martes, 12 de marzo de 2013

Argumentos, año 7, n° 1, marzo 2013


En este número...

COYUNTURA

Balance político de la revolución ciudadana. ¿La gran transformación?,
Ivette Sosa y Armando Chaguaceda, p. 3

La nueva propuesta del Estado para el abordaje de conflictos sociales: la Oficina Nacional de Diálogo y Sostenibilidad,
César Bedoya, p. 10

HACIA UN DIAGNÓSTICO DE LIMA METROPOLITANA

El modelo urbano que sigue Lima en la actualidad: el responsable olvidado de la inseguridad,
Pablo Vega Centeno, p. 14

La desnutrición crónica en Lima Metropolitana,
Úrsula Aldana,  p. 21

Patrones de transporte en Lima Metropolitana: a dónde, cuánto y por qué viajan los limeños,
Roberto Piselli, p. 25

REVOCATORIA Y DEMOCRACIA

Las revocatorias en el Perú: entre la participación masiva y la debilidad institucional,
María Isabel Remy, p. 29

¿Por qué muchos pobres no quieren a Susana Villarán?,
Wilfredo Ardito, p.38

Racionalidad y emotividad en las elecciones peruanas: una propuesta de investigación,
Arturo Maldonado, p. 44

Revocatoria 2013: la prensa, las encuestas y el peso de las palabras,
Carolina Arrunátegui, p. 50

CRÍTICA Y RESEÑAS

Entre brechas y soledades. Política y sociedad en el Perú: a propósito de La soledad de la política, de Carlos Meléndez
Guillermo Rochabrún, p. 57

Reseña al libro Memorias de un Soldado Desconocido de Lurgio Gavilán (IEP -2012)*,
Ramón Pajuelo, María Eugenia Ulfe, Jacqueline Fowks, Fernando Calderón
 p. 65

lunes, 11 de marzo de 2013

El chavismo en el tiempo

Artículo publicado en La República, domingo 10 de marzo de 2013

Creo aportar algo a lo mucho escrito a propósito del fallecimiento del presidente Hugo Chávez (1954-2013) proponiendo una mirada del chavismo a lo largo del tiempo.

El Chávez del Movimiento Boliviariano 200, que intenta derrocar a Carlos Andrés Pérez en 1992, es un nacionalista radical. Ese mismo Chávez es el que forma el Movimiento Quinta República y gana la elección de 1998, como una suerte de frente político antisistema, en el que cabían tanto sectores de izquerda como aquellos hartos del orden “partidocrático” imperante. Todos coincidieron en la necesidad de fundar un nuevo orden institucional, expresado en la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución de 1999, y en la primera reelección de Chávez en 2000. Podría decirse que el nuevo orden no tenía en sí mismo ningún componente no democrático, el problema fue que la refundación institucional era acompañada de una lógica de copamiento impuesta por una fuerza mayoritaria, aunque todavía no hegemónica. Hasta los primeros años de la década de 2000 el chavismo era fuertemente cuestionado, y el intento de golpe de Estado de 2002 fue resultado del descontento existente. Su base de respaldo era ya era claramente popular, y se consolidó de un lado de un clivaje socio-económico, pero también étnico y cultural, que también conocemos en el Perú. De allí la polarización extrema que generó.

La oposición intentó sacar a Chávez del poder apelando a una revocatoria, en agosto de 2004, que este terminó ganando. Para entonces ya se beneficiaba del crecimiento económico que ha favorecido a toda la región desde esos años, basado en el aumento de los precios de las materias primas. Esto, y el ausentismo de la oposición le permitió consolidar un poder prácticamente total: en diciembre de 2005 las elecciones legislativas le dieron a Chávez el control del 100% del Congreso, hegemonía confirmada con la segunda reelección de Chávez en 2006.

En este periodo se consolidaron las políticas sociales que han generado la identificación de gran parte de los sectores populares con Chávez; al mismo tiempo, se dejó la lógica de frente político para pasar a una más ideológica de construcción del “socialismo del siglo XXI”, y del “partido único” de la revolución. Dos caras de la misma moneda, que dieron lugar a mejoras sociales, pero también a autoritarismo, ineficiencia, corrupción, culto desmesurado a la personalidad, y acentuación de un modelo económico petrolero y rentista, nada “alternativo”. Esto le dio nueva oportunidad a la oposición, que recuperó presencia en el Congreso desde 2011 y en la elección presidencial de 2012, en la que Chávez fue reelecto por tercera vez.

¿Qué lección extraer de este recorrido? A mi juicio, que la concentración excesiva de poder es intrínsecamente negativa, y que conspira contra las mejores intenciones revolucionarias. También que si la democracia no es eficaz en el terreno distributivo, siempre estará amenazada por liderazgos mesiánicos.

lunes, 4 de marzo de 2013

Revocatoria y democracia directa

Artículo publicado en La República, domingo 3 de marzo de 2013

El pedido de revocatoria de la alcaldesa de Lima ha puesto en discusión la conveniencia o no de este mecanismo de democracia directa y de todos en general, en tanto podrían dar lugar a prácticas que “desnaturalizarían” su esencia y debilitarían a la democracia representativa.

Existen múltiples críticas a la democracia representativa, y al hecho de que en ella el juego político parece restringirse a los partidos y a las élites políticas; los ciudadanos no se sentirían representados o partícipes de las decisiones que se toman en su nombre, por lo que el remedio para algunos consiste en ampliar la arena política a la acción directa de los ciudadanos ya sea en ocasiones específicas (referéndums, plebiscitos) o de manera regular mediante mecanismos de consulta y participación. No se trataría de construir una forma alternativa de régimen político, sino de fortalecer la democracia representativa complementándola con mecanismos de democracia directa, participativa, o deliberativa.

El saldo que deja la adopción de estos mecanismos en general es muy ambiguo: en ocasiones cumplen efectivamente funciones de legitimación de sistemas políticos democráticos, en otras los debilitan; pueden legitimar gobiernos con tendencias autoritarias, como pueden debilitarlos; son alternativamente propuestos y repudiados por sectores tanto de izquierda como de derecha. Perú es una ilustración muy elocuente de estas ambigüedades.

En la Constitución de 1979, tomada por muchos como el estándar democrático por excelencia, los mecanismos de democracia directa y participativa no existían; ellos fueron introducidos en la Constitución de 1993, después del golpe de Estado de 1992. En esto coincidieron sectores liberales como el Instituto Libertad y Democracia de Hernando de Soto, para quienes estos mecanismos acotaban el poder del Estado; sectores de izquierda, para quienes se abría espacio para la movilización y acción directa del pueblo organizado; así como el propio fujimorismo, para el cual se denunciaba la ineficiencia de una democracia partidocrática y elitista. Más adelante, fue la oposición al fujimorismo la que se benefició de la existencia de un mecanismo como el referéndum para cuestionar el intento de segunda reelección del presidente. En los últimos años, desde la izquierda se promovió con entusiasmo la implementación de mecanismos participativos en el contexto del proceso de descentralización, que incluyó el mecanismo de revocatoria de autoridades, y algunos propusieron ampliarlo para afectar también a congresistas, por ejemplo. Pero ahora que el mecanismo afecta a una alcaldesa como Susana Villarán, se llama con razón a la cautela.

¿Qué hacer? En términos generales, pienso que deberíamos seguir con la lógica que trató de establecer la ley de partidos: dada la fragmentación y volatilidad de la arena política, de lo que se trata es de elevar las barreras de acceso a la competencia política y al ejercicio de mecanismos de participación.

martes, 26 de febrero de 2013

Carta a un estudiante de ciencia política


El martes 19 pasado, mi estimado colega Nelson Manrique, en un artículo titulado "Democracia: quién la califica", decía que "la reelección de Rafael Correa a la presidencia del Ecuador, con un contundente 56% en primera vuelta, vuelve a plantear una cuestión incómoda para los politólogos: cómo a pesar de su apetito reeleccionista Chávez, Kirchner y Correa gozan del apoyo mayoritario de sus ciudadanos. Esto suele atribuirse al atraso político, pero la evidencia empírica muestra otro panorama". Más adelante señala que ".. al parecer la opinión de los ciudadanos de esos países no cuenta a la hora de juzgar si viven una democracia o no; quienes lo dictaminan finalmente son los medios de comunicación y un grupo de politólogos, por lo general alineados políticamente con los EEUU, y al diablo con la opinión de los directamente interesados".

Eduardo Dargent y Steven Levitsky han respondido muy bien llamando la atención sobre las inconsistencias del artículo de Manrique y el problema irresoluble de definir el carácter democrático de un régimen por su nivel de apoyo popular, tema sobre el cual tengo poco que añadir. Yo quiero aquí expresar mi extrañeza por la imagen equivocada que parece manejar Manrique de la ciencia política y de los politólogos.

Primero, no veo por qué el hecho de que gobernantes como Correa gocen del apoyo mayoritario de sus ciudadanos sea en algún sentido "incómodo" para los politólogos. Más bien diría que el absolutamente previsible y normal, dadas las circunstancias. Recomiendo ver el reciente trabajo de la politóloga Flavia Freidenberg, un referente importante dentro de la disciplina, precisamente dedicado a explicar "las claves del éxito de la revolución ciudadana", sin atribuirlo en absoluto al "atraso político". Las razones que Freidenberg menciona son la evaluación positiva de la gestión de Correa, la estabilidad de las variables económicas, las políticas sociales impulsadas gracias al uso focalizado de los recursos petroleros, el discurso de inclusión, la agresiva política de comunicación gubernamental y la inexistencia de un candidato opositor que pudiera articular a la oposición. Flavia es una colega y amiga extraordinariamente capaz, pero la verdad no creo que al escribir ese texto se haya sentido particularmente desafiada intelectualmente, y sostiene que el triunfo de Correa era totalmente previsible. Al parecer, para Manrique los politólogos solo entenderíamos la legitimidad política como resultado del respeto a las reglas institucionales, por lo que nos resultaría "incómodo" entender la existencia de otras fuentes de legitimidad. Totalmente falso.

Segundo, está aquello del "grupo de politólogos" que "dictaminan" qué países son democráticos, "por lo general alineados políticamente con los EEUU", y que mandarían "al diablo" la opinión de los directamente interesados (los ciudadanos). En primer lugar, sobre los "dictámenes". Me parece totalmente natural que, cuando se discute sobre las características de los regímenes políticos, los politólogos tengamos algo que decir, en especial los que trabajan esos temas. Eso lo decimos en diversas publicaciones y espacios, que no veo por qué Manrique considera "dictámenes". Y cualquiera que quiera ver las cosas con un mínimo de objetividad, tendrá que reconocer que las opiniones de los politólogos sobre estos temas son muy dispares. En la ciencia no hay "dictámenes", en el sentido de sentencias inapelables dadas por alguna autoridad superior, solo planteamientos provisionales sujetos a debate, y vigentes hasta que más investigación y evidencia los supere. Segundo, sobre el "alineamiento" con los EEUU.: ¿en quién estará pensando? Solo me puede venir a la cabeza el nombre de Arturo Valenzuela, politólogo chileno-norteamericano que ha trabajado temas referidos a regímenes políticos y que ocupó cargos importantes en el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Aún en ese caso, dentro de la disciplina, la opinión de Valenzuela es una opinión más, de ninguna manera un "dictamen".

Si lo que le preocupa a Manrique es que haya entidades de monitoreo y observación de elecciones y de la estabilidad democrática, pues lo que encontramos es que quienes hacen esas tareas son entidades internacionales gubernamentales y privadas, que siguen lógicas políticas, y poco académicas, en las que los politólogos participamos muy parcialmente. Ver al respecto este texto de Gerardo Munck. Precisamente, una de sus recomendaciones es fortalecer el diálogo entre políticos y académicos.

Sería bueno que Manrique aclare a qué politólogos se refiere, pero yo sospecho que ha caído en la vieja falacia retórica de construir un muñeco de paja para destruirlo cómodamente. Así, los politólogos solo concebiríamos como fuente de legitimidad el respeto a las instituciones (esa sería la razón por la cual las definiciones de democracia son procedimentales); no podríamos entender otras fuentes de legitimidad (ambos supuestos falsos, como hemos visto); los datos muestran que gobernantes como Kirchner, Correa y Chávez son muy populares, a pesar de su apetito reeleccionista; ergo, a los politólogos nos resulta difícil entender algo como la reelección de Correa, y nos veríamos obligados a hablar del "atraso político" (conclusión falsa también). Y encima, algunos "dictaminan" cuál país es democrático y cuál no, "mandando al diablo" la opinión de los ciudadanos, gracias a, me imagino, la influencia y tribuna en los medios de comunicación que les daría su alineamiento político con los EEUU. Razonamiento un tanto conspirativo; en todo caso, aquí cabe preguntar: ¿quiénes?, ¿cuándo?, ¿dónde?

Tercero, precisamente creo que el gran error de Manrique es desconocer nuestra disciplina, o tener una visión tremendamente distorsionada de ella. Si bien los politólogos solemos considerar que en la definición de qué es la democracia como régimen político lo mejor es manejar criterios minimalistas, anclados en aspectos institucionales, porque así se evitan precisamente las confusiones e inconsistencias en las que cae Manrique; también consideramos que para entender la dinámica política de un país es necesario ir mucho más allá de concepciones minimalistas-institucionalistas, y tomar en cuenta cuestiones como la legitimidad de los regímenes políticos de cara a sus ciudadanos, que entiendo es su preocupación de fondo. En esto estamos totalmente de acuerdo. Piénsese por ejemplo en el libro La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos (Nueva York, PNUD, 2004), investigación liderada por Guillermo O'Donnell y en la que participaron muchos colegas politólogos, y que es un referente en la disciplina. De hecho, uno de los temas de más desarrollo en la ciencia política de los últimos años es el de la calidad de la democracia en nuestros países, tema que parte del ámbito electoral-institucional para ir mucho más allá de este, recogiendo temas como los niveles de accountability, de rendición de cuentas de los políticos ante la ciudadanía, tema en torno a cuya importancia coincido totalmente con Manrique. Ver al respecto este otro texto de Gerardo Munck, por ejemplo, entre muchos otros.

Otra ilustración de cómo son en realidad las discusiones dentro de la disciplina: tomemos como ejemplo la caracterización del gobierno de Hugo Chávez. Acá encontraremos un gran debate, donde colegas como Steven Levitsky, Javier Corrales, Luis Gómez, yo mismo y muchos otros tendrán una posición, pero Maxwell Cameron, Daniel Levine y José MolinaSteve Ellner y muchos otros tienen otra, y se cubren todos los matices del espectro en cuanto a si en Venezuela el régimen de Chávez es autoritario o democrático. Y todos somos politólogos, y todas las posiciones son igualmente importantes e influyentes. En lo que a mí respecta, todos los mencionados son colegas y amigos que respeto y aprecio mucho.

Quisiera decir finalmente que me parece normal y saludable la discrepancia, la crítica y el debate, y al final no tenemos por qué ponernos de acuerdo. La academia es y debe ser pluralista. Pero si me tomé el trabajo de escribir este comentario es porque el artículo de Manrique me parece muy injusto, en tanto parece dirigirse contra una disciplina y contra quienes la practican. Estoy seguro de que esta no es la intención de Nelson, pero igual algún lector puede llevarse esa impresión; me preocupa especialmente que estudiantes potencialmente interesados en estudiar la carrera de ciencia política se forman una imagen equivocada de la profesión, así como los lectores en general, en tanto la ciencia política es en el Perú una carrera nueva y todavía en proceso de consolidación.

No me parece casualidad que Dargent y Levitsky hayan tenido el gesto de responder a Manrique desde la página web de Politai, una asociación de estudiantes de Ciencia Política y Gobierno de la Pontificia Universidad Católica. De cara a los estudiantes de ciencia política, habría que decir que convengamos con Manrique en que de lo que se trata es de siempre mejorar los estándares de la disciplina, revisar siempre críticamente nuestros conceptos, supuestos y definiciones, metodologías, ejercicio profesional, etc. Pero también en que, como disciplina, estamos más concientes de nuestras limitaciones de lo que algunos suponen, por lo que deberíamos evitar caer en discusiones estériles y concentrarnos en las importantes; en esas, seguramente, estaremos de acuerdo con Nelson. Y si no, estaremos en desacuerdo, pero serían desacuerdos reales, no fruto de miradas distorsionadas de las cosas.

[ NOTA: recién veo el artículo de hoy de Manrique, en el que responde a Levitsky, en su columna de La República. Me parece que su respuesta no altera los comentarios arriba expuestos ]

[ ACTUALIZACIÓN, 27 DE FEBRERO:

LQQD: lean el artículo de Maxwell Cameron, quien también se animó a participar en este debate, confirmando la amplitud de posiciones dentro de la disciplina en lo que respecta a las caracterizaciones de la naturaleza democrática de nuestros países.
Max Cameron
Delegative vs. Liberal Democracy in Latin America ]

Todo esto me hizo recordar un texto todavía inédito, que puede resultar de interés. Es un trabajo que en principio aparecerá en el segundo volumen de la colección Cartas a los estudiantes de ciencia política, y que espero lo encuentren pertinente. Saludos.


  Cartas a un estudiante de ciencia política1 by   Martin Tanaka

lunes, 25 de febrero de 2013

Lincoln

Artículo publicado en La República, domingo 24 de febrero de 2013

Hoy se realizará la ceremonia de entrega de los premios “Oscar”, y la película Lincoln dirigida por Steven Spielberg es una de las nominadas a mejor película del 2012. Comentar el retrato que la película bosqueja del que hacer político resulta pertinente para nosotros.

Se comenta mucho en la política peruana últimamente que habría actores “decentes” y “corruptos”, pero al mismo tiempo que habría “caídos del palto” que no saben hacer política, aunque guiados por nobles intenciones, y otros hábiles y eficaces, pero motivados por intereses subalternos. Puestas las cosas así, aparece un callejón sin salida: estaríamos entre un principismo ingenuo destinado al fracaso, y un cinismo eficaz, que nos lleva a una política en la que solo los inescrupulosos sobreviven.

El retrato que Spielberg propone de Lincoln presenta una interesante salida a este problema. Este es presentado como un político principista, guiado por el objetivo de mantener la unión de un país dividido y ensangrentado por la guerra civil, para lo cual la aprobación de la 13ª enmienda de la Constitución, que prohibe la esclavitud, es considerada imprescindible. Sin embargo, Lincoln sabe que esta iniciativa enfrentará la oposición del partido demócrata, e incluso la de sectores importantes de su propio partido, el republicano; y que para conseguir los votos necesarios en el Congreso deberá manipular a su propio partido y comprar votos y alentar el transfuguimo en el partido rival. Claro que dentro de ciertos límites, porque no puede existir una incongruencia tan grande entre medios y fines: se ofrecen cargos públicos como recompensa, pero no dinero en efectivo.

En su momento se enfrentan dilemas irresolubles: detener la guerra y salvar vidas, o persistir en el conflicto en nombre de los ideales. El líder evita un acuerdo y asume el peso de esa carga, arriesgando la vida de su propio hijo, que también participa en la guerra. Este líder entiende que, a pesar de que acaso los grandes fines que persigue pueden justificar las concesiones que se ve obligado a hacer, esas concesiones desvirtúan su acción política. Por ello el Lincoln interpretado por Daniel Day-Lewis transmite no satisfacción u orgullo, sino humildad, y asume su liderazgo como una pesada carga. Es más, su asesinato puede leerse tanto como una liberación de la misma como el pago por sus transgresiones.

Es fascinante también el retrato de Thaddeus Stevens, líder republicano radical interpretado por Tommy Lee Jones, encarnación del líder principista poco dispuesto a hacer concesiones. Cuando ambos líderes se encuentran, Stevens enfatiza la necesidad de no perder nunca la brújula moral; Lincoln le recuerda que el norte en ocasiones conduce a un pantano del que no se puede salir, por lo que se impone la necesidad de retrocesos o rodeos para poder seguir adelante. Más adelante, Stevens ilustra también el coraje del aprendizaje de la moderación y del realismo.

Cuán pertinente para pensar en nuestra política de hoy.


VER TAMBIÉN:

Los colores de la revocatoria
Alberto Vergara

martes, 19 de febrero de 2013

El Estado latinoamericano en su laberinto

Excelente número...

Revista de ciencia política (Santiago)


DOSSIER
· INTRODUCCIÓN: EL ESTADO LATINOAMERICANO EN SU LABERINTO
ALTMAN, DAYID; LUNA, JUAN PABLO

ARTÍCULOS
· LEGITIMIDAD, AUTONOMÍA Y CAPACIDAD: CONCEPTUALIZANDO (UNA VEZ MÁS) LOS PODERES DEL ESTADO
MAZZUCA, SEBASTIÁN L


· La transformación del estado de derecho latinoamericano: Capacidad del Estado y estado de derecho
BRINKS, DANIEL M


· Midiendo la capacidad estatal en la América Latina contemporánea
SOIFER, HILLEL DAVID


· Conceptualizando la fortaleza del Estado: Más allá de los estados débiles o fuertes
GIRAUDY, AGUSTINA


· Capturando la fortaleza del Estado: Aproximaciones econométricas y experimentales
KURTZ, MARCUS J; SCHRANK, ANDREW


· Política territorial y el alcance del Estado: Irregularidad por diseño
BOONE, CATHERINE


· El estado del Estado en América Latina: Desafíos, desafiantes, respuestas y déficits
EATON, KENT


· La construcción de estatalidad híbrida: Fuentes del accionar policial en el conurbano
DEWEY, MATÍAS


· Un sistema adaptativo complejo: Redes, carreras armamentistas y peligros morales
POLICZER, PABLO


· Más allá del Estado mínimo: Hacia una agenda alternativa
MAILLET, ANTOINE


· Avanzando en el estudio de la estatalidad en América Central: Metodología y algunos hallazgos ilustrativos
VARGAS CULLELL, JORGE


· Estatalidad en disputa y construcción del Estado en Haití
BARANYI, STEPHEN


· Midiendo la historia "de éxito" colombiana
FELDMANN, ANDREAS E

RECENSIONES

·
John P. McCormick (2011), Machiavellian Democracy
TAVERA, HUGO

lunes, 18 de febrero de 2013

Corrupción, ética y política (2)

Artículo publicado en La República, domingo 17 de febrero de 2013

La semana pasada llamaba la atención sobre la necesidad de una profunda reforma judicial no solo por la obvia necesidad de acceso a la justicia, sino también por los efectos que sus decisiones tienen sobre el sistema político. No hay confianza en el sistema judicial y hay actores políticos importantes que parte de la ciudadanía identifica como corruptos. Si los sistemas anticorrupción funcionaran bien, algunos de los imputados deberían pagar condenas, y los inocentes deberían ser librados de sospechas; como no funcionan, terminamos teniendo culpables impunes e inocentes falsamente implicados en la comisión de delitos. La percepción de injusticia hace que se cuestione permanentemente la institucionalidad judicial, que la política tienda a asumir la forma de controversias morales, y que su dinámica tienda a “judicializarse”, a recurrirse reiteradamente a los tribunales para intentar saldar lo que se considera como cuentas pendientes. Esto aumenta la presión política sobre los jueces, con lo que, como en una profecía autocumplida, la judicatura tiende en efecto a politizarse. Como es de esperarse, cuando la moralidad está en juego, el intercambio, la negociación y la búsqueda de acuerdos políticos se dificulta, porque se asume que están en juego valores absolutos. Así es muy difícil contruir una comunidad política democrática.

En todos los países de la región, el debilitamiento de los partidos como canales de representación hace que la política tienda a judicializarse; los actores intentan conseguir mediante acciones legales la solución a demandas que no se consiguen mediante la movilización política. La complejidad y autonomía de lo jurídico hace en ocasiones que actores débiles obtengan grandes victorias políticas. El problema es, nuevamente, que la judicatura se politiza, se debilita a los partidos, se hacen menos previsibles los resultados judiciales, lo que entorpece el intercambio político.

De todo esto no se debe deducir que corresponde refundar el sistema de justicia “desde afuera”; ese es un camino que ha llevado siempre a autoritarismos y a un mayor control político de las decisiones judiciales. Urge por el contrario una gran reforma judicial y el reforzamiento de un sistema anticorrupción lo más autónomo de presiones políticas. Urge un gran acuerdo político y entre los poderes del Estado para limpiar la política de la percepción de corrupción, que amenaza la legitimidad del sistema político. En segundo lugar, urge que los partidos y actores políticos sobre los que hay sospechas de impunidad o problemas por falta de transparencia que colaboren con las investigaciones necesarias para despejar toda duda y no refigiarse en artilugios legales. Y tercero, por parte de todos los actores políticos y sociales, no dejarse llevar por el expediente fácil de acusar a alguien de corrupto para intentar ganar disputas políticas, y por parte de los medios de comunicación el no dar cabida a acusaciones sin fundamento.


VER TAMBIÉN:

Corrupción, ética y política

jueves, 14 de febrero de 2013

ALACIP 2013




Atención con las fechas:

7o. Congreso Latinoamericano de Ciencia Política – Bogotá 2013

Presentación de propuestas – hasta el 28 de febrero de 2013 OJO

Decisiones sobre propuestas, mesas y simposios – 15 de abril de 2013

Inscripción al congreso – hasta el 7 de julio de 2013

Recepción de ponencias definitivas – hasta el 16 de agosto de 2013

El próximo Congreso de ALACIP se celebrará en la Universidad de los Andes de Bogotá, los días 25, 26 y 27 de septiembre de 2013.

Más información aquí.

martes, 12 de febrero de 2013

Corrupción, ética y política

Artículo publicado en La República, domingo 10 de febrero de 2013

En la vida política siempre habrá intereses y visiones contrapuestas, en ocasiones muy enconadas, especialmente cuando se percibe que hay opciones éticas en juego. El régimen democrático nos da un mecanismo para procesar institucionalmente esas diferencias: el más importante es el voto popular y la regla de mayoría. Aquellos que consiguen más votos ocupan las posiciones de gobierno, y los demás, aunque no les guste, lo deben aceptar. En los últimos años hemos tenido elecciones muy reñidas, pero al final terminó imponiéndose ese criterio. Actores pueden incluso no estar de acuerdo con la conducta y decisiones de los organismos electorales, pueden estar convencidos de que se equivocaron y los perjudicaron, pero al final están obligados a respetar sus fallos, y no cuestionan la legitimidad de los resultados.

En nuestro país parece estar medianamente asentado el reconocimiento de las elecciones como mecanismo democrático, que va por supuesto de la mano con un funcionamiento considerado aceptable de los organismos electorales. Sin embargo, no hemos avanzado mucho en otro mecanismo democrático esencial, que es el funcionamiento del sistema de justicia, del que forman parte el Poder Judicial, el Ministerio de Justicia, la fiscalía, la policía, etc. Acá también deberíamos tener un mínimo de confianza en su funcionamiento, de modo tal que puede haber múltiples percepciones y denuncias de corrupción, pero debería ser un criterio compartido que quien determina eso en última instancia es el Poder Judicial. Y uno puede discrepar con sus fallos, criticar sentencias, pero al final estos deben ser aceptados en todas sus consecuencias.

El problema se agrava cuando algunos de los actores políticos que sectores de la población identifican como corruptos gozan de respaldo popular y representan políticamente a sectores importantes de la sociedad. Las reglas institucionales obligan a reconocerlos como interlocutores en un sentido pleno, y la política solo puede funcionar si se logra poner “entre paréntesis”, por así decirlo, las objeciones éticas, para poder entrar al terreno de la negociación política. Ejemplo: la designación del Defensor del Pueblo o de los magistrados del Tribunal Constitucional. Poner por delante consideraciones morales haría imposibles los acuerdos políticos que se necesitan.

La consecuencia de esto es que urge avanzar en la mejora del sistema judicial, porque su falta de legitimidad crea serios problemas que dificultan el intercambio político. En el corto plazo no parece quedar otra que aceptar los fallos judiciales, individualizar las responsabilidades penales y no hacerlas extensivas a colectividades políticas. Decir esto puede resultar impopular en el contexto de confrontación que se vive en medio de la campaña de la revocatoria, pero precisamente por eso es necesario hacerlo. Resolver el dilema existente entre las percepciones de justicia y el respeto a las instituciones es clave para nuestra democracia.

domingo, 3 de febrero de 2013

La racionalidad popular

Artículo publicado en La República, domingo 3 de febrero de 2013

En las últimas semanas distinguidos políticos, analistas, columnistas, han planteado que la revocatoria del 17 de marzo debería entenderse como una elección entre la “decencia” y la “corrupción”. No tengo duda de que al frente, detrás y a los lados de la causa de la revocatoria hay intereses personalistas y mafiosos; como ha sido dicho, mafias afectadas por el cierre del marcado de La Parada, por la propuesta de reforma del transporte público, por el cambio en la lógica de actuación de los funcionarios municipales en cuanto a adquisiciones, contrataciones, concesiones, respecto a la gestión anterior, deben ser promotores entusiastas de la causa del “Sí”. Además, los alineamientos políticos producidos alrededor del “Sí” y del “No” y sus justificaciones muestran que unos se suman oportunistamente a una ola de descontento, mientras que otros muestran preocupación por el bienestar de la ciudad, independientemente de la popularidad de esta postura.

Lo que nos lleva precisamente al punto que quiero resaltar: planteadas las cosas en el terreno de la moralidad, resulta extremadamente problemático el que el “Sí” haya mostrado hasta el momento un apoyo mayoritario. La salida ha ido por señalar que quienes optan por el “No”, según las encuestas, serían sectores más educados y informados. De este modo, quienes están hasta el momento a favor del “Sí”, mayoritariamente en los sectores C, D y E de las encuestas, lo estarían porque serían víctimas de una campaña de desinformación, así como de errores en la estrategia comunicacional de la Municipalidad (en el peor de los casos, se denuncia que ese apoyo es consecuencia de una “compra” –a cambio de una bolsa de fideos- o de presiones –“si no apoyas pierdes el vaso de leche”-).

El problema con este razonamiento es que, visto a lo largo del tiempo, resulta que el pueblo está siendo engañado o manipulado cuando muestra preferencias contrarias a las de uno, mientras que se le presenta como sabio, lúcido, conciente, cuando coincide. Así, desde la derecha se oscila entre querer regresar al tiempo del voto censitario (porque los pobres son resentidos e ignorantes), y aplaudir su espíritu emprendedor y empresarial; y desde la izquierda entre denunciar su alienación por los “poderes fácticos” y los medios de comunicación, y su creciente movilización y conciencia de clase. En realidad, en los sectores A y B, y en el “mundo letrado” en general, hace falta mucho más información y comprensión sobre cómo se informan, forman opinión, perciben la política y toman decisiones al respecto en el mundo popular, de allí que tienda a caerse reiteradamente en imágenes estereotipadas. Y como ha sido dicho correctamente por muchos también, la campaña por el “No” ganaría en eficacia si se concentrara en lanzar una oferta atractiva para a los sectores más pobres de la ciudad, antes que apelar a la moralidad e intentar convencer a sus votantes reacios llamándoles la atención por indolentes o desinformados.

lunes, 28 de enero de 2013

El voto limeño

Artículo publicado en La República, domingo 27 de enero de 2013

En la década de los años setenta, especialmente con la invasión en Pamplona, que dio posteriormente origen al distrito de Villa el Salvador, empezó a hacerse evidente que la Lima “tradicional” quedaba definitivamente atrás. Frente a esta evidencia, fue la izquierda la más entusiasta en presentarse como la representante de los inicialmente invasores, mientras que los partidos de derecha, por el contrario, mostraban preocupación por la migración, la irregular ocupación urbana, la vulneración de la propiedad pública y privada, la extensión de la informalidad. Por su parte el APRA parecía incapaz de ir más allá de los sectores populares “tradicionales” (Chorrillos, Rímac, La Victoria). Los mapas electorales de las elecciones municipales de 1980 y 1983 crearon la imagen de una “Lima popular” orientada hacia la izquierda: al norte, Carabayllo, Comas, Independencia; el este El Agustino, San Juan de Lurigancho, Ate; al sur San Juan de Miraflores, Villa María del Triunfo, Villa el Salvador, dieron pie a la imagen de un “cinturón rojo” que cercaba la Lima tradicional.

Era ciertamente una imagen exajerada, pero daba cuenta de que, en el plano del discurso político, era básicamente la izquierda la que se identificaba con las demandas de reconocimiento, titulación, acceso a servicios básicos, de los “nuevos limeños”. Recién en 1986 Hernando de Soto difundió un discurso liberal dedicado al mundo popular limeño, y habló de una “revolución informal”, demostrando que este no tenía por qué asumirse como izquierdista. En 1989, el inesperado triunfo de Ricardo Belmont mostró que el pueblo limeño era mucho menos ideológico y politizado que lo que se había pensado, y las autoridades políticas descubrieron que la Lima producto de las invasiones no debía verse como una amenaza, sino como una importante fuente de legitimidad política. Por ese mismo camino, esencialmente, transitaron Alberto Andrade y Luis Castañeda. Los tres consolidaron liderazgos legitimados por la reivindicación del orden y la construcción de obras públicas. Y los resultados de las elecciones presidenciales de 2006 y 2011 en Lima más bien sugirieron un carácter “conservador” en los limeños.

El triunfo de Susana Villarán, con una votación asentada básicamente en distritos populares, fue leído equivocadamente por algunos como una nueva “izquierdización” del electorado, cuando se trató de un encuentro circunstancial. También sería equivocado asumir que en Lima el apoyo a Villarán es mayor en los sectores socioeconómicos más altos porque allí estaría la población más educada y más cercana a “valores postmaterialistas”, como ocurre en otras ciudades capitales del mundo. En realidad, las opciones electorales siguen siendo muy volátiles; lo que sigue siendo una constante es la persistencia de importantes diferencias sociales entre nuestras distintas “limas”, entre los distritos tradicionales y las Limas del norte, este y sur, que han aflorado de mala manera en esta campaña.

lunes, 21 de enero de 2013

Lima y el Perú

Artículo publicado en La República, domingo 20 de enero de 2013

Esta semana Lima celebró el 478 aniversario de su fundación española, en medio del proceso de revocatoria a la alcaldesa Villarán. Para analizar ambos temas contamos con los resultados de la última encuesta “Lima cómo vamos 2012”, aplicada por tercer año consecutivo, esta vez en noviembre del año pasado, y varias encuestas de opinión recientes sobre la revocatoria.

En cuanto a las percepciones ciudadanas sobre la marcha de la capital, podría decirse que Lima muestra las mismas ambigüedades y paradojas que el país en general. Es decir, hay un ligero aumento en la satisfacción por vivir en Lima, una percepción de mejora en cuanto a los principales problemas de la ciudad, un mayor optimismo respecto a la situación de la familia en el año que empieza, una reducción en el número de personas que se perciben como pobres, una mejora en la evaluación de la gestión municipal y de la alcaldesa frente al año pasado; pero al mismo tiempo tenemos descontento, una percepción de empeoramiento de la calidad de vida, especialmente entre los más pobres. Al mismo tiempo, la brecha en las percepciones de bienestar entre el grupo de distritos más consolidados y los menos se hace más grande, especialmente en los distritos al sur. Es decir, a la ciudad le va mejor en general, pero algunos se sienten estancados o incluso peor.

Esto es coherente con los datos que muestran las encuestas de opinión sobre la desaprobación a la gestión de la alcaldesa, más baja en sectores altos, más alta en sectores populares. Es decir, a las percepciones existentes sobre la marcha de la ciudad se ha sumado un estilo de conducción política que lejos de contrarrestar esa brecha, tiende a ahondarla. Podría decirse que, sin proponérselo e inadvertidamente, la gestión de Villarán se identificó con iniciativas (reforma del transporte, mercado mayorista, impulso a la cultura) y estilos (resaltando la transparencia, nuevas formas de gestión), que sintonizan mejor con los sectores más acomodados que con los populares, con lo que estos se sienten desatendidos. Paradójico tratándose de una gestión de izquierda, que tiene como eje de su discurso la noción de una Lima diversa, plural, popular. Ocurre que esa Lima no tiene voceros ni representación propia, y el liderazgo de Villarán, percibido inicialmente durante la campaña como cercano, pasó luego a ser visto como ajeno, como un liderazgo politizado e ideológico, en una ciudad más bien pragmática y antipolítica.

La Lima actual, a la que se busca apelar desde el discurso de la diversidad, no tiene una identidad definida todavía (aunque esté en construcción), por lo que resulta difícil sintonizar con ella políticamente. Debe considerarse que incluso el voto por el “sí” en la revocatoria no es un apoyo en absoluto a ningún promotor de la misma, ni a ninguna propuesta alternativa en particular, sino una nueva apuesta, un nuevo “salto al vacío”, una expresión más la crisis de representación política nacional.

VER TAMBIEN:

Lima cómo vamos 2012

IPSOS-APOYO
Popularidad presidencial, desprestigio parlamentario y revocatoria
Enero 2013


domingo, 13 de enero de 2013

Qué pasa con el Congreso

Artículo publicado en La República, domingo 13 de enero de 2013

Se ha comentado mucho sobre el Congreso en estos días, se han denunciado problemas y se han propuesto algunas soluciones, pero me parece que todavía no tenemos clara la naturaleza de la enfermedad que queremos curar, por lo que algunas de las medicinas y tratamientos propuestos pueden ser inadecuados. Me parece que en el Congreso hay tres grandes tipos de problemas: el primero se refiere a quiénes llegan a éste; luego, cómo funciona, y tercero, qué hacen los elegidos una vez que llegan al Congreso.

Al Congreso llega mucha gente cuestionable: algunos con buenas intenciones pero nada de experiencia ni conocimiento sobre temas políticos y públicos, con lo que terminan siendo percibidos como inútiles; otros sí llegan con la intención de hacer de la gestión parlamentaria una extensión de sus actividades particulares previas, obtener beneficios personales. ¿Por qué sucede esto? Porque la mayoría de partidos no tienen militantes ni presencia en todas las regiones, y además hay muchos partidos. Por esta razón las listas se arman de cualquier manera, y terminan siendo electos aquellos que tuvieron la suerte de pertener a una lista con capacidad de arrastre, y de ganar la lucha del voto preferencial, basándose en alguna reputación ganada en la región o en tener dinero para hacer una buena campaña. La solución a esto pasa por seguir la lógica de reducir el número de partidos (ser exigente con el cumplimiento de la ley de partidos), hacer funcionar la democracia interna, eliminar el voto preferencial; es decir, mecanismos que le den al partido más control del personal que están proponiendo.

Segundo, el problema de cómo funciona el parlamento. Se pierde de vista que los congresistas son elegidos como representantes de un partido, que debe tener una bancada y una agenda parlamentaria clara, no son representantes individuales. Esto hace que algunos congresistas de cuando en cuando, o salgan con iniciativas estrafalarias, o se dediquen a favorecer intereses particulares. Se debe cambiar la lógica para fortalecer los grupos parlamentarios y a los líderes de las bancadas, y son ellos quienes deben reponder políticamente por las conductas de sus colectivos.

Tercero, qué hacen los congresistas. Además de representar a un partido, representan a una región. El problema está en que el Congreso privilegia las funciones legislativas y fiscalizadoras nacionales en desmedro de la de representación de los intereses de las regiones, y las iniciativas intentadas hasta el momento no han estado bien encaminadas. En muchos países, el momento cumbre de la función de representación es la aprobación del Presupuesto General de la República, que en el Perú viene muy cerrado desde el Ministerio de Economía y Finanzas. Mientras no se den espacios y alguna capacidad de negociar políticamente el presupuesto desde la representación regional, los ciudadanos sentirán que sus representantes no atienden sus intereses.

lunes, 7 de enero de 2013

Albert Hirschman (1915-2012)

Artículo publicado en La República, domingo 6 de enero de 2013

El pasado 10 de diciembre falleció el economista Albert Hirschman; nació en Alemania, estudió en Berlín, París, Londres y Trieste; fue voluntario republicano en la guerra civil española, luchó con los franceses frente a los nazis, y colaboró luego en la fuga a los Estados Unidos de intelectuales y artistas perseguidos por estos. En este país desarrolló su carrera académica, que combinó con importantes cargos en el sector público. Sus contribuciones académicas fueron muy variadas: Hirschman fue un economista muy heterodoxo, especialista en el arte de “traspasar fronteras” intelectuales, pasando de la economía a la política y a la filosofía. Acaso el centro de sus preocupaciones fue el tema del desarrollo; no concibió una teoría general para dar cuenta de este, pero su obra está llena de ideas, conceptos, de “alcance medio” tremendamente útiles, por lo que su relectura es necesaria. Llama la atención cómo en Hirschman la sencillez de sus razonamientos conduce a muy agudas constataciones, demostrando aquello de que el sentido común es el menos común de los sentidos. La lectura de Hirschman nos ayuda a liberarnos de los prejuicios adquiridos por la importación acrítica de teorías generales o por el peso de las ideologías, que nos impiden ver lo que muchas veces está simplemente a la vista.

El desarrollo de América Latina fue parte central de su reflexión. Hirschman analizó algunos de los problemas de las políticas públicas en nuestros países, y habló del problema de la “fracasomanía”: la noción de que todos los esfuerzos previos al de uno han sido inútiles, por lo que hay siempre que empezar desde cero; de que si no hay reformas completas, complejas, integrales, entonces cualquier esfuerzo es vano. Esta actitud lleva a la inacción, a desestimar la ocurrencia de cambios positivos, así como a soslayar la ocurrencia de fenómenos inesperados, que plentean nuevos retos y que también abren nuevas oportunidades; todo lo cual impide que ocurran aprendizajes y la acumulación de conocimiento.

En esta actitud, paradójicamente, coinciden los izquierdistas más radicales con los derechistas más recalcitrantes. Los primeros desdeñan las reformas porque quieren una revolución y desconfían de un Estado visto como “capturado” por la clase dominante; los segundos porque defienden el status quo, y porque quieren un “mercado libre” sin intervención estatal. Pensando en el Perú actual, las advertencias de Hirschman son de una gran pertinencia. La precariedad de nuestras instituciones y de nuestros actores políticos nos llevan a subestimar la ocurrencia de cambios que, aunque en pequeña escala, pueden llevar a la larga a nuevas situaciones, diferentes, en donde pueden aparecer oportunidades de transformación inesperadas. Detectarlas en un país en medio de muchos cambios es una tarea fundamental; un sentido crítico mal entendido, que se expresa en frases como “aquí no pasa nada” puede llevar a dejarlas pasar.

lunes, 31 de diciembre de 2012

2012-2013

Artículo publicado en La República, domingo 30 de diciembre de 2012

Llega nuevamente el momento de evaluar el 2012 y de especular sobre el año que empieza. Recordemos cómo veíamos al inicio el año que se va: el Consejo de Ministros presidido por Oscar Valdés se veía muy frágil, después de la rápida caída del de Salomón Lerner; se temía un giro “autoritario” del gobierno, y la implantación “a sangre y fuego” del proyecto minero Conga. A mediados de año se presentó una situación de polarización exacerbada e innecesaria, alimentada tanto por sectores de una izquierda que se radicalizaban y denunciaban la derechización y militarización del gobierno, y sectores del gobierno recelosos de los antiguos aliados de izquierda y que proponían precisamente un endurecimiento. Paradójicamente, estas visiones se complementaban y reforzaban entre sí, y llevaron a un callejón sin salida.

El gobierno empezó su segundo año con el Consejo de Ministros presidido por Juan Jiménez, que retomó el camino del diálogo, confirmándose la naturaleza esencialmente pragmática de aquél, y su apuesta por mantener la dinámica de crecimiento (para lo cual se ve como esencial la continuidad de la política económica), para así generar recursos que se puedan destinar a la política social. Se trata por lo tanto de un gobierno similar al de otros gobiernos progresistas de la región, pero con la gran diferencia de que no cuenta con un partido o una coalición política que lo sostenga; descansa sobre la gestión de técnicos independientes, que son al mismo tiempo su fortaleza (eficiencia, agenda sectorial), y debilidad (falta de orientación estratégica clara, de capacidades de operación política). Con todo, terminamos el año con la percepción de contar con un presidente y un gobierno que han logrado consolidar condiciones mínimas de operación política y de gestión, lo que se expresa en el aumento de la aprobación ciudadana a la actuación del presidente.

El presupuesto del 2013 trae algunas novedades que pueden ayudar a preveer el curso del próximo año. Este presupuesto es casi el triple del de hace diez años, el doble del de 2006, 13.5% más grande que el del 2012. Los programas de inclusión social tendrán un 67% más de recursos, 20% más en defensa e interior, se quintuplicará el presupuesto para atención de desastres, entre otros cambios importantes, y se calcula un crecimiento del 6%. En otras palabras, a finales de 2013, cuando lleguemos a la mitad de la gestión del presidente Humala, podríamos tener un gobierno con niveles de popularidad inéditos si los comparamos con las gestiones anteriores.

Por supuesto, todo esto debe ser puesto en condicional. Las debilidades en cuanto a capacidad de operación política siguen siendo las mismas, a pesar de los aprendizajes resultantes de los errores cometidos en el pasado. Con todo, el hecho de que 2013 se presente sin nubarrones significativos en el horizonte podría y debería hacer que el gobierno se plantee la posibilidad de implementar iniciativas y planteamientos de reformas más ambiciosas.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Gustavo Gutiérrez

Artículo publicado en La República, domingo 23 de diciembre de 2012

Si bien me considero agnóstico, he tenido una formación católica y siempre me ha conmovido el mensaje de su religiosidad. Este mensaje se simboliza por supuesto en dos grandes imágenes: primero, la de un dios que se hace hombre, que nace en una cuna humilde en medio de una historia de persecusión política; y segundo, la de un dios crucificado, un dios incomprendido que termina siendo víctima de aquellos a quienes pretende salvar, sacrificado, inmolándose por todos. Este dios, Jesús, predica un mensaje desde la humildad, desde una identificación con los marginados, con los que sufren.

Vistas las cosas desde este ángulo, la obra de Gustavo Gutiérrez siempre me pareció una de las maneras más cuerdas y razonables de entender el catolicismo, y de pensar en su vigencia en los tiempos actuales. Existe en el mundo un amplio debate sobre el sentido y el futuro de la religión, y hay quienes han defendido la necesidad de abandonarla, porque la consideran una fuente de consolación basada en ideas artificiosas, para adoptar una ética enteramente laica (Ronald Dworkin o Christopher Hitchens, por ejemplo). Hay otros que han buscado un nuevo sentido a la religiosidad, pero distanciándose de las religiones oficiales y encontrándoles un sentido secular y humanista (Richard Rorty, Gianni Vattimo, por ejemplo).

En este marco, destaca la obra del padre Gustavo Gutiérrez, quien recibió hace unos días merecidamente el Premio Nacional de Cultura, otorgado por el Ministerio de Cultura y Petroperú, en reconocimiento a su trayectoria. Me parece que cuando se habla de Gutiérrez se suele considerar a su libro Teología de la liberación. Perspectivas, de 1971, como el centro de su obra, cuando en realidad es apenas el inicio. Me parece que su hilo conductor está en considerar como lo esencial del mensaje cristiano la identificación de Jesús con los pobres, los humildes, los marginados, los que sufren; pero que esa identificación no debe llevar solamente a la caridad, sino a cuestionar las estructuras y contextos sociales opresivos e injustos, fuente de ese dolor.

En los años setenta la reflexión sobre estos temas asumía la forma de un examen sobre el papel de la iglesia latinoamericana y su compromiso social en un contexto de intenso cambio social y político. Más adelante, Gutiérrez extendió este razonamiento al sentido de la presencia de dios en medio del dolor y de la injusticia, en Hablar de dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job (1986). Más adelante, en En busca de los pobres de Jesucristo. El pensamiento de Bartolomé de las Casas (1992), Gutiérrez ilustra cómo el dominico dignifica a los indígenas americanos al considerarlos parte del mensaje salvador del dios hecho hombre también en ellos. Todo lo cual lleva a la necesidad de alguna forma de acción política.

Me parece que con los años, su línea argumental, lejos de envejecer, tiende a adquirir mayor relevancia. Bueno recordarlo en estas fiestas.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El laberinto de la choledad

Artículo publicado en La República, domingo 16 de diciembre de 2012

Sigo con temas relacionados con la discriminación a propósito de la publicación de la segunda edición de El laberinto de la choledad: páginas para entender la desigualdad (Lima, UPC 2012), de Guillermo Nugent. La nueva edición cuenta con dos ensayos adicionales, un prólogo de Jorge Nieto, una introducción y un posfacio, en el que el autor reflexiona sobre la vigencia de su libro veinte años después de la primera edición.

Si bien el Perú de 2012 se muestra muy diferente al de 1992, la intención polémica del libro sigue siendo justificada por la sorprendente vigencia de las ideas que cuestiona. Esto hace que las tesis que defiende sigan sonando atrevidas, a pesar del tiempo transcurrido.

Nugent denunció en 1992 la persistencia de jerarquías discriminadoras en el Perú, expresadas en la imagen artificiosa de una “arcadia colonial”. Como respuesta a las migraciones y los cambios en las ciudades, las élites criollas buscaron recomponer un esquema de jerarquías y exclusiones en el que “cada uno tenía su sitio”, precisamente cuando lo que empezaba a hacerse más evidente era la mezcla y el encuentro entre mundos antes separados. En ese “laberinto” se forjó una jerarquización a través del “choleo”, en donde uno siempre es choleado por alguien y uno siempre cholea a otro, dependiendo de las circunstancias. En esta manera de denunciar la discriminación, Nugent reivindicaba implícitamente el espíritu democratizador proveniente desde abajo, y cuestionaba la idea según la cual ella era producto de una herencia de exclusión antigua, estática, mantenida a través de tiempo sin mayores cuestionamientos.

En la actualidad, para Nugent, el desafío de la lucha contra la discriminación sigue siendo vigente, pero en los último años se habría sustituido la tesis de la vigencia de una “tradición autoritaria de la herencia colonial” por la de considerar al racismo como la “patología central de la vida social peruana”. En esta lectura, la discriminación se fundamenta en la exclusión o subordinación de aquellos de origen indígena, perdiéndose de vista lo más importante, que es la “proliferación de formas particulares de inclusión para evitar formas generales de inclusión”. En este esquema, lo racial es un componente, pero no el más importante de la ecuación. Nugent caracteriza estas prácticas como fundadas en lo que antes se llamaría prácticas “gamonalistas” y que hoy califica como “encadenamiento jerárquico de argollas”.

Creo entender que Nugent sugiere que la denuncia del racismo como fuente de discriminación de alguna manera libera a todos de responsabilidad en la construcción de estas jerarquías excluyentes (nadie, o muy pocos, se consideran racistas, o lo son solo como “último recurso”): por el contrario, casi todos somos cotidianamente parte o víctimas de diferentes tipos de “argollas”. Otro de los puntos fuertes del libro, nos invita a una introspección, todos somos parte del problema, no es un problema de los “otros”.

lunes, 10 de diciembre de 2012

La discriminación en el Perú

Artículo publicado en La República, domingo 9 de diciembre de 2012

La semana pasada comentaba sobre la persistencia de actitudes discriminadoras en nuestro país. El análisis puede complementarse con la información del Latinobarómetro 2011, en donde Perú aparece como un país en el que la discriminación es importante y se ubica por encima del promedio latinoamericano, pero no como uno de los países percibidos como más discriminadores, que serían Guatemala, Brasil, Bolivia y México. Así, cuando se pregunta por cuántos nacionales son discriminados, las respuestas en Perú (47%) se ubican ligeramente por encima del promedio de la región (45%); estos porcentajes bajan en todas partes cuando se pregunta a los entrevistados si son parte de algún grupo discriminado: el promedio de la región baja a 20% pero en Perú llega a un 28%, solo por debajo de Brasil, Bolivia y Guatemala. Cuando se pregunta por la raza como fuente de discriminación, en Perú se considera que un 39% de nacionales son discriminados por esa razón, cuando el promedio de la región es 36%. Si bien es claro que la “raza” se percibe como fuente de discriminación, en el Perú su rechazo no pasa por la reivindicación de la etnicidad como seña de identidad; por el contrario, este ha ido principalmente por la reivindicación de alguna forma de identidad mestiza. Según el Latinobarómetro, en Guatemala un 45% de los entrevistados se define como indígena; en Bolivia, un 27%; en México, un 19%; en Perú, apenas un 7% (en Brasil, un 30% se define como mulato o negro).

¿Cuál es el peso de la “raza” como fuente de discriminación? El consenso dentro de las ciencias sociales peruanas podría resumirse (groseramente, por supuesto), diciendo que somos un país que tiene una tradición histórica fuertemente jerárquica y discriminadora, en la que la etnicidad ha sido muy importante, pero que ha ido cambiando a lo largo del tiempo. Así, en la actualidad las fuentes de discriminación serían variadas, y dentro de ellas lo “étnico” sería importante, pero tendería a ser subestimado y camuflado; respecto a cómo funciona la discriminación, se piensa que ella asume formas siempre cambiantes y fluidas, según el tipo de interacción social en el que las personas se encuentren, de allí que resulta tan difícil su comprensión. En este marco, resulta muy útil la lectura del libro La discriminación en el Perú. Balance y desafíos (Cynthia Sanborn, editora, Lima, Universidad del Pacífico, 2012); en general, los trabajos registran cómo interactúan en la discriminación la etnicidad, el entorno socio-económico general y el marco institucional. Así por ejemplo, Arlette Beltrán y Janice Seinfeld, y Juan Castro y Gustavo Yamada constatan la existencia de brechas étnicas en cuanto a los resultados que deja el acceso a la educación inicial, y a la culminación de estudios secundarios y matrícula en educación superior; pero esa brechas no tendrían necesariamente que ver con prácticas excluyentes y discriminatorias, sino con la escasa calidad de la oferta educativa.

VER TAMBIÉN:

Latinobarometro 2011

lunes, 3 de diciembre de 2012

Argumentos, año 6, n° 5, noviembre 2012

En este número...

COYUNTURA

Las elecciones en los Estados Unidos: actores, reglas y estrategias, 
John Polga-Hecimovich y Sofía Vera 

La reivindicación de una Cataluña independiente de España, 
Núria Sala i Vila 

La hegemonía se preserva: las elecciones presidenciales en Venezuela 2012, 
Thais Maingon 

La ley de consulta previa y las paradojas de la indigeneidad en la sierr a del Perú, 
Stéphanie Rousseau 

¿QUÉ ES SENDERO LUMINOSO HOY?

El genio y la botella: sobre Movadef y Sendero Luminoso en San Marcos, 
Pablo Sandoval 

Cada época marca a sus jóvenes: la opción armada y las motivaciones de los militantes de Sendero Luminoso,
Dynnik Asencios 

Sendero en la prisión: apuntes etnográficos sobre los senderistas del penal Miguel Castro Castro
Manuel Valenzuela 

Movadef: radicalismo político y relaciones intergeneracionales, 
Jefrey Gamarra 

CRÍTICA Y RESEÑAS

Entrevista a Elizabeth Jelin, 
Pablo Sandoval 

LAPOP 2012

Artículo publicado en La República, domingo 2 de diciembre de 2012

Acaban de aparecer los resultados de las últimas encuestas del Latin American Public Opinion Project (LAPOP), proyecto coordinado por la Universidad de Vanderbilt, que ya va en su quinta edición, que comprende 26 países de las américas y del caribe, siendo la mejor fuente de información disponible sobre la cultura política de nuestros países. La edición local aparece bajo el título Cultura política de la democracia en Perú, 2012: hacia la igualdad de oportunidades (Julio Carrión, Patricia Zárate y Mitchell Seligson, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2012).

Informes anteriores de LAPOP, así como los del Latinobarómetro, resaltaron que Perú es uno de los países con los más bajos niveles de apoyo a la democracia, al sistema político, y de confianza en las instituciones políticas, así como de confianza interpersonal. La novedad del informe de 2012 es que esos indicadores, aunque todavía bajos, muestran signos de recuperación, que parecen consecuencia del crecimiento económico, de la reducción de la pobreza y de la desigualdad ocurridas en los últimos años.

Llama la atención que Perú tenga los más altos niveles de percepción de inseguridad y de victimización de toda la región, y que Lima en particular sea percibida, junto con México D.F., como la ciudad más insegura. A diferencia de otros países, nuestra victimización pasa más por hurtos que por asaltos armados, pero igual esto hace que la violencia e inseguridad aparezcan como el principal problema del país, por encima de problemas económicos. Tenemos también los más altos niveles de participación en protestas: pero atención que en 2010 compartimos la punta con Haití, Argentina y los Estados Unidos, y en 2012 con Bolivia, Haití, Paraguay y Chile. Esta mezcla de países sugiere que las protestas solo son un problema cuando desbordan cauces institucionales y adquieren formas violentas.

Llama también la atención la persistencia de actitudes discriminadoras. LAPOP registra que en todos los países el color de la piel marca diferencias en la educación de los entrevistados; en Perú, tener la piel más clara implica dos años más de escolaridad que aquellos con piel más oscura. Bolivia y Guatemala aparecen como los países más discriminadores, y Perú integra un grupo medio junto a Brasil, México, Colombia, Ecuador y República Dominicana. De otro lado, si bien un 66% piensa que la pobreza es consecuencia de que las personas han sido tratadas de manera injusta, registramos con Guatemala, República Dominicana y Trinidad y Tobago los porcentajes más altos de quienes piensan que la pobreza es consecuencia de la cultura. Un 49.5% de nuestros encuestados piensa que los receptores de asistencia pública son “perezosos”, uno de los porcentajes más grandes de las américas. Eso ayuda a entender el atraso del Perú en cuanto a la implementación de programas de transferencia condicionada de dinero, que cuenta con el menor número de beneficiarios de toda la región, después de Honduras.

VER TAMBIÉN:

Latin American Public Opinion Project (LAPOP)
(con acceso a todos los datos de todos los países)

ACTUALIZACIÓN, 8 de diciembre

Cultura política de la democracia en Perú, 2012: hacia la igualdad de oportunidades (Julio Carrión, Patricia Zárate y Mitchell Seligson, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2012).