miércoles, 9 de junio de 2021

Confianza (2)


Artículo publicado en El Comercio, martes 23 de febrero de 2021 

La semana pasada escribí un artículo sobre cómo las recientes revelaciones acerca de la existencia y distribución de “vacunas adicionales” a las que eran parte de los ensayos clínicos de Sinopharm impactaban sobre la confianza en el país: entre nosotros como ciudadanos, y entre nosotros y nuestras autoridades. Sin embargo, el texto lo escribí antes de conocerse la información más impactante, que se ha ido conociendo a lo largo de los días.

No es novedad que en nuestro país hay corrupción, y serios problemas de justicia distributiva; problemas de exclusión y discriminación, y diferentes formas de “argollas” o redes a través de las cuales se preservan privilegios de manera indebida. Sabemos también que existe una amplia cultura de irrespeto a las normas, y la crítica a la “viveza criolla”, es ya un lugar común. Sabemos además que hay áreas del Estado percibidas como especialmente corruptas (Congreso, Poder Judicial); además, desde el caso lava jato confirmamos y desnudamos lo que también intuíamos: que empresas privadas financiaban campañas clandestinamente, que compraban favores e influencias en las altas esferas políticas, de las que obtenían grandes beneficios. Digamos que lo escandaloso del asunto era la impudicia del asunto, no tanto la novedad. Poco a poco asumimos la decepción por las promesas incumplidas de la “transición” posterior a la década del fujimorismo. Martín Vizcarra terminó siendo una decepción más dentro de una larga cadena; especialmente amarga porque, al igual que Alejandro Toledo, levantó explícitamente banderas de combate a la corrupción, de fortalecimiento de las instituciones democráticas, y pretendió presentarse como la encarnación de una nueva forma de hacer política. Sin embargo, ambos eran creaciones de la política sin partidos, sin instituciones, liderazgos personalistas e improvisados, por lo que, en el fondo, sus trayectorias no son tan inesperadas.

El problema a mi juicio con el escándalo suscitado con la existencia y distribución de las “vacunas adicionales” es que involucra a instituciones supuestamente “inoculadas” frente al mal general del manejo patrimonial del Estado y la falta de solidaridad y compromiso social. La Cancillería, áreas “de excelencia” del Ministerio de Salud, la Universidad Cayetano Heredia, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Y también a personalidades, investigadores, científicos, académicos, de larga trayectoria, prestigio y reconocimiento; está incluso el nuncio apostólico, “consultor en temas éticos”. Instituciones y personalidades formadas y habituadas en principio a seguir procedimientos y prácticas que aseguren una correcta ética profesional, un desempeño ético en la función pública. Todo esto dentro de un gobierno supuestamente dedicado a atender la emergencia sanitaria con la mayor diligencia y sacrificio. Si ellos nos fallan, ¿qué nos queda? Por ello es que este golpe ha sido tan duro.

Frente a este mazazo, no corresponde la respuesta cínica: en tanto todos serían corruptos, en tanto la ética, los principios y los valores no garantizarían nada, se legitimaría el “sálvese quien pueda, como pueda”. Nos igualamos todos hacia abajo. No: lo que corresponde es redoblar la apuesta por la transparencia, los controles, los protocolos, la formación en ética y valores. La moraleja es que se trata de una tarea difícil, permanente, que tiene que estar sujeta a constante revisión autocrítica. En un reciente sondeo preliminar de In Target, resulta que un 23% de los encuestados declara que se habría vacunado antes que los demás si le hubieran ofrecido esa posibilidad. La lección es que la ética profesional y la ética en la función pública no “se resuelven” de una vez y para siempre, sino que deben revisarse siempre a la luz de los nuevos desafíos que aparecen.

A todos los que tenemos responsabilidades en diferentes instituciones y espacios nos toca también actuar, y promover una discusión en nuestros ámbitos sobre cómo evitar caer en las prácticas que con energía condenamos. En contextos críticos y tan difíciles como los que nos ha tocado vivir, aquello que repudiamos podría estar más cerca y dentro de nosotros de lo que quisiéramos admitir.

Confianza



Artículo publicado en El Comercio, martes 16 de febrero de 2021 

Hace muchos años que sabemos que nuestro país tiene un serio problema de confianza y de escasa legitimidad de las instituciones políticas. Según el informe Cultura política de la democracia en Perú y en las américas, 2019/2019: tomándole el pulso a la democracia (Lima, IEP, 2020), Perú es el país de la región con el menor nivel de apoyo al sistema político, con el más bajo nivel de satisfacción con el funcionamiento de la democracia (junto a Panamá). Al mismo tiempo tenemos el porcentaje más alto de encuestados en la región que consideramos a la corrupción como el problema más importante del país, o que pensamos que “la mitad o más de los políticos están involucrados en corrupción”. Al mismo tiempo, somos el país, junto con Brasil, con el más bajo nivel de confianza interpersonal de las américas. Según los datos recogidos entre 2017 y 2020 por la Encuesta mundial de valores, Perú tiene los niveles de confianza interpersonal más bajos del mundo, junto a Albania, Colombia, Indonesia, Nicaragua y Zimbabue.

Existe una amplia literatura que explora los efectos perniciosos que tienen estos bajos niveles de confianza sobre la estabilidad política, el funcionamiento de la democracia y el desarrollo económico. La desconfianza nos condena a vivir en el corto plazo; si no confiamos en los demás, no podemos planificar a mediano o largo plazo, se hace más difícil la acción colectiva, lo que dificulta plantearnos tareas necesarias, pero de implementación compleja y maduración lenta. Nos dejamos llevar entonces por el inmediatismo, lo que impide resolver los problemas de fondo, lo que genera frustración, y un círculo vicioso difícil de romper. En lo político, las identidades partidarias constituyen un muro de contención a la desconfianza; cuando existen, ellas pueden perdonar un mal desempeño en nombre de un capital de credibilidad acumulado y promesas a futuro. Como sabemos, en nuestro país ese dique hace tiempo que se rompió.

En los últimos años, apareció la temática de la producción de noticias falsas (fake news), producto precisamente de la falta de confianza en el mundo institucional, y la aparición de fuentes “alternativas” de información. Los medios institucionales se propusieron, con buena intención, reforzar sus unidades de investigación, sus equipos de contrastación de datos y fuentes. Con el tiempo descubrimos que el problema es mucho más serio: la desconfianza refuerza los vínculos más primarios, nos encierra en nuestros círculos más inmediatos; entonces, no creemos noticias falsas porque no tengamos mejores fuentes de información, es porque las descartamos y optamos por la que nos inspira confianza, que es la que confirma nuestras percepciones previas.

Con todo, el último dique que contiene la expansión de noticias o teorías sin fundamento razonable es la confianza que despiertan algunas fuentes legitimadas por su desempeño, pero sobre todo, por su voluntad de transparencia, autocrítica, rendición de cuentas y mecanismos de control permanentes y eficaces. Centros de estudio e investigación, científicos y expertos, instituciones con una trayectoria reconocida, identificados con la defensa de causas justas por razones principistas. Es lo que algunos llaman la “reserva moral” del país, en las que nos amparamos en condiciones de incertidumbre. En contextos de polarización y desconfianza generalizada, son referentes indispensables.

Los acontecimientos de los últimos días, asociados a un manejo cuando menos de una desprolijidad inaceptable, que sugiere además serios conflictos de interés e incluso la comisión de delitos; donde estarían involucrados personalidades e instituciones de gran prestigio y reconocimiento, constituyen un golpe durísimo para las causas democráticas y la construcción de instituciones. Eso es lo que más duele: que quienes deben ser referentes para combatir el cinismo y la falta de escrúpulos que empiezan a campear, se vean manchados precisamente por ellos. La solución está en la propia lógica de esas instituciones: transparencia, investigación imparcial y sanciones si es que corresponden. Y correcciones para evitar que sucesos como los ocurridos vuelvan a presentarse.

lunes, 1 de marzo de 2021

La política, economía y diplomacia de las vacunas


 Artículo publicado en El Comercio, martes 9 de febrero de 2021 

Después de la llegada al Perú del primer lote de vacunas de Sinopharm desde Pekín el domingo pasado, parecemos entrar a una nueva etapa en la lucha contra el Covid-19. Parece ser una nueva y diferente etapa, porque algunos de los países que destacan en los avances en la vacunación fueron muy duramente golpeados en términos de contagios y fallecidos, como los Estados Unidos, el Reino Unido, España o Italia; mientras que quienes mejor manejaron la epidemia se están retrasando relativamente en la vacunación. En América Latina, Chile destaca como uno de los países que más vacunas aplica diariamente por cada 100,000 habitantes en el mundo, ubicándose claramente a la delantera de la región.

Ciertamente ha sido un gigantesco logro científico la producción de varias vacunas en tiempo record, pero detrás de ella hay fuertes intereses políticos, económicos y diplomáticos. En general, como humanidad hemos fracasado en lograr un reparto mundial basado en criterios humanitarios, privilegiar a las personas más vulnerables, independientemente de su nivel de ingreso y del país en el que vivan. La iniciativa Covax, idealmente, debería liderar el reparto de vacunas, pero se terminó imponiendo el interés de los laboratorios, y posturas “nacionalistas”, empezando por los países ricos.

Dentro de la región, no prosperaron iniciativas que buscaron la conformación de bloques para mejorar nuestra posición negociadora, muestra elocuente de la crisis y debilidad de los bloques regionales en boga hace algún tiempo. En la región primó también el “sálvese quien pueda y como pueda”. La rapidez en la compra de las vacunas se convirtió en un tema político, y la percepción de eficacia de los gobiernos empezó a medirse por la capacidad de anunciar el inicio de campañas de vacunación masivas. Las primeras vacunas disponibles fueron las del laboratorio Pfeizer, aunque imponía condiciones duras, y los países que iniciaron los procesos de vacunación fueron los que aceptaron esas condiciones: Chile, Costa Rica, Ecuador, México iniciaron ya la vacunación con ellas. Colombia también pensaba ser parte de ese grupo, pero es víctima de los retrasos en las entregas. Brasil apostó por la británica de AstraZeneca. Argentina rechazó explícitamente las condiciones de Pfeizer y optó por el laboratorio ruso Gamaleya; por ese camino seguirán Bolivia, Paraguay y Venezuela. Perú marcó, aunque más discretamente, distancias iniciales con Pfeizer al igual que Argentina, y optó por el laboratorio chino Sinopharm, relativamente en solitario en el marco de la región. Los retrasos de Pfeizer y las disputas dentro de la Unión Europea llevaron a todos a buscar más opciones, entrando Sinovac Biotech de la China a Chile y Brasil, p.e. Brasil empieza a mostrar cierto liderazgo a mediano plazo porque se convertirá en productor de algunas vacunas, como las de Sinovac o Gamaleya. Demás está decir que el panorama es muy cambiante, dada la enorme incertidumbre de este nuevo mercado. Perú no aparece mal en este panorama, optando por compras y negociaciones diversificadas.

Como puede verse, al final la compra y distribución de las vacunas sugiere un mapa en el que se mezclan la urgencia política de los Estados, los intereses de los laboratorios y una suerte de diplomacia a través de las vacunas, donde los Estados Unidos, el Reino Unido, Rusia y China aparecen como los jugadores más importantes. Este panorama parece reproducir la situación de pérdida de poder hegemónico de los Estados Unidos, la competencia de fuerzas emergentes, pero sin el liderazgo de ninguna.

En esta nueva etapa, de la implementación de los planes masivos de vacunación, la aparentemente mejor apuesta para la contención de la epidemia, el riesgo ahora es que la injusticia en la distribución mundial y la ineficacia en la implementación dentro de algunos Estados pueda llevar a un ciclo interminable de difusión del virus de unas regiones y países a otros. Nuevamente urge una respuesta global al problema. Pasado el frenesí nacionalista, ¿será posible esta vez?

Populismo de derecha y teorías conspirativas



Artículo publicado en El Comercio, martes 2 de febrero de 2021

El pasado 6 de enero, en los Estados Unidos, una muchedumbre ocupó las instalaciones del Capitolio intentando impedir la certificación del triunfo de Joe Biden en las elecciones del 3 de noviembre. Se comentó mucho que dentro del grupo de manifestantes tienen las ideas propuestas por QAnon tienen gran influencia. QAnon designa a los seguidores de una teoría de la conspiración según la cual el mundo es regido por una elite compuesta por seres extraterrestres y de otras dimensiones, asociados con poderosos políticos, empresarios y figuras vinculadas a los medios de comunicación, que manejan una red internacional de tráfico de menores, a los que les extraerían sustancias necesarias para producir un suero que permite la prolongación de la vida. A esta red pertenecerían por ejemplo Hillary Clinton, Barack Obama, George Soros, Tom Hanks y Oprah Winfrey, el papa Francisco y el Dalai Lama. Donald Trump buscaba destruir y hacer pública esta red, de allí que fuera víctima del “fraude” que le impidió ser reelecto. Las creencias de QAnon incluyen además la tesis de que el Covid-19 es parte del plan para dominar a la humanidad, y la vacunación masiva el instrumento para instalar chips que permitirán controlar las mentes a nivel global. 

Ciertamente, no todos los seguidores de Trump comparten estas creencias; y como han señalado correctamente muchos, muy mal harían los demócratas estadounidenses si pensaran que los 74 millones de votantes que optaron por Trump son racistas, xenófobos, o paranoicos o seguidores de QAnon. Lo que está claro es que un sector muy importante de la ciudadanía en los Estados Unidos no se siente representada por la elite, es más, se siente abandonada y hasta agredida por todo el establishment político, quedando sin opciones y sin futuro en un mundo cambiante, inseguro y amenazante. En este contexto hallan terreno fértil y resultan creíbles explicaciones y propuestas facilistas que le dan sentido y solución al caos del mundo. De todo esto se ha escrito mucho, especialmente respecto a los Estados Unidos y varios países europeos, y la literatura de los varios populismos de derecha recoge parte de estas preocupaciones.

En América Latina los populismos suelen estar más asociados a expresiones de izquierda, y los bloques de derecha más tradicionales suelen representar demandas que en otros países asumen la forma de desafíos claramente extrasistémicos. Pero esto no implica que el tema no sea relevante, como lo expresa claramente el caso del presidente Bolsonaro en Brasil. Pero en varios de nuestros países empiezan a emerger derechas a la derecha de las tradicionales, más conservadoras, reaccionarias, y militantemente “incorrectas”. También movilizan ideas asociadas a conspiraciones internacionales en contra de las soberanías nacionales, la acción de poderes malignos (expresados en el Foro de Sao Paulo, la OMS o equivalentes), la lucha contra la “ideología de género”, y recientemente se expresan en la promoción de métodos “alternativos” de curación, el rechazo a las vacunas o las cuarentenas en nombre de la libertad individual o la libertad económica. 

Siempre, en todo momento y lugar, uno puede encontrar ideas estrafalarias. El tema es cómo ellas logran en ocasiones audiencia, expansión, influencia política. Contextos de crisis e incertidumbre extrema, cuando se pierde el horizonte de futuro, cuando nos sentimos amenazados y sin alternativas, como hemos dicho, son proclives para el desarrollo de diagnósticos y salidas facilistas, aunque suenen irracionales. El recordado Gonzalo Portocarrero, junto a Isidro Valentín y Soraya Yrigoyen publicaron en 1991 el libro Sacaojos. Crisis social y fantasmas coloniales (Lima, Tarea) que sugería esa idea. ¿No estamos en un contexto similar? Frente a este desafío, corresponde aislar a los promotores interesados de esos postulados, combatir la desinformación entre los desorientados, pero sobre todo, ofrecer alternativas y salidas a las personas más vulnerables que no encuentran salidas. No censurarlos por irracionales.

Epidemia comparada (enero 2021)



Artículo publicado en El Comercio, martes 26 de enero de 2021 

Ver el impacto de la pandemia en perspectiva comparada resulta útil para entender mejor su evolución y dinámica, y para evaluar nuestro desempeño y retos. En esta columna intentamos este ejercicio en junio y agosto del año pasado y resulta de utilidad repetirlo ahora, dada la dinámica cambiante de la pandemia. Hoy vemos en Europa el impacto de la segunda (en algunos casos tercera) ola de contagios, y como sabemos nuestro país (toda la región en realidad) está iniciando este terrible episodio.

Al inicio de la última semana de enero, según datos del Johns Hopkins Coronavirus Resource Center, Bélgica, Eslovenia, el Reino Unido, República Checa, Italia, aparecen entre los diez países con más muertes por 100 mil habitantes. El presidente Trump termina su mandato dejando a los Estados Unidos como el país peor posicionado de las Américas según ese indicador, seguido, lamentablemente, por nuestro país. Debajo de Perú siguen Panamá, México, Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Bolivia y Ecuador, en ese orden.

El carácter dinámico de la epidemia se evidencia al mirar los cambios en las posiciones relativas de los países. En junio del año pasado Europa se veía mucho peor que América Latina, y en la región Ecuador aparecía como el país más golpeado, seguido de Brasil y Perú; hoy sabemos que la ola todavía no había llegado y que no nos fue posible evitarla. En agosto, ya varios países latinoamericanos se veían tan mal como los europeos, y Chile aparecía especialmente mal, seguido por Brasil y México, dos países en los que problemas de liderazgo político parecían explicar su mal desempeño. La mala posición de Chile llamaba la atención dada la fortaleza relativa de su Estado, y la explicación parecía estar en la demora del presidente Piñera en adoptar medidas de confinamiento estrictas. 

El hecho de que se haya producido una segunda o tercera ola de contagios en Europa, que muchas veces supera ampliamente a la primera de abril y a la de noviembre es muestra elocuente de que aún los Estados más preparados y capaces tienen enormes dificultades para lidiar con la pandemia, en tanto tuvieron que lidiar con la primera ola de expansión global y luego con sus mutaciones o variantes. Resulta razonable especular que en América podrían haberse tenido mejores resultados en los Estados Unidos, de haberse tenido una mejor gestión pública de la epidemia, aunque ciertamente el tamaño, complejidad y desigualdades de ese país intervienen en la capacidad de respuesta.

En nuestra región, con la excepción de Panamá, el tamaño de los países parece contar: Brasil, México, Colombia, Argentina y Perú somos los países más poblados y más afectados. En el otro extremo, los países más pequeños (y con más porcentaje de población rural), a pesar de tener Estados más precarios, han sido impactados mucho menos: Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras, Paraguay. Acaso por esa razón Ecuador, el país donde inició la pandemia en la región, y que fue el más golpeado al inicio, no aparece ahora liderando las tendencias; algo similar podría decirse de Bolivia, aunque también están siendo durante golpeados por la segunda ola. De otro lado, Chile, que aparecía muy mal en agosto, ahora aparece mucho mejor en términos relativos, algo más acorde a sus capacidades estatales. Finalmente, México aparece mal posicionado, y uno pensaría que el mal manejo de la epidemia de López Obrador puede haber influenciado en el mal resultado, pero también es cierto que muy parecidos en cuanto a desempeño se ven Argentina, Brasil y Colombia, a pesar de sus marcadas diferencias en cuanto a los estilos de liderazgo político presidencial. 

Digamos que al inicio se trató de tomar decisiones fuertes respecto a medidas de aislamiento y de implementar una respuesta rápida de los sistemas hospitalarios; luego, de reanudar las actividades manteniendo medidas sanitarias y disciplina en las prácticas de cuidado; ahora, parece clave la capacidad de implementar los planes de vacunación masiva. Demás está decir que nuestro país desaprobó todos los exámenes.

¿Es posible construir un centro político?



Artículo publicado en El Comercio, martes 19 de enero de 2021

En las últimas semanas he comentado sobre la evolución y características recientes que muestran la derecha y la izquierda en nuestro país, y cómo ellas ayudan a entender mejor los desafíos que tenemos por delante. Preguntémonos ahora por el centro político.

 No es sencillo definir el centro, porque en buena medida se trata del espacio entre los extremos, es decir, solo puede entenderse en un contexto específico, cuyo carácter cambia a lo largo del tiempo. Durante buena parte del siglo XX el APRA se ubicaba en el centro, entre la izquierda marxista y la derecha. Podría decirse que en términos ideológicos, la socialdemocracia ocupa típicamente un espacio de centro: comparte con la izquierda marxista la búsqueda de la igualdad y la justicia distributiva, pero deslindó con la izquierda revolucionaria al abrazar la democracia liberal y el pluralismo político, y la convivencia con el sistema capitalista. Del otro lado, también se ubicarían al centro, desde la derecha, posturas socialcristianas o liberales igualitaristas en las que, partiendo de la valoración de la libertad y de la economía de mercado, se levanta también el principio de la solidaridad, y se asume que, para que los mercados y la competencia funcionen, el Estado debe propiciar activamente la igualdad de oportunidades.

 En nuestro país, históricamente, podría decirse que el centro estuvo definido por la apuesta por la democracia, frente a la pretensión revolucionaria de la izquierda y la apelación a la intervención militar por la derecha; así como por, partiendo de la base de la economía de mercado, entender como necesaria la intervención del Estado para enfrentar la voracidad de empresarios “mercantilistas” y la resistencia al cambio de las oligarquías tradicionales. El problema es que el APRA nunca asumió propiamente una identidad socialdemócrata, pudiendo hacerlo, y carecimos de una derecha más moderna y con menos ataduras a posiciones conservadoras.

Hacia finales de la década de los noventa el fujimorismo polarizó el país en torno a un eje autoritarismo – democracia que fortaleció relativamente el centro. Los gobiernos de Paniagua y de Toledo discurrieron por ese camino, y allí convergieron referentes tanto de derecha como de izquierda. En el periodo 2006-2011 se dio una suerte de polarización entre un gobierno de García derechizado y una UPP humalista también radicalizada, y el centro quedó relativamente vacío; pero en 2011 Humala entendió que para ganar la elección y luego para gobernar debía ocupar ese espacio, y es así como se pudo de un lado mantener la ortodoxia macroeconómica, lanzar iniciativas sociales como el MIDIS y proponer una diversificación productiva. Desde 2016 vivimos una nueva polarización, a la izquierda un Frente Amplio antineoliberal y antifujimorista, y a la derecha un fujimorismo crecientemente conservador. Kuczynski nunca supo si acercarse al fujimorismo o combatirlo, duda que lo que lo liquidó políticamente. Vizcarra ocupó entre julio de 2019 y durante 2019 con cierta habilidad el espacio de centro en medio de su precariedad, pero terminó siendo vacado por el Congreso actual, en el que nuevamente el centro quedó sin espacio; esta vez porque lógicas populistas se han vuelto alarmantemente predominantes a lo largo de todo el espectro.

De cara al próximo quinquenio, con una oferta electoral particularmente precaria, aún para nuestros ya muy bajos estándares, me parece que la conclusión es clara: ninguna de las fuerzas políticas en competencia tendrá la posibilidad de sacar al país adelante por sí solo. Ninguno cuenta con la organización, cuadros, claridad programática o capacidad de convocatoria suficiente para enfrentar los enormes retos del futuro. Y en un escenario que se insinúa fragmentado, el gran reto estará en la capacidad de construcción de coaliciones, en la gestación de acuerdos transversales. El respeto al estado de derecho; el fortalecimiento de la administración pública y la reforma de la institucionalidad política; la defensa de la economía de mercado, pero fortalecimiento su brazo social y redistributivo; podrían ser bases de un acuerdo básico que pueda darle viabilidad al próximo gobierno.

¿Qué pasó con la izquierda?



Artículo publicado en El Comercio, martes 12 de enero de 2021 

La semana pasada intentaba mostrar cómo entender la trayectoria de la derecha en el Perú en los últimos años ayudaba a entender algunos problemas y desafíos del presente. Esta vez quiero hacer el mismo ejercicio con la izquierda.

Con el establecimiento de la democracia en toda la región en la década de los años ochenta, las izquierdas fueron abandonando a regañadientes el paradigma del asalto al poder y aceptando el modelo liberal representativo; y después de la desaparición de la URSS, la economía planificada dejó de ser opción. La momentánea hegemonía neoliberal dejó a la izquierda sin brújula, y encontró nuevamente un referente con el el “giro a la izquierda” de la primera década del siglo XXI, aunque más que una vuelta de la izquierda revolucionaria, se trató de una vuelta del viejo paradigma del nacionalismo revolucionario encabezado por líderes personalistas, más propio de los “populismos clásicos”. En nuestro país Ollanta Humala representó para la izquierda, por un tiempo, esa ilusión, después de la debacle de las elecciones de 2006. En esa ocasión confluyeron por un tiempo una tradición de izquierda con una lógica populista, por así decirlo.

La “subida al carro” del humalismo tiene una explicación de fondo. Nuestra izquierda no solo quedó descolocada en lo internacional por la caída del muro de Berlín y en lo local por el fujimorismo, también por profundos cambios estructurales que produjeron el debilitamiento extremo de sindicatos, gremios, asociaciones en general, por lo que la izquierda se quedó sin “sujeto”: ni la clase obrera, ni el campesinado, ni los “nuevos movimientos sociales” eran opción, porque o se empequeñecieron, o simplemente cambiaron de orientación política. Así, la izquierda, o más bien sectores de ella, encontraron una nueva posibilidad política detrás de los movimientos de protesta que empezaron a aflorar en el nuevo siglo, principalmente alrededor de los conflictos “socioambientales” y de otras demandas, alrededor del malestar que genera un crecimiento económico precario y desequilibrado. Pero la izquierda ha intentado seguir a la dinámica de las protestas, para nada las dirige ni causa (a diferencia de lo que se piensa en algunos círculos de derecha). De allí su carácter un tanto anárquico, que dificulta en extremo los procesos de negociación. Más adelante, han aparecido demandas identitarias (género, diversidad sexual), que también sectores de izquierda buscar perseguir.

El problema para la izquierda es que no cuenta todavía con un marco mental que le permita procesar todo esto: ¿cómo se ubica respecto a sus tradiciones y genealogía? ¿Cómo ubicarse respecto a los debates del pasado? Y una extensión de lo mismo, ¿cómo ubicarse frente al nacionalismo revolucionario, personalista, populista y bastante autoritario más reciente? ¿Cómo hacer compatibles el apoyo a las causas socioambientales y la implementación de un modelo de desarrollo que permita medidas redistributivas? (Chávez, Morales o  Correa no se hicieron problema y basaron la redistribución en la continuidad de actividades extractivas). ¿Cómo entran las demandas identitarias dentro de una tradición política que siempre las subestimó?

Frente a las próximas elecciones, en el conjunto de candidaturas de izquierda, la de Verónica Mendoza parece ser la única opción que podría resultar viable y competitiva en lo electoral. El problema es que ha aparecido un competidor ante ausente. Antes, el sentimiento antisistema parecía canalizarse a través de la izquierda; ahora, existe también un populismo antisistema, autoritario, que se expresó en las elecciones de enero del año pasado en UPP y otros grupos, y que podría canalizarse por muy diferentes vías en las próximas elecciones.

Necesitamos una izquierda viable y competitiva que canalice por cauces mínimamente democráticos y razonables las demandas populares, y no caigamos en la pura demagogia. Pero no se trata solo de tener un buen desempeño electoral, se trata además de ser una opción de gobierno mínimamente viable, para lo cual son necesarias muchas más definiciones. No se trata solo de ganar; ahí está la experiencia municipal de Susana Villarán para demostrarlo.

¿Qué pasó con la derecha? (2)



Artículo publicado en El Comercio, martes 5 de enero de 2021 

Hace un par de semanas comentaba sobre cómo nuestra derecha pasó de estar relativamente cohesionada en torno a la defensa del modelo económico orientado al mercado y de la institucionalidad democrática frente a las amenazas del populismo, a fragmentarse tanto en cuanto a qué hacer con la economía, cómo situarse frente al legado del autoritarismo de la década de los años noventa, y en torno qué valores defender, si seguir una orientación liberal promoviendo el derecho a la identidad y a la autoexpresión individual, o uno más conservador, defendiendo valores religiosos y familiares tradicionales. Creo que para entender mejor estos dilemas ayuda el considerar algunas tradiciones intelectuales y políticas de más larga duración que estarían en la base de esta fragmentación.

El mundo de la derecha política tiene ciertamente varias tradiciones y vertientes. Desde que se usa esta taxonomía (derecha frente a la izquierda y el centro, de los que me ocuparé más adelante), la derecha solía definirse, frente a la izquierda, por su defensa del capitalismo en lo económico y de la democracia liberal en lo político. En cuanto a lo valorativo, podría decirse que había cierta diversidad; en un extremo podríamos ubicar a una derecha liberal, laica e identificada con valores que enfatizan la libertad individual, y una derecha más conservadora, católica, defensora de valores tradicionales.

Uno de los dramas de la política peruana es que nunca logramos tener una derecha política electoralmente competitiva, ni construir propiamente un sistema político sobre bases doctrinarias o programáticas. Esto hizo que a lo largo del siglo XX, cuando sectores de derecha se sintieron amenazados por el APRA, se recurriera al golpe militar y al establecimiento de dictaduras; es decir, privilegiar el statu quo y el mantenimiento del orden. En esta dirección, habría que reconocer que en la derecha, por debajo de las discusiones ideológicas o programáticas, existe un sustrato simplemente autoritario, excluyente, discriminador.

Podría decirse que en la década de los años ochenta, el liderazgo de la derecha ciertamente mostraba líneas programáticas relevantes: teníamos al socialcristianismo del PPC, un proyecto tecnocrático liberal dentro de AP, que llegó al poder a través de las elecciones. Más adelante, Hernando de Soto planteó una “revolución informal”, propuesta que buscó acercar el liberalismo a los sectores populares y disputar su representación con grupos de izquierda, y Mario Vargas Llosa intentó darle forma a un gran frente político sobre bases doctrinarias. Qué lejanos parecen ahora esos tiempos. En el camino el fujimorismo marcó una división alrededor del respeto al Estado de derecho y los derechos humanos, pero el temor al posible populismo de Alan García o al “chavismo” de Ollanta Humala los hizo nuevamente cerrar filas. En el tiempo reciente, la desaceleración económica llevó a un nuevo clivaje referido a cómo relanzar el modelo económico (para unos, renovar los esfuerzos por atraer la inversión privada, atacando trabas burocráticas y regulatorias; para otros, implementar reformas institucionales e intentar diversificar nuestro patrón de desarrollo). Finalmente, se abrió una importante fisura en cuanto a lo valorativo entre liberales y conservadores, viejo clivaje de la política del siglo XIX.

La crisis de las opciones políticas de derecha de los últimos años (lideradas por Lourdes Flores, Keiko Fujimori, Pedro Pablo Kuczynski), la creciente pérdida de referentes ideológicos y programáticos en la política, el pragmatismo y oportunismo desenfrenados, así como ciertos avances parciales de una agenda progresista (en temas de género, por ejemplo) parecen haber generado mayor espacio para propuestas más conservadoras y extremistas: que reivindican el mantenimiento del orden, con discursos sobre lo popular en los que prima la idea de la “manipulación ideológica” por parte de la izquierda (en realidad casi inexistente), una vuelta a tradiciones fuertemente excluyentes, para las cuales cualquier muestra de tolerancia o pluralismo parecen concesiones inaceptables o traiciones. Necesitamos una derecha democrática, con mayor sintonía con el mundo popular, más moderna en sus valores, con mayor vocación para lograr la inclusión social.

Diario del año de la peste



Artículo publicado en El Comercio, martes 29 de diciembre de 2020

Hacer un balance del año que termina va inevitablemente de la mano de evaluar el impacto del Covid-19 sobre nuestro país, del seguimiento del año de la peste, retomando el título de Defoe.

El año inició con las elecciones congresales del 26 de enero, cuyos resultados parecían augurar una etapa política más tranquila: la minimización de Fuerza Popular y la posibilidad de una mayoría “moderada” alrededor de AP, APP, SP y el PM, con una agenda que parecía acotada: revisar los decretos de urgencia expedidos durante el “interregno” parlamentario, culminar la reforma política y la reforma del sistema de justicia, velar por tener una transición y un proceso electoral ordenado, y no mucho más.

Sin embargo, la pandemia terminó llegando a nuestro país, como a toda la región. Al inicio, las cosas parecían pintar bien; Perú fue uno de los países que más rápido y radicalmente actuó, y tuvimos una de las cuarentenas más largas y estrictas, y al mismo tiempo programas fiscales de alivio de los más ambiciosos de la región. Al mismo tiempo, parecíamos tener un liderazgo firme por parte del Presidente, y relaciones estrechas con la comunidad de expertos y científicos. Sin embargo, terminamos siendo uno de los países mas duramente golpeados del mundo; si consideramos el cálculo de la tasa de “exceso de fallecimientos”, Perú es el país con el mayor exceso por millón de habitantes del mundo, seguido por Ecuador, Bélgica, España y México. En lo económico, se estima que Venezuela, Perú, Panamá y Argentina padeceremos las caídas del producto más grandes de la región en 2020, y según el Banco Mundial nuestro país tendrá este año una de las caídas del producto más grandes del mundo (nuestra capacidad de “rebotar” también sería alta, por lo que aparecemos con una alta tasa de crecimiento proyectada en 2021, también entre las más altas del mundo).

¿Cómo se explica la dureza del golpe? A pesar de las decisiones gubernamentales iniciales, tuvimos enormes problemas para implementar efectivamente las medidas tomadas; salieron a relucir la debilidad de nuestro sistema de salud, nuestros altos niveles de informalidad, y la ineficacia de nuestro Estado. Además, las limitaciones de un gobierno encabezado por un vicepresidente que asumió el gobierno ante la renuncia del presidente electo, sin partido y sin representación parlamentaria. Es cierto que el gobierno de Vizcarra mostró grandes limitaciones y debilidades; el verdadero drama es que, muy probablemente, esos problemas los habría tenido cualquier otro presidente, de cualquier grupo político. Me resulta llamativo que en un país en el que “no creemos en nadie”, estemos dispuestos a pensar tan fácilmente que otros lo podrían hacer mejor.

Así, después de un golpe tremendo, desde la segunda mitad de agosto las cifras empezaron a mejorar, hasta el mes de diciembre, en la que con preocupación vemos la posibilidad de una nueva ola de contagios. Se hace nuevamente evidente la debilidad del gobierno, del Estado, de nuestra élite política, de nuestras elites académicas y sociales, nuestra incapacidad colectiva para implementar una estrategia mínimamente coherente. Todo esto agravado por la irresponsabilidad de la destitución del presidente Vizcarra, la crisis que se sucedió, que afortunadamente terminó con la juramentación del presidente Sagasti. Nuestro Congreso, en el que supuestamente primarían posiciones moderadas, mostró durante la epidemia un populismo exacerbado y generalizado, digno de mayor estudio.

En realidad, vivimos un círculo vicioso en el que estamos demasiado prestos a definir a los adversarios como corruptos e incompetentes y sumarnos a olas de denuncias y indignación, que luego se traducen en parálisis decisional y en el alejamiento de la política y del sector público de cuadros valiosos, que en efecto luego terminan en la ineficiencia que criticábamos. Esto deberíamos asumirlo ahora y también de cara al próximo quinquenio: gane quien gane, estaremos ante un gobierno débil, que solo podrá salir adelante con un mínimo de colaboración y acuerdos políticos razonables.