lunes, 18 de enero de 2016

50 años pensando el Perú, en línea


Estimados, acaba de salir publicado en línea el libro que publicamos en el Instituto de Estudios Peruanos por nuestro 50 aniversario, del cual soy editor y coautor. El texto puede ser descargado desde nuestra Biblioteca Virtual, dentro de la Serie "Perú Problema", también desde aquí. Saludos.

Transfuguismo y carreras políticas

Artículo publicado en La República, domingo 17 de enero de 2016

En nuestro país tenemos partidos sin políticos, pero también políticos sin partido. Es decir, no se consolidan organizaciones partidarias, reducidas a poco más que etiquetas que sirven para postular a elecciones, pero sí hay muchos esfuerzos individuales por construir carreras políticas. Si uno mira los espacios regionales, provinciales y locales, encontraremos una suerte de protoelite política, un conjunto de personajes que intentan construir una carrera de elección en elección o de cargo en cargo, en un contexto de altísima mortalidad. Como ha señalado Steve Levitsky hace unas semanas, a estos políticos casi les resulta inevitable postular a lo largo del tiempo a través de diferentes etiquetas. Algo de eso ocurre también en el ámbito limeño – nacional.

Sin embargo, necesitamos profundizar en el análisis del desarrollo de estas carreras. Para empezar, para estar en política se necesita, mínimamente, representar “algo”. Ya sea algún grupo de interés, alguna causa, perfiles, valores. Dependiendo de qué sea, algunos vehículos resultan mejores que otros, o indiferentes, o contraproducentes. Así por ejemplo, Humberto Lay y su partido representa a los evangélicos, y no resulta extraño verlo en 2011 en alianza con Pedro Pablo Kuczynski, y ahora con César Acuña. Mercedes Aráoz representa a una tecnócrata liberal eficiente, y no extraña que siendo ministra de Alan García, hoy postule con Kuczynski.

La imagen construída resulta entonces el principal activo de un político. El atractivo de la misma te permite entrar al mercado político y acceder a mejores posiciones dentro de grupos con mejores opciones. Anel Townsend con César Acuña o Vladimiro Huaroc con Keiko Fujimori hacen una suerte de upgrade desde Perú Posible y Fuerza Social, respectivamente, huyendo de la desaparición que tendrían si postularan con esos grupos. Son convocados porque resultan útiles para las estrategias de quienes los llaman; hacen giros que ciertamente comprometen sus trayectorias, pero confían en que siendo congresistas o teniendo algún cargo público podrán seguir siendo figuras atractivas. La alianza entre el APRA y el PPC junta elementos en principio contradictorios, pero para el PPC resulta una manera de asegurar su sobrevivencia, y para el APRA el intento de dar impulso a una candidatura estancada.

Finalmente, están quienes incineran su capital político en aventuras sin mayor sentido, tanto para los políticos como para los partidos. Susana Villarán al lado de Urresti mancha casi irremediablemente una larga trayectoria a cambio de nada; y el Partido Nacionalista pierde, no gana votos (digamos que la desorientación de Villarán es compartida por Nadine Heredia). Nano Guerra destruye como candidato de Solidaridad Nacional cualquier asomo de credibilidad que podría haber tenido. Y a Luis Castañeda esto no le preocupa, porque Solidaridad Nacional es solo una etiqueta que en algún momento le sirvió, y ahora le resulta casi una carga. Seguro encontrará otra etiqueta más adelante.

El octavo ensayo

Artículo publicado en La República, domingo 10 de enero de 2016

El libro de Aldo Mariátegui (considerado por la última “Encuesta del Poder” uno de los “analistas políticos” más influyentes del país) fue el más vendido en la Feria Ricardo Palma en diciembre pasado. Se trata de El octavo ensayo (Lima, Planeta, 2015).

El autor declara en la introducción que escribió el libro porque “aborrece” y “detesta” a la izquierda; el propósito del mismo sería denunciar su responsabilidad en los grandes males que han asolado al país en las últimas décadas. En estas páginas encontramos al desaforado Mariátegui que solemos leer en Perú 21. Sin embargo, el grueso del libro tiene otro tono y sentido: consiste en una suerte de crónica de la historia de la izquierda en el Perú. El primer capítulo se centra en José Carlos Mariátegui como fundador de las ideas socialistas, y los dos siguientes en la “desmariateguización” del Partido Comunista, en el surgimiento de la “nueva izquierda” y las experiencias guerrilleras. El cuarto, el más extenso, trata centralmente sobre el gobierno militar. La crónica de Mariátegui está marcada por supuesto por su particular punto de vista y estilo, pero me atrevería a decir que no está demasiado alejada del “estado de la cuestión” construido desde las ciencias sociales sobre esos temas. Digamos que estamos ante un Mariátegui más serio y profesional, en donde su aporte está acaso en las anécdotas y chismes que sazonan el relato. Este último capítulo termina con unas páginas sobre el devenir de la izquierda desde la transición democrática hasta la actualidad, en las que reaparece el pugnaz columnista diario.

La contradicción central del libro a mi juicio es que el odio de Mariátegui hacia la izquierda no se deduce en realidad de la crónica que él mismo hace. El origen del problema está en el uso impreciso del término “izquierda”. En la introducción ella engloba un conjunto muy amplio e impreciso de ideas que van desde el marxismo al nacionalismo y al intervencionismo estatal, desde ideas liberales asociadas a la defensa de los derechos humanos y a la contemporánea “corrección política” hasta el ecologismo radical. De allí que la izquierda peruana aparezca como una entidad con enorme poder e influencia, responsable de las crisis económicas, políticas y de la violencia política que sufrió el país (y padeció el autor) en los últimos años.

Sin embargo, la propia crónica del autor sigue un relato más preciso, que define a la izquierda desde su relación con la tradición marxista. Desde este ángulo, la izquierda peruana es más bien marginal, subordinada al APRA primero y al velasquismo después. Y en la década de los años ochenta no llegó al gobierno nacional. El principal causante de la mayoría de los males que denuncia Mariátegui es en realidad el populismo, del que se ocupa en su crítica al velasquismo, pero del que llamativamente poco dice en cuanto a su manifestación en el primer gobierno de Alan García.

Aunque tarde, me sumo a la campaña: ¡libertad para los presos políticos en Venezuela!

2016 – Desdramatizar

Artículo publicado en La República, domingo 3 de enero de 2016

En la última columna del 2014 especulábamos sobre un 2015 que se nos haría largo, atrapados entre un gobierno de salida sin mayores iniciativas, y la postergación del inicio propiamente dicho de la campaña electoral de 2016. En cuanto a lo primero, resultó que el gobierno sí tuvo cierto impulso reformista; en educación, interior, ambiente, producción, transportes y otras áreas los ministros respectivos empujaron iniciativas relevantes, pero que no marcaron la agenda pública, tomada excesivamente por las agendas de la primera dama. Una lástima. En cuanto a lo segundo, en efecto, el panorama preelectoral no tuvo muchas sorpresas, salvo la aparición de César Acuña como serio aspirante a ganar la presidencia.

¿Qué se podría preveer del 2016? Después de la presentación de las primeras 17 “planchas” presidenciales ha cundido en algunos sectores un profundo desánimo. Mientras que del centro a la derecha la oferta es abundante y con candidaturas con opciones significativas de triunfo, del centro a la izquierda hay más bien una diáspora de candidaturas poco viables. A diferencia de las elecciones de 2011, 2006 y 2001, en las que la candidatura de Ollanta Humala y antes la de Alejandro Toledo de alguna manera representaron a estos sectores, esta vez hay un notorio vacío que explica esa sensación.

A pesar de esto, habría que desdramatizar un poco. En realidad, si uno considera los cinco candidatos que aparecen encabezando las encuestas, hay relativa certeza de qué es lo que pasaría con sus eventuales gobiernos. Solo con César Acuña existe un margen preocupante de imprevisibilidad, aunque también acotada. En general sabemos que tendremos gestiones relativamente parecidas a las que hemos tenido en los últimos tres gobiernos: con cierta orientación general pro mercado, con algunas iniciativas sectoriales destacables, con otras con estancamientos o retrocesos lamentables. Con problemas serios de gestión política, consecuencia de la falta de cuadros suficientes con experiencia necesaria, de la falta de implantación en el conunto del país. Con metidas de pata desconcertantes, con iniciativas que luego son descartadas, algunas de ellas por la movilización y oposición ciudadana. Con muchos ministros independientes, que podrían haber sido ministros con cualquiera de los candidatos perdedores, y que podrían haber sido ministros con cualquiera de los gobiernos anteriores. Con escándalos salpicados por aquí y por allá, involucrando a congresistas del oficialismo y la oposición, a alguno que otro ministro o asesor presidencial.

El juego electoral ha devenido en los últimos años en un juego de apariencias, que no define en el fondo el rumbo de las políticas públicas y de las decisiones de Estado, para bien y para mal. En realidad, me parece que interesa menos quién gane, mucho más cuánta capacidad tendrá la sociedad de vigilar, presionar, incidir, controlar, movilizarse. En los últimos años, esto es lo que en realidad ha funcionado para limitar los excesos del poder.

Sobre las “planchas”

Artículo publicado en La República, domingo 27 de diciembre de 2015

Mucho que comentar sobre la reciente inscripción de “planchas” presidenciales.

De un lado, distinguiría las alianzas partidarias de los “jales” individuales. Las primeras, por basarse en lógicas colectivas, tienen un carácter ligeramente más institucional. Digo ligeramente porque algunas son puramente oportunistas, como la de Solidaridad Nacional con Unión por el Perú, o la de Restauración Nacional con Alianza para el Progreso. Otras son fruto de un interés entendible, pero difícil de justificar, como la del APRA y el PPC. García busca relanzar una candidatura que no despega apoyándose en el aura de republicanismo que vagamente puede reconocerse todavía en el PPC, mientras que para este de lo que se trata es de simplemente subsistir, en un contexto en el que otros (Pedro Pablo Kuczynski) no quisieron recibirlos. Lo que es desconcertante es que Lourdes Flores haya aceptado ser la abanderada de esto, en una suerte de autosacrificio ritual digno de mejor causa. Es necesario destacar la actitud de Marisol Pérez y Alberto Beingolea: es posible discrepar con una decisión partidaria, ponerse al margen, pero no terminar como tránsfuga en alguna otra agrupación.

Respecto a los “jales”, en principio buscan equilibrar o compensar limitaciones de la figura presidencial; y del lado de los acompañantes, la ganancia es vincularse al poder, por supuesto. Las “planchas” de K. Fujimori, Kuczynski, Acuña y García siguen claramente esa lógica. Toledo, por el contrario, elocuentemente, se encerró dentro de su entorno más inmediato. En cuanto a las candidaturas menores, ellas pueden tener sentido como intentos de posicionamiento para proyectos de largo plazo, o dentro de lógicas no electorales. Pero algunas han seguido lógicas muy extravagantes: por ejemplo, ¿qué gana Solidaridad Nacional con Nano Guerra? Y ¿cómo así Guerra podría consolidar una carrera política intentando primero ser candidato presidencial de Fuerza Social, luego candidato de la izquierda, luego del partido de Yehude Simon, para terminar del brazo de la “revocadora” Patricia Juárez? De otro lado, en cuanto al Partido Nacionalista, la candidatura de Urresti es claramente favorable para él en función a sus intereses de defensa judicial, así como su asociación con Villarán (no así para sus intereses electorales), pero no es para nada evidente que esto le sirva de alguna manera al nacionalismo o a Villarán. El discurso del presidente Humala tiene poco o nada que ver con el de Urresti, y en cuanto a Villarán, es patética su desorientación política, que la lleva a destruir su muy escasa credibilidad política a cambio de nada (¿realmente cree que entrará al Congreso?).

Finalmente, la izquierda. La diáspora la afecta colectivamente. Un día asistimos al anuncio de una amplia unidad (¿se acuerdan del CPUFI?) y otro día tenemos la diáspora total. En medio de esto la candidatura de Verónika Mendoza sufre un poco menos, pero su plancha es buena para reafirmar a los conversos, no para ganar los votos que necesita.

¿Una nueva derecha en América Latina?

Artículo publicado en La República, domingo 20 de diciembre de 2015

En las últimas semanas se ha comentado mucho sobre los resultados de las recientes elecciones en Argentina y Venezuela. En este artículo quiero explorar si estamos ante la posibilidad del surgimiento de una “nueva derecha” en algunos de nuestros países.

Históricamente, uno de los grandes problemas para la democracia en algunos de nuestros países ha sido la ausencia de partidos de derecha con capacidad de competir eficazmente en el terreno electoral. Partidos identificados con intereses elitistas y excluyentes no son por supuesto capaces de ganar muchos votos, y terminaban subordinados ante partidos populistas o de izquierda. Para los sectores conservadores, el juego democrático aparecía como amenazante para sus intereses, por lo que solían recurrir a la promoción de golpes militares. El caso peruano durante gran parte del siglo XX es emblemático de esta situación: la derecha no podía competir eficazmente como contrapeso al APRA, lo que terminaba en gobiernos militares o en la exclusión del APRA y de los partidos de izquierda. En Argentina y Bolivia podría decirse algo similar, con el predominio del peronismo y del nacionalismo revolucionario. Por el contrario, lo que tienen en común países con más tradición democrática como Chile, Uruguay, Colombia o Costa Roca es contar con partidos de derecha capaces de ganar elecciones (partidos como el Nacional, Blanco, Conservador o Social Cristiano en esos países). Para ello, sintonizar de alguna manera con los intereses populares resulta imprescindible, con una combinación de políticas asistencialistas y de defensa de valores tradicionales.

En Argentina, históricamente, la derecha no ha sido significativa electoralmente, en medio de una tradición con cierto perfil bipartidista peronista – radical. La derecha aparecía más bien como extremadamente conservadora y excluyente. En Venezuela, la oposición al chavismo tuvo importantes sectores que optaron por el camino de la pura confrontación, el boicot y la búsqueda de un golpe de Estado. En las recientes elecciones encontramos sin embargo un nuevo discurso: en el que no solo se habla de respeto a las libertades y la promoción del mercado, también uno en el que se reconocen como problemas centrales la desigualdad y la injusticia social, y en donde la inclusión y los programas sociales resultan fundamentales, donde los nuevos grupos aseguran no solo que no se perderán los avances registrados en los últimos años bajo gobiernos de izquierda, sino que se avanzará aún más. Si estas derechas han triunfado no es por la hegemonía de ideas libertarias, sino porque en medio de la crisis aparecen mejor preparadas para asegurar el bienestar de la población.

¿Y en nuestro país? ¿Cuánto ha calado un nuevo sentido común más social entre nuestros grupos de derecha? El fujimorismo parecería mejor perfilado para intentar convertirse en esa “nueva derecha” pero para ello tendría que reinventar su identidad y dejar de ser la simple proyección del pasado.

martes, 15 de diciembre de 2015

¿Quién es Ollanta Humala?

Artículo publicado en La República, domingo 13 de diciembre de 2015

Muchos asistentes en la última CADE comentaron que la presentación que hiciera el presidente Ollanta Humala fue una de las mejores que haya tenido en los últimos tiempos. Transmitió convicción, confianza, firmeza, propósito. Yo diría que transmitió contar con una identidad, hacía tiempo perdida. Y muy diferente a la que se imaginó tener al inicio de su mandato.

Humala ganó las elecciones buscando hacer la “Gran Transformación”, morigerada por la necesaria “Hoja de ruta”. Rápidamente las circunstancias lo convencieron de que el giro táctico debía convertirse en eje de una nueva identidad. Teniendo que optar entre sus convicciones primigenias, los aliados que lo habían acompañado, y los cambios que le imponía el gobernar, optó por lo segundo. Fue como decidir amputarse el brazo izquierdo, y acaso se convenció de que hacerlo era un acto de valor y responsabilidad castrense; en el convencimiento de que esto era justo y necesario Nadine Heredia cumplió un papel fundamental. Con todo, la dupla Castilla – Trivelli, estabilidad y crecimiento más política social e inclusión, que le funcionó en los dos primeros años, le daban todavía un vínculo con su antigua identidad. Pero a partir del tercer año de gobierno, después del fracaso de la apuesta por César Villanueva en el Consejo de Ministros, al presidente empezó a percibírsele como perdido, y entonces el papel de Nadine Heredia se hizo más preponderante. Y desde entonces, los errores e intromisiones de esta hicieron que dejara de cumplir un papel estabilizador, sino de debilitamiento del gobierno.

Recién en el ultimo año de gobierno, cuando el presidente crecientemente asume el perfil de un lame duck, al que prácticamente no vale la pena golpear porque deja de ser un actor relevante, cuando Humala debe pensar más bien en su futuro como expresidente, este parece haber descubierto una inesperada identidad: el presidente de las reformas tecnocráticas. De lo que se trata ahora es de mantener las políticas sociales de combate a la pobreza, la reforma magisterial, la reforma de la policía, la reforma del servicio civil, la estabilidad macroeconómica, el plan de diversificación productiva. Inesperadamente, el legado del gobierno de Ollanta Humala será un conjunto de reformas de “segunda generación”, que se ven amenazadas por lógicas efectistas y cortoplacistas. Además, esta nueva identidad le proporciona un discurso que le permite distinguirse de propuestas asociadas a la corrupción y la destrucción institucional, del populismo económico, del “piloto automático” de gobiernos anteriores. En el último CADE, por ello, todos los ministros de Estado y el propio presidente Humala generaron una excelente impresión y aparecieron mucho más en sintonía con los desafíos futuros del país que los candidatos presidenciales.

Lástima que una muy mala gestión política y el “ruido político” asociado a este hayan impedido que el humalismo pudiera construir una alternativa, que efectivamente pone en riesgo las reformas que impulsó.

CADE cómo

Artículo publicado en La República, domingo 6 de diciembre de 2015

Las instituciones, diría que fue uno de los grandes temas de la CADE que terminó el viernes pasado. Desde la reiterada constatación de la disparidad entre los logros económico-sociales y el atraso en la dimensión institucional; hasta la evidencia de que no será posible seguir creciendo en el actual contexto “post-boom” sin reformas que enfrenten la corrupcción y la inseguridad. Desde Moisés Naím, llamando la atención sobre la importancia de reformar el Poder Judicial, hasta los pequeños empresarios que señalaron a la corrupción y a la arbitrariedad de la autoridad como el principal obstáculo para su desarrollo.

La gran pregunta es el cómo. Fue también Naím quien llamó la atención sobre el asunto, y avanzó en señalar que se deben establecer prioridades; habló de la importancia del liderazgo político y de la construcción de consensos. Permítanme seguir en la reflexión sobre el cómo, en una nota premeditadamente optimista y voluntarista.

En primer lugar, ningún candidato tiene en principio alguna idea fuerte respecto al tema (prácticamente no hablaron del asunto en la CADE); por lo tanto, no tienen tampoco en principio ninguna razón para oponerse. En tanto siga siendo un tema presente en la agenda pública (para lo cual la presión de la sociedad es la clave) se verán presionados a dar algún tipo de respuesta. Segundo, esas respuestas existen, y hay un importante grado de consenso sobre ellas entre las élites sociales, expresadas en la propuesta que presentara la Asociación Civil Transparencia. Ambos factores constituyen la “ventana de oportunidad” para las reformas (resulta clave debatir esa agenda en los primeros días del próximo gobierno, antes de que la ventana se cierre). Tercero: hay dos grandes caminos de reforma institucional; una lógica de big bang integral y omnicomprensivo, que seguramente será muy difícil de lograr. Pero también ocurren grandes cambios sobre la base de la acumulación de reformas puntuales, parciales, siempre y cuando se trate de esfuerzos persistentes y complementarios, y en tanto tengan valor “estratégico”: que vayan desencadenando dinámicas que lentamente hagan crecientemente costoso desandar el camino. Esto explica los avances que hemos realizado en los últimos años en educación y políticas sociales, por ejemplo.

¿Cuáles serían algunas de esas reformas estratégicas? Lanzo algunas de las 32 que presentó Transparencia en la CADE: la consolidación de la reforma del servicio civil, y su ampliación al Congreso y los ámbitos regionales y municipales; el cambio en las funciones de la Corte Suprema de Justicia, para que deje de ser última instancia procesal, y sea más bien un agente de reformas y fiscalización; cambiar la lógica de funcionamiento del Congreso, fortaleciendo bancadas y comisiones, por encima de individuos y reparto de cuotas de poder; y una reforma electoral que transparente el financiamiento privado, que establezca mecanismos de democracia interna y permita la eliminación del voto preferencial.

Paradojas políticas

Artículo publicado en La República, domingo 29 de noviembre de 2015

Según la reciente encuesta de GFK, “Los peruanos y la política”, un 50% de los peruanos se encuentra insatisfecho con la democracia. Ya sea porque son conformistas o porque ya perdieron la esperanza, resulta que a un 56% de los peruanos no les interesa la política. Este grupo mayoritario no está satisfecho con las opciones electorales principales, pero como no sigue los acontecimientos políticos, simplemente no se entera de que existen más y acaso mejores opciones. Así, si bien se demandan y esperan opciones políticas nuevas o renovadas, los electores no dan oportunidad para que ellas emerjan. Cerca a un 25% de los electores define su voto en la semana previa a la elección, centrando su atención en los candidatos con mayor visibilidad y opción de triunfo, y se termina votando por opciones que terminan ahondando la insatisfacción con la democracia y el desinterés en la política.

A favor de los electores desconectados, habría que señalar que quienes pretenden aparecer como nuevas opciones resultan siendo relativamente negligentes en su tarea política. Hacer política en un país con más de 20 millones de electores, en donde el interés en lo político es tan escaso, en donde los electores son tan desconfiados, y en el que los ciudadanos se informan mayoritariamente a través de medios a los cuales es difícil y costoso acceder (televisión, diarios, radio) y solo marginalmente a través de medios electrónicos más accesibles, requiere iniciativas de largo plazo, de amplia convocatoria, de recursos importantes; cualquier aspirante a outsider o underdog tiene que entender y asumir eso. La experiencia del gran número de aspirantes presidenciales incapaces de pasar la barrera del 1% en esta elección ha sido muy ilustrativa. Los electores buscan opciones que no conocen, y quienes ofrecen novedades se invisibilizan. No es casualidad que los cinco candidatos que hoy aparecen como protagonistas de las próximas elecciones estén donde están.

Otra dimensión de esta paradoja es que si bien los ciudadanos manifiestan aspiraciones de cambio y renovación, también en estas elecciones manifiestan gran preocupación por los problemas de inseguridad, y un 82% de los encuestados piensa que se necesita “mano dura” para gobernar. Esa “mano dura” acaso sea considerada como necesaria no solo para enfrentar la delincuencia, sino en general como una aproximación a los complejos problemas del país. Así, Ollanta Humala en los últimos años habría concitado un importante respaldo electoral no solo por perfilarse como una alternativa de izquierda o antisistema, sino porque siendo militar encajaba con la imagen de alguien decidido a “hacer lo necesario” para enfrentar las tareas necesarias para solucionar los problemas. Por esa razón, no debería uno sorprenderse de encontrar votantes humalistas optando por Keiko Fujimori en estas elecciones sin ningún sentido de contradicción. Se necesita mano dura, o cuando menos maña o experiencia, todo lo cual limita las opciones alternativas.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

André Glucksmann y París

Artículo publicado en La República, domingo 22 de noviembre de 2015

El día 9 de este mes falleció el filósofo francés André Glucksmann (1937-2015). Su trayectoria intelectual y sus temas de interés son de lo más pertinentes, más todavía después de los atentados terroristas del 13 de noviembre pasado en la ciudad de París.

Glucksmann podría ser considerado parte de un grupo intelectual formado en la izquierda en la década de los años sesenta, pero que desde los setenta asumieron posiciones sumamente críticas con el marxismo y el socialismo real, especialmente después de conocerse la existencia de campos de concentración y de masivas violaciones a los derechos humanos en la Unión Soviética. Hasta ese momento, los brillantes intelectuales de izquierda franceses, representados por Sartre, fueron ambiguos al respecto, así que la nueva generación asumió un perfil claramente distintivo. Desde entonces, Glucksmann aparece vinculada a la causa de la defensa de los derechos humanos, agredidos tanto por gobiernos de izquierda como de derecha; pero además, desarrolló una suerte de vertiente “realista” que lo alejó del pacificismo. En los últimos años apoyó por ejemplo la intervención militar en Afganistán e Irak, o la intervención militar israelí en la franja de Gaza. En ese contexto, también llamó la atención por la escasa atención prestada a los crímenes cometidos por fundamentalistas islámicos contra población islámica o árabe. En el contexto francés, este camino lo llevó a tomar partido por Nicolas Sarkozy en las elecciones de 2007.

Esta evolución se da en el contexto de la cada vez mayor visibilidad de intelectuales de derecha en el contexto académico y en el espacio público francés, que marca una gran contraste con las imágenes de décadas atrás. Estos buscan de alguna manera recuperar la “grandeza” francesa supuestamente perdida en las últimas décadas. Para ello, correspondería dejar de subordinarse a las coordenadas del pensamiento político y cultura anglosajona, marcados por los límites de la “corrección política”. Otra amenaza a la cultura e identidad francesa sería la creciente inmigración árabe, que lleva a revalorar la supuesta “identidad tradicional” francesa, y al rechazo a los “sentimientos de culpa postcoloniales”. Sentidos comunes que han ido en paralelo con el desarrollo de una derecha crecientemente xenofóbica, antieuropeísta y conservadora.

Después de los atentados terroristas en París, crece la preocupación porque Francia pueda seguir ese camino. Una reacción primaria puede acentuar respuestas militaristas, xenofóbicas, una exaltación nacionalista, frente a respuestas que prioricen el trabajo de inteligencia, un trabajo que sepa distinguir los grupos radicales y fundamentalistas islámicos del mundo árabe y musulmán, reconocer el carácter multicultural francés. Hace unos años, con la celebración del campeonato mundial de fútbol de 1998, bajo la capitanía de Zinédine Zidane, de origen argelino, Francia parecía celebrar también su carácter multi étnico y multicultural. ¿Quedó ese espíritu detrás? Veremos.

Sociedad civil: luces y sombras

Artículo publicado en La República, domingo 15 de noviembre de 2015

En nuestro ordenamiento constitucional, se busca cierto equilibrio entre la autonomía con la que deben contar tanto los representantes electos como otras autoridades, y la participación de la sociedad civil. Parece una buena idea: los políticos, jueces y fiscales tienden a desarrollar lógicas corporativas, elitistas y excluyentes que buscan ser contrarrestadas con diferentes mecanismos de control y participación ciudadana. Así por ejemplo, creamos instituciones como el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), donde cinco de sus siete miembros provienen de la sociedad civil (colegios de abogados, otros colegios profesionales, rectores de universidades privadas y públicas).

Pero así como los políticos y corporaciones como la que componen jueces y fiscales pueden desarrollar lógicas cerradas y excluyentes, también la sociedad civil. Los espacios participativos pueden ser capturados por minorías activas, por grupos mafiosos, por élites locales. Los debates recientes sobre la aplicación de la nueva ley universitaria han puesto de manifiesto que muchos rectores de universidades públicas y privadas están muy lejos de representar los intereses ciudadanos y de velar por la defensa de los intereses generales de sociedad. En el mismo sentido, los colegios profesionales no siempre representan a los egresados y graduados de las universidades, y están muy lejos de velar por el cumplimiento de altos estándares éticos, académicos y profesionales. Es más, se percibe que algunas de esas instancias han sido capturadas por minorías bien organizadas que buscan llegar al CNM porque la perciben como fuente de enriquecimiento mediante prácticas corruptas. Afortunadamente, es también la presión de otras instancias de la sociedad civil la que ha permitido contener algunas de sus muestras más escandalosas.

Pero más allá de pedir la renuncia de los actuales miembros del CNM, acaso corresponda repensar la manera en que se les elige. Y no parece ser suficiente pedir elecciones directas, universales y secretas de los representantes de los colegios profesionales. Si los colegios no funcionan bien, ¿tiene sentido insistir en su protagonismo? ¿Y en el de los rectores de las universidades?

Recientemente, la Asociación Civil Transparencia, de la que formo parte, ha sometido al debate una reforma del CNM, basada en la idea de que su conformación debería basarse en instituciones que han demostrado mejores estándares de desempeño: así, se propone una conformación donde se mantiene la presencia de un miembro designado por la Corte Suprema, pero los otros serían designados por el Tribunal Constitucional, por la Defensoría del Pueblo, por el Banco Central de Reserva, y tres miembros seleccionados en concurso público organizado por el JNE con el soporte organizativo de la Autoridad Nacional del Servicio Civil. Por supuesto que es una propuesta perfectible, lo importante es abrir un debate más sustantivo sobre las reformas necesarias para mejorar el acceso a la justicia en el país.

Medios y opinión pública

Artículo publicado en La República, domingo 8 de noviembre de 2015

Desde estas páginas, mi colega y amigo Eduardo Dargent está impulsando una necesaria discusión sobre los medios de comunicación y sus políticas informativas.

Como dice Dargent, para empezar habría que distinguir el mundo de Lima de aquel del conjunto del país, en donde los medios locales resultan más influyentes y muestran otro tipo de orientaciones. En cuanto a Lima, habría que registrar algunos cambios significativos; en la radio se han multiplicado emisoras y espacios de conversación y debate sobre temas políticos, conducidos además muchas veces por periodistas que también tienen espacios en la televisión. Se extraña eso sí mucho más pluralismo. En la prensa escrita, está el debate sobre la concentración de la propiedad de los medios; acaso en parte para contrarrestar los cuestionamientos, Perú 21 se esfuerza por desarrollar una línea informativa más transparente, y ha establecido la figura del Defensor del Lector. En El Comercio se ha buscado fortalecer y profesionalizar las direcciones periodísticas, distanciándolas de los intereses de los propietarios. De otro lado está este diario, de cuya conducta juzgarán los lectores, y otros medios con tendencias muy diversas y tirajes menores, en donde acaso la menor lectoría parece eximirlos de presentar líneas periodísticas más formales.

Como dice Dargent, el gran déficit parece estar en la televisión, sobre cuya influencia no es necesario argumentar. Aquí no solo está la limitación de programas de discusión y el escaso tiempo dado a la información política dentro de los espacios noticiosos. El autosometimiento a la dictadura de la sintonía hace además que en ellos prime cada vez más la truculencia y el morbo antes que la información propiamente dicha. Los que pueden escapan al cable o la televisión por internet, quedando el gran público sin oportunidades. El canal del Estado podría ser un contrapeso, pero sufre hasta ahora de su excesiva dependencia del gobierno de turno. Al final los televidentes también resienten estos problemas, que se expresan en la desconfianza que muestran los ciudadanos respecto a la información que les llega de este medio.

Este círculo vicioso se expresa también en el escaso pluralismo televisivo en cuanto a sus orientaciones informativas. El conservadurismo de la sociedad limeña limita la cobertura de visiones que desafíen sus sentidos comunes, lo que termina reforzando el conservadurismo. Esto solo podría enfrentarse con un periodismo televisivo más profesional, que se imponga el deber de informar con un mínimo de objetividad y equidad las visiones y versiones de todas las partes relevantes. La presencia de Clara Elvira Ospina en América Televisión y de Augusto Alvarez en Frecuencia Latina en principio buscan ese propósito, pero estamos muy lejos de donde deberíamos. Urge mucho mayor discusión sobre cómo evitar que los medios terminen contribuyendo involuntariamente al empobrecimiento del espacio público. Los periodistas más concientes tendrían para empezar mucho que decir.

¿Una nueva etapa en América Latina?

Artículo publicado en La República, domingo 1 de noviembre de 2015

Se comenta mucho en todo América Latina del final del ciclo 2003-2012, marcado por precios altos de nuestros productos primarios de exportación y altas tasas de crecimiento, y nos preguntamos sobre sus consecuencias económicas y sociales. Cabe preguntarse también sobre las consecuencias políticas.

Este ciclo que termina se dio después de una grave crisis entre 1999 y 2002, que a su vez puso fin a una década de crecimiento económico, asociado a la aplicación de políticas neoliberales de ajuste y reforma estructural. Yendo más atrás, el crecimiento de la década de los noventa puso fin a la crisis de la “década perdida”, la de los años ochenta. Así, los años noventa fueron los años del descrédito del populismo económico, y de la hegemonía neoliberal; la crisis 1999-2002 del descrédito neoliberal y la búsqueda de alternativas, que dieron lugar al llamado “giro a la izquierda” en toda la región. Así, del fracaso en los intentos de implementar políticas neoliberales emergieron Hugo Chávez y Rafael Correa, y de la crisis de la políticas neoliberales efectivamente aplicadas emergieron el Kirchnerismo y Evo Morales. En otros países, como Uruguay, Chile y Brasil, de maneras menos dramáticas se dieron desplazamientos hacia posiciones de izquierda con mayor énfasis redistributivo, aunque sin retóricas antisistema. En otros países la continuidad de políticas orientadas al mercado se mantuvo, pero las izquierdas y movimientos contestatarios ganaron mayor presencia (México, Colombia), e incluso llegaron a la presidencia, aunque sin consecuencias (Perú con Humala).

Así como el crecimiento de los últimos años legitimó a los gobernantes en el poder (tanto de izquierda como de derecha), lo que se tradujo en altos niveles de popularidad y cierta continuidad oficialista (no en el Perú, por supuesto), la desaceleración empieza a complicarla. Pero no está claro que la complicación lleve al recambio, así como desaceleración no es igual a crisis. En el campo de la izquierda los liderazgos de Morales y Correa se ven firmes, pero también hay situaciones problemáticas en Venezuela, Brasil, Argentina y Chile, aunque las razones para esos problemas son muy diferentes en cada caso. Más que sufrir las consecuencias de la desaceleración, pagan el precio de problemas de autoritarismo, un ejercicio desprolijo del poder, o escándalos de corrupción de diferente tipo. Algo similar podría decirse de gobiernos que siguen una orientación más a la derecha.

De este modo, no podría afirmarse, al menos no todavía, que estemos ante una tendencia firme de cambio en un sentido definido; a diferencia del pasado, en el que el descrédito del populismo económico llevó al neoliberalismo, y el descrédito de éste al “giro a la izquierda”. La desaceleración afecta a gobiernos de diferente orientación, pero más que por ésta la ciudadanía está molesta por problemas de inseguridad, corrupción, arbitrariedad en el poder. Y ese descontento puede canalizarse por muchas vías, no necesariamente ideológicas.

Candidatos (2)

Artículo publicado en La República, domingo 25 de octubre de 2015

La década de los años ochenta es la del intento fracasado de construcción de un sistema de partidos, y la de los noventa es la de la antipolítica, como decía Carlos Iván Degregori; desde 2000, hemos vivido una suerte de enfrentamiento entre alguna figura que representa la continuidad de un embrionario nuevo sistema político y otra que lo desafía. En 2000, Fujimori frente a un emergente Toledo, aunque el cuestionamiento de éste era institucional frente a un gobierno autoritario, no involucrando al modelo económico. En 2001 este liderazgo emergente frente a la vuelta de liderazgos consolidados como los de García y Flores. En 2006, Humala expresó nítidamente el cuestionamiento frontal al sistema, especialmente en lo económico, frente a García y Flores. En 2011 nuevamente Humala, frente a K. Fujimori. Desde entonces se empezó a percibir que para ganar Humala necesitó moderar su discurso. En ese momento, después de años de crecimiento, parecía que el país “integrado” resultaba mayoritario frente al “excluído”. ¿Estamos viendo eso ahora? Los cinco candidatos con mayor opción de voto representan diversas formas de continuidad institucional y económica, de allí que sus discursos se parezcan tanto y que se distingan más bien por calidades o trayectorias personales. Acaso la importancia que se le asigna al tema de la inseguridad ciudadana haya también desdibujado el clivaje sistema – antisistema. Por supuesto que eso puede cambiar, la pregunta es si ese cambio se dará de aquí a abril. Esa sería la novedad de esta elección.

¿Emergerá desde el mundo del 1 ó 2% algún candidato que pueda ser protagonista de la elección presidencial del próximo año? Para ello se necesita contar con un mínimo de reconocimiento y de credibilidad, y casi ninguno lo tiene. Es muy tarde para hacerse conocidos ante una ciudadanía sin entusiasmo y desatenta y muy temprano para intentar compensar esa carencia con una gran inversión publicitaria. Desde la izquierda, además, la dispersión conspira contra las opciones de cada uno de los contendores. ¿Y el partido de gobierno? Contando con el apoyo discreto de la maquinaria gubernamental, podría en principio aspirar a pasar la valla electoral del 5%. ¿Logrará Von Hesse evitar la historia de Jeannete Enmanuel y Rafael Belaunde como candidatos de Perú Posible en 2006 y de Mercedes Aráoz como candidata del APRA en 2011? El problema es que el perfil de su candidatura rompe del todo con lo que queda de las bases y los orígenes del Partido Nacionalista. Pierde el carácter izquierdoso y provinciano que todavía le queda, desaprovecha la oportunidad de ocupar un espacio de centro-izquierda todavía vacío, queda muy cerca a la imagen de Kuczynski (tecnócrata sensible), aparece como sacado de la manga por la poderosa Secretaria General del Partido. Hace cinco años Mercedes Aráoz tampoco logró entusiasmar al aparato partidario, y su candidatura terminó colapsando. Aunque esta vez el apoyo desde arriba parece más decidido.

Candidatos

Artículo publicado en La República, domingo 18 de octubre de 2015

Los periodistas entrevistan a lo precandidatos presidenciales, y les preguntan por cuáles les parecen los principales problemas del país, poniéndo énfasis en la desaceleración del crecimiento económico y la creciente inseguridad ciudadana, y qué harían para solucionarlos en su eventual gobierno. Los candidatos entonces, si están más hacia la derecha, hablarán de promover la inversión, para lo cual se requiere liderazgo y eliminar las trabas burocráticas, y si están más a la izquierda, de la necesidad de diversificar nuestra economía y no depender solo de las exportaciones de minerales. En cuanto a la seguridad, más a la derecha se hablará de usar a las Fuerzas Armadas para complementar el trabajo policial y endurecer las penas, y más a la izquierda se hablará de hacer trabajo de prevención y de coordinar mejor la acción de los actores involucrados en el combate al crimen. Todos hablarán después de la importancia de mejorar la calidad de la educación, del acceso a la salud, de erradicar la pobreza, de cubrir los défictis de infraestructura, con énfasis en la competitividad global desde la derecha o en la integración social desde la izquierda. Esperemos que conforme avance la campaña haya más precisiones (sobre todo: ¿qué piensan hacer mejor o diferente a lo que el gobierno actual está intentando hacer?), pero no me parece que quepa esperar demasiado. Esta relativa monotonía no es del todo mala: por fin no tenemos actores significativos que planteen acabar con todo y empezar desde cero, por fin podremos plantearnos políticas de Estado y continuidad, con correcciones, en el rumbo de las políticas públicas.

Por este relativo monocromatismo, y también por la devaluación de los discursos, es que buena parte del electorado juzga a los candidatos desde un punto de vista más centrado en persona, por así decirlo. Al margen de lo que digan, algunas figuras despiertan confianza, simpatía, adhesión, expectativa. Ya sea porque tienen o representan la experiencia o las mañas necesarias para hacer lo que se tenga que hacer, demostradas a lo largo de su trayectoria (K. Fujimori, Kuczynski, García), o porque puedo identificarme con ellos por compartir similares orígenes sociales o culturales (Toledo, Acuña). Pero toda estrategia impone también riesgos, porque la experiencia y mañosería también se convierten en corrupción y falta de escrúpulos, y la identificación social también se despinta por la falta de credibilidad. En este cuadro, se extraña una figura que se presente como quien será capaz de hacer lo que hay que hacer porque no temerá enfrentarse a las mafias, intereses y poderes que imponen el actual estado de cosas: ese es el espacio que ocupó Humala en 2006 y 2011, que intentó ocupar Urresti en algún momento, y que aparece todavía sin representar. Ese espacio lo podría ocupar alguna candidatura de izquierda, si es que deja de manejar un discurso tan ideológico, lo traduce en iniciativas concretas para las personas, y lo expresa en alguna figura creíble.

Perú en el mundo

Artículo publicado en La República, domingo 11 de octubre de 2015

Hoy termina la Junta Anual de Gobernadores del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI), con delegaciones de 188 países, celebrada en Lima. Esta reunión solo se ha realizado tres veces en América Latina, en 1952 en ciudad de México, en 1967 en Río de Janeiro, y ahora en Lima. La selección de Perú como sede no es casual, es un reconocimiento al buen desempeño económico peruano de los últimos años.

Si bien es exagerado hablar de un “milagro” peruano, no se puede negar que nuestro desempeño reciente en cuanto a crecimiento ha sido notable, comparado con nuestro propio pasado inmediato y a la luz del contexto regional y mundial. Crecimos mucho más que antes, y más que los demás. Esas tasas de crecimiento además explican una importante caída en los niveles de pobreza, y una ligera disminución en nuestros niveles de desigualdad global (aunque en algunas dimensiones pueda haberse exacerbado). Aún ahora, con la desaceleración del crecimiento en todo el mundo, y mayores niveles de incertidumbre por el futuro de la economía China y el cambio en la política monetaria de los Estados Unidos, seguimos creciendo a tasas mayores que los demás. El problema es que con esos menores niveles, no será posible continuar con la reducción de la pobreza. Como dijo la Directora Gerente del FMI, Christine Lagarde, citando a Vallejo, “hay, hermanos, muchísimo que hacer”.

¿Qué hacer? ¿Cuál es la agenda para los próximos años? En la Junta de Gobernadores se habló de impulsar el crecimiento pero atendiendo también la desigualdad social (incluso, que mejoras en la equidad resultan beneficiosas para el crecimiento); de la necesidad de diversificar la actividad económica, para reducir la vulnerabilidad frente a los mercados internacionales; de hacer que las actividades extractivas respeten la cultura y dignidad de las comunidades afectadas por ellas; de fortalecer la institucionalidad estatal, entre otros temas. Llama poderosamente la atención lo lejanas que resultan las percepciones y las agendas domésticas respecto a cómo se mira al Perú y los temas que se discuten en el mundo.

En cuanto a la mayoría de medios de comunicación, pareciera que estas discusiones se vieran como “distracciones” respecto a los “verdaderos” (¿?) temas de interés, de nuestra pequeñita agenda local. Desde sectores de izquierda, se critica la reunión de la Junta de Gobernadores, sin reparar que allí se están planteando cosas que podrían fundamentar sus críticas al modelo de desarrollo vigente; desde sectores de derecha, se persiste en la idea de insistir en la gran inversión minera como única salida y en mirar a las protestas sociales como fruto de complot. Y en cuanto a nuestros políticos y aspirantes a candidatos a la presidencia, parecen no haberse enterado de la reunión. ¿Cuáles son sus propuestas para lograr mayores tasas de crecimiento económico y seguir reduciendo la pobreza en el nuevo contexto global? ¿Qué hay en cuanto a propuestas de construcción de capacidades institucionales?

lunes, 5 de octubre de 2015

Reforma política de Transparencia


Hace unas semanas comenté que en la Asociación Civil Transparencia, institución de la que soy parte, preparamos una propuesta de reforma política. Ella puede ser leída aquí.

Una más sobre Keiko en Harvard

Artículo publicado en La República, domingo 4 de octubre de 2015

Hasta ahora, Keiko Fujimori carece de un perfil propio, más allá de ser proyectada como una imagen más amable del rostro de su padre. Fue primera dama desde 1994, a los 19 años, y al inicio era solo la acompañante de su padre. Intentó marcar alguna distancia de Vladimiro Montesinos hacia el final del fujimorismo, pero Keiko no tenía entonces mayor peso político. Fue la congresista más votada en 2006, pero bajo la candidatura presidencial de Martha Chávez; y como líder de bancada, no marcó tampoco diferencias. Acaso no había necesidad, porque el gobierno de García asumió y legitimó gran parte de los sentidos comunes del fujimorismo. En 2011 Keiko F. como candidata obtuvo el 23.6% de los votos, quizá no a pesar, sino precisamente por, la candidatura de su padre al senado japonés en 2007 y su extradición y condena a 25 de prisión en 2009. Además, al enfrentarse a Humala en segunda vuelta, Keiko F. quedó muy naturalmente alineada con los sectores conservadores con lo cual tampoco tenía cómo destacar un perfil distintivo. En esa campaña pudo registrarse una lucha faccional de baja intensidad entre “albertistas” y “keikistas” que ha continuado hasta ahora, pero es claro que en esa elección el primero tuvo un peso decisivo.

Desde entonces Keiko F. ha estado muy activa haciendo una campaña de bajo perfil construyendo la candidatura de 2016. La inercia del apoyo del fujimorismo como identidad política difusa la pone encabezando cómodamente las encuestas de intención de voto, sin necesidad de desarrollar grandes iniciativas. Desde esta perspectiva, acaso lo que más le convendría sería seguir dejándose llevar, y solo encender motores cuando quede claro con quién se enfrentaría en segunda vuelta. En otras palabras, no habría ninguna “necesidad” de aceptar una riesgosa invitación a hacer una presentación pública en la Universidad de Harvard. Acaso la necesidad se ubique a un nivel psicológico, por fin mostrar independencia frente al entorno que la rodea; y responda a la necesidad de Keiko F. de imponer términos más propios en la lucha al interior del fujimorismo, en un momento en el cual se empieza a negociar la lista de candidatos a las vicepresidencias y al Congreso. Definir cuál sería la ubicación de alguien como Julio Rosas, por así decirlo, que terminó con su salida. El objetivo sería ganar espacio en la interna, a pesar de correr riesgos en lo electoral. La ventaja que lleva le da margen para ello, aunque ciertamente resulta evidente que el fujimorismo no estaba para nada preparado para el cambio en la orientación discursiva.

La movida es riesgosa, por lo que habría que reconocerle algún mérito. Mover el barco para asumir una identidad de derecha más moderna y liberal hace crujir estructuras más afines a la “democracia delegativa kenjista” y la complica frente a su elector típico que, como muestra la última encuesta de GFK, está en un 78% de acuerdo con la campaña “chapa tu choro” y en un 60% no está interesado en estas sutilezas político-ideológicas.

Latinobarómetro 2015

Artículo publicado en La República, domingo 27 de setiembre de 2015

El último informe del Latinobarómetro, que cumple veinte años, viene con datos recogidos en los meses de enero y febrero de este año en 18 países de América Latina. Volvemos a constatar los muy bajos niveles de legitimidad de nuestras instituciones políticas, lo que pone nuevamente sobre la mesa la necesidad de una reforma política en serio; de otro lado, llama la atención la caída de opciones socialdemócratas como las ensayadas en Brasil y Chile, y la expectativa que despiertan todavía los gobiernos de izquierda en medio de la desaceleración económica regional.

Aparecemos como suele ser habitual como uno de los países con menor satisfacción con el funcionamiento de la democracia, junto a Paraguay, Brasil y México; Ollanta Humala resulta el presidente peor evaluado de toda la región, por debajo de Nicolás Maduro y de Dilma Rousseff, confirmando un patrón también registrado en los anteriores gobiernos, pese a haber tenido uno de los mejores desempeños económicos en los últimos años. Consideramos a nuestro gobierno muy poco transparente, junto a los brasileños, colombianos y guatemaltecos. Tenemos un Congreso en el sótano de la región, con apenas un 8% de ciudadanos que se sienten representados por este, cuando el promedio latinoamericano es de 23%. Consideramos a la delincuencia como el problema más grave del país, junto a los salvadoreños, que tienen una de las tasas de homicidio más altas del mundo, y dentro de los que consideran a la corrupción como el problema más grave, estamos segundos después de los brasileños. Al final, somos los ciudadanos más insatisfechos con nuestras vidas, con 59% de ciudadanos satisfechos, cuando el promedio es 77%.

De otro lado, llama la atención que los países con mayores niveles de satisfacción con la democracia tengan gobiernos de izquierda, como Uruguay, Ecuador y Argentina. Los presidentes con más aprobación son Danilo Medina de República Dominicana, José Mujica de Uruguay y Evo Morales en Bolivia, nuevamente de centro o izquierda. El apoyo a la democracia como régimen es más alto en Venezuela, Uruguay, Ecuador y Argentina. Se considera que se gobierna para el bien de todo el pueblo en mayor propoción en Ecuador, Uruguay, Bolivia, Nicaragua y Venezuela, mientras que países como Brasil, Costa Rica y Chile aparecen con los porcentajes más bajos; Brasil y Chile tienen además los niveles más bajos de cercanía hacia los partidos políticos. En el mismo sentido, se tiene una percepción más justa de la distribución de la riqueza en Ecuador, Bolivia y Nicaragua, y la más injusta en Chile y Brasil.

Hasta hace pocos años, Chile y Brasil parecían haber encontrado la fórmula mágica: democracia liberal representativa, economía de mercado y crecimiento, políticas sociales eficaces… de ese grupo, solo Uruguay se mantiene firme. De otro lado, gobiernos de izquierda mantienen legitimidad, a pesar de su irrespeto a principios liberales – representativos. En medio de la desaceleración, la redistribución se valora especialmente.

Celo fiscalizador: ¿hasta dónde?

Artículo publicado en La República, domingo 20 de setiembre de 2015

Según la Constitución, el Presidente “personifica a la nación”; pero también es el Jefe de Estado y dirige la política general del gobierno. Así que, de un lado, se le debe respeto y debe ser hasta cierto punto “intocable” (de allí que goce de inmunidad y que solo pueda ser acusado por causas muy específicas durante su mandato), pero del otro resulta estando en el centro de la contienda y pasiones políticas. En el juego gobierno – oposición puede haber una confrontación muy enconada, pero debe hallar su límite cuando pone en riesgo la estabilidad del régimen. Parecemos acercanos peligrosamente a esa orilla.

Juan Linz decía que en las democracias existían oposiciones leales, semileales y desleales, según su grado de adhesión al régimen político; hoy que el riesgo de un golpe de Estado se ha minimizado, Aníbal Pérez-Liñán señala que lo que está en juego es el enjuiciamiento político y la destitución de los presidentes por parte del Congreso. Podría decirse que hoy la deslealtad no busca un golpe sino la destitución del presidente sin bases sólidas, privilegiando ganancias de corto plazo; y la semilealtad, la más peligrosa según Linz, es la que le sigue el juego irresponsable y oportunistamente. En este escenario, intervienen varios actores: periodistas y medios de comunicación que levantan denuncias y crean escándalos asociados a casos de corrupción; fiscales y jueces que se hacen cargo de la investigación y sanción de las mismas; las mareas de la opinión pública y la capacidad de movilización callejera; y las correlaciones de fuerza en el Congreso. Cada uno con intereses propios, más allá de los estrictamente políticos: ganar notoriedad o prestigio, sintonía, popularidad.

Trazar la línea entre el imprescindible celo fiscalizador y el control a las autoridades y la denuncia escandalosa sin fundamento no siempre es fácil de hacer. Pero cuando se trata de la legitimidad y estabilidad del régimen en su conjunto, se impone la prudencia y la responsabilidad. Hablar de que se dispone de denuncias que “harían caer al gobierno”, “comparables a los vladivideos” y no ser capaz de mostrarlos resulta un exceso; deslizar sin mayor evidencia que la Presidencia de la República estaría involucrada en un homicidio porque pretende encubrir la comisión de otros delitos, por ejemplo, es cruzar una línea que expresa elocuentemente los excesos en los que se puede caer en busca de una “primicia” y la inmadurez y primitivismo de la acción de la oposición.

Será acaso por las dudas que dejan las denuncias que presentan periodistas y políticos, la escasez de evidencia contundente, lo difícil que resulta distinguir una denuncia relevante de otra sin fundamento, es que si bien existe una amplia desconfianza y malestar ciudadano, este no se expresa en una movilización social con demandas claras. Y en el Congreso, si bien la oposición se envalentona y la bancada gubernamental se fracciona, afortunadamente el escenario de una interrupción de mandato se ve lejano.