lunes, 25 de abril de 2016

¿Qué hacer?

Artículo publicado en La República, domingo 27 de marzo de 2016

La exclusión de los candidatos Acuña y Guzmán, de manera desproporcionada e injusta, ha desatado un frenesí reglamentarista: se pretende excluir también a K. Fujimori, a Kuczynski, a García, invocando razones equivalentes. Un callejón sin salida: con más exclusiones la elección pierde sentido, y sin ellas, se consagraría la injusticia y la parcialidad. Somos un caso único, hasta donde sé, en donde la legitimidad electoral no es puesta en cuestión por un poder que pretende perpetuarse, ni por la acción de mafias que tuercen la voluntad de los electores, sino por cambios contraproducentes y de última hora a las reglas electorales aprobadas por el Congreso, prácticamente por unanimidad, y por un Jurado Nacional de Elecciones que siguió un criterio “maximalista” de aplicación de la ley. Y recordemos que los miembros del pleno del JNE están allí elegidos por los magistrados de la Corte Suprema, por los Fiscales Supremos, el Colegio de Abogados, y los decanos de las facultades de derecho de las universidades públicas y privadas. Hasta allí llegan las responsabilidades.

¿Cuál es la salida? Guzmán ha hablado de fraude y ha solicitado la suspensión del proceso electoral. Me parece imposible: las elecciones fueron convocadas por el presidente, y este puede ser acusado constitucionalmente por impedir su realización. De otro lado las decisiones del JNE son “instancia final, definitiva, y no son revisables”, según la Constitución. Y solo se pueden anular las elecciones cuando los votos nulos o blancos superan los dos tercios de los votos válidos, o si se anulan las elecciones en circunscripciones que alcancen un tercio de la votación nacional válida. El Congreso podría eventualmente, en un acto de “creatividad constitucional” a la ecuatoriana (cuando se destituyó a los presidentes Bucaram, Mahuad o Gutiérrez), intentar hacer algo, pero para eso se requeriría que este tuviera una gran legitimidad ante la ciudadanía o la capacidad de construir consensos amplios, y ninguna de las dos existe.

Minimizar los daños me parece que no pasa por más exclusiones: dos errores no se resuelven con tres, cuatro o cinco. Y atención que estamos discutiendo sobre pequeños regalos de bienes y de sumas relativamente modestas de dinero en actos puntuales de campaña (mientras perdemos de vista el tema de los millones de dólares en financiamiento no transparente). Juega un poco (solo un poco) a favor del jurado que los problemas formales involucrados en la inscripción de la candidatura de Guzmán no parecen darse en la misma magnitud en otros casos, y que la entrega de dinero de Acuña haya sido “directísima” a diferencia de las otras en debate. Pero juega en contra las maromas argumentativas del Jurado Especial de Lima para justificar su cambio de opinión en el caso de la exclusión de Guzmán, o para rechazar la exclusión de K. Fujimori (¿de dónde salió aquello de que el dinero tiene que ser patrimonio del candidato?). El JNE deberá fundamentar mejor su respuesta a las apelaciones.

lunes, 21 de marzo de 2016

¿Qué implica hacer ciencia política...? en línea


Estimados, está disponible en línea el libro que editamos con Eduardo Dargent, ¿Qué implica hacer ciencia política desde el sur y desde el norte? (Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Escuela de Gobierno y Políticas Públicas, 2015). Les recuerdo el índice, realmente creo que es un aporte interesante.

Indice

Introducción
Eduardo Dargent y Martín Tanaka 

Primera parte
Hacer investigación desde el sur y desde el norte 

El estudio de las políticas de reforma del Estado en América Latina en perspectiva comparada con los países anglosajones, 1990-2014
Jessica Bensa 

La medición de la volatilidad electoral en sistemas de partidos escasamente institucionalizados. Análisis del caso peruano
Jorge Aragón y José Luis Incio 

Conocimiento denso y política comparada: un aporte desde el sur 
Eduardo Dargent y Paula Muñoz 

Segunda parte 
Las condiciones del trabajo académico en el sur 

Producción e impacto de la ciencia política en América Latina 
Daniel Buquet 

Who Sets the Intellectual Agenda?
Foreign Funding and Social Science in Peru 
Kelly Bay, Cecilia Perla y Richard Snyder 

Tercera parte 
El quehacer politológico en el norte y en el sur 

The Present Opportunities for Latin American Political Science 
Kurt Weyland

Migraciones intelectuales de sur a norte y de norte a sur 
Ana María Bejarano 

En off-side. Notas sobre la ciencia política contemporánea en América Latina 
Juan Pablo Luna 

Cuarta parte 
La democracia y la ciencia política desde el sur y desde el norte 

Olas y tornados: apuntes sobre el uso de la historia en el estudio de la democratización en América Latina 
Alberto Vergara 

De la crítica política a la ciencia política: notas hacia un balance 
Martín Tanaka 

El libro se puede descargar aquí. 

La herencia del autoritarismo

Artículo publicado en La República, domingo 20 de marzo de 2016

El ánimo que inspira a las manifestaciones en contra del fujimorismo de los últimos días (un hito importante en esta campaña electoral) es la indignación que genera la idea de que llegue a la presidencia quien representa un legado ignominioso: violaciones a los derechos humanos, corrupción, autoritarismo. Sin embargo, si Keiko Fujimori llega al poder, será a través del voto popular.

¿Cómo lidiar con el fujimorismo? Nuestros dilemas no son únicos. En Bolivia Hugo Banzer encabezó una dictadura (1971-78) durante la cual hubo desapariciones, torturas, asesinatos extrajudiciales, altos niveles de corrupción. Pero con la transición democrática aspiró a alcanzar la presidencia mediante elecciones: quedó tercero en 1980, quedó primero en la primera vuelta en 1985 pero no pudo ser electo después, quedó segundo en 1989 y 1993, para alcanzar la presidencia finalmente en 1997. Otro caso relevante sería el salvadoreño; la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) era el partido promovido por militares, terratenientes y otros sectores conservadores para responder políticamente al desafío de la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Diversos líderes de ARENA fueron acusados de estar vinculados a la formación de escuadrones de la muerte, masacres en contra de población campesina, y el infame asesinato de los sacerdotes jesuitas del movimiento Teología de la Liberación en la Universidad Centroamericana en 1989. Sin embargo, ARENA ganó las elecciones y gobernó El Salvador durante toda la década de los años noventa y la del dos mil, hasta que en 2009 ganó las elecciones el FMLN, en el poder desde entonces. Podría también mencionarse el caso del PRI, en el poder mediante una fórmula autoritaria desde la década de los años veinte hasta la transición del año 2000; pero en 2012, el PRI volvió a ganar la presidencia federal, a pesar de ser el partido que representaba el autoritarismo y la corrupción. O el caso chileno, con la herencia pinochetista representada en partidos como la Unión Demócrata Independiente (UDI), que llegó al goberno en 2010 como parte de la alianza encabezada por Sebastián Piñera.

La representación política del legado autoritario parece moralmente inaceptable. Pero este goza de un importante respaldo popular porque también encarna otras cosas valoradas por sus seguidores: la defensa de la sociedad frente a la amenaza de la subversión; la promesa de estabilidad política y de crecimiento económico basado en la inversión privada; la defensa de valores familiares tradicionales, entre otros. No se trata solo de clientelismo. ¿Cómo se convive con estos movimientos? De un lado, ciertamente, no se debe dejar de señalar los crímenes e indignidades con los que aparecen asociados algunos de sus líderes; pero respecto a su base popular, de lo que se trata es de ofrecer y construir mejores opciones. Trabajo tanto para derechistas democráticos (¿existen?) como para izquierdistas sin presencia en el mundo popular conservador.

Legitimidad electoral en cuestión

Artículo publicado en La República, domingo 13 de marzo de 2016

La semana pasada decíamos que esperábamos que el Jurado Nacional de Elecciones, respecto a Julio Guzmán, privilegie el derecho a la participación por encima de problemas con formalidades subsanables. Más todavía si es que vemos que otras candidaturas han incurrido también en problemas formales y no merecieron el mismo celo fiscalizador. Respecto a César Acuña, decíamos que su exclusión nos parecía desproporcionada e injusta. Minimizar los problemas que crea esta exclusión, ya irreversible, implica aplicar el artículo 42 de la ley de organizaciones políticas a todos por igual. La ley prohibe “efectuar la entrega, promesa u ofrecimiento de dinero, regalos, dádivas u otros obsequios de naturaleza económica; además dice que está prohibido hacerlo “de manera directa o a través de terceros”. La ley dice que esta prohibición “se extiende a los candidatos a cualquier cargo público de origen popular”, y “será sancionado con la exclusión del proceso electoral”. Lamentablemente para el caso de Acuña, tuvimos una infracción muy clara para una ley muy extremista. Pero una situación similar parece ser la de Vladimiro Huaroc (donación de víveres a damnificados a través de terceros), o José Luna (promesa de beca de estudios a un concursante en un programa de televisión).

En este momento, es muy importante salvar la legitimidad del proceso electoral ante la ciudadanía. Para el Jurado está a la mano actuar con razonabilidad (no de manera formalista y extremista) y aplicar el artículo 42 de la ley de organizaciones políticas a otros candidatos, mostrando mínimo de equidad en las decisiones. De otro lado, aunque es mucho más difícil por los argumentos expuestos hasta el momento por el Pleno del Jurado Nacional de Elecciones, correspondería rescatar la candidatura de Guzmán. Esta decisión tiene altos costos sobre la legitimidad de la elección, pero más altos aún no tomarla.

Si Guzmán queda fuera, ¿cuán mellada queda la legitimidad de la elección? Mucho, lamentablemente, aunque no tanto, a mi juicio, como para considerarla inválida o fraudulenta. La exclusión de Guzmán tiene claramente bases legales, y a mi juicio no puede ser calificada de arbitraria, aunque sí de equivocada. Y en cualquier caso, si bien uno tiene derecho a criticar las decisiones del Jurado, me parece claro también que debería respetarlas y acatarlas. ¿A dónde nos conduce el camino de hablar de fraude o cuestionar la legitimidad de la elección? No veo ningún escenario mejor que el que tenemos, ya malo de por sí. Habría que evitar un curso de cada vez más acusaciones y ataques, y crecientes niveles de intolerancia y violencia. Me parece muy preocupante que haya agresiones en contra de diferentes candidatos o que se pretenda impedir la realización de sus actividades de campaña; y peor aún, que esto sea celebrado y alentado en nombre de la democracia. Hay que defender el derecho de todas las agrupaciones y ciudadanos de apoyar o estar en contra de alguien, pero sin recurrir a la violencia.

VER TAMBIÉN:

Nudos por desanudar, por Augusto Alvarez
La República, 18 de marzo de 2016

Guzmán y Acuña

Artículo publicado en La República, domingo 6 de marzo de 2016

A poco más de un mes de las elecciones generales, no sabemos cuáles son los candidatos ni a la presidencia ni al Congreso. Muy probablemente varias caerán, no solo por decisión del JNE, también porque quienes evalúen que no pasarán la valla electoral se retirarán de la contienda, amparándose en los últimos cambios a la ley de partidos hechos por el Congreso, que increíblemente permiten mantener el registro a pesar de no participar en dos elecciones generales sucesivas. Esto nos lleva a señalar la irresponsabilidad del Congreso. Si el Jurado está todavía viendo objeciones a candidaturas es porque el Congreso no aceptó la propuesta de cambiar los plazos de convocatoria a elecciones y de inscripción de candidaturas, por ejemplo.

El Jurado Electoral Especial de Lima (JEE) excluyó a César Acuña del proceso electoral por haber violado el nuevo artículo 42 de la ley de organizaciones políticas, parte de las últimas modificaciones. Legalmente, creo que Acuña prácticamente no tiene salida: la ley señala expresamente que si entregas dinero en campaña la sanción es la exclusión del proceso. Al mismo tiempo, me parece que la sanción es desproporcionada e injusta, porque la única sanción prevista es la exclusión, cuando debería haber una gradualidad en las mismas. Se desdeña el derecho a la participación y la representación política, lo que nos lleva nuevamente a la irresponsabilidad del Congreso.

El caso de Guzmán es ambiguo, pero la manera en la que el JNE lo ha manejado ha sido terrible. Primero, el 15 de febrero el JNE declaró improcedente la inscripción del estatuto de Todos por el Perú (TPP) y del Tribunal Nacional Electoral que organizó el proceso que lo eligió como candidato, basándose en consideraciones excesivamente formalistas. Es evidente que la voluntad de los miembros de ese partido es que Guzmán sea candidato, por lo que tiene sentido que los problemas formales de una asamblea se puedan subsanar en otra posterior, si todos están de acuerdo. Así lo interpretó el JEE el 24 de febrero cuando aceptó la inscripción de la candidatura de Guzmán. Increíblemente, el 3 de marzo, al responder al pedido de tachas, el JEE se desdice, y acepta el criterio del JNE del 15 de febrero. Su justificación es que la decision del JNE de ese día fue objetada, y recién fue resuelta el mismo 24 de febrero, por lo que no pudieron tomarla en cuenta en la decisión que hicieron pública ese día. Aparentemente, en el JEE no siguen las noticias ni en diario, ni televisión o radio. Al formalismo se añade la incoherencia, lo que abre la puerta a especulaciones y suspicacias.

Queda la esperanza, aunque remota, de que en los próximos días el JNE, al evaluar la candidatura de Guzmán, y no el tema de sus estatutos, privilegie el derecho a la participación por encima de formalidades subsanables. Y todavía están pendientes las objeciones a sus listas al Congreso, lo que nos lleva a otro tipo de problemas.

Moraleja: urge una reforma política en serio a partir del 28 de julio.

lunes, 29 de febrero de 2016

¿De qué se trata esta elección?

Artículo publicado en La República, domingo 28 de febrero de 2016

Analizar y hacer previsiones respecto a las elecciones en el Perú es tremendamente difícil porque, del lado de los votantes, prácticamente no existen lealtades, por el escaso nivel de información e interés en la política, y porque “sociológica-mente” somos un país atravesado por múltiples clivajes (económicos, regionales, culturales, políticos), y procesos de cambio que no se llegan a consolidar, por lo que coexisten elementos viejos y nuevos en un escenario de transición permanente. Esto hace que los temas de interés o preocupación puedan también ser muy cambiantes. Del lado de los candidatos, no existen partidos, la oferta cambia de elección en elección, e incluso al interior de la misma. Y finalmente, siendo las cosas así, las campañas importan mucho. La base sociológica puede asumir diferentes formas según la naturaleza de la ofertas y voluntades políticas.

Las elecciones de 2000 y 2001 tuvieron como tema central a la institucionalidad democrática. El autoritarismo, la corrupción y el desmontaje de su herencia, consecuencia de la crisis y caída del fujimorismo. Y apareció un Alejandro Toledo capaz de encauzar buena parte del magma de esos años. 2006 y 2011 fueron elecciones “socio-económicas” (la primera más, la segunda menos, pero también); el país creció, pero había insatisfacción porque sus beneficios no eran evidentes para todos; además, en toda la región se vivía el “giro a la izquierda”. Así, de un lado apareció un candidato que representaba la continuidad, y al frente Ollanta Humala encauzó las aspiraciones de cambio.

No hace mucho se pensaba que la elección de 2016 sería similar a las dos anteriores. K. Fujimori, Kuczynski, García, Toledo, aspiraban a encauzar el voto conservador de los entusiastas del crecimiento, y la pregunta era quién encarnaría el voto del descontento, cuyo tamaño se estimaba menor que en la elección anterior, pero importante, y en capacidad de enfrentar competitivamente a un voto de derecha disgregado. Una corrección de este argumento señalaba que un producto inesperado del crecimiento, la inseguridad, definiría esta elección. Sin embargo, inesperadamente, nos vamos dando cuenta de que es algo así como una demanda por renovación política la que resulta siendo central (hasta ahora) en esta elección. Como que estamos pagando la factura de los enfrentamientos, acusaciones, denuncias y escándalos en los que nos enfrascamos en los últimos años. Resulta que buena parte de los ciudadanos están hartos de eso, e instintivamente buscan candidatos alejados de todo ello; por ello Kuczynski, García y Toledo estarían a la baja. No Keiko, en tanto ella se presenta como la versión renovada del fujimorismo. Acuña, de una “raza distinta” encarnó por un momento esa aspiración, pero al revelarse que compartía con los “otros” las mismas mañas, se desinfló. Ahora es Guzmán quien encarna el ansia de novedad. Y un poco Mendoza y Barnechea, no por ser de izquierda o de Acción Popular, sino por aparecer como nuevos, aunque no lo sean.

Convicciones y realismo político

Artículo publicado en La República, domingo 21 de febrero de 2016

El 20 de diciembre se realizaron las elecciones en España, y las perspectivas para formar gobierno se siguen viendo extremadamente difíciles. El partido de derecha, el Partido Popular, obtuvo menos votos que en las elecciones anteriores de 2011, pero sigue siendo la primera minoría; el Partido Socialista igual, pero es la segunda fuerza política. Partidos emergentes, que expresan la insatisfacción con el bipartidismo tradicional, como Podemos y Ciudadanos, si bien han crecido impresionantemente, solo pueden ser socios de los partidos tradicionales para formar gobierno. Los resultados marcan un contraste impresionante entre la política de la convicción y el realismo. Durante la campaña electoral, los grupos nuevos se presentan como impolutos, a diferencia de los desgastados tradicionales, y ajenos a lógicas que impliquen negociación, búsqueda de acuerdos, concesiones con los adversarios. Pero no parece existir otra salida.

De otro lado, resulta fascinante la confrontación entre Hillary Clinton y Bernie Sanders por ganar la candidatura presidencial del Partido Demócrata (la otra, entre Donald Trump, Ted Cruz y Marco Rubio es interesante desde otro punto de vista: la conquista de un sentido común extremadamente conservador y tradicionalista. El populismo de Trump es desaforado y extremo aún para estándares latinoamericanos, pero ese es otro tema). Sanders expresa bien el descontento frente a un sistema político oligarquizado, maniatado por el poder del dinero, e incurre en retóricas populistas de izquierda, muy eficaces hasta el momento. Clinton pretende asumir el ansia de cambio detrás de Sanders, pero llevándolo por los cauces del realismo, el pragmatismo, la experiencia. Los cambios solo serían posibles gracias a las artes de la persuación, de la negociación, del compromiso. Sanders difícilmente podría arrastrar la maquinaria demócrata, menos derrotar al candidato republicano, y aún menos gobernar ante un Congreso probablemente adverso. Sin embargo, el rechazo al establishment se está revelando tan alto que Sanders parece estar ganando credibilidad y viabilidad muy rápidamente. ¿Ganará la convicción o el realismo?

En nuestro país no estamos tan alejados de este tipo de dilemas. Uno mira las encuestas y no puede dejar de sorprenderse porque la hija del expresidente encarcelado, responsable penal por asesinatos y actos de corrupción, responsable político por haber construído un régimen autoritario con el que se cerró el Congreso, se violó los derechos humanos, se acabó con el equilibrio de poderes, se hostigó a los opositores, se controló a la prensa y un largo etcétera, encabece las encuestas de intención de voto (ciertamente hay otros aspectos de su legado que explican ese respaldo). Como señalaba Santiago Pedraglio hace unos días, se perfila un Congreso en el que el fujimorismo podría tener más de 50 parlamentarios, con una segunda fuerza política con 25-30. Esto pone en el centro del debate los términos de la coexistencia con el fujimorismo.

Bolivia y Perú

Artículo publicado en La República, domingo 14 de febrero de 2016

De vuelta a nuestros debates electorales en Lima después de pasar unos días en La Paz, Bolivia, es interesante pensar en algunas similitudes y diferencias. En Bolivia el domingo 21 de este mes se realizará el referendo con el cual el gobierno propone cambiar la Constitución Política para permitir una segunda reelección consecutiva. De ser aprobada, al terminar su actual mandato en 2020, Evo Morales podría postular nuevamente hasta el 2025 (no olvidemos que está en el poder desde 2006).

¿Cómo comparar nuestros países? En su último libro, Alberto Vergara (La danza hostil. Poderes subnacionales y Estado central en Bolivia y Perú, 1952-2012; Lima, IEP, 2015), utiliza como eje la cambiante importancia del conflicto territorial a lo largo del tiempo. En la década de los años cincuenta el centro no enfrentaba desafíos regionales significativos en Bolivia, mientras que sí en Perú; a lo largo del tiempo, la situación se invierte. Son las regiones la clave de la oposición a Morales, mientras que en Perú el centro limeño aparece apabullante, sin desafíos efectivos desde poderes provinciales. En esto cuentan muy fuertemente cambios socioeconómicos y demográficos, pero también la acción de liderazgos políticos.

En Bolivia las encuestas hasta el momento dibujan en empate técnico entre el “sí” (a la reforma) y el “no”, siendo llamativo que el respaldo al “sí” es más fuerte en las regiones andinas de La Paz y Oruro, mientras que el “no” lo es las orientales de Santa Cruz y Tarija. Pero es una elección muy disputada, en la que “no” ha logrado imponerse en la andina Potosí, y el “sí” en las orientales del Beni y Pando. Lo más interesante es que, existiendo una suerte de “clivaje territorial”, este no necesariamente se expresa en preferencias electorales claras. Es decir, si Evo Morales no fuera candidato, ¿a dónde se irían los votos del “sí” y del “no”? Allí cunde la diáspora total. Ni en el oficialismo ni en la oposición aparecen liderazgos claros, y allí está una de las claves para entender los resultados del 21 y el futuro de Bolivia.

En nuestro país también parece confirmarse la fortaleza del poder central en desmedro de las regiones. Si bien en las elecciones del 2006 y 2011 pareció darse un cuestionamiento desde las regiones al poder limeño a través de la votación por Ollanta Humala, esta vez Keiko Fujimori, Julio Guzmán y César Acuña tienen una intención de voto bastante pareja en todo el país. Y Kuczynski y García tienen más apoyo en Lima que en el conjunto. Los antiguos votos “humalistas” han sido subsumidos por candidatos que recogen preferencias “nacionales”, por así decirlo, que si bien quieren cambios, no necesariamente un cambio de sistema. Cabe entonces preguntarse cuán correctas fueron las lecturas que pusieron énfasis en la fortaleza y continuidad de conflictos históricos de clase, regionales y étnicos en el Perú; ellos existen, pero se politizan de maneras muy diferentes, según los liderazgos políticos y las coyunturas específicas.

César Acuña

Artículo publicado en La República, domingo 7 de febrero de 2016

Cuando empezaron los cuestionamientos al candidato presidencial César Acuña (infidelidades, violencia doméstica, denuncia por violación, sexo “consentido” con menores de edad, diversos procesos penales consecuencia de su gestión como alcalde y gobernador regional), este parecía estar suficientemente “blindado”. El testimonio de la esposa parecía dudoso en medio de un proceso de divorcio y separación de bienes, la denuncia de violación fue retirada, una relación consentida con una menor de edad podía ser vista como un “error”, a decir de su aliado Humberto Lay, ningún proceso abierto había llegado a alguna condena. Además, uno podía suponer que, habiendo Acuña derrotado al APRA en Trujillo y en La Libertad, habría ya sobrevivido a la “trituradora” de ese partido, con lo cual su camino parecía libre de nuevas acusaciones. Ahora descubrimos que la maquinaria aprista no fue eficaz, acaso por las mismas contradicciones internas que explican su declive frente a Alianza para el Progreso en el otrora “sólido norte”, o que el nivel de exigencia en el ámbito nacional es mucho mayor que en el regional o local. Quienes antes optaron por un “perfil bajo”, como el profesor Otoniel Alvarado, hoy se ven obligados a denunciar las mentiras de Acuña.

Pero las verdaderas complicaciones para Acuña se han dado con las denuncias con pruebas contundentes de fraude, plagio y de apropiación alevosa de obras ajenas. Plagio en la tesis doctoral, en las dos tesis de maestría, irregularidades en la obtención del título profesional, apropiación y mentira al presentarse como autor de un trabajo ajeno, la invención (que involucra a la Universidad César Vallejo) de la insólita figura de una coautoría que luego se divide entre los autores individuales. La avalancha de denuncias y evidencias es demoledora, más para quien se presenta como un abanderado de la educación y líder de un poderoso consorcio universitario.

A estas alturas, la discusión sobre los efectos electorales de las denuncias ha quedado definitivamente atrás. La avalancha de descalificaciones que vendrá a cuentagotas de las universidades Complutense, de Lima, Los Andes, de Trujillo, de INDECOPI, del Tribunal de Honor del Pacto Etico Electoral del JNE, de la Fiscalía, y otros me parece que harán imposible para Acuña hacer una campaña mínimamente creíble. Para los pasajeros de la combi, es hora de pensar en una estrategia de salida. Para Acuña el tema ya no es la segunda vuelta, sino asegurar la continuidad de sus negocios universitarios. Por ello los Acuña se han visto obligados a desligarse del manejo de la U. César Vallejo, pedir disculpas a estudiantes y docentes, iniciar un proceso de reestructuración, y poner a disposición los cargos de todas las autoridades ante la nueva Presidenta Ejecutiva, Beatriz Merino (¿no había renunciado?).

Deberíamos también poner el ojo sobre otros cuestionables dueños o promotores de universidades y diversos partidos: Julio Rosas, José Luna, Fidel Ramírez, entre muchos otros…

¿No hay alternativa?

Artículo publicado en La República, domingo 31 de enero de 2016

Conforme avanza esta campaña, y se percibe que los candidatos que encabezan las encuestas de intención de voto son incapaces de generar entusiasmo (están estancados o caen), podría abrirse espacio para algún candidato emergente. En las últimas elecciones, pese a que siempre se habló de elegir “el mal menor”, hubo también un candidato que encarnaba la novedad y la esperanza. Ese candidato fue Alejandro Toledo en 2001 y Ollanta Humala en 2006. En 2011 empezó a percibirse el agotamiendo en la generación de ofertas políticas: Keiko Fujimori no era una novedad sino la vuelta del pasado, Humala perdió su calidad de outsider, y los otros eran políticos ya conocidos. En esta elección, hasta el momento, la “novedad” es César Acuña, entre comillas porque ha sido dos veces congresista y alcalde, gobernador regional, y lidera un partido que participó en las elecciones generales de 2006 y 2011.

Si bien votar por figuras consolidadas asegura, como dice Lourdes Flores, “experiencia y liderazgo”, las mismas arrastran inevitables “mochilas pesadas” con todo tipo de piedras. Pero optar por las nuevas implica riesgos. La elección de Alberto Fujimori en 1990, por supuesto, es el primer y más emblemático ejemplo. Llama por ello la atención que algunos estimados colegas que apoyaron a Fujimori en 1990 y a Humala en 2011, y luego se sintieron “traicionados”, minimicen hoy las denuncias contra Acuña. O que antifujimoristas furibundos de ayer como Anel Townsend defiendan hoy con ardor a un personaje que recuerda tanto a Fujimori. El fraude en los grados académicos de Acuña es muestra elocuente de que estamos ante un personaje dispuesto a todo para conseguir lo que quiere. Es lo que consagró Alberto Fujimori como sentido común en la década de los noventa: en nombre los fines, todos los medios son válidos. Golpe de Estado, escuadrones de la muerte. Por supuesto el contexto es otro, pero la lógica es igual: fraguar grados académicos para construir un consorcio universitario, usar la universidad como soporte de campaña política, gobernar con estrategias clietelísticas. También es igual el desparpajo: exhibir “la yuca” como símbolo, “plata como cancha” como lema. Convertir el vicio en virtud.

El affaire Acuña debe servir para llamar la atención sobre las “mochilas” de los candidatos y qué responden frente a ellas. Los sentenciados y procesados por delitos diversos en la lista congresal de K. Fujimori, los conflictos de interés con PPK, los múltiples problemas de corrupción durante el último gobierno de García, los cuestionamientos a las finanzas del Toledo. Lo insatisfactorio de sus respuestas podría abrir espacio para el crecimiento de alguno de los candidatos hoy pequeños, como Julio Guzmán, Verónica Mendoza o Alfredo Bernechea, cuya credibilidad y confiabilidad todavía está por demostrarse. Lo interesante es que los líos de Acuña podrían ayudar a poner la honestidad en el centro de la campaña. Los electores están también cansados de la mentira y de la corrupción.

Control de daños

Artículo publicado en La República, domingo 24 de enero de 2016

A estas alturas, podemos afirmar que el saldo que queda de las diferentes iniciativas de reforma política aprobadas por el Congreso es el de un terrible retroceso. El poder ejecutivo observó las últimas modificaciones, y el Congreso insistió en su propuesta, logrando aprobarlas. La última línea de defensa para evitar el desastre es el Jurado Nacional de Elecciones. La salida no es la convocatoria a una legislatura extraordinaria, porque es el propio Congreso el responsable de este entuerto. El Jurado está defendiendo, con buen criterio, el principio de no retroactividad de las leyes. Por ejemplo, con las modificaciones se amplía el plazo para presentar renuncias a un partido para postular por otro. Esto resulta afectando a quienes renunciaron oportunamente dentro de los tiempos establecidos por la ley vigente, así que es claro que los cambios vulneran un principio constitucional.

El problema más serio es que podemos terminar exactamente en el punto contrario al que queríamos llegar. Si la intención de la reforma era tener menos partidos, pero más fuertes y representativos, tomando como referencia el voto ciudadano, podemos terminar perpetuando la existencia de muchos partidos débiles, apenas membretes que se negocian en el mercado electoral. En primer lugar, está la disposición que señala que no participar en dos elecciones generales sucesivas (no una, como estaba establecido) es causal de pérdida de registro. Al mismo tiempo, se eleva la valla electoral para las alianzas de 0.5 a 1% de los votos por cada miembro adicional. Y tercero, se eleva del 3 al 4% del padrón electoral el número de firmas necesario para inscribir un partido político. Combinadas estas tres cosas, el resultado es catastrófico.

Lo único bueno de la orgía de candidatos presidenciales en esta elección es que pocos superarán la valla electoral del 5%, de modo que podríamos tener una buena depuración, y alguna base para pensar en una reforma política en serio, como la que hemos propuesto como parte de la Asociación Civil Transparencia, por parte del próximo Congreso. Pero si no participar en elecciones no tiene sanción, entonces en las próximas semanas quienes evalúen que no pasarán la valla se retirarán para no perder la inscripción, burlando la voluntad de los ciudadanos. Peor aún, quienes hayan forjado alianzas, haciendo un esfuerzo de agregación, serán castigados por la elevación de la valla; los incentivos totalmente al revés. Y para terminar de coronar este despropósito, resulta que los actuales grupos pretenden monopolizar la representación, elevando el número de firmas necesario para inscribir nuevos partidos. En otras palabras, la perpetuación del desastre que tenemos.

La salida es que el Jurado no aplique las modificaciones a la ley de partidos. Este proceso electoral se convocó con unas reglas, con esas reglas es que los partidos tomaron decisiones y diseñaron estrategias, y cambiarlas implica aplicar retroactivamente la ley, lo que resulta inconstitucional.

lunes, 18 de enero de 2016

50 años pensando el Perú, en línea


Estimados, acaba de salir publicado en línea el libro que publicamos en el Instituto de Estudios Peruanos por nuestro 50 aniversario, del cual soy editor y coautor. El texto puede ser descargado desde nuestra Biblioteca Virtual, dentro de la Serie "Perú Problema", también desde aquí. Saludos.

Transfuguismo y carreras políticas

Artículo publicado en La República, domingo 17 de enero de 2016

En nuestro país tenemos partidos sin políticos, pero también políticos sin partido. Es decir, no se consolidan organizaciones partidarias, reducidas a poco más que etiquetas que sirven para postular a elecciones, pero sí hay muchos esfuerzos individuales por construir carreras políticas. Si uno mira los espacios regionales, provinciales y locales, encontraremos una suerte de protoelite política, un conjunto de personajes que intentan construir una carrera de elección en elección o de cargo en cargo, en un contexto de altísima mortalidad. Como ha señalado Steve Levitsky hace unas semanas, a estos políticos casi les resulta inevitable postular a lo largo del tiempo a través de diferentes etiquetas. Algo de eso ocurre también en el ámbito limeño – nacional.

Sin embargo, necesitamos profundizar en el análisis del desarrollo de estas carreras. Para empezar, para estar en política se necesita, mínimamente, representar “algo”. Ya sea algún grupo de interés, alguna causa, perfiles, valores. Dependiendo de qué sea, algunos vehículos resultan mejores que otros, o indiferentes, o contraproducentes. Así por ejemplo, Humberto Lay y su partido representa a los evangélicos, y no resulta extraño verlo en 2011 en alianza con Pedro Pablo Kuczynski, y ahora con César Acuña. Mercedes Aráoz representa a una tecnócrata liberal eficiente, y no extraña que siendo ministra de Alan García, hoy postule con Kuczynski.

La imagen construída resulta entonces el principal activo de un político. El atractivo de la misma te permite entrar al mercado político y acceder a mejores posiciones dentro de grupos con mejores opciones. Anel Townsend con César Acuña o Vladimiro Huaroc con Keiko Fujimori hacen una suerte de upgrade desde Perú Posible y Fuerza Social, respectivamente, huyendo de la desaparición que tendrían si postularan con esos grupos. Son convocados porque resultan útiles para las estrategias de quienes los llaman; hacen giros que ciertamente comprometen sus trayectorias, pero confían en que siendo congresistas o teniendo algún cargo público podrán seguir siendo figuras atractivas. La alianza entre el APRA y el PPC junta elementos en principio contradictorios, pero para el PPC resulta una manera de asegurar su sobrevivencia, y para el APRA el intento de dar impulso a una candidatura estancada.

Finalmente, están quienes incineran su capital político en aventuras sin mayor sentido, tanto para los políticos como para los partidos. Susana Villarán al lado de Urresti mancha casi irremediablemente una larga trayectoria a cambio de nada; y el Partido Nacionalista pierde, no gana votos (digamos que la desorientación de Villarán es compartida por Nadine Heredia). Nano Guerra destruye como candidato de Solidaridad Nacional cualquier asomo de credibilidad que podría haber tenido. Y a Luis Castañeda esto no le preocupa, porque Solidaridad Nacional es solo una etiqueta que en algún momento le sirvió, y ahora le resulta casi una carga. Seguro encontrará otra etiqueta más adelante.

El octavo ensayo

Artículo publicado en La República, domingo 10 de enero de 2016

El libro de Aldo Mariátegui (considerado por la última “Encuesta del Poder” uno de los “analistas políticos” más influyentes del país) fue el más vendido en la Feria Ricardo Palma en diciembre pasado. Se trata de El octavo ensayo (Lima, Planeta, 2015).

El autor declara en la introducción que escribió el libro porque “aborrece” y “detesta” a la izquierda; el propósito del mismo sería denunciar su responsabilidad en los grandes males que han asolado al país en las últimas décadas. En estas páginas encontramos al desaforado Mariátegui que solemos leer en Perú 21. Sin embargo, el grueso del libro tiene otro tono y sentido: consiste en una suerte de crónica de la historia de la izquierda en el Perú. El primer capítulo se centra en José Carlos Mariátegui como fundador de las ideas socialistas, y los dos siguientes en la “desmariateguización” del Partido Comunista, en el surgimiento de la “nueva izquierda” y las experiencias guerrilleras. El cuarto, el más extenso, trata centralmente sobre el gobierno militar. La crónica de Mariátegui está marcada por supuesto por su particular punto de vista y estilo, pero me atrevería a decir que no está demasiado alejada del “estado de la cuestión” construido desde las ciencias sociales sobre esos temas. Digamos que estamos ante un Mariátegui más serio y profesional, en donde su aporte está acaso en las anécdotas y chismes que sazonan el relato. Este último capítulo termina con unas páginas sobre el devenir de la izquierda desde la transición democrática hasta la actualidad, en las que reaparece el pugnaz columnista diario.

La contradicción central del libro a mi juicio es que el odio de Mariátegui hacia la izquierda no se deduce en realidad de la crónica que él mismo hace. El origen del problema está en el uso impreciso del término “izquierda”. En la introducción ella engloba un conjunto muy amplio e impreciso de ideas que van desde el marxismo al nacionalismo y al intervencionismo estatal, desde ideas liberales asociadas a la defensa de los derechos humanos y a la contemporánea “corrección política” hasta el ecologismo radical. De allí que la izquierda peruana aparezca como una entidad con enorme poder e influencia, responsable de las crisis económicas, políticas y de la violencia política que sufrió el país (y padeció el autor) en los últimos años.

Sin embargo, la propia crónica del autor sigue un relato más preciso, que define a la izquierda desde su relación con la tradición marxista. Desde este ángulo, la izquierda peruana es más bien marginal, subordinada al APRA primero y al velasquismo después. Y en la década de los años ochenta no llegó al gobierno nacional. El principal causante de la mayoría de los males que denuncia Mariátegui es en realidad el populismo, del que se ocupa en su crítica al velasquismo, pero del que llamativamente poco dice en cuanto a su manifestación en el primer gobierno de Alan García.

Aunque tarde, me sumo a la campaña: ¡libertad para los presos políticos en Venezuela!

2016 – Desdramatizar

Artículo publicado en La República, domingo 3 de enero de 2016

En la última columna del 2014 especulábamos sobre un 2015 que se nos haría largo, atrapados entre un gobierno de salida sin mayores iniciativas, y la postergación del inicio propiamente dicho de la campaña electoral de 2016. En cuanto a lo primero, resultó que el gobierno sí tuvo cierto impulso reformista; en educación, interior, ambiente, producción, transportes y otras áreas los ministros respectivos empujaron iniciativas relevantes, pero que no marcaron la agenda pública, tomada excesivamente por las agendas de la primera dama. Una lástima. En cuanto a lo segundo, en efecto, el panorama preelectoral no tuvo muchas sorpresas, salvo la aparición de César Acuña como serio aspirante a ganar la presidencia.

¿Qué se podría preveer del 2016? Después de la presentación de las primeras 17 “planchas” presidenciales ha cundido en algunos sectores un profundo desánimo. Mientras que del centro a la derecha la oferta es abundante y con candidaturas con opciones significativas de triunfo, del centro a la izquierda hay más bien una diáspora de candidaturas poco viables. A diferencia de las elecciones de 2011, 2006 y 2001, en las que la candidatura de Ollanta Humala y antes la de Alejandro Toledo de alguna manera representaron a estos sectores, esta vez hay un notorio vacío que explica esa sensación.

A pesar de esto, habría que desdramatizar un poco. En realidad, si uno considera los cinco candidatos que aparecen encabezando las encuestas, hay relativa certeza de qué es lo que pasaría con sus eventuales gobiernos. Solo con César Acuña existe un margen preocupante de imprevisibilidad, aunque también acotada. En general sabemos que tendremos gestiones relativamente parecidas a las que hemos tenido en los últimos tres gobiernos: con cierta orientación general pro mercado, con algunas iniciativas sectoriales destacables, con otras con estancamientos o retrocesos lamentables. Con problemas serios de gestión política, consecuencia de la falta de cuadros suficientes con experiencia necesaria, de la falta de implantación en el conunto del país. Con metidas de pata desconcertantes, con iniciativas que luego son descartadas, algunas de ellas por la movilización y oposición ciudadana. Con muchos ministros independientes, que podrían haber sido ministros con cualquiera de los candidatos perdedores, y que podrían haber sido ministros con cualquiera de los gobiernos anteriores. Con escándalos salpicados por aquí y por allá, involucrando a congresistas del oficialismo y la oposición, a alguno que otro ministro o asesor presidencial.

El juego electoral ha devenido en los últimos años en un juego de apariencias, que no define en el fondo el rumbo de las políticas públicas y de las decisiones de Estado, para bien y para mal. En realidad, me parece que interesa menos quién gane, mucho más cuánta capacidad tendrá la sociedad de vigilar, presionar, incidir, controlar, movilizarse. En los últimos años, esto es lo que en realidad ha funcionado para limitar los excesos del poder.

Sobre las “planchas”

Artículo publicado en La República, domingo 27 de diciembre de 2015

Mucho que comentar sobre la reciente inscripción de “planchas” presidenciales.

De un lado, distinguiría las alianzas partidarias de los “jales” individuales. Las primeras, por basarse en lógicas colectivas, tienen un carácter ligeramente más institucional. Digo ligeramente porque algunas son puramente oportunistas, como la de Solidaridad Nacional con Unión por el Perú, o la de Restauración Nacional con Alianza para el Progreso. Otras son fruto de un interés entendible, pero difícil de justificar, como la del APRA y el PPC. García busca relanzar una candidatura que no despega apoyándose en el aura de republicanismo que vagamente puede reconocerse todavía en el PPC, mientras que para este de lo que se trata es de simplemente subsistir, en un contexto en el que otros (Pedro Pablo Kuczynski) no quisieron recibirlos. Lo que es desconcertante es que Lourdes Flores haya aceptado ser la abanderada de esto, en una suerte de autosacrificio ritual digno de mejor causa. Es necesario destacar la actitud de Marisol Pérez y Alberto Beingolea: es posible discrepar con una decisión partidaria, ponerse al margen, pero no terminar como tránsfuga en alguna otra agrupación.

Respecto a los “jales”, en principio buscan equilibrar o compensar limitaciones de la figura presidencial; y del lado de los acompañantes, la ganancia es vincularse al poder, por supuesto. Las “planchas” de K. Fujimori, Kuczynski, Acuña y García siguen claramente esa lógica. Toledo, por el contrario, elocuentemente, se encerró dentro de su entorno más inmediato. En cuanto a las candidaturas menores, ellas pueden tener sentido como intentos de posicionamiento para proyectos de largo plazo, o dentro de lógicas no electorales. Pero algunas han seguido lógicas muy extravagantes: por ejemplo, ¿qué gana Solidaridad Nacional con Nano Guerra? Y ¿cómo así Guerra podría consolidar una carrera política intentando primero ser candidato presidencial de Fuerza Social, luego candidato de la izquierda, luego del partido de Yehude Simon, para terminar del brazo de la “revocadora” Patricia Juárez? De otro lado, en cuanto al Partido Nacionalista, la candidatura de Urresti es claramente favorable para él en función a sus intereses de defensa judicial, así como su asociación con Villarán (no así para sus intereses electorales), pero no es para nada evidente que esto le sirva de alguna manera al nacionalismo o a Villarán. El discurso del presidente Humala tiene poco o nada que ver con el de Urresti, y en cuanto a Villarán, es patética su desorientación política, que la lleva a destruir su muy escasa credibilidad política a cambio de nada (¿realmente cree que entrará al Congreso?).

Finalmente, la izquierda. La diáspora la afecta colectivamente. Un día asistimos al anuncio de una amplia unidad (¿se acuerdan del CPUFI?) y otro día tenemos la diáspora total. En medio de esto la candidatura de Verónika Mendoza sufre un poco menos, pero su plancha es buena para reafirmar a los conversos, no para ganar los votos que necesita.

¿Una nueva derecha en América Latina?

Artículo publicado en La República, domingo 20 de diciembre de 2015

En las últimas semanas se ha comentado mucho sobre los resultados de las recientes elecciones en Argentina y Venezuela. En este artículo quiero explorar si estamos ante la posibilidad del surgimiento de una “nueva derecha” en algunos de nuestros países.

Históricamente, uno de los grandes problemas para la democracia en algunos de nuestros países ha sido la ausencia de partidos de derecha con capacidad de competir eficazmente en el terreno electoral. Partidos identificados con intereses elitistas y excluyentes no son por supuesto capaces de ganar muchos votos, y terminaban subordinados ante partidos populistas o de izquierda. Para los sectores conservadores, el juego democrático aparecía como amenazante para sus intereses, por lo que solían recurrir a la promoción de golpes militares. El caso peruano durante gran parte del siglo XX es emblemático de esta situación: la derecha no podía competir eficazmente como contrapeso al APRA, lo que terminaba en gobiernos militares o en la exclusión del APRA y de los partidos de izquierda. En Argentina y Bolivia podría decirse algo similar, con el predominio del peronismo y del nacionalismo revolucionario. Por el contrario, lo que tienen en común países con más tradición democrática como Chile, Uruguay, Colombia o Costa Roca es contar con partidos de derecha capaces de ganar elecciones (partidos como el Nacional, Blanco, Conservador o Social Cristiano en esos países). Para ello, sintonizar de alguna manera con los intereses populares resulta imprescindible, con una combinación de políticas asistencialistas y de defensa de valores tradicionales.

En Argentina, históricamente, la derecha no ha sido significativa electoralmente, en medio de una tradición con cierto perfil bipartidista peronista – radical. La derecha aparecía más bien como extremadamente conservadora y excluyente. En Venezuela, la oposición al chavismo tuvo importantes sectores que optaron por el camino de la pura confrontación, el boicot y la búsqueda de un golpe de Estado. En las recientes elecciones encontramos sin embargo un nuevo discurso: en el que no solo se habla de respeto a las libertades y la promoción del mercado, también uno en el que se reconocen como problemas centrales la desigualdad y la injusticia social, y en donde la inclusión y los programas sociales resultan fundamentales, donde los nuevos grupos aseguran no solo que no se perderán los avances registrados en los últimos años bajo gobiernos de izquierda, sino que se avanzará aún más. Si estas derechas han triunfado no es por la hegemonía de ideas libertarias, sino porque en medio de la crisis aparecen mejor preparadas para asegurar el bienestar de la población.

¿Y en nuestro país? ¿Cuánto ha calado un nuevo sentido común más social entre nuestros grupos de derecha? El fujimorismo parecería mejor perfilado para intentar convertirse en esa “nueva derecha” pero para ello tendría que reinventar su identidad y dejar de ser la simple proyección del pasado.

martes, 15 de diciembre de 2015

¿Quién es Ollanta Humala?

Artículo publicado en La República, domingo 13 de diciembre de 2015

Muchos asistentes en la última CADE comentaron que la presentación que hiciera el presidente Ollanta Humala fue una de las mejores que haya tenido en los últimos tiempos. Transmitió convicción, confianza, firmeza, propósito. Yo diría que transmitió contar con una identidad, hacía tiempo perdida. Y muy diferente a la que se imaginó tener al inicio de su mandato.

Humala ganó las elecciones buscando hacer la “Gran Transformación”, morigerada por la necesaria “Hoja de ruta”. Rápidamente las circunstancias lo convencieron de que el giro táctico debía convertirse en eje de una nueva identidad. Teniendo que optar entre sus convicciones primigenias, los aliados que lo habían acompañado, y los cambios que le imponía el gobernar, optó por lo segundo. Fue como decidir amputarse el brazo izquierdo, y acaso se convenció de que hacerlo era un acto de valor y responsabilidad castrense; en el convencimiento de que esto era justo y necesario Nadine Heredia cumplió un papel fundamental. Con todo, la dupla Castilla – Trivelli, estabilidad y crecimiento más política social e inclusión, que le funcionó en los dos primeros años, le daban todavía un vínculo con su antigua identidad. Pero a partir del tercer año de gobierno, después del fracaso de la apuesta por César Villanueva en el Consejo de Ministros, al presidente empezó a percibírsele como perdido, y entonces el papel de Nadine Heredia se hizo más preponderante. Y desde entonces, los errores e intromisiones de esta hicieron que dejara de cumplir un papel estabilizador, sino de debilitamiento del gobierno.

Recién en el ultimo año de gobierno, cuando el presidente crecientemente asume el perfil de un lame duck, al que prácticamente no vale la pena golpear porque deja de ser un actor relevante, cuando Humala debe pensar más bien en su futuro como expresidente, este parece haber descubierto una inesperada identidad: el presidente de las reformas tecnocráticas. De lo que se trata ahora es de mantener las políticas sociales de combate a la pobreza, la reforma magisterial, la reforma de la policía, la reforma del servicio civil, la estabilidad macroeconómica, el plan de diversificación productiva. Inesperadamente, el legado del gobierno de Ollanta Humala será un conjunto de reformas de “segunda generación”, que se ven amenazadas por lógicas efectistas y cortoplacistas. Además, esta nueva identidad le proporciona un discurso que le permite distinguirse de propuestas asociadas a la corrupción y la destrucción institucional, del populismo económico, del “piloto automático” de gobiernos anteriores. En el último CADE, por ello, todos los ministros de Estado y el propio presidente Humala generaron una excelente impresión y aparecieron mucho más en sintonía con los desafíos futuros del país que los candidatos presidenciales.

Lástima que una muy mala gestión política y el “ruido político” asociado a este hayan impedido que el humalismo pudiera construir una alternativa, que efectivamente pone en riesgo las reformas que impulsó.

CADE cómo

Artículo publicado en La República, domingo 6 de diciembre de 2015

Las instituciones, diría que fue uno de los grandes temas de la CADE que terminó el viernes pasado. Desde la reiterada constatación de la disparidad entre los logros económico-sociales y el atraso en la dimensión institucional; hasta la evidencia de que no será posible seguir creciendo en el actual contexto “post-boom” sin reformas que enfrenten la corrupcción y la inseguridad. Desde Moisés Naím, llamando la atención sobre la importancia de reformar el Poder Judicial, hasta los pequeños empresarios que señalaron a la corrupción y a la arbitrariedad de la autoridad como el principal obstáculo para su desarrollo.

La gran pregunta es el cómo. Fue también Naím quien llamó la atención sobre el asunto, y avanzó en señalar que se deben establecer prioridades; habló de la importancia del liderazgo político y de la construcción de consensos. Permítanme seguir en la reflexión sobre el cómo, en una nota premeditadamente optimista y voluntarista.

En primer lugar, ningún candidato tiene en principio alguna idea fuerte respecto al tema (prácticamente no hablaron del asunto en la CADE); por lo tanto, no tienen tampoco en principio ninguna razón para oponerse. En tanto siga siendo un tema presente en la agenda pública (para lo cual la presión de la sociedad es la clave) se verán presionados a dar algún tipo de respuesta. Segundo, esas respuestas existen, y hay un importante grado de consenso sobre ellas entre las élites sociales, expresadas en la propuesta que presentara la Asociación Civil Transparencia. Ambos factores constituyen la “ventana de oportunidad” para las reformas (resulta clave debatir esa agenda en los primeros días del próximo gobierno, antes de que la ventana se cierre). Tercero: hay dos grandes caminos de reforma institucional; una lógica de big bang integral y omnicomprensivo, que seguramente será muy difícil de lograr. Pero también ocurren grandes cambios sobre la base de la acumulación de reformas puntuales, parciales, siempre y cuando se trate de esfuerzos persistentes y complementarios, y en tanto tengan valor “estratégico”: que vayan desencadenando dinámicas que lentamente hagan crecientemente costoso desandar el camino. Esto explica los avances que hemos realizado en los últimos años en educación y políticas sociales, por ejemplo.

¿Cuáles serían algunas de esas reformas estratégicas? Lanzo algunas de las 32 que presentó Transparencia en la CADE: la consolidación de la reforma del servicio civil, y su ampliación al Congreso y los ámbitos regionales y municipales; el cambio en las funciones de la Corte Suprema de Justicia, para que deje de ser última instancia procesal, y sea más bien un agente de reformas y fiscalización; cambiar la lógica de funcionamiento del Congreso, fortaleciendo bancadas y comisiones, por encima de individuos y reparto de cuotas de poder; y una reforma electoral que transparente el financiamiento privado, que establezca mecanismos de democracia interna y permita la eliminación del voto preferencial.

Paradojas políticas

Artículo publicado en La República, domingo 29 de noviembre de 2015

Según la reciente encuesta de GFK, “Los peruanos y la política”, un 50% de los peruanos se encuentra insatisfecho con la democracia. Ya sea porque son conformistas o porque ya perdieron la esperanza, resulta que a un 56% de los peruanos no les interesa la política. Este grupo mayoritario no está satisfecho con las opciones electorales principales, pero como no sigue los acontecimientos políticos, simplemente no se entera de que existen más y acaso mejores opciones. Así, si bien se demandan y esperan opciones políticas nuevas o renovadas, los electores no dan oportunidad para que ellas emerjan. Cerca a un 25% de los electores define su voto en la semana previa a la elección, centrando su atención en los candidatos con mayor visibilidad y opción de triunfo, y se termina votando por opciones que terminan ahondando la insatisfacción con la democracia y el desinterés en la política.

A favor de los electores desconectados, habría que señalar que quienes pretenden aparecer como nuevas opciones resultan siendo relativamente negligentes en su tarea política. Hacer política en un país con más de 20 millones de electores, en donde el interés en lo político es tan escaso, en donde los electores son tan desconfiados, y en el que los ciudadanos se informan mayoritariamente a través de medios a los cuales es difícil y costoso acceder (televisión, diarios, radio) y solo marginalmente a través de medios electrónicos más accesibles, requiere iniciativas de largo plazo, de amplia convocatoria, de recursos importantes; cualquier aspirante a outsider o underdog tiene que entender y asumir eso. La experiencia del gran número de aspirantes presidenciales incapaces de pasar la barrera del 1% en esta elección ha sido muy ilustrativa. Los electores buscan opciones que no conocen, y quienes ofrecen novedades se invisibilizan. No es casualidad que los cinco candidatos que hoy aparecen como protagonistas de las próximas elecciones estén donde están.

Otra dimensión de esta paradoja es que si bien los ciudadanos manifiestan aspiraciones de cambio y renovación, también en estas elecciones manifiestan gran preocupación por los problemas de inseguridad, y un 82% de los encuestados piensa que se necesita “mano dura” para gobernar. Esa “mano dura” acaso sea considerada como necesaria no solo para enfrentar la delincuencia, sino en general como una aproximación a los complejos problemas del país. Así, Ollanta Humala en los últimos años habría concitado un importante respaldo electoral no solo por perfilarse como una alternativa de izquierda o antisistema, sino porque siendo militar encajaba con la imagen de alguien decidido a “hacer lo necesario” para enfrentar las tareas necesarias para solucionar los problemas. Por esa razón, no debería uno sorprenderse de encontrar votantes humalistas optando por Keiko Fujimori en estas elecciones sin ningún sentido de contradicción. Se necesita mano dura, o cuando menos maña o experiencia, todo lo cual limita las opciones alternativas.