viernes, 7 de junio de 2013

La política en el Perú

Artículo publicado en La República, domingo 2 de junio de 2013

Se realizó en esta semana el XXXI congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos de los Estados Unidos, gran punto de encuentro de investigadores latinoamericanistas y latinoamericanos. En algunas de las muchas mesas de trabajo, discutimos sobre cómo funciona la política en el Perú de hoy y cómo explicar sus “paradojas”. Ellas giran en torno a la coexistencia entre, de un lado, altas tasas de crecimiento económico y una notable continuidad de las políticas iniciadas en la década de los años noventa, que han hecho que nuestro país deje de ser considerado internacionalmente un país “pobre” para ser uno de “renta media”; y del otro, el contar con instituciones muy precarias, con muy bajos niveles de legitimidad, con una debilidad extrema de los partidos políticos y de los actores políticos y sociales en general, y crecientes niveles de conflictividad social.

Simplificando, podría decirse que algunos sostienen que la idea misma de la paradoja no es correcta, porque el crecimiento estaría sobreestimado, sería más una ilusión estadística, con lo que el malestar social y la baja legitimidad de las instituciones políticas estaría plenamente justificada. Otros piensan que la paradoja existe, pero sería transitoria: la economía crecería solamente gracias a factores externos, y su vulnerabilidad sería precisamente consecuencia de la debilidad de las instituciones y del malestar y de la conflictividad social. Otros, incluyéndome, pensamos que la paradoja es real y que tenemos que explicarla, y que no bastaría referirse a su precariedad. Pienso que la situación, por extraño que parezca, constituye una suerte de punto de equilibrio de bajo nivel, todos nos hemos acostumbrado a jugar con ciertas reglas aunque sepamos que están mal.

Los actores políticos no son ideológicos en sentido estricto (tampoco los electores), salvo excepciones. En otras palabras, la política está llena de personajes cuyo objetivo es desarrollar carreras políticas, no llevar a la práctica algún programa, que se relacionan con los electores con criterios, digamos, “clientelísticos”: intercambiar “obras” por apoyo político. Estos políticos pueden construir organizaciones personalistas o pasar de un partido a otro, y pasan por los niveles nacional, regional o local, o pasan del mundo político al mundo priviado o social. Esta política no programática es posible porque la toma de decisiones de política pública no es resultado de decisiones políticas, de la decisión de un partido que hizo campaña en torno a un programa específico que luego aplica con sus cuadros políticos y técnicos: en realidad, ellas resultan del peso y de la influencia de redes de expertos, tecnócratas con vínculos internacionales, que se enfrentan a políticos sin programa, con lo cual la gestión pública se llena de “técnicos independientes”, que en los últimos años han desarrollado un amplio consenso en torno a qué es lo que debe hacerse. Seguiré con el tema la próxima semana.

lunes, 27 de mayo de 2013

Historia de la corrupción

Artículo publicado en La República, domingo 26 de mayo de 2013

Permítanme comentar, por su importancia, una de las últimas publicaciones del Instituto de Estudios Peruanos, en coedición con el Instituto de Defensa Legal: Historia de la corrupción en el Perú, del historiador Alfonso Quiroz (1956-2013). Para Quiroz, la corrupción es una de las principales causas del atraso del país: según sus cálculos, el promedio anual de dinero “desviado” o mal asignado equivaldría al 30-40% de los gastos del presupuesto, algo cercano al 3-4% del producto en nuestra historia republicana; así, “el Perú perdió o distribuyó mal el equivalente al 40-50% de sus posibilidades de desarrollo”.

La corupción aparece como una constante en la historia del país. Los periodos con muy altos niveles de corrupción, según el autor, coinciden con regímenes autoritarios: el virreynato tardío (1800-1821), los primeros caudillos (1822-1839), la década de la consolidación de la deuda (1850), la tardía era del guano (1869-1872), el militarismo de la postguerra (1885-1895), el oncenio de Leguía (década de 1920), el docenio militar (1968-1980) y el fujimorato (década de 1990). Quiroz cuestiona el papel jugado en diferentes momentos y circunstancias, por Manuel Amat y Junyent, Agustín Gamarra, Antonio Gutiérrez de la Fuente, Juan Crisóstomo Torrico, José Rufino Echenique, Nicolás de Piérola, Andrés Avelino Cáceres, Augusto B. Leguía, Manuel Prado, Victor Raúl Haya de la Torre, Manuel Odría, Juan Velasco Alvarado, Alan García y Alberto Fujimori, ya sea por beneficiarse de la corrupción como por haber permitido su proliferación o por pactar con grupos corruptos. Pero al mismo tiempo rescata el papel “moralizador” de personajes como Antonio Ulloa, Domingo Elías, Francisco García Calderón, Manuel González Prada, Jorge Basadre, Héctor Vargas Haya y Mario Vargas Llosa, entre otros. En otras palabras, la corrupción debe y puede combatirse.

La corrupción a lo largo de nuestra historia sería consecuencia de un presidencialismo sin controles, patrimonialista. Me permito añadir la existencia de una lógica rentista en el Estado (la riqueza no se crea, sino que se obtiene por medio del acceso a las rentas que controla el Estado), problema exacerbado en épocas de bonanza económica.

El antídoto parece claro: más controles y contrapesos, más vigilancia ciudadana, instituciones más fuertes. Esta es la razón por la cual la corrupción disminuye en contextos democráticos. Hoy, nuestra democracia se ve también amenazada por la corrupción: si no se le enfrenta decididamente, la democracia se vacía de contenido. En la actualidad existe un Plan Nacional Anticorrupción que debe ser apoyado, y las actuales denuncias que afectan a dos de nuestros expresidentes, deben ser investigadas a fondo, mediante procesos justos, que fortalezcan nuestras instituciones y den señales claras tanto a la ciudadanía como a los funcionarios públicos. No solo por las pérdidas económicas, también por el grave efecto que la corrupción genera sobre la moral pública.


VER TAMBIÉN:

Martín Tanaka: “La estructura de oportunidad política de la corrupción en el Perú: algunas hipótesis de trabajo”. En: Felipe Portocarrero, ed., El pacto infame. Estudios sobre la corrupción en el Perú. Lima, Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2005 (p. 355-375).

lunes, 20 de mayo de 2013

Percepciones y “realidades”

Artículo publicado en La República, domingo 19 de mayo de 2013

Las últimas semanas han sido muy confusas para el análisis de la política peruana: desde la izquierda, se percibe que la salida del canciller Roncagliolo es consecuencia de presiones de la derecha, por haber defendido una posición independiente, como parte de UNASUR a propósito de los sucesos en Venezuela; desde la derecha, ella se piensa como consecuencia de presiones del gobierno de ese país, como una represalia por la invocación al diálogo con sectores de la oposición. Para la izquierda la decisión de no comprar REPSOL es expresión del poder omnímodo de la derecha e ilustración del carácter sumiso del gobierno de Humala; mientras que para la derecha la reciente promulgación de la ley de “Promoción de la alimentación saludable” es muestra de que el gobierno de Humala tiene una esencia peligrosamente “intervencionista”. Para la izquierda, la renuncia del viceministro de asuntos indígenas es consecuencia de que el gobierno pretende imponer proyectos mineros sin consulta previa a las comunidades indígenas, mientras que para la derecha el gobierno no muestra ninguna decisión de impulsar esos mismos proyectos, con lo que se pierden enormes oportunidades de desarrollo. En suma, para la izquierda el gobierno de Humala aparece como un pequeño que sufre del bullying de la derecha, mientras que para la derecha el humalismo es la actual encarnación de un Estado que demostró su alcoholismo en la década de los años ochenta, por lo que ahora no debe beber ni un sorbo de cerveza.

Así, desde la izquierda, la derecha lo controla todo, pero es tan rapaz y mezquina que nunca está satisfecha, y va siempre por más. Desde la derecha, este es un gobierno muy poco confiable, cuya esencia es la “gran transformación”, siendo la “hoja de ruta” es una mera concesión táctica. Dependiendo de qué lugar ocupe uno en el espectro político, unas posiciones parecerán sensatas o descabelladas.

¿Cómo entender entonces la situación política? Sigo creyendo que uno entiende mejor al gobierno de Humala si parte de considerarlo como uno que “viene” de la izquierda, que busca legitimarse con acciones distributivas y recuperando márgenes de acción estatal, pero que está seriamente limitado por su gran precariedad, escasez de cuadros y de recursos políticos. La compra de REPSOL fue una iniciativa sin ninguna estrategia detrás, y la propia izquierda ha llamado correctamente la atención sobre la ausencia de una política coherente en materia de hidrocarburos después de la salida de Carlos Herrera y Humberto Campodónico, por lo que no debería sorprenderse de lo ocurrido. Por eso, otras acciones, más trabajadas, llegan eventualmente a mejor puerto. Al mismo tiempo, la derecha con razón se siente insegura, porque en realidad no gobierna: solamente administra, por default, a través de redes tecnocráticas. Pero eso podría cambiar. El momento actual es de tensión porque en estas semanas se está definiendo cómo planea Humala enfrentar la segunda parte de su gobierno.

lunes, 13 de mayo de 2013

Villanueva y Diez Canseco

Artículo publicado en La República, domingo 12 de mayo de 2013

El pasado 14 de abril falleció don Armando Villanueva (1915-2013); el 4 de este mes, Javier Diez Canseco (1948-2013). Villanueva se formó en el APRA insurreccional enfrentado a la oligarquía, y sufrió persecusión, cárcel, destierro. Muerto Haya de la Torre en 1979, le tocó expresar la incertidumbre de un partido sin rumbo claro en las elecciones de 1980, y luego seguir al liderazgo de Alan García, que si bien llegó al gobierno, rápidamente se estrelló contra los límites del voluntarismo político. Villanueva asumió gran parte de este pasivo asumiendo la presidencia del consejo de ministros en 1988 y el ministerio del interior en 1989, los momentos más críticos, a los 73 años. Después de esa experiencia, Villanueva asumió el papel de conciencia histórica crítica, de representante del “ala izquierda” del aprismo, pero tendiendo puentes entre diferentes sectores y manteniendo admirablemente su lealtad al partido por encima de todo. Su muerte por ello despertó la congoja de todos los apristas, pero también de todos los sectores del país.

Diez Canseco fue el más claro representante de la “nueva” izquierda formada en la década de los años sesenta, alejada de la ortodoxia comunista soviética, marcada por la revolución cubana y por el maoísmo, y que le tocó enfrentar a un gobierno militar que había abierto la puerta a una gran movilización sindical y campesina. Se formó en una lógica principista, confrontacional, basista, de núcleos disciplinados pero cerrados. El paradigma del revolucionario puro, pero por lo mismo intransigente, excepcional, pero distante. Le tocó vivir el fracaso de ese modo de hacer política con la división de la izquierda en 1989. Diez Canseco retomó el liderazgo en la lucha contra el autoritarismo fujimorista, donde el coraje y el principismo eran imprescindibles. Esto le ganó por primera vez un reconocimiento más allá de sus fronteras partidarias.

A diferencia de Villanueva, que con los años asumió el papel de patriarca y de conciencia crítica, Diez Canseco no llegó a ubicarse del todo en el nuevo escenario político; ganó amplio reconocimiento como tribuno republicano, antes que como el revolucionario que se sentía. El tiempo lamentablemente nos privó de ver su futura evolución política. En los últimos días diversos comentaristas han llamado la atención sobre sus muchas contradicciones y las polémicas que despertó. A propósito creo justo recordar el poema de Bertold Brecht, “A nuestros sucesores”: “piensa también cuando hables de nuestras debilidades / en la época sombría de la cual has escapado / Pasamos, cambiando de patria más a menudo que de zapatos, / a través de la guerra de las clases, perplejos / cuando sólo había injusticia y no indignación / Y, sin embargo, sabemos: el odio, hasta contra la degradación, deforma las facciones. / La ira, hasta contra la injusticia, enronquece la voz / Oh, nosotros, que queríamos preparar el terreno para la amabilidad / no podríamos ser amables”.

lunes, 6 de mayo de 2013

La ciudadanía corporativa

Artículo publicado en La República, domingo 5 de mayo de 2013

Acaba de aparecer La ciudadanía corporativa. Política, constituciones y sufragio en el Perú (1821-1896) de Alicia del Aguila (Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2013). Sin ser especialista, como interesado en la historia, mi opinión es que se trata de libro fundamental para la comprensión política del siglo XIX.

El libro recorre la evolución de la condición de ciudadanía en el siglo XIX a través de sus constituciones, centrándose en el derecho al sufragio de la población indígena. La tesis central llama la atención sobre una paradoja: hubo una persistencia de tradiciones corporativas provenientes de la colonia durante la república, que dio mayores oportunidades para la participación electoral de los indígenas; por el contrario, la introducción de criterios liberales en los que la ciudadanía se asoció con la condición de alfabeto o con la posesión de rentas limitó su participación.

El libro plantea muchos temas ricos de discusión. Primero, Del Aguila se suma a varios autores que, en términos generales, llaman la atención sobre la riqueza y complejidad del siglo XIX, que no puede verse como un “siglo a la deriva”, para retomar el título de un libro de Heraclio Bonilla. Segundo, el libro cuestiona una visión esquemática según la cual todo aquello vinculado a lo colonial aparece como algo negativo, y todo aquello relacionado a lo republicano como algo positivo.

Tercero, se sugiere que la postergación de la población indígena no es tanto una herencia colonial y del siglo XIX, periodo en el que, mal que bien, los indígenas tenían a su disposición diversos mecanismos para hacer sentir sus intereses. Más bien sería a finales del siglo XIX y durante el XX, que lo indígena perdería espacio, hipótesis trabajada también por Cecilia Méndez y otros. Es recién entonces cuando se consolida un Estado centralista, con un mayor peso de Lima, con un progresivo declive demográfico de la sierra sur, cuando se consolida un predominio económico de la costa. Así, a finales del siglo XIX coincidieron liberalismo, ideas positivistas y racistas, la centralidad del poder limeño frente a los poderes regionales, y todo ello marcó una suerte de retroceso para la población indígena, de modo tal que Perú fue el último país con Brasil en aceptar el voto de los analfabetos. Así, en el siglo XX, con la “república aristocrática” se acentuaría el carácter elitista del régimen político, cuestión que sería contestada por el leguiísmo primero, y por el APRA después, pero eso ya es otra historia.

Cuarto, el texto muestra también cómo el orden constitucional y legal no es irrelevante: aunque tengamos una tradición según la cual las leyes “se acatan pero no se cumplen”, sí abren puertas y posibilidades para complejos procesos de negociación y movilización. Hoy por ejemplo, que se discute la implementación de la ley de consulta previa para las poblaciones indígenas, vemos cómo la legislación abre oportunidades para la politización y reivindicación de derechos.

lunes, 29 de abril de 2013

Democracia y autoritarismo

Artículo publicado en La República, domingo 28 de abril de 2013

El interés en Venezuela de las últimas semanas permite abordar el tema de cómo entender la naturaleza democrática o autoritaria de los regímenes políticos, y comentar algunos temas de la actualidad latinoamericana. A mi juicio, lo esencial de las reglas de la democracia como régimen está en que, como el principio de soberanía popular no es posible de ejercer de manera directa, de lo que se trata es de que sus representantes ejerzan el poder, pero con controles para que no desarrollen intereses particularistas. Este es el sentido de la desconcentración y equilibrio del poder, del pluralismo, del respeto a las minorías, de la alternancia a través de elecciones.

Puede haber democracias con elecciones disputadas. Pero si hubo reglas de competencia claras y una autoridad electoral legítima, descalificar la elección resulta contrario a los valores democráticos, como ocurrió con López Obrador en las elecciones mexicanas de 2006. Puedes denunciar, como hizo López Obrador en 2012, que las elecciones son injustas por el peso del dinero en las campañas y por la influencia de empresas encuestadoras no sometibles a rendición de cuentas; este es un reclamo que apunta correctamente a serios problemas de calidad y funcionamiento de la democracia, que deben ser corregidos.

Hay muchos gobiernos con tendencias autoritarias, pero ¿eso hace autoritario al régimen? La clave está en cuánto estén efectadas las posibilidades de competencia y las capacidades políticas e institucionales para limitar el poder. Así, Alvaro Uribe era muy autoritario, pero la Corte Constitucional frenó su segunda reelección. En Argentina Cristina Fernández está buscando mayor control de la Corte Suprema, siguiendo iniciativas similares implementadas en Bolivia y en Ecuador, pero todavía el juego político es fluido: tanto por cierta capacidad de resistencia de las instituciones y de la oposición, como por las tensiones, contradicciones y límites dentro del propio campo gubernamental. Así, las pugnas internas del peronismo, del MAS y los límites de Alianza País son, hasta ahora, frenos al autoritarismo. Tenemos también gobiernos autoritarios, que pueden tener respaldo popular y capacidad de ganar elecciones, como Fujimori en 1995 o Chávez en 2007 o 2013. También la oposición puede estar cerca de ganar, como en 2000 en Perú o recientemente con Capriles contra Maduro.

Mirando el panorama regional, tenemos que superar serios problemas de calidad de algunos gobiernos democráticos; recientemente hemos visto en Paraguay la vuelta al poder del Partido Colorado con el empresario Horacio Cartes, acusado de contrabando, lavado de dinero y narcotráfico, que podría marcar una democracia sometida a intereses oligárquicos, redes clientelísticas y corrupción. En otros países se trata de defender la democracia de iniciativas autoritarias, como ahora mismo en Argentina, por ejemplo. Y en otros de democratizar regímenes autoritarios, como en Venezuela. Como ven, todos tenemos tarea.

martes, 23 de abril de 2013

Autoritarismos, elecciones, oposición

Artículo publicado en La República, domingo 21 de abril de 2013

En los últimos años gobiernos de naturaleza autoritaria están presionados para cumplir con formalidades democráticas: regímenes como el cubano o el chino son cada vez más difíciles de sostener, y su falta de respaldo popular hace que no se arriesguen a intentar una apertura política. En este marco, la clave de sobrevivencia de algunos autoritarismos está en su carácter competitivo, es decir, en contar con un respaldo popular que los hace capaces de ganar elecciones. Estos gobiernos son autoritarios porque controlan todo el poder: no existe respeto a las minorías, el poder central controla el Congreso, el Poder Judicial, los organismos electorales, lo que les permite tener formalidades democráticas sin arriesgar el manejo del poder. Esto les permite también implementar prácticas clientelísticas, de patronazgo, el uso del gasto público y de las decisiones de política para en momentos electorales, lo que les permite precisamente ser competitivos.

No confundir gobiernos autoritarios con democracias de mala calidad, sin embargo, error común en algunas izquierdas. Desde allí se critica, con razón, el carácter pernicioso de la influencia del dinero, del peso de los grandes medios de comunicación masivos y de las empresas encuestadoras en las campañas electorales, al peso de grupos de poder en las decisiones de política pública, temas que deben ser atendidos. Sin embargo, esto no le quita el carácter democrático a los gobiernos, aunque sí cuestiona seriamente su calidad. La clave está en atender esos problemas sin violar los principios liberales y republicanos.

Vistas las cosas desde la oposición, las decisiones son complicadas. Se puede denunciar al gobierno como autoritario y a su instituciones como falsas, y optar por el abstencionismo, como ocurrió con la oposición venezolana en la elección parlamentaria de 2005. El problema es que esto te lleva a la marginalidad política. Otras opciones son el boicot, la búsqueda de un golpe de Estado o la pura confrontación, carta de la oposición venezolana en 2002, camino poco viable y que terminó quitándole legitimidad.

No parece quedar más que aceptar las reglas de juego y de competencia propuestas por los autoritarismos, ya sea para denunciar su injusticia como para aprovechar la opción de ganar, como ocurrió con la dictadura de Pinochet o con el PRI en México en 2000. En la elección venezolana reciente, vemos una elección injusta realizada por un gobierno autoriario, cuyas reglas tuvieron que ser aceptadas por la oposición. Valió la pena, porque se estuvo a punto de ganar, y se desnudó la naturaleza del régimen. Pero ni la oposición ni la comunidad internacional están en condiciones de imponer un boicot, y no deben atizar la confrontación. Lo que debe hacerse es acompañar a la oposición en su demanda por diálogo y promover un proceso de democratización, crear un escenario en el cual las dos mitades del país encuentren una manera de coexistir para hacer viable a Venezuela.

martes, 16 de abril de 2013

Despedida - Homenaje a Patricia Cano



El jueves 25 de abril, la próxima semana, la gran Patricia Cano se despide de los papeles principales del Ballet del Teatro Municipal de Lima, en una de las funciones de Don Quijote, de la temporada de abril, del año en el que esta institución cumple treinta meritorios años de vida. Todos los amantes del ballet tenemos una gigante deuda de gratitud con Patricia, es imposible faltar.

Patricia brilló especialmente en las décadas de los años ochenta y noventa, en medio de una terrible crisis económica, inflación, recesión, en medio de la amenaza de los atentados terroristas, de los coches bomba, apagones, del abandono del centro histórico, cuando hacer ballet podía ser visto como una exquisitez injustificable para un país como el Perú de esos años. Precisamente por eso es que su contribución ha sido tan notable: mantener encendida la luz en medio de las tinieblas, por así decirlo. Mostrarnos que el arte y la belleza eran posibles en medio de años tan duros; darnos, en años en los que el país parecía inviable, un arte del mejor nivel del mundo. Hacernos una ventana para ver que las cosas podían ser diferentes. Recuerdo de esos años aquella cita de Mariátegui en la que decía que "la revolución (...) era para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu" (La escena contemporánea).

Creo que ví por primera vez un espectáculo de ballet en general y a Patricia en particular en el antiguo "teatrín" del bosque de El Olivar en San Isidro, solamente por curiosidad y porque quedaba muy cerca de donde vivía, en casa de mis padres (¿1983? ¿1984?). Si no recuerdo mal, era alguna función en la que se presentaban diferentes piezas, en un escenario precario en el que el viento se llevaba la tramoya y los decorados, y no me pareció nada especial hasta que empezaron algunas escenas del ballet Paquita, con algunos solos y algún pas de deux, y Patricia apareció: su presencia fue fulgurante, y quedé deslumbrado y maravillado para siempre. Desde entonces me hice aficionado al ballet y a la danza en general; con los años he tenido la suerte de ver excelentes bailarinas en el American Ballet Theater, en el New York City Ballet, en el Royal Ballet, en el Ballet de la Opera Nacional de Paris y otros lugares, y puedo decir que cada vez que volví a ver a Patricia su magia se mantuvo siempre firme.

En las décadas de los años ochenta y noventa, a pesar de la difícil situación del país, se podía ver en Lima espectáculos muy buenos, como los del grupo Integro, a bailarinas y coreógrafas como Patricia Awapara o Rossana Peñaloza; en el Ballet Nacional podías ver a grandes bailarinas, como Gabriela Paliza o Gina Natteri. Pero en cuanto al ballet la compañía más completa era la del Ballet del Teatro Municipal, y traté de verlos y a Patricia cuantas veces pude, en El Olivar, en la Concha Acústica del Parque Salazar, del Campo de Marte, en el Teatro Segura, y hasta en algunas funciones especiales que hacían en un escenario móvil montado encima de un trailer en lugares tan inverosímiles como la Plaza San Martín, la Plaza Manco Cápac o la Avenida de Los Héroes en San Juan de Miraflores. Junto a Patricia por cierto siempre hubo muy buenas bailarinas, como Carolina Vigil, Vania Masías, y más recientemente Rina Barrantes, por mencionar algunas.

Recuerdo de estas especialmente alguna en la Plaza Manco Cápac, en la que la puesta de Carmen con Patricia se cruzó con la barra de Alianza Lima que salía de algún partido de fútbol en el Estadio Nacional, y se quedó mirando la función. Fue seguramente la más divertida en la que haya estado, porque el público participó activamente metiéndose en la historia, burlándose de Don José, censurando a Escamillo, piropeando a Carmen, para al final quedar impactados y enmudecidos con su muerte. Creo que solo Patricia podría haber sacado adelante funciones así.

Y por supuesto, Patricia siempre fue la "reina y señora" del Teatro Municipal. La ví desde estudiante, pasando a lo largo de los años de las cazuelas a las galerías y a la platea, y he tenido la suerte de verla en casi todos los papeles que hizo a lo largo de su notable carrera. Recuerdo como funciones deslumbrantes algunas de El Lago de los Cisnes, con la impresionante transformación que era capaz de hacer entre el segundo, tercer y cuarto acto, con un port de bras al final del segundo que dejaba atónitos a todos en el teatro. Patricia es capaz de mostrar esa magia todavía en La Muerte del Cisne, que tuve la suerte de ver no hace mucho. O su brillantez en algunas funciones de Don Quijote, su fiereza en los solos del cuarto acto. Tantas actuaciones memorables.


Pero creo que la mejor Patricia es la que hacía relucir lo gran intérprete que es: no solo hacer pasos de baile y acrobacias, sino encarnar un personaje, hacer creíble una historia, seducirnos, conmovernos. Por eso me parece que en Carmen, en Giselle, en Romeo y Julieta, en El lago de los Cisnes, Patricia demostraba realmente que era mucho más que una excelente bailarina: era una artista en el sentido más propio del término.

El tiempo pasa inevitablemente, y más en una disciplina tan dura como la danza. Patricia nos ha dado muchos años de arte, belleza, nos ha emocionado, seducido, conmovido, y ahora tenemos la ocasión de retribuir mínimamente lo que nos ha dado, asistiendo a su función de despedida y homenaje. Repito que lo que más rescato de ella, junto a Lucy Telge y todo el elenco del Ballet del Teatro Municipal, es que nos haya permitido tener el lujo de ver ballet clásico y neoclásico cuando el país parecía caerse a pedazos. Esa misma lección de perseverancia nos la dio enfrentando con gran valor una muy seria lesión que sufrió en 2006, que podría haberla alejado definitivamente del ballet. Su pasión y voluntad nos han dado el privilegio de poder seguir disfrutando de su arte. Algo más de qué agradecerle.

Por eso las fotos a continuación, de Patricia en el Teatro Municipal después del incendio que lo consumió en 1998 y lo mantuvo en condición deplorable hasta hace tan poco, representan lo que significa Patricia para mí: el arte y la belleza en medio de la ruina, la esperanza de que las cosas pueden ser mejores y diferentes. Hoy que tenemos un renovado Teatro Municipal y un fabuloso Teatro Nacional, y un renacer del ballet y de la danza en general, no olvidemos gracias a quién podemos tener esto, quién mantuvo la luz encendida cuando parecía que no quedaba más que cerrar las puertas para no volver. Por eso y por todo lo demás, gracias, Patricia.



Fotos tomadas de esta página pública de Patricia en Facebook.

Ver también:

Patricia Cano y Rina Barrantes (16 de marzo de 2008)

Don Quijote en el Ballet del Teatro Municipal (18 de abril de 2008)

Un comentario sobre danza (2 de julio  de 2007)

En ese post comentaba:

"Y ya que hablamos de bailarinas que están haciendo funciones de despedida, me pregunto, ¿no merece Patricia Cano algo parecido? Patricia ha sido la prima ballerina del Ballet Municipal durante muchos años; tuvo una lesión el año pasado, y este año no estuvo como protagonista en la temporada del Lago de los Cisnes, como tantas veces antes. Al parecer, Patricia está empezando a dejar algunos papeles protagónicos: ¿no es momento de darle un merecido homenaje? Patricia ha sido la columna vertebral del Ballet Municipal por más de dos décadas, y siempre ha destacado por su fuerza, y por su intensidad dramática, como ninguna otra en nuestro medio. Estoy seguro que quienes la han visto y han disfrutado de sus actuaciones (algunas verdaderamente memorables) estarán de acuerdo con lo que digo. Ojalá que Lucy Telge organice un homenaje a una artista que lo merece ampliamente, para que así todos podamos expresar nuestra gratitud y admiración".

ACTUALIZACIÓN, 24 DE ABRIL

La función de mañana 25 es a las 7:30 pm., pero a las 7:10 pm. se pasará un video de homenaje a Patricia...


lunes, 15 de abril de 2013

Jueces y política

Artículo publicado en La República, domingo 14 de abril de 2013

En los últimos tiempos se discute mucho sobre un tema abordado anteriormente aquí, las relaciones entre jueces y política. Hemos señalado cómo el desarrollo institucional formal y el debilitamiento de los partidos hace que los jueces se vean cada vez más involucrados en decisiones que antes se ubicaban claramente en el ámbito político; pero a diferencia de los políticos, los jueces no están sujetos a los controles que tienen las instancias representativas. Cada vez más la política se judicializa y la justicia se politiza, y resulta más evidente que los jueces toman decisiones considerando sus preferencias ideológicas y simpatías políticas, las reglas institucionales en las que están inmersos, las presiones de la opinión pública y de otros poderes del Estado; no solamente interviene el derecho o la jurisprudencia, que como sabemos, tiene siempre muy amplios márgenes de interpretación. Diversos estudios realizados en otros países de América Latina muestran que los jueces actúan estratégicamente como actores políticos.

Nos quejamos por la ineficiencia de los jueces y del sistema judicial, por los indicios de corrupción, de control, manipulación y presión política sobre los jueces, por sentencias que desafían el sentido común y todas nuestras nociones de justicia, y los principios básicos del derecho. Pero ¿qué hacer?

Para empezar, mejorar los procesos de selección y control de los jueces: nuestro diseño constitucional propone un esquema pluralista que involucra a instituciones de la sociedad civil para el nombramiento y control de los jueces, y al Congreso para el nombramiento de los miembros del Tribunal Constitucional, pero que hay que hacer funcionar. Es importante apuntar a fortalecer la autonomía y estabilidad judicial: una reforma importante, por ejemplo, sería ampliar el plazo del mandato del Presidente de la Corte Suprema, dos años resultan poco tiempo para llevar adelante reformas. Pero la elección del Presidente debería basarse en una propuesta de plan de gobierno debatido ampliamente de cara a la ciudadanía. La autonomía y estabilidad deber ir de la mano de la transparencia y de la rendición de cuentas. Para esto se requiere de la construcción de indicadores de desempeño que puedan ser evaluados.

De otro lado, la literatura comparada muestra que un diseño puede ser bueno, pero las cosas no funcionan si los jueces reproducen culturas institucionales anquilosadas, lógicas y razonamientos conservadores y burocráticos. La formación de los jueces depende de las facultades de derecho, que deben avanzar hacia la implementación de mecanismos de acreditación; la carrera judicial debe ser más atractiva para atraer a los mejores abogados, y los requisitos para los nombramientos y ratificaciones deben ser más exigentes. De otro lado, la Corte Suprema debe establecer jurisprudencia clara, en torno a cuestiones emblemáticas y representativas. Se requiere de un gran acuerdo político para todo esto.


VER TAMBIÉN:

Un ejemplo de cómo desde la ciencia política se estudia el comportamiento de los jueces puede verse en los trabajos del colega Santiago Basabe. Algunos de sus trabajos son:

2012 “Presidential Power and Judicialization of Politics as Determinants of Institutional Changes in Justice: The Case of Ecuadorian Supreme Court (1979-2009)” Politics & Policy 40 (2): 339-361

2008 “Preferencias ideológicas y políticas judiciales: un modelo actitudinal sobre el voto en el Tribunal Constitucional del Ecuador.” América Latina Hoy 49: 157 – 177.

2011 “Economía y política como determinantes del voto judicial. Explorando la toma de decisiones en la Corte Suprema del Ecuador (1979-2009)” Ecuador Debate 83: 95-108. (En coautoría con Pablo Valdivieso Kastner)

lunes, 8 de abril de 2013

Perú en el largo plazo

Artículo publicado en La República, domingo 7 de abril de 2013

Ha sido publicado Cuando despertemos en el 2062. Visiones del Perú en 50 años, editado por Bruno Seminario, Cynthia Sanborn y Nikolai Alva, en el contexto de las celebraciones por los 50 años de la Universidad del Pacífico. Permítanme un breve comentario partiendo del sugerente texto de Seminario y Alva, “El PIB, tres siglos pasados y media centuria venidera”. Uno de los grandes hallazgos es que en los últimos 300 años, Perú tiene tasas de crecimiento mayores a las del Reino Unido en la mayoría de los años; a pesar de esto, la diferencia en el producto per cápita pasa de ser el 2.4 en 1700 a 4.1 en 2010. Al mismo tiempo, encontramos que Perú crece por encima del promedio latinoamericano en muchos años, sin embargo en el periodo total el promedio de crecimiento de la región es casi el doble que el peruano.

Estas paradojas se entienden por el fuerte carácter “pendular” de nuestra economía. Es decir, tenemos periodos de crisis que son intensos y prolongados, que echan por la borda periodos de bonanza que nos hubieran permitido “ponernos al día” con otros países. La comparación con Chile es ilustrativa: en los años posteriores a la independencia Chile muestra un producto per cápita 50% superior al peruano, la distancia se acorta con el auge del guano y del salitre, pero luego de la Guerra del Pacífico la distancia se convierte en una de 4 a 1. Nuevamente nos recuperamos e incluso llegamos a superar a Chile en 1975, pero desde entonces volvemos a caer hasta 2004, año en el que la brecha llega a ser 2.7. Desde entonces estamos nuevamente acortando las distancias.


Es decir, tenemos históricamente la capacidad, habilidad, recursos, para aprovechar momentos de bonanza, pero no sabemos “guardar pan para mayo” ni evitar desplomes futuros. Nos fue mal en el periodo de la crisis colonial y de las guerras de la independencia, bien entre 1830 y 1870, muy mal alrededor de la Guerra del Pacífico, bien entre 1894 y hasta 1976 (con una interrupción alrededor de la crisis de 1929), nuevamente muy mal hasta 1992, año en que empieza la recuperación que estamos viviendo actualmente.

Según Seminario y Alva, si la tendencia siguiera sin interrupciones, Perú podría alcanzar en 2062 un producto per cápita similar al de un país desarrollado; sin embargo, podríamos también sufrir antes una crisis de grandes proporciones. Ella podría estar asociada al cambio demográfico: hasta el momento, tenemos mano de obra relativamente abundante y barata, pero en el futuro el envejecimiento promedio de la población haría caer la productividad y competitividad de la economía. ¿Cómo evitar ese escenario? Para Jürgen Schuldt (“Futurología de la economía política peruana”), la clave está en aumentar la productividad de los sectores que generan más empleo, y no cifrar todas nuestras esperanzas en las industrias extractivas, “tranferir intersectorialmente excedentes y gastos e inversiones públicas”, para lograr más equilibrio sectorial, geográfico, distributivo.

ACTUALIZACIÓN, 13 de abril

VER TAMBIÉN:

La estructura productiva de Perú en el largo plazo
Félix Jiménez
La Primera

lunes, 1 de abril de 2013

Año corto

Artículo publicado en La República, domingo 31 de marzo de 2013

En realidad, el año recién empieza, en términos políticos, la próxima semana y, además, probablemente termine hacia octubre o noviembre.

Lo que quiero decir es que la dinámica de finales de 2012 se alargó hasta marzo, marcada por la recuperación de la aprobación a la gestión del presidente Humala y por la atención puesta por los medios “nacionales” en la revocatoria en Lima. La recuperación de la aprobación presidencial sacó del mapa las muchas especulaciones sobre cambios ministeriales, que persistieron aún después del 28 de julio del año pasado, y alentó la ilusión gubernamental de una candidatura presidencial de Nadine Heredia para el 2016. Está todavía por verse cuán firme es la base de esta ilusión, porque gran parte de la recuperación de la aprobación gubernamental tiene que ver con el desvío de la atención pública a temas ajenos a los del gobierno central, como la gestión de la alcaldesa de Lima y otros temas locales, así como con la desatención ciudadana por temas políticos por finales de año, inicio del nuevo, y ahora, por la semana santa.

A partir de abril, poco a poco, probablemente veremos la reaparición de conflictos con el magisterio, “socio-ambientales”, y demás. Probablemente también veremos arreciar la presión sobre algunos cambios ministeriales para antes del 28 de julio. Para el gobierno, sin embargo, la clave es resistir una primera tormenta hasta entonces, y luego hasta octubre o noviembre, porque la segunda mitad del año va a estar cada vez más marcada en Lima nuevamente por la evaluación del desempeño de la alcaldesa y por las elecciones de regidores de noviembre; y en todo el país, los actores sociales y políticos empezarán a tener como prioridad las elecciones regionales y municipales de finales de 2014, con lo que ese año empezará antes que en enero. Existe la posibilidad de que algunos levanten cuestionamientos al gobierno central como parte de su campaña, pero la atención se centrará en el recojo de firmas y la formación de alianzas con miras a las elecciones.

Todo esto hace pensar que, si juega bien las cartas, este podría ser un buen año para el gobierno, beneficiado por la concentración de la atención de los actores en otros asuntos y por la continuidad del crecimiento económico y la bonanza fiscal.

La pregunta es cómo encararán los actores políticos las elecciones de 2014, considerando sus posibles efectos sobre la de 2016. Lo más probable es que, concientes de sus debilidades, no presenten candidatos en muchas de las regiones y municipios, o vayan como parte de alianzas amplias de base regional. Todo esto no hará sino postergar las grandes decisiones del 2016, incluida la de la posible candidatura de Heredia. Así, si bien es cierto que los alineamientos políticos ocurridos alrededor de la revocatoria en Lima fueron una suerte de partido de práctica para lo que vendrá en 2014 y 2016, las alineaces que vimos en esta ocasión serán muy diferentes de las que veremos al final en los partidos oficiales.

lunes, 25 de marzo de 2013

Balance inicial de la revocatoria

Artículo publicado en La República, domingo 24 de marzo de 2013

- Villarán nunca debió llegar a la situación en la que terminó. Ya ha sido comentado bastante: sobreestimación de respaldo y capacidades, subestimación de adversarios, falta de acción política. Decepcionante que una gestión de izquierda termine en tan poco tiempo alejada de su base de apoyo original, asentada en sectores populares.

- En enero, un 65% de limeños desaprobaba la gestión de Villarán, y la aprobaba un 28%; un 59% estaba a favor de la revocatoria, y un 32% en contra (IPSOS). Es impresionante que el “Sí” haya perdido, iniciando el partido con 27 puntos de diferencia. Ya se ha dicho: no tuvieron una campaña propiamente dicha, y la del No fue muy eficiente. El No consiguió recursos, construyó una coalición muy amplia (desde la CONFIEP hasta la CGTP, desde el PPC hasta Patria Roja, desde Mónica Sánchez hasta Melcochita, de líderes de opinión a ciudadanos de barrios populares), tuvo una conducción disciplinada, objetivos claros, argumentos convincentes. Las campañas fueron decisivas.

- A pesar de esto, hasta una semana antes de la elección, el Sí tenía el 49% y el No el 40%, y la tendencia de crecimiento de este se veía estancada desde finales de febrero; al mismo tiempo, un 61% desaprobaba la gestión de la alcaldesa, y solo un 34% la aprobaba. El crecimiento del No en el sector C parecía tocar techo, y los sectores D y E parecían difíciles de convencer. En la última semana, IPSOS registra un cambio impresionante a favor del No: en Lima Norte y Este el No aumenta cinco puntos, y en Lima Sur catorce. Este cambio se explica fundamentalmente por los groseros errores de campaña del Sí el día del debate y en los cruciales días posteriores, en los que los indecisos terminan de definirse; no sería la intervención de Lourdes Flores o Luis Bedoya los que inclinaron la balanza en las zonas populares, sino los papelones del Sí. En todo caso, habría que rescatar la acción de los alcaldes de Ate, Comas, Villa María del Triunfo, Villa el Salvador, a favor del No.

- Todo esto muestra que una gran parte de los ciudadanos votó por el No a la revocatoria de Villarán a pesar de no estar conformes con su gestión, lo que se confirma al ver la votación por regidores. Villarán se salvó, pero sería un gran error interpretar esto como un respaldo político.

- La votación de regidores sugiere que Fuerza Social, que ya no existe como tal, es el gran derrotado de todo el proceso. En esa derrota algunos cuadros destacaron y acumularon un importante capital político personal, pero el proyecto original ha sido enterrado. De otro lado, la mayoría de regidores de oposición se salvaron no porque tuvieran más votos que los de FS, sino por el aumento de los votos en blanco.

- Para que Villarán termine bien su gestión, es imprescindible mantener el espíritu de la campaña por el No, y no repetir los errores que originaron todo esto: sobreestimación de respaldo y capacidades, subestimación de adversarios, falta de acción política…

miércoles, 20 de marzo de 2013

Resultados de la revocatoria

Datos considerando actas procesadas al 100%, contabilizadas al 54.35%. Comentaré estos resultados en mi columna del domingo...

Votos en blanco: notar una tendencia al alza constante, con aumentos dramáticos al pasar de Villáran a los regidores, y de la primera a la segunda columna de la cédula


Votos por el Sí y por el No: por lo visto, un número importante de electores decidió salvar a Villarán y se desentendió del resto; luego, entre el número 2 y el 20, son más los sí que los no; del 21 en adelante, a muchos dentro del sí y del no les da flojera seguir marcando, pero en particular a los del sí, que tienen una caída muy pronunciada. Esa es la razón por la que se salvan esos regidores, no por la existencia de un "voto cruzado": si así fuera eso debería verse en un aumento de votos por el no a partir del 21, pero no se ve, lo que aumentan son los votos en blanco:


A continuación, datos de los diez distritos con más electores (con ellos tenemos un 60% del total):

San Juan de Lurigancho (gana el sí)


San Martín de Porres (gana el no, salvo en el caso de Castañeda)


Comas (gana el sí)


Ate (gana el no, salvo en el caso de Castañeda)


San Juan de Miraflores (gana el no con Villarán, pero el sí en todos los regidores; caso raro. Nótese el aumento de votos en blanco al pasar de Villarán a los regidores, especialmente dentro de los que votaron por el no a Villarán):


Villa el Salvador (gana el sí; una vez más, Villa el Salvador tiene muy poco que ver con lo que fue en las décadas de los años setenta, ochenta y parte de la de los noventa)


Villa María del Triunfo (gana el sí)


Cercado (gana el no, salvo en el caso de Castañeda)


Santiago de Surco (gana el no)


Los Olivos (gana el no, salvo en el caso de Castañeda)


En estos diez distritos, el no a la revocatoria a Villarán llega a 832,798 votos, y el sí a 717,018.

Si  No 
San Juan de Lurigancho  150,677 142,470 293,147
San Martín de Porres  89,068 96,908 185,976
Comas  86,976 78,225 165,201
Los Olivos  57,356 68,656 126,012
San Juan de Miraflores 61,896 62,241 124,137
Ate  58,511 64,529 123,040
Villa el Salvador  59,519 56,748 116,267
Cercado  53,098 60,387 113,485
Villa María del Triunfo  58,062 54,026 112,088
Santiago de Surco 41,855 63,051 104,906


De yapa:

Miraflores (gana el no)


San Isidro (gana el no)


En estos dos distritos, de pocos electores y de clase alta, se ve una lógica por la cual los votos por el sí aumentan al pasar de Villarán a los regidores, aunque igual gana el no, y luego los votos por el no aumentan al pasar del regidor 20 al 21, es decir un sector de los que votó sí de 2 al 20 pasó al no del 21 al 40. Pero son muy pocos electores, y no afectan los resultados, ni siquiera en estos dos distritos pequeños. Algo de esto se ve también en Santiago de Surco, pero, nuevamente, sin afectar el resultado del distrito.

lunes, 18 de marzo de 2013

Huaycán y la encrucijada limeña

Artículo publicado en La República, domingo 17 de marzo de 2013

Hacia 1987 era estudiante de sociología y practicante en la Oficina de Participación Vecinal de la Municipalidad de Lima, durante la gestión de Alfonso Barrantes. Me tocó apoyar diversos trabajos en el proyecto especial Huaycán, en el distrito de Ate; en aquel tiempo, cuando no existían los celulares, internet o el correo electrónico, cualquier comunicación entre la Municipalidad y los dirigentes de la comunidad implicaba que alguien debía llevar una carta desde un lugar al otro, o llevar un afiche o aviso para pegarlo en alguna pared, y ese era básicamente mi trabajo. Claro que entre ir y venir uno se quedaba y conversaba tanto con dirigentes, vecinos, como con funcionarios de la municipalidad, y recuerdo esos años con mucho cariño y gratitud, como una extraordinaria experiencia de aprendizaje.

El proyecto Huaycán de alguna manera quería replicar en la década de los años ochenta lo que Villa el Salvador significó en la de los setenta: una comunidad “autogestionaria”, basada en una ocupación ordenada y planificada, en la que la participación y el “protagonismo popular”, la promoción de la vida vecinal, el encuentro en espacios públicos, eran algunos de los valores que la regían. Todo se expresaba en una particular manera de planear la construcción de las viviendas, de las manzanas, de las zonas, alrededor de “Unidades Comunales de Vivienda”; y era parte por supuesto de un discurso de izquierda que se planteaba como alternativo a los valores del individualismo promovido por lógicas de mercado. Sin embargo, lo que rápidamente se pudo comprobar era que ni los dirigentes ni vecinos estaban convencidos de las bondades de esta lógica, que muchos preferían un diseño y una lógica de construcción más convencional, con más autonomía familiar e individual, para quienes la acción colectiva era percibida como una herramienta útil para resolver algunos problemas comunes, pero no como una apuesta de largo plazo. De hecho, como en todos los barrios de Lima, la vida asociativa fue muy intensa en las primeras etapas de la habilitación urbana, pero una vez cumplidas, la lógica tiende a ser más familiar e individual.

En estos días, la experiencia de Huaycán ha vuelto a mi memoria. Lima enfrenta este domingo (hoy), en el fondo, una encrucijada parecida: optar entre seguir una lógica convencional, tradicional, que si bien ha hecho de Lima una ciudad caótica e insegura, también ha generado los espacios y oportunidades para el progreso de las familias, aunque a un alto costo social; o apostar por una nueva lógica de ordenamiento urbano, que en teoría puede funcionar mejor, pero cuyos resultados son difíciles de percibir e imaginar para muchos ciudadanos, sus supuestos beneficiarios; y que trasuntan también los límites de razones tecnocráticas y de sus dificultades para entenderse con el sentido común y la “razón práctica” de las personas. Eso es lo que está en juego para Lima y los limeños.


VER TAMBIÉN:

Huaycán: una experiencia de habilitación urbana
Xavier Ricou
Boletín del Instituto Francés de Estudios Andinos, XVII, n° 1, 1988, p. 65-85.

Huaycán self-managing urban community: may hope be realized
Pedro Arèvalo
Environment and Urbanization 1997 9: 59

LA VIOLENCIA EN HUAYCÁN
Comisión de la Verdad y Reconciliación

LOS ASESINATOS DE MARIA ELENA MOYANO (1992)Y PASCUALA ROSADO (1996)
Comisión de la Verdad y Reconciliación

martes, 12 de marzo de 2013

Argumentos, año 7, n° 1, marzo 2013


En este número...

COYUNTURA

Balance político de la revolución ciudadana. ¿La gran transformación?,
Ivette Sosa y Armando Chaguaceda, p. 3

La nueva propuesta del Estado para el abordaje de conflictos sociales: la Oficina Nacional de Diálogo y Sostenibilidad,
César Bedoya, p. 10

HACIA UN DIAGNÓSTICO DE LIMA METROPOLITANA

El modelo urbano que sigue Lima en la actualidad: el responsable olvidado de la inseguridad,
Pablo Vega Centeno, p. 14

La desnutrición crónica en Lima Metropolitana,
Úrsula Aldana,  p. 21

Patrones de transporte en Lima Metropolitana: a dónde, cuánto y por qué viajan los limeños,
Roberto Piselli, p. 25

REVOCATORIA Y DEMOCRACIA

Las revocatorias en el Perú: entre la participación masiva y la debilidad institucional,
María Isabel Remy, p. 29

¿Por qué muchos pobres no quieren a Susana Villarán?,
Wilfredo Ardito, p.38

Racionalidad y emotividad en las elecciones peruanas: una propuesta de investigación,
Arturo Maldonado, p. 44

Revocatoria 2013: la prensa, las encuestas y el peso de las palabras,
Carolina Arrunátegui, p. 50

CRÍTICA Y RESEÑAS

Entre brechas y soledades. Política y sociedad en el Perú: a propósito de La soledad de la política, de Carlos Meléndez
Guillermo Rochabrún, p. 57

Reseña al libro Memorias de un Soldado Desconocido de Lurgio Gavilán (IEP -2012)*,
Ramón Pajuelo, María Eugenia Ulfe, Jacqueline Fowks, Fernando Calderón
 p. 65

lunes, 11 de marzo de 2013

El chavismo en el tiempo

Artículo publicado en La República, domingo 10 de marzo de 2013

Creo aportar algo a lo mucho escrito a propósito del fallecimiento del presidente Hugo Chávez (1954-2013) proponiendo una mirada del chavismo a lo largo del tiempo.

El Chávez del Movimiento Boliviariano 200, que intenta derrocar a Carlos Andrés Pérez en 1992, es un nacionalista radical. Ese mismo Chávez es el que forma el Movimiento Quinta República y gana la elección de 1998, como una suerte de frente político antisistema, en el que cabían tanto sectores de izquerda como aquellos hartos del orden “partidocrático” imperante. Todos coincidieron en la necesidad de fundar un nuevo orden institucional, expresado en la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución de 1999, y en la primera reelección de Chávez en 2000. Podría decirse que el nuevo orden no tenía en sí mismo ningún componente no democrático, el problema fue que la refundación institucional era acompañada de una lógica de copamiento impuesta por una fuerza mayoritaria, aunque todavía no hegemónica. Hasta los primeros años de la década de 2000 el chavismo era fuertemente cuestionado, y el intento de golpe de Estado de 2002 fue resultado del descontento existente. Su base de respaldo era ya era claramente popular, y se consolidó de un lado de un clivaje socio-económico, pero también étnico y cultural, que también conocemos en el Perú. De allí la polarización extrema que generó.

La oposición intentó sacar a Chávez del poder apelando a una revocatoria, en agosto de 2004, que este terminó ganando. Para entonces ya se beneficiaba del crecimiento económico que ha favorecido a toda la región desde esos años, basado en el aumento de los precios de las materias primas. Esto, y el ausentismo de la oposición le permitió consolidar un poder prácticamente total: en diciembre de 2005 las elecciones legislativas le dieron a Chávez el control del 100% del Congreso, hegemonía confirmada con la segunda reelección de Chávez en 2006.

En este periodo se consolidaron las políticas sociales que han generado la identificación de gran parte de los sectores populares con Chávez; al mismo tiempo, se dejó la lógica de frente político para pasar a una más ideológica de construcción del “socialismo del siglo XXI”, y del “partido único” de la revolución. Dos caras de la misma moneda, que dieron lugar a mejoras sociales, pero también a autoritarismo, ineficiencia, corrupción, culto desmesurado a la personalidad, y acentuación de un modelo económico petrolero y rentista, nada “alternativo”. Esto le dio nueva oportunidad a la oposición, que recuperó presencia en el Congreso desde 2011 y en la elección presidencial de 2012, en la que Chávez fue reelecto por tercera vez.

¿Qué lección extraer de este recorrido? A mi juicio, que la concentración excesiva de poder es intrínsecamente negativa, y que conspira contra las mejores intenciones revolucionarias. También que si la democracia no es eficaz en el terreno distributivo, siempre estará amenazada por liderazgos mesiánicos.

lunes, 4 de marzo de 2013

Revocatoria y democracia directa

Artículo publicado en La República, domingo 3 de marzo de 2013

El pedido de revocatoria de la alcaldesa de Lima ha puesto en discusión la conveniencia o no de este mecanismo de democracia directa y de todos en general, en tanto podrían dar lugar a prácticas que “desnaturalizarían” su esencia y debilitarían a la democracia representativa.

Existen múltiples críticas a la democracia representativa, y al hecho de que en ella el juego político parece restringirse a los partidos y a las élites políticas; los ciudadanos no se sentirían representados o partícipes de las decisiones que se toman en su nombre, por lo que el remedio para algunos consiste en ampliar la arena política a la acción directa de los ciudadanos ya sea en ocasiones específicas (referéndums, plebiscitos) o de manera regular mediante mecanismos de consulta y participación. No se trataría de construir una forma alternativa de régimen político, sino de fortalecer la democracia representativa complementándola con mecanismos de democracia directa, participativa, o deliberativa.

El saldo que deja la adopción de estos mecanismos en general es muy ambiguo: en ocasiones cumplen efectivamente funciones de legitimación de sistemas políticos democráticos, en otras los debilitan; pueden legitimar gobiernos con tendencias autoritarias, como pueden debilitarlos; son alternativamente propuestos y repudiados por sectores tanto de izquierda como de derecha. Perú es una ilustración muy elocuente de estas ambigüedades.

En la Constitución de 1979, tomada por muchos como el estándar democrático por excelencia, los mecanismos de democracia directa y participativa no existían; ellos fueron introducidos en la Constitución de 1993, después del golpe de Estado de 1992. En esto coincidieron sectores liberales como el Instituto Libertad y Democracia de Hernando de Soto, para quienes estos mecanismos acotaban el poder del Estado; sectores de izquierda, para quienes se abría espacio para la movilización y acción directa del pueblo organizado; así como el propio fujimorismo, para el cual se denunciaba la ineficiencia de una democracia partidocrática y elitista. Más adelante, fue la oposición al fujimorismo la que se benefició de la existencia de un mecanismo como el referéndum para cuestionar el intento de segunda reelección del presidente. En los últimos años, desde la izquierda se promovió con entusiasmo la implementación de mecanismos participativos en el contexto del proceso de descentralización, que incluyó el mecanismo de revocatoria de autoridades, y algunos propusieron ampliarlo para afectar también a congresistas, por ejemplo. Pero ahora que el mecanismo afecta a una alcaldesa como Susana Villarán, se llama con razón a la cautela.

¿Qué hacer? En términos generales, pienso que deberíamos seguir con la lógica que trató de establecer la ley de partidos: dada la fragmentación y volatilidad de la arena política, de lo que se trata es de elevar las barreras de acceso a la competencia política y al ejercicio de mecanismos de participación.

martes, 26 de febrero de 2013

Carta a un estudiante de ciencia política


El martes 19 pasado, mi estimado colega Nelson Manrique, en un artículo titulado "Democracia: quién la califica", decía que "la reelección de Rafael Correa a la presidencia del Ecuador, con un contundente 56% en primera vuelta, vuelve a plantear una cuestión incómoda para los politólogos: cómo a pesar de su apetito reeleccionista Chávez, Kirchner y Correa gozan del apoyo mayoritario de sus ciudadanos. Esto suele atribuirse al atraso político, pero la evidencia empírica muestra otro panorama". Más adelante señala que ".. al parecer la opinión de los ciudadanos de esos países no cuenta a la hora de juzgar si viven una democracia o no; quienes lo dictaminan finalmente son los medios de comunicación y un grupo de politólogos, por lo general alineados políticamente con los EEUU, y al diablo con la opinión de los directamente interesados".

Eduardo Dargent y Steven Levitsky han respondido muy bien llamando la atención sobre las inconsistencias del artículo de Manrique y el problema irresoluble de definir el carácter democrático de un régimen por su nivel de apoyo popular, tema sobre el cual tengo poco que añadir. Yo quiero aquí expresar mi extrañeza por la imagen equivocada que parece manejar Manrique de la ciencia política y de los politólogos.

Primero, no veo por qué el hecho de que gobernantes como Correa gocen del apoyo mayoritario de sus ciudadanos sea en algún sentido "incómodo" para los politólogos. Más bien diría que el absolutamente previsible y normal, dadas las circunstancias. Recomiendo ver el reciente trabajo de la politóloga Flavia Freidenberg, un referente importante dentro de la disciplina, precisamente dedicado a explicar "las claves del éxito de la revolución ciudadana", sin atribuirlo en absoluto al "atraso político". Las razones que Freidenberg menciona son la evaluación positiva de la gestión de Correa, la estabilidad de las variables económicas, las políticas sociales impulsadas gracias al uso focalizado de los recursos petroleros, el discurso de inclusión, la agresiva política de comunicación gubernamental y la inexistencia de un candidato opositor que pudiera articular a la oposición. Flavia es una colega y amiga extraordinariamente capaz, pero la verdad no creo que al escribir ese texto se haya sentido particularmente desafiada intelectualmente, y sostiene que el triunfo de Correa era totalmente previsible. Al parecer, para Manrique los politólogos solo entenderíamos la legitimidad política como resultado del respeto a las reglas institucionales, por lo que nos resultaría "incómodo" entender la existencia de otras fuentes de legitimidad. Totalmente falso.

Segundo, está aquello del "grupo de politólogos" que "dictaminan" qué países son democráticos, "por lo general alineados políticamente con los EEUU", y que mandarían "al diablo" la opinión de los directamente interesados (los ciudadanos). En primer lugar, sobre los "dictámenes". Me parece totalmente natural que, cuando se discute sobre las características de los regímenes políticos, los politólogos tengamos algo que decir, en especial los que trabajan esos temas. Eso lo decimos en diversas publicaciones y espacios, que no veo por qué Manrique considera "dictámenes". Y cualquiera que quiera ver las cosas con un mínimo de objetividad, tendrá que reconocer que las opiniones de los politólogos sobre estos temas son muy dispares. En la ciencia no hay "dictámenes", en el sentido de sentencias inapelables dadas por alguna autoridad superior, solo planteamientos provisionales sujetos a debate, y vigentes hasta que más investigación y evidencia los supere. Segundo, sobre el "alineamiento" con los EEUU.: ¿en quién estará pensando? Solo me puede venir a la cabeza el nombre de Arturo Valenzuela, politólogo chileno-norteamericano que ha trabajado temas referidos a regímenes políticos y que ocupó cargos importantes en el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Aún en ese caso, dentro de la disciplina, la opinión de Valenzuela es una opinión más, de ninguna manera un "dictamen".

Si lo que le preocupa a Manrique es que haya entidades de monitoreo y observación de elecciones y de la estabilidad democrática, pues lo que encontramos es que quienes hacen esas tareas son entidades internacionales gubernamentales y privadas, que siguen lógicas políticas, y poco académicas, en las que los politólogos participamos muy parcialmente. Ver al respecto este texto de Gerardo Munck. Precisamente, una de sus recomendaciones es fortalecer el diálogo entre políticos y académicos.

Sería bueno que Manrique aclare a qué politólogos se refiere, pero yo sospecho que ha caído en la vieja falacia retórica de construir un muñeco de paja para destruirlo cómodamente. Así, los politólogos solo concebiríamos como fuente de legitimidad el respeto a las instituciones (esa sería la razón por la cual las definiciones de democracia son procedimentales); no podríamos entender otras fuentes de legitimidad (ambos supuestos falsos, como hemos visto); los datos muestran que gobernantes como Kirchner, Correa y Chávez son muy populares, a pesar de su apetito reeleccionista; ergo, a los politólogos nos resulta difícil entender algo como la reelección de Correa, y nos veríamos obligados a hablar del "atraso político" (conclusión falsa también). Y encima, algunos "dictaminan" cuál país es democrático y cuál no, "mandando al diablo" la opinión de los ciudadanos, gracias a, me imagino, la influencia y tribuna en los medios de comunicación que les daría su alineamiento político con los EEUU. Razonamiento un tanto conspirativo; en todo caso, aquí cabe preguntar: ¿quiénes?, ¿cuándo?, ¿dónde?

Tercero, precisamente creo que el gran error de Manrique es desconocer nuestra disciplina, o tener una visión tremendamente distorsionada de ella. Si bien los politólogos solemos considerar que en la definición de qué es la democracia como régimen político lo mejor es manejar criterios minimalistas, anclados en aspectos institucionales, porque así se evitan precisamente las confusiones e inconsistencias en las que cae Manrique; también consideramos que para entender la dinámica política de un país es necesario ir mucho más allá de concepciones minimalistas-institucionalistas, y tomar en cuenta cuestiones como la legitimidad de los regímenes políticos de cara a sus ciudadanos, que entiendo es su preocupación de fondo. En esto estamos totalmente de acuerdo. Piénsese por ejemplo en el libro La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos (Nueva York, PNUD, 2004), investigación liderada por Guillermo O'Donnell y en la que participaron muchos colegas politólogos, y que es un referente en la disciplina. De hecho, uno de los temas de más desarrollo en la ciencia política de los últimos años es el de la calidad de la democracia en nuestros países, tema que parte del ámbito electoral-institucional para ir mucho más allá de este, recogiendo temas como los niveles de accountability, de rendición de cuentas de los políticos ante la ciudadanía, tema en torno a cuya importancia coincido totalmente con Manrique. Ver al respecto este otro texto de Gerardo Munck, por ejemplo, entre muchos otros.

Otra ilustración de cómo son en realidad las discusiones dentro de la disciplina: tomemos como ejemplo la caracterización del gobierno de Hugo Chávez. Acá encontraremos un gran debate, donde colegas como Steven Levitsky, Javier Corrales, Luis Gómez, yo mismo y muchos otros tendrán una posición, pero Maxwell Cameron, Daniel Levine y José Molina, Steve Ellner y muchos otros tienen otra, y se cubren todos los matices del espectro en cuanto a si en Venezuela el régimen de Chávez es autoritario o democrático. Y todos somos politólogos, y todas las posiciones son igualmente importantes e influyentes. En lo que a mí respecta, todos los mencionados son colegas y amigos que respeto y aprecio mucho.

Quisiera decir finalmente que me parece normal y saludable la discrepancia, la crítica y el debate, y al final no tenemos por qué ponernos de acuerdo. La academia es y debe ser pluralista. Pero si me tomé el trabajo de escribir este comentario es porque el artículo de Manrique me parece muy injusto, en tanto parece dirigirse contra una disciplina y contra quienes la practican. Estoy seguro de que esta no es la intención de Nelson, pero igual algún lector puede llevarse esa impresión; me preocupa especialmente que estudiantes potencialmente interesados en estudiar la carrera de ciencia política se forman una imagen equivocada de la profesión, así como los lectores en general, en tanto la ciencia política es en el Perú una carrera nueva y todavía en proceso de consolidación.

No me parece casualidad que Dargent y Levitsky hayan tenido el gesto de responder a Manrique desde la página web de Politai, una asociación de estudiantes de Ciencia Política y Gobierno de la Pontificia Universidad Católica. De cara a los estudiantes de ciencia política, habría que decir que convengamos con Manrique en que de lo que se trata es de siempre mejorar los estándares de la disciplina, revisar siempre críticamente nuestros conceptos, supuestos y definiciones, metodologías, ejercicio profesional, etc. Pero también en que, como disciplina, estamos más concientes de nuestras limitaciones de lo que algunos suponen, por lo que deberíamos evitar caer en discusiones estériles y concentrarnos en las importantes; en esas, seguramente, estaremos de acuerdo con Nelson. Y si no, estaremos en desacuerdo, pero serían desacuerdos reales, no fruto de miradas distorsionadas de las cosas.

[ NOTA: recién veo el artículo de hoy de Manrique, en el que responde a Levitsky, en su columna de La República. Me parece que su respuesta no altera los comentarios arriba expuestos ]

[ ACTUALIZACIÓN, 27 DE FEBRERO:

LQQD: lean el artículo de Maxwell Cameron, quien también se animó a participar en este debate, confirmando la amplitud de posiciones dentro de la disciplina en lo que respecta a las caracterizaciones de la naturaleza democrática de nuestros países.
Max Cameron
Delegative vs. Liberal Democracy in Latin America ]

Todo esto me hizo recordar un texto todavía inédito, que puede resultar de interés. Es un trabajo que en principio aparecerá en el segundo volumen de la colección Cartas a los estudiantes de ciencia política, y que espero lo encuentren pertinente. Saludos.


  Cartas a un estudiante de ciencia política1 by   Martin Tanaka