48% entre noviembre y diciembre, pero la de Keiko Fujimori también, de 41 a 37%. Tal vez el Consejo de Ministros tenga necesidad, más adelante, de plantearle una moción de confianza al Congreso para asegurar la viabilidad del gobierno, pero ello debe ocurrir cuando la postura obstruccionista sea evidente para la ciudadanía; para ello la acción del gobierno es decisiva, no ocurrirá de por sí, como la experiencia de Saavedra demuestra. Solo entonces suscitará el respaldo masivo que la haría una herramienta útil. En suma, en la vida hay que saber qué batallas hay que dar, cuál es el momento para librarlas, y por supuesto, prepararse para ellas.

Diagnosis

Artículo publicado en La República, domingo 11 de diciembre de 2016

¿Qué pasó? Después de la confianza recibida por el Consejo de Ministros, la delegación de facultades y la aprobación del presupuesto por parte del Congreso, pareció establecerse una dinámica, por parte del fujimorismo, de crítica (muchas veces altisonante) sin caer en el obstruccionismo, y por parte del ejecutivo, de búsqueda de avances sustantivos evitando la confrontación gratuita. Era lo más razonable, y a decir verdad, el único camino posible para los intereses de ambos. El fujimorismo aspira a ejercer su papel de fuerza de oposición, pero no puede parecer como impidiéndole gobernar a Kuczynski a la mala. Y el gobierno debe durar cinco años, pero tampoco puede ser rehén de un fujimorismo bravucón. Además, en el fondo, lo que separa a PPK del fujimorismo no es tan sustancial como para justificar una guerra. La crispación es resultado de incidentes de la última etapa de la segunda vuelta de la campaña electoral, que muchos asumimos que a estas alturas estarían superados.

Pero esta crispación se ha mantenido latente, avivada tanto por sectores que consideran que el fujimorismo es esencial e inevitablemente autoritario y corrupto, como por el irredentismo fujimorista, para el cual no existen culpas que expiar, y las críticas que reciben se perciben como resultado exclusivo de la “manipulación mediática caviar”. Como es claro, ambas posturas se refuerzan a sí mismas, generan reacciones que confirman sus prejuicios, y generan una dinámica crecientemente confrontacional.

En este marco, el ministro Saavedra aparece como la víctima, un tanto accidental, de una variada constelación de intereses y circunstancias. A los enemigos de la reforma universitaria se suman los egos heridos de quienes buscan una satisfacción por las supuestas ofensas recibidas; está también la oportunidad de oro para, en cuanto a temas de corrupción, pasar por fin de ser acusados a ser acusadores, de poner en el banquillo a los representantes de la corrección política, para dar una muestra de fortaleza a quienes especulaban que estaban divididos.

Me parece entonces que es la sangre en el ojo la que explica la conducta destemplada de Fuerza Popular, antes que la implementación de un sofisticado y malévolo plan que termina con la vacancia del presidente. Esta línea de conducta es totalmente autodestructiva para ellos, no hace sino validar la peor imagen que construyen de ellos los antifujimoristas acérrimos, los aleja de potenciales apoyos y simpatías imprescindibles para salir de su ghetto. Si personas como Jaime de Althaus, Jorge Trelles, Aldo Mariátegui, César Nakazaki o César Luna Victoria se han pronunciado en contra de la censura, estamos ante un mensaje que Keiko Fujimori debería atender.

Frente a esto, ¿qué debería hacer el gobierno? Creo que mantenerse firme en la reforma de la educación, básica y superior, y en la propuesta de combate a la corrupción, para lo cual es clave implementar las propuestas del excelente informe de la Comisión Presidencial de Integridad. Mostrar claramente de qué lado está la razonabilidad y de qué lado la prepotencia, ganar la batalla ante la opinión pública, la única fuente de sostenimiento con la que cuenta. Quienes apelan a hacer de la permanencia de Saavedra una cuestión de confianza de todo el gabinete, me parecen que pecan de ingenuos. El Congreso cuenta con muchos recursos para evitar ser cerrado y al mismo tiempo hacerle imposible la vida al ejecutivo. La guerra entre poderes termina inevitablemente en la destrucción mutua. Quienes ganarían son algunos de los que estarían observando la batalla desde el balcón.

Castro y Cuba

Artículo publicado en La República, domingo 4 de diciembre de 2014

La revolución de 1959 fue bienvenida de manera prácticamente unánime: se veía como una revolución democrática, nacionalista, popular, en contra de una dictadura represiva, excluyente, sometida a intereses extranjeros. A pesar de tempranas muestras de intolerancia, autoritarismo y de un personalismo excesivo, la equivocada respuesta de la oposición cubana y de los Estados Unidos dieron razones para justificar el giro hacia el comunismo, el acercamiento a la Unión Soviética y el establecimiento de una lógica de resistencia. Es justo recordar el golpe de Estado en contra del presidente Arbenz en Guatemala en 1954 y el intento de invasión en Playa Girón de 1961, ambos con apoyo estadounidense, así como la posterior invasión en 1965 de República Dominicana. La “amenaza imperialista” no era solo un discurso retórico.

Los primeros años, los únicos propiamente revolucionarios, los de la reforma agraria, la universalización del acceso a la educación y a la salud, los de los intentos de lograr también una revolución productiva, hicieron que, en medio de grandes contradicciones y dificultades, las condiciones de vida de los cubanos mejorara, lo que permitió que el nuevo régimen despertara una amplia simpatía y solidaridad internacional. Se estableció sin embargo un régimen de partido único que progresivamente se fue haciendo cada vez más personalista, excluyente y represivo. Aunque también es cierto que el autoritarismo se estaba extendiendo en toda América Latina en la década de los años setenta.

¿Podía al menos el autoritarismo político ser eficiente en lo económico? Recordemos que en China con Deng Xiaoping, desde finales de la década de los años setenta, se emprendieron reformas orientadas al mercado que explican la pujanza económica de ese país. En Cuba hubo intentos de liberalizar la economía en esos mismos años, con resultados mínimamente promisorios. Hasta inicios de los años ochenta el modelo cubano parecía sólido, a pesar de las continuas disidencias y de sucesos como el de los refugiados de El Mariel.

La tragedia para mí fue que, mientras que el mundo viró a lo largo de la década de los años ochenta hacia el liberalismo político y económico, en Cuba Castro impuso la política de “rectificación”, hacia formas más estatistas y controlistas, y una “depuración” en el poder que acrecentó aún más el personalismo. Mientras China apuraba sus reformas económicas, la URSS iniciaba la Glasnost y la Perestroika, mientras América Latina giraba hacia la democracia y la economía de mercado, Castro buscó aferrarse al poder a toda costa. En la década de los años noventa el pueblo cubano tuvo que pagar el precio, y se hizo evidente el fracaso del proyecto revolucionario: Cuba descubrió hasta qué punto había pasado de ser dependiente de los Estados Unidos a serlo de la Unión Soviética. El “periodo especial” reveló una economía colapsada, que revirtió buena parte de los logros del periodo revolucionario; se vivía, igual que antes de la revolución, una dictadura represiva, con un poder oligárquico (esta vez concentrado en la nomenklatura), y el otrora país orgulloso de haber desaparecido el turismo sexual y la prostitución tuvo que recurrir al jineterismo para evitar el colapso económico. Más adelante, la tragedia deviene en farsa, cuando Cuba sustituye la dependencia de la URSS por la del petróleo chavista.

Algunos rescatan como herencia valorable de Castro el idealismo y los sueños que despertó; yo pienso que ese es precisamente el tamaño de su fracaso y lo negativo de su legado: destrozar, dilapidar y tergiversar los sueños de varias generaciones.

“Posverdad” (2)

Artículo publicado en La República, domingo 27 de noviembre de 2016

La semana pasada comentaba sobre la creciente importancia de la “política de la posverdad”, fenómeno global por el que, en el debate público, los “hechos objetivos” pesan menos en la formación de la opinión pública que los llamados a la emoción o a las creencias personales. En nuestro caso, si bien los “hechos objetivos” han estado siempre en disputa por conflictos sociales y políticos, lo que ha ocurrido por lo general es que a unos hechos se han contrapuesto otros, por lo que tenemos conflictos de interpretaciones, antes que el puro desdén por la verdad, que es lo que ocurre ahora.

Decía que en los últimos años hemos sido avasallados por una avalancha de información fácilmente accesible a través de la web y de múltiples medios de comunicación “alternativos” a los tradicionales. En el pasado, la opinión de los “expertos”, la información proveniente de las fuentes con más “prestigio” definían la credibilidad y veracidad de los datos; el problema es que hoy la credibilidad de los expertos y de las fuentes tradicionales de conocimiento están en serio cuestionamiento, por lo que, para muchos, todas las versiones se equiparan, y cada quien termina teniendo “su verdad”. Si los expertos se equivocan, si las fuentes de conocimiento tradicionales resultan teniendo sesgos e intereses propios, entonces uno puede quedarse tranquilamente con sus prejuicios y convicciones.

Hay otro factor que me parece relevante: el tiempo en el debate público se ha acelerado radicalmente. El carácter prácticamente instantáneo de las comunicaciones y su llegada al espacio público hace que permanentemente tengamos que formarnos una opinión sobre sucesos de los que disponemos información preliminar, especulativa, o abiertamente falsa. Sin embargo, cuando días, semanas, meses o hasta años después se cuenta con los hechos y la posibilidad de formarse una opinión bien fundamentada, la atención está centrada en los escándalos o debates del día, y rara vez se revisan las posturas asumidas previamente. Las denuncias que movilizan nuestra indignación y refuerzan nuestros prejuicios ganan mucho espacio, los descargos, aclaraciones y explicaciones pasan después prácticamente desapercibidos. Y en tanto vivimos una sucesión incesante de denuncias, escándalos y demás, ocurre no solo que se limita la posibilidad de tener un debate mejor fundamentado, también ocurre que terminamos otorgando importancia a cuestiones triviales y enfrascados en debates improductivos. Al final, la búsqueda de la verdad, la confrontación de versiones diferentes, el recojo de información pertinente, se convierten en exquisiteces y se imponen y reproducen los intercambios basados en prejuicios.

¿Qué hacer? Ciertamente descalificar a los supuestos “ignorantes” que desdeñan la verdad no es el camino. Más bien, corresponde examinar de qué manera todos hemos contribuido al estado de cosas actual. Desde mi orilla, la de un académico, investigador, profesor universitario, creo que nuestro principal deber es no contribuir más al desprestigio de la opinión experta y especializada. Debemos participar en el debate público, pero llamando la atención sobre la importancia de basar nuestras opiniones en evidencia, en el análisis de los hechos. Y debemos separar muy escrupulosamente la presentación de los hechos y datos disponibles de nuestras preferencias, opiniones e interpretaciones. Muchos colegas, dejándose ganar por la pasión, opinan en efecto con el mismo desdén por la verdad que cualquier ciudadano. Si no hay diferencia, entonces pareciera que la verdad, en el fondo, no importara.

“Posverdad”

Artículo publicado en La República, domingo 20 de noviembre de 2016

Desde 2004 el diccionario de Oxford, en su versión inglesa y estadounidense, elige a “la palabra del año” en el idioma inglés, atendiendo su relevancia o significación cultural. En 2016 la palabra elegida en los dos lados del atlántico ha sido “posverdad”, un adjetivo que refiere a circunstancias en las que los “hechos objetivos” pesan menos en la formación de la opinión pública que llamados a la emoción o a las creencias personales. Según Oxford, su mayor uso ha estado relacionado con el referéndum en el Reino Unido sobre la salida de la Unión Europea, y a la elección presidencial de los Estados Unidos; este adjetivo aparece asociado al sustantivo “política”: así, se habla cada vez más de la “política de la posverdad”.

Hasta no hace mucho, un político percibido como mentiroso resultaba moralmente inaceptable; y aquel que por desconocimiento falseaba la verdad también era repudiable, debido a su ignorancia, falta de preparación. En los últimos años, sin embargo, la dificultad de buena parte de la ciudadanía para aceptar hechos que desafían sus sentidos comunes, prejuicios y convicciones, y el asentamiento de retóricas populistas resultan colocando a la “verdad” en un plano secundario. De este modo, la mayoría de votantes ingleses había optado por salir de la Comunidad Europea basados en información equivocada y expectativas sin fundamento; y buena parte de los votantes estadounidenses había votado por Donald Trump a pesar de que lanzó sistemáticamente sobre sus rivales acusaciones que distorsionaban groseramente la realidad, de que su campaña se basó en diagnósticos errados y en propuestas sin mayor fundamento. Lo peor de todo es que podría decirse que la política de la posverdad sería una característica de la política global cada vez más importante, que no nos resulta en absoluto ajena.

En América Latina, hemos tenido tradicionalmente la vigencia de retóricas populistas; una política débilmente institucionalizada, una mayoría de la población excluída social y políticamente, con importantes expectativas de progreso y demandas de igualdad, explicarían la seducción de este tipo de discursos. El asunto es que, en tiempos recientes, a la subsistencia de estos rasgos tradicionales se une lo que se registra también en países desarrollados.

En los últimos tiempos se ha generado una avalancha de información accesible a través de la web y de múltiples medios de comunicación “alternativos” a los tradicionales; para muchos es cada vez más difícil discernir cuán confiables y creíbles son las fuentes. Un criterio es tomar como referencia a los medios más asentados, así como a la voz de los expertos, asociados a las fuentes tradicionales de conocimiento, como las universidades; en el fondo, la credibilidad ha estado asociada al prestigio y la reputación, para lo cual la percepción de las elites es fundamental. Pero, ¿qué pasa cuando la credibilidad de las elites es precisamente la que está en cuestión? En este marco, algunos recurren crecientemente a fuentes de información que más bien validan y refuerzan los propios prejuicios. Esto hace que haya tanta gente que crea en los platillos voladores, la medicina homeopática, múltiples teorías conspirativas, y en discursos políticos demagógicos, por ejemplo. Se suele decir en nuestro medio que tal o cual persona expresó “su verdad”, como si ésta estuviera en cada quien y no fuera de uno; un programa de televisión se llamaba “El valor de la verdad”, pero a ella no se llegaba pediante una investigación metódica, sino a través de un medio de valor bastante cuestionable. Seguiremos con el tema.

jueves, 17 de noviembre de 2016

EE.UU. en las Américas

Artículo publicado en La República, domingo 13 de noviembre de 2016

En términos generales, se suele pensar que a pesar de la cercanía geográfica, las distancias entre los Estados Unidos de Norteamérica y los países “al sur del río grande” son enormes, lo que nos haría cualitativamente diferentes. Por ser septentrional, desarrollado, angloparlante y protestante, Estados Unidos estaría más cerca de Europa que de México, centro y sudamérica, por así decirlo.

Sin embargo, se suele pasar por alto que todos estamos en las américas, que todos tuvimos población y culturas precolombinas muy importantes; que fuimos colonizados por europeos, que desplazaron y subordinaron a la población indígena; que en norteamérica la colonización española fue muy importante (Florida, Nuevo México, California, Texas); que todas las colonias importamos mano de obra de origen africano (y otras) en condiciones de esclavitud; que la gran mayoría de la población vivía de la explotación agrícola. Según Adam Przeworski y Carolina Curvale, el producto per cápita de los Estados Unidos y de los países latinoamericanos no era muy diferente hasta las primeras décadas del siglo XIX; las diferencias empiezan a darse muy rápidamente desde la segunda mitad de ese siglo, en tanto en los Estados Unidos el desarrollo industrial y la libertad de la mano de obra empiezan a ser el motor de la economía; mientras que América Latina se configura como exportador de materias primas, y se asientan órdenes oligárquicos, basados en la gran hacienda y el latifundio, y en la preservación de formas premodernas de explotación de los trabajadores. Los Estados Unidos se habrían seguido pareciendo mucho más a América Latina si el desenlace de su guerra civil hubiera sido otro. Recordemos que mientras Ramón Castilla abolió la esclavitud en nuestro país en 1854, en los Estados Unidos la cruenta guerra civil de 1861 pretendía mantenerla.

Desde la segunda mitad del siglo XIX entonces, las diferencias se hacen muy grandes, y en efecto, marcan diferencias sustanciales. Sin embargo, nuevamente, si miramos a los Estados Unidos en el contexto de la OCDE, este país es sistemáticamente uno de los que muestra más desigualdad, el que tiene más pobreza, y uno de los que tiene menor nivel de gasto social. En realidad, si bien EE.UU. está lejos de latinoamérica, lo está también del promedio de países de la OCDE.

Así, no deberíamos pensar que las diferencias entre Estados Unidos y América Latina son tan grandes que hacen inviables las comparaciones. Las encuestas de opinión del Latin American Public Opinion Project (LAPOP) tienen información de casi todos los páises de las américas, y ellas nos permiten tener una mirada hemisférica. Si bien en muchas cosas Canadá y los Estados Unidos se ven muy diferentes al conjunto (por ejemplo, en cuanto a la eficacia del funcionamiento institucional), en otras Estados Unidos se ve como un país latinoamericano más: en cuanto a la confianza en los partidos políticos, Estados Unidos está muy debajo de Uruguay y Costa Rica, y debajo incluso de Argentina, México y Chile (datos de 2014). Cuando se pregunta si se piensa que la corrupción está generalizada en el país, Estados Unidos aparece a mitad de tabla, un poco mejor que Paraguay y Guatemala, pero peor que Bolivia y Haití. Y cuando se pregunta si se piensa que el gobierno combate la corrupción, la respuesta es escéptica, por debajo de Bolivia y Guatemala, apenas mejor que Paraguay o México.

En este contexto, no debería sorprender tanto lo que algunos han llamado la “latinoamericanización” de los Estados Unidos, la vigencia del populismo, el descontento contra el establishment político.

ACTUALIZACIÓN

Después de entregado el artículo, Patricia Zárate me hizo llamar la atención sobre el dato acaso más potente de LAPOP 2014: respecto a la confianza en el Congreso, el país con el nivel más bajo es Perú, el antepenúltimo es Brasil, y el penúltimo es...¡Estados Unidos!


Todos para abajo

Artículo publicado en La República, domingo 6 de noviembre de 2016

Cosas que creíamos saber: PPK no tiene interés y no le resulta conveniente confrontar con el fujimorismo. Comparten muchas cosas, especialmente en lo económico (Kuczynski apoyó a K. Fujimori en 2011 frente a Humala), y el costo de confrontar gratuitamente es potencialmente catastrófico. Al mismo tiempo, hay distancias en lo institucional (Kuczynski fue ministro de Toledo), magnificadas por las circunstancias de la segunda vuelta, y no es bueno ahora mostrar debilidad ante un adversario, digamos, un tanto altanero. Lo que nos lleva a la orilla opuesta: en el fujimorismo saben que no deben aparecer como obstruccionistas, pero también apuestan a capitalizar el desgaste del gobierno como fuerza de oposición. Como puede verse, en esta relación hay mucho de ambigüedad, y riesgos de derrape y volcadura. Se pasó la prueba de la confianza al Consejo de Ministros y la delegación de facultades, pero el juego recién empieza.

Se eligió al Defensor del Pueblo, Walter Gutiérrez, propuesto por Acción Popular, y allí concordaron AP, Fuerza Popular, el APRA, y también PPK (votaron en contra FA y APP y algunos disidentes de PPK). Podría decirse que era un resultado hasta cierto punto inevitable, dados los candidatos propuestos y la correlación de fuerzas. Llama sí la atención que Gutiérrez haya sido propuesto por AP (¿en qué estaban pensando?), lo que en cierto modo evitó que FP o el APRA presentaran candidatos. ¿Existía la posibilidad de que FA, PPK, AP y APP hubieran podido presentar un mejor candidato, que al mismo tiempo resultara “aceptable” para la mayoría? Queda la duda.

En cuanto al BCR, la mayoría hizo una propuesta bifronte: Elmer Cuba, economista bastante respetado, ganó el respaldo de casi todas las bancadas, salvo las de FA y APP; pero propuso también a José Chlimper, bastante cuestionado por sucesos asociados a la campaña electoral, aprobado solo con los votos de FP y del APRA y el voto en contra de las demás bancadas. En este último caso, se trata de una suerte de “reivindicación” personal y grupal, que da cuenta de lo viva que sigue la herida de haber perdido las elecciones. ¿Hasta cuándo el fujimorismo actuará pensando la elección pasada en vez de las venideras? En este caso, la bancada de PPK votó en contra, pero luego el presidente Kuczynski minimizó la controversia generada por Chlimper. ¿Aflora el “fujimorismo económico” del presidente? Luego, FP decidió votar por el candidato propuesto por el APRA, Rafael Rey: llama allí la atención de que hayan propuesto a Rey y no a algún candidato más netamente partidario, que se haya optado por alguien con un perfil no solo tan poco calificado para el cargo, con un perfil tan confrontacional, y tan “afín” al fujimorismo. Hace bien en reclamar Enrique Cornejo para el APRA una profunda revisión de estrategia. ¿Qué puede ganar el APRA mimetizándose con el fujimorismo? ¿Después de la alianza como socio mayor con el PPC sigue la alianza como socio menor con el fujimorismo? No parece la mejor idea. Y el hecho de que FP haya votado por Rey profundiza la imagen de una mayoría que hace un despliegue de fuerza, desatendiendo su legitimidad política. Tampoco parece la mejor idea pensando en el futuro.

Finalmente, en la misma línea de hundimiento, llama la atención el “rescate” del presidente Kuczynski del ex viceministro del fujimorismo Alfredo Jaililie, sentenciado en 2006 a cuatro años de prisión efectiva, precisamente cuando se discute sobre la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción. No es de extrañar que las últimas encuestas muestran a toda la elite política en línea descendente.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Antologías del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeño


Acaba de ser publicada por CLACSO, en versión electrónica para descarga gratuita, la Antología del pensamiento crítico peruano contemporáneo (Buenos Aires, CLACSO, 2016), de la que fui editor. Este libro es parte de la colección "Antologías del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeño" de CLACSO, que comprenderá a todos los países de la región. Ya salieron publicadas las de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Cuba, República Dominicana, México, Perú, Paraguay y Venezuela. Están ya anunciadas también las de Brasil, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Antillas Francesas y Holandesas. Todo con acceso electrónico gratuito.

Hacer esta antología fue una gran responsabilidad, y creo que no hay manera de hacer una selección de autores y textos que evite la pregunta de por qué no está tal o cual, o por qué está incluído tal o cual. En todo caso, en la introducción al volumen intento explicar la lógica que seguí en el proceso de selección. El texto sobre Perú se puede descargar aquí.

A continuación el índice:

Martín Tanaka
Introducción. Referentes del pensamiento social crítico en el Perú, 1964-2014

El Perú antes y con Velasco

José Matos Mar 
“Dominación, desarrollos desiguales y pluralismos en la sociedad y culturas peruanas”. En: José Matos Mar et. al., Perú problema: cinco ensayos. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1968, p. 13-52. 

Julio Cotler 
“La mecánica de la dominación interna y del cambio social en el Perú”. En: José Matos Mar et. al., Perú problema: cinco ensayos. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1968, p. 145-188. 

Fernando Fuenzalida 
“Poder, Raza y Etnia en el Perú Contemporáneo”. En: Fernando Fuenzalida et.al., El indio y el poder en el Perú. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1970, p. 15-87. 
Augusto Salazar Bondy 
“La cultura de la dominación”. En: José Matos Mar et. al., Perú problema: cinco ensayos. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1968, p. 53-77.

Heraclio Bonilla y Karen Spalding: “La Independencia en el Perú: las palabras y los hechos”. En: Heraclio Bonilla et.al., La independencia en el Perú. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1972, p. 15-64. 

Gustavo Gutiérrez
Capítulo 2. “Liberación y desarrollo”. En: Teología de la liberación. Perspectivas (1971). Salamanca, Ed. Sígueme, 7ª ed., 1975, p. 43-69.

Guillermo Rochabrún 
“Apuntes para la comprensión del capitalismo en el Perú” (1978). En: Batallas por la teoría. En torno a Marx y el Perú. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2007, p. 96-124.

Auge y caída de la(s) izquierda(s)

Antonio Cornejo Polar 
“La literatura peruana: totalidad contradictoria” (1982). En: La formación de la tradición literaria en el Perú. Lima, CEP, 1989, p. 175-199. 

Roberto Miró Quesada 
“Innovaciones en políticas culturales y transformaciones en el campo cultural: el caso de Perú”. En: J.J. Brunner, et.al., ¿Hacia un nuevo orden estatal en América Latina? Vol. 7, Innovación cultural y actores socio-culturales. Buenos Aires, CLACSO, 1989, p. 241-289. 

Javier Iguíñiz 
“Perspectivas y opciones frente a la crisis” (1983). En: Sistema económico y estrategia de desarrollo peruano. Tres ensayos. Lima, Tarea, 1984.

Sinesio López 
“Capítulo III. Los cambiantes rostros políticos del pueblo en el Perú del siglo XX”. En: El dios mortal. Estado, sociedad y política en el Perú del siglo XX. Lima, IDS, 1991, p. 111-140.

Díaz Martínez, Antonio                                                             
“Capítulo VI: ensayo de conclusión”. En: Ayacucho: hambre y esperanza (1969). Lima, 2ª. ed., Mosca Azul eds., 1985, p. 177-200.

Alberto Flores Galindo
“El Perú hirviente de estos días”. En: Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes. Lima, Instituto de Apoyo Agrario, 1987, p. 289-337.

Carlos Iván Degregori 
“Introducción. Sendero Luminoso. Un objeto de estudio opaco y elusivo”. En: Qué difícil es ser dios. El Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso y el conflicto armado interno en el Perú: 1980-1999. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2010, p. 23-85.

Debates recientes: crítica desde la sociedad

Guillermo Nugent 
“Capítulo 2: Peruano + 1, Peruano – 1. Uno”. En: El laberinto de la choledad. Lima, Fundación Friedrich Ebert, 1992, p. 69-132.

Cecilia Méndez 
“De indio a serrano: nociones de raza y geografía en el Perú (siglos XVIII-XXI)”. En:  Histórica, XXXV, 1, 2011, p. 53-102. 

Maruja Barrig 
Capítulo 2: “Hágase en mí según tu palabra: el servicio doméstico”. En: El mundo al revés. Imágenes de la mujer indígena. Buenos Aires, CLACSO, 2001, p. 33-45.

Hugo Neira 
“El hombre festivo”. En: Hacia la tercera mitad. Peru XVI-XX. Ensayos de relectura herética. Lima, SIDEA, 1996, p. 215-243.

Carlos Franco 
“Capítulo V. La renuncia al enfoque histórico-estructural, los procesos conformativos del régimen demoliberal en Europa Occidental y la acrítica importación de ese régimen en América Latina (I)”. En: Acerca del modo de pensar la democracia en América Latina. Lima, Fundación Friedrich Ebert, 1998, p. 107-152.
Aníbal Quijano 
“Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”. En: Lander, Edgardo, comp., La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires, CLACSO, 2000, p. 122-151.

Rodrigo Montoya
“Capítulo 1. El espejo roto del Perú: sus identidades y sus máscaras”. En: Al borde del naufragio (democracia, violencia y problema étnico en el Perú). Lima, Sur, 1992, p. 13-35.

Lecciones del final del fujimorismo, en línea


Acaba de ser puesto en línea para descarga gratuita el libro Lecciones del final del fujimorismo. La legitimidad presidencial y la acción política (Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2001), que tiene un ensayo de Jane Marcus y otro mío,“¿Crónica de una muerte anunciada? Determinismo, voluntarismo, actores y poderes estructurales en el Perú, 1980-2000” (p. 57 – 112). Espero que sea de interés, saludos.

Cambio de régimen

Artículo publicado en La República, domingo 30 de octubre de 2016

Soy profesor de ciencia política, y en algunos cursos estudiamos los diferentes regímenes políticos (formas de organizar el poder) que existen en el mundo. Por lo general se trata de una discusión conceptual bastante académica, pero en los últimos tiempos estos asuntos han adquirido una inusitada relevancia práctica, en especial a partir del caso venezolano.

Hasta la década de los años setenta del siglo pasado, nuestros países eran asolados por dictaduras que actuaban de maneras muy claras: los militares intervenían en la arena política basados en la fuerza de las armas, cancelaban las elecciones, proscribían la actividad de los partidos políticos, etc. Desde la década de los años ochenta tuvimos el establecimiento de regímenes democráticos, y la única dictadura que quedó fue la cubana, con un régimen de partido único. México quedó como un “animal político” particular: no era una dictadura convencional (había elecciones, mínimo pluralismo político), pero un mismo partido, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) había gobernado el país desde 1930. En Japón, el Partido Liberal Democrático (PLD), ha gobernado prácticamente sin interrupciones desde 1955, y consideramos democrático a ese país; la clave está en cuánto se respetan los derechos de la oposición. En México claramente no, por lo menos hasta 1988, cuando ante la posibilidad del triunfo de Cuahutémoc Cárdenas, el organismo electoral simplemente suspendió el recuento de votos y declaró sin más presidente al candidato del PRI, Carlos Salinas. No se trataba de una dictadura convencional, pero claramente no era un régimen democrático.

Más adelante, el fujimorismo se sumó a esta forma de régimen: un presidente electo democráticamente, con importante respaldo popular, pero que actúa autoritariamente, al punto que deja de ser un régimen democrático. La oposición no tiene capacidad real de ejercer sus funciones de control, y la autonomía de los poderes del Estado desaparecen. Así, Fujimori encabezó después de 1992 un régimen autoritario con apariencia democrática, mientras que, por decir, en Colombia con Alvaro Uribe en la década siguiente, ese país siguió siendo democrático, a pesar del autoritarismo del presidente; el control instucional sigió funcionando, al punto que impidió una segunda reelección del presidente, a diferencia del Perú. Con el tiempo, Venezuela con Chávez y luego con Maduro encajan claramente dentro de esta categoría; Nicaragua con Daniel Ortega, quien seguramente será reelegido por segunda vez el próximo 6 de noviembre, también. A esto el colega Steven Levitsky llamó autoritarismo competitivo.

En los últimos días, en Venezuela, al cerrarse la posibilidad de seguir con el proceso del referendo revocatorio y la suspención de las elecciones regionales y municipales, el régimen simplemente dejó de ser “competitivo” para quedar simplemente como autoritario. Y en tanto ya ni se hace el esfuerzo de simular un mínimo de legitimidad constitucional, en tanto el Congreso es pasado totalmente por alto y se hace evidente que los demás poderes del Estado están al servicio del poder ejecutivo, el régimen se desliza hacia una dictadura como las del pasado.

Decía que esto no solo es una discusión académica: el efecto práctico es que la oposición venezolana ya no puede seguir jugando las reglas del régimen, y debe pasar a lógicas de resistencia pacífica; y la comunidad internacional debe presionar para retomar el hilo constitucional. El Secretario General de la OEA ya habló de la ruptura democrática en ese país, y las acciones consecuentes de ese diagnóstico deberían seguirse.

Un río invisible

Artículo publicado en La República, domingo 23 de octubre de 2016

Recientemente tuve a mi cargo la elaboración de una antología del “pensamiento crítico peruano” para el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), que cubre el periodo 1964-2014. El libro ya está en proceso de publicación, pero de haber tenido ocasión de hacerlo, habría incluido entre los autores antologados al antropólogo Ramón Pajuelo. Pajuelo acaba de publicar Un río invisible. Ensayos sobre política, conflictos, memoria y movilización indígena en el Perú y los andes (Lima, Ríos profundos eds., 2016), libro en el que compila un conjunto amplio de trabajos (ensayos, ponencias, artículos) la mayoría de ellos inéditos o inéditos en nuestro medio.

Este libro podría considerarse el mejor exponente del “pensamiento crítico” peruano: es el libro de un autor que, desde las ciencias sociales, se propone explícitamente ser un intelectual orgánico al desarrollo de un proyecto político de izquierda, a la crítica al “discurso hegemónico neoliberal”. Pajuelo se sitúa en un espacio más allá de las lógicas universitarias y académicas, y reivindica “lugares donde nadie trabaje para que le concedan títulos o cátedras, sino para la transformación de la sociedad”. Si bien hay muchos otros que han realizado contribuciones relevantes en el mismo sentido, me parece que ninguno con la constancia, amplitud, pertinencia y calidad académica como la mostrada en este libro por Pajuelo. Los textos están agrupados en cuatro secciones: la primera dedicada a la crítica al neoliberalismo y a explorar la dinámica del conflicto armado interno, y las consecuencias que tuvo la manera en que se resolvió, instaurándose un “memoria salvadora” por la sectores conservadores se arrogan el mérito de la derrota de las organizaciones terroristas. La segunda parte está centrada en el análisis de los conflictos sociales ocurridos en el país en los últimos años; la tecera continúa y profundiza la segunda, y se ocupa de la organización y movilización campesina e indígena, actor central de la dinámica de protestas en contra de la “hegemonía neoliberal”. Finalmente, la cuarta parte ubica al Perú en el contexto de las movilizaciones indígenas en los países andinos, Ecuador y Bolivia en particular, y los mira como parte de un mismo proceso.

El río invisible al que alude el título del libro se refiere a las “luchas colectivas, en gran medida anónimas, rurales y de rostro indígena, que vienen emergiendo a pesar de la continuidad aparentemente incontestable de la hegemonía neoliberal”, “un río de luchas por el pan y la belleza de las utopías cotidianas”. Como intelectual orgánico, Pajuelo busca en la realidad las potencialidades que aparecen y que pueden constituir puntos sobre los cuales la voluntad política de izquierda podría incidir para convertir esas potencialidades en acciones y actores concretos. Así, el río que muestra un cauce vacío en realidad podría esconder un caudal invisible, “potente, indetenible”. La imagen del río invisible, que ilustra la “sequedad” de los movimientos sociales y de los proyectos de izquierda, pero también sus potencialidades, ilustra también, me parece, los méritos y limitaciones del libro de Pajuelo. Se entiende que el esfuerzo del autor está puesto en resaltar potencialidades, pero entonces cae en el error de fijarse solamente en las excepciones que parecen confirmar su apuesta política, dejando desatendida la realidad que la contradice. Esto es particularmente evidente al contrastar la lectura del autor de la vitalidad de los movimientos indígenas boliviano y ecuatoriano a la luz de los sucesos más recientes en esos países.

Peligro a la vista

Artículo publicado en La República, domingo 16 de octubre de 2016 

Los primeros dos meses del gobierno estuvieron marcados por definir los términos de la relación entre ejecutivo y legislativo y las medidas de política pública más urgentes, es decir, por el voto de confianza del Consejo de Ministros y la delegación de facultades legislativas por parte del Congreso. Pero en los últimos días se han agolpado en la agenda una serie de problemas asociados a cómo lidiar con algunas pesadas herencias dejadas por el gobierno anterior y al manejo de crisis específicas: y son estas contingencias, tanto o más que las grandes decisiones de Estado y de política pública, las que determinarán el rumbo del gobierno.

- Las herencias: en un contexto de menor crecimiento y de mucha suspicacia frente a la colusión entre Estado e intereses privados, es crucial evaluar la conveniencia de continuar proyectos como la realización en Lima de los juegos panamericanos, la modernización de la refinería de Talara, la construcción de la Línea 2 del Metro de Lima, del gasoducto del sur o del Museo Nacional de Arqueología en Pachacamac. Estos costosos proyectos podrían ser motivo de orgullo y un gran logro para el gobierno, pero también causa de su ruina. Nada ata al gobierno actual con el anterior, así que una evaluación muy fría debe imponerse.

- En los últimos días, la escandalosa actuación de Carlos Moreno, ex asesor en temas de salud, ha puesto la atención sobre algunos personajes muy cercanos al presidente. Por ejemplo, ¿qué papel juega Jorge Villacorta en la prevención y control de conflictos sociales, ahora que está el muy competente Rolando Luque como Jefe de la Oficina Nacional de Diálogo y Sostenibilidad? En la reciente negociación entre el Estado y las comunidades nativas del río Marañón afectadas por la contaminación petrolera, es claro que su participación no suma, sino que estorba. Lo mismo podría haberse dicho, antes del escándalo de los audios, del papel de Moreno respecto al de la muy competente Ministra de Salud, Patricia García. En los últimos días, también se ha cuestionado el papel desempeñado durante la campaña electoral por el ahora congresista Gilbert Violeta, con cargos que deben ser esclarecidos, y que podrían afectar a otro asesor presidencial, José Labán, asesor en temas regionales y municipales. El gran problema con todos estos asuntos no es que comprometan al gobierno, sino que apuntan directamente al Presidente de la República. Algunos han comparado la imagen del presidente Kuczynski con la del segundo gobierno del presidente Belaunde, llamando la atención sobre la proyección de una imagen paternal o de abuelo sobre los ciudadanos, o la de un presidente dedicado a tareas muy específicas, dejando el manejo general del gobierno al activismo de sus ministros. El riesgo ahora es que el presidente pueda empezar a ser percibido como fuente de problemas para el gobierno, por la intromisión de asesores y la cercanía de “amigos” que aprovechan el poder para buscar beneficios particulares.

- Finalmente, la semana termina con la pésima noticia del fallecimiento de uno de los manifestantes en una acción de protesta frente al proyecto minero Las Bambas en Apurímac, en circunstancias todavía poco claras. El Ministro del Interior, que tiene que lidiar con los serios problemas de la seguridad ciudadana y de la reorganización de la policía, puede terminar siendo complicado por un problema asociado con el manejo de conflictos. Este lamentable suceso debe servir para que el gobierno deje muy en claro cuál es su política de manejo de conflictos y de reestablecimiento del orden público en el marco de protestas sociales.

¿Hemos tocado el fondo?

Artículo publicado en La República, domingo 9 de octubre de 2016

Se usa la expresión “tocar fondo” para indicar que estamos muy mal, pero que afortunadamente en lo que viene solo queda mejorar. El Fondo Monetario Internacional acaba de publicar su boletín de perspectivas económicas para las américas, y sugiere que 2016 será el año más bajo, después de lo cual habrá mejoras; modestas, pero al menos no seguiríamos cayendo. Los precios de las materias primas que exportamos, por ejemplo, habrían detenido su caída, aunque no volveremos a los “super precios” del pasado reciente. Los países que peor la están pasado parece que, cuando menos, no se seguirán deteriorando; Brasil está empezando a ordenar sus finanzas, y en lo político el gobierno de Temer se ha estabilizado, pese a los cuestionamientos iniciales a su legitimidad. Acaba de realizarse la primera vuelta de las elecciones municipales, y tanto el PMDB como el PSDB, miembros de la actual coalición de gobierno, han obtenido más votos que hace cuatro años, en medio del desplome de la votación del PT, que perdió casi el 60% de los votos.

Venezuela sigue siendo un desastre económico, aunque en lo político las cosas sugieren que la “revolución bolivariana” está ya de salida, aunque seguirá siendo tortuosa. Si el referéndum revocatorio logra realizarse antes de enero de 2017, y como es previsible gana la oposición, podría haber nuevas elecciones; pero si ocurre después, y gana la oposición, el vicepresidente (Aristóbulo Istúriz) terminaría el periodo presidencial de Maduro, lo que implicaría elecciones a finales de 2018 y el traspaso del poder a inicios de 2019. La batalla por la fecha es crucial. Ecuador también parece haber tocado fondo en lo económico, y en lo político asistimos a los meses finales del correísmo. Las elecciones generales se realizarán en febrero del próximo año, y el exvicepresidente Lenín Moreno ya fue designado como candidato oficialista, y no es percibido como un mero títere de Correa. A diferencia de Venezuela, en la que la oposición ha logrado actuar de manera conjunta a través de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la oposición ecuatoriana se muestra dispersa, por lo que las encuestas sugieren que Moreno podría ganar la primera vuelta de la elección presidencial.

Un comentario especial sobre Colombia, con mejores perspectivas de crecimiento para los próximos años. A pesar del gran traspié que resultó el triunfo del “No” en el plebiscito respecto al acuerdo de paz con las FARC, las negociaciones siguen abiertas, y el reciente premio Nobel de la Paz otrogado al presidente Santos podría ayudar a llegar a un mejor acuerdo. En esta nueva negociación no solo habría que escuchar a voces como las de los expresidentes Uribe y Pastrana, también a organizaciones como Human Rights Watch, que también objetó el acuerdo inicial. Sobre el inesperado resultado a favor del “No”, parecen quedar claras algunas pistas: alta abstención entre votantes del “Sí”, y una movilización más comprometida entre los del “No”. Los primeros, acaso más concentrados entre los que han sufrido más la violencia en los últimos años, tienden a concentrarse en áreas rurales, menos significativas demográficamente y en donde la movilización para la votación es más dificil sin el funcionamiento de los aparatos partidarios tradicionales, relativamente desactivados y desarticulados en el plebiscito. Por el contrario, el voto por el “No”, más fuerte en áreas urbanas, menos golpeadas por la violencia en el último tiempo, con más peso demográfico y facilidad para movilizarse a votar, contó también con el apoyo de las estructuras vinculadas al uribismo y otros sectores.