lunes, 17 de junio de 2019

Para legitimar a los partidos políticos



Artículo publicado en El Comercio, sábado 15 de junio de 2019 

En los próximos días entraremos al debate de la reforma política referida al fortalecimiento de las organizaciones políticas.

Se trata de un conjunto de medidas relacionadas unas con otras. El punto de partida es la inscripción: tenemos 24 partidos inscritos, pero solo seis con representación parlamentaria; y 181 movimientos regionales, pero apenas 64 cuentan con un consejero regional. Las firmas de adherentes, principal requisito de acceso, es excesivamente alto y se ha prestado para prácticas ilegales y clientelísticas. La propuesta es cambiar de dinámica: se deben acreditar militantes o afiliados, dando lugar a un padrón público, actualizado, de donde surja necesariamente la lista de candidatos a los diferentes cargos de elección. No es un asunto trivial, considerando que la manipulación del padrón es la causa fundamental de conflictos dentro de las organizaciones políticas.

Se ha dicho que el requisito de unos 14,000 afiliados para inscribir un partido, en vez de las 750,000 firmas de adherentes, multiplicaría excesivamente su número; no es cierto, primero, porque el padrón de afiliados definirá el universo de posibles candidatos de la organizacíón y el de votantes para la elección de sus autoridades, por lo que no podrá ser hecho a la ligera; y segundo, porque la propuesta contempla un proceso de elecciones internas abiertas, simultáneas y obligatorias para la selección de candidatos, con una barrera del 1.5% del total de electores. La barrera no es alta, porque ya existe una barrera del 5% para entrar al Congreso que, si no pasas, pierdes la inscripción.

¿Cuál es la lógica de la propuesta? El punto de partida es el diagnóstico de que el voto preferencial es una de las más grandes causas de la precariedad de los partidos. Establece la competencia al interior, no entre los partidos, rompe la unidad programática, establece una lógica individualista que debilita la cohesión, que luego se traduce en la fragilidad de los grupos parlamentarios; y hace a la política muy vulnerable a la financiación de campañas con intereses oscuros. Con todo, los ciudadanos definimos con el voto qué candidatos ingresan al parlamento y quiénes quedan fuera; sería un retroceso quitarles ese poder. Por ello, se plantea que la selección de candidatos se realice mediante una elección abierta a todos los ciudadanos; y que el resultado de la misma defina el orden de una lista de candidatos cerrada, para así eliminar el voto preferencial. Si en cierto modo el voto preferencial es “trasladado” a la elección interna, ¿qué se gana? Pues una elección del Congreso más ordenada, centrada en las agendas parlamentarias de las listas, en vez de las ofertas individualistas que tenemos actualmente, y basadas en una selección de candidatos legitimada mediante el voto ciudadano.

La lista cerrada impone la paridad y alternacia de género. En la actualidad existe un cuota del 30%, que no es efectiva porque no contempla la alternancia, por lo que resulta fundamental. Se ha dicho que ello podría hacer que candidatas con menos votos puedan desplazar a candidatos con más votos; podría ocurrir, pero eso ya ocurre normalmente en nuestro sistema electoral. Tenemos una barrera del 5% de votos nacionales para entrar el Congreso, que hace que queden fuera candidatos de algunas regiones que obtuvieron más votos que otros que sí entraron. Tenemos un voto por lista que hace que candidatos con más votos preferenciales, dentro de una lista con menos votos, queden fuera de carrera. Se justifica hacer esto en nombre de promover la igualdad de género, tema fundamental para nuestro país.

Después de la confianza



Artículo publicado en El Comercio, sábado 8 de junio de 2019 

El miércoles el país se salvó de enfrentar un escenario político de consecuencias imprevisibles. Primó una elemental sensatez y el Presidente del Consejo de Ministros obtuvo la confianza del Congreso para la aprobación de los seis proyectos que conforman lo que aquél considera los elementos centrales de la propuesta de reforma política.

Ahora, como ha sido advertido por muchos, la incertidumbre está muy lejos de haberse disipado, porque ahora viene la controversia sobre los alcances de la “esencia mínima irrenunciable” de los proyectos aprobados. Por todo ello sigue siendo urgente y necesaria la gestación de un gran acuerdo político a favor de la reforma. Ante el límite de las normas y de los procedimientos, debe ser la responsabilidad y el sentido de Estado de las élites las que marquen el rumbo de salida. Esto implica, de un lado, consecuencia por parte del Congreso con la aprobación de la confianza y la esencia de los proyectos; y de parte del ejecutivo, cierta apertura para encontrar consensos que hagan viable la reforma. Al final, lo ideal sería que no caiga el Consejo de Ministros, que no se llegue al salto al vacío que implicaría la disolución del Congreso y nuevas elecciones, y que la reforma salga adelante, dentro de los cauces de su “esencia mínima”.

Como hemos dicho muchas veces antes, difícil, no imposible. Hoy viernes en que escribo esto se dio un avance en la discusión sobre la reforma constitucional que evitaría que sentenciados en primera instancia por delitos dolosos, con pena privativa de la libertad mayor a cuatro años, puedan ser candidatos a cargos de elección popular. Respecto al proyecto de ley sobre el financiamiento de las organizaciones políticas, no se han oído hasta el momento objeciones de fondo (otro día comentamos sobre la inmunidad parlamentaria).

El proyecto sobre inscripción y cancelación de organizaciones políticas podría avanzar: eliminar el requisito de presentación de firmas de adherentes y sustituirlo por la presentación de un padrón público de afiliados. Esto va amarrado con el proyecto de elecciones internas abiertas, simultáneas y obligatorias, que establece una barrera del 1.5% de los votos para mantener el registro. Estas elecciones tendrían carácter vinculante, lo que permitiría eliminar el voto preferencial; por lo que hace necesario también establecer el criterio de paridad y alternancia de género, para lo cual también debe aprobarse el proyecto que modifica el sistema electoral. Este es pues un conjunto de medidas que deben pensarse de manera integral.

Buena parte de las objeciones que he escuchado sobre estos asuntos responden, me parece, a que no se ha entendido bien todavía el sentido de la propuesta; confío por ello en que pueden ser subsanadas. La objeción que me parece válida es la que llama la atención sobre lo difícil que le resultará a partidos muy débiles cumplir con las exigencias establecidas; acá podría pensarse creativamente en fórmulas flexibles que no desnaturalicen las propuestas. Podría pensarse, por ejemplo, en mecanismos que combinen el resultado de la elección abierta con cupos para candidatos elegidos entre militantes, siempre y cuando hayan sido elegidos de manera democrática; y como concesión transitoria solo para la elección de 2021. Respecto al tema de género, la alternancia es imprescindible con la desaparición del voto preferencial; pero podrían pensarse en mecanismos flexibles transitorios, atendiendo al tamaño de las circunscripciones electorales, que es otro tema que amerita consideración, y al tipo de elección (congresal, regional, municipal).

Cuestión de confianza: escenarios



Artículo publicado en El Comercio, sábado 1 de junio de 2019 

En este y otros espacios he insistido sobre la necesidad de un diálogo entre los poderes del Estado y evitar lógicas de pura confrontación. Pero entiendo por qué el poder ejecutivo ha planteado la cuestión de confianza: la actitud de la mayoría en la Comisión Permanente respecto a la acusación constitucional contra los Fiscales Chávarry y Gálvez pone en cuestión la voluntad de ésta para procesar las propuestas de reforma política presentadas por el ejecutivo, que incluyen medidas a favor de la transparencia y la integridad.

No es una pura especulación. La propuesta referida al levantamiento de la inmunidad parlamentaria fue archivada; se ha dicho que el tema se retomará con una propuesta de cambio en el reglamento del Congreso, pero una lectura del proyecto presentado por Luz Salgado, Milagros Salazar y otros es muy decepcionante: mejora un poco los plazos según los cuales el Congreso debe resolver el tema, pero en este momento también existen plazos que no se cumplen; deja dentro de los márgenes del Congreso la decisión del levantamiento, y marca un retroceso al establecer que solo procede ante sentencias firmes.

Al mismo tiempo, ya existen en la Comisión de Constitución predictámenes sobre temas parte del “núcleo mínimo irrenunciable del paquete de reformas” que desdeñan las propuestas del ejecutivo. La reforma constitucional para impedir la postulación de sentenciados en primera instancia por delitos dolosos se cambia por “sentencia condenatoria firme”. En cuanto a democracia interna, otro predictamen mejora un poco la normativa actual, pero deja a los partidos definir la modalidad de sus elecciones internas. Respecto a los requisitos de inscripción y cancelación de organizaciones políticas, nuevamente, hay algunos ajustes positivos, pero se mantiene el requisito de las firmas de adherentes. Es decir, no se recoge la propuesta de elecciones internas abiertas, simultáneas y obligatorias, ni la eliminación del voto preferencial, ni la paridad y alternancia de género en las listas de candidatos. Finalmente, existe un predictamente en líneas generales positivo referido al tema del financimiento de las organizaciones políticas, que sería el único punto de avance. En suma, al poder ejecutivo solo le quedaba ver con resignación cómo prácticamente todo aquello que ha definido como importante iba a ser descartado por el Congreso.

Con la presentación de la cuestión de confianza se abren algunos escenarios. Si es negada y se disuelve el Congreso, el ejecutivo podría aprobar vía decretos de urgencia una parte marginal de la reforma, promover el debate durante la breve campaña electoral de los temas sustantivos, y luego proponer que el nuevo Congreso apruebe la parte legal de la misma, que es muy sustantiva, y que incluye buena parte del “núcleo mínimo”: requisitos de inscripción y cancelación de organizaciones políticas, democracia interna, paridad y alternancia, eliminación del voto preferencial, normas de financiamiento.

El mejor escenario es que la confianza sea otorgada y se pueda gestar un acuerdo político que permita aprobar el “núcleo mínimo irrenunciable”; al que se le podría incluir el rescate de la propuesta de bicameralidad aprobada por el Congreso en octubre, pero corrigiendo los “contrabandos” de última hora, y otros elementos. El peor, caer en la triquiñuela de votar a favor de la confianza, y luego destrozar la propuesta de reforma, que también desnaturalizaría la esencia del pedido de confianza como mecanismo de defensa del ejecutivo y de desbloqueo de una situación de entrampamiento político.

Flexibilidad y voluntad



Artículo publicado en El Comercio, sábado 25 de mayo de 2019

Permítanme escribir este artículo como exmiembro de la Comisión Consultiva para la Reforma Política, pero a título personal. No sé si mis colegas compartan lo que a continuación expondré, aunque creo que sí.

En las últimas semanas hemos escuchado diferentes críticas a la propuesta de reforma presentada por el presidente Vizcarra, sobre la base de las recomendaciones de nuestra Comisión. En medio de ellas, y del clima de confrontación que vivimos, ¿es posible avanzar? Se ha dicho que se debe priorizar y negociar una agenda inmediata de reformas. ¿Cómo?

Propongo empezar por lo urgente, que requiere cambios constitucionales, en dos legislaturas, para que las modificaciones incidan sobre las elecciones generales del Bicentenario. De los cuatro proyectos que presentamos que implican cambios constitucionales, uno podría esperar un poco, el que extiende el mandato de gobernadores y alcaldes a cinco años. Pero uno que podría ser aprobado ya mismo es el que propone modificar el artículo 34 de la Constitución, para que no puedan postular a cargos de elección popular “quienes cuenten con sentencia condenatoria en primera instancia por delitos dolosos cuya pena sea mayor a cuatro años”. No he escuchado mayores críticas a esta propuesta.

El proyecto sobre la inmunidad parlamentaria ha generado mucho debate, pero un punto de acuerdo podría ser que, ante delitos cometidos antes de haber sido electos, el Congreso no tiene por qué pronunciarse en absoluto. Eso ya sería un gran avance. Y respecto a los delitos cometidos durante la función, hemos propuesto que sea la Corte Suprema la que levante la inmunidad; otros han propuesto que sea el TC. Mucho menos ambiciosa es la propuesta de dejar la decisión del levantamiento de la inmunidad en el Congreso, pero dando un plazo de 30 ó 60 días para emitir un pronunciamiento; pasado ese tiempo, la inmunidad se levantaría automáticamente. La primera propuesta me gusta más, la última es muy minimalista, pero igual sería un avance.

Luego está la Bicameralidad. Siendo pragmáticos, un punto de partida podría ser el proyecto de reforma constitucional aprobado por el Congreso en octubre del año pasado, con 91 votos a favor; pero por supuesto corrigiendo las observaciones presentadas por el presidente Vizcarra, y que motivaron su rechazo en el referédum de diciembre. En particular, deberían eliminarse los cambios impuestos al funcionamiento de los pedidos de confianza y censuras ministeriales. Esto dejaría también de lado los cambios propuestos por la Comisión sobre ese mismo tema, pero contar con dos cámaras con funciones diferenciadas sería un gran avance respecto a la situación actual. Y sin reelección, por supuesto.

En cuanto a los demás proyectos de ley, dado el contexto de graves escándalos de corrupción asociados al financiamiento de las campañas electorales, resulta imprescindible ocuparse del proyecto que regula el uso del financiamiento público directo e indirecto, del financiamiento privado, que establece sanciones administrativas y políticas, y que incorpora al código penal el delito de financiamiento ilegal de organizaciones políticas. Tampoco he escuchado mayores críticas a este proyecto.

Bien vistas las cosas, no hay obstáculos de fondo para aprobar este paquete inmediato de proyectos, que podrían dar una señal clara de compromiso contra la impunidad y la corrupción, y con una reforma política sustantiva. Basta tener la voluntad de hacerlo. Inmediatamente después podríamos discutir las propuestas que giran alrededor de la democratización de los partidos, también imprescindible.

Las derrotas de Villarán



Artículo publicado en El Comercio, sábado18 de mayo de 2019 

El caso de Susana Villarán podría verse como la triste excepción a una regla según la cual con una persona con trayectoria, experiencia, reconocimiento, ideología, valores, se minimizan los riesgos de caer en esquemas de corrupción. Mucho más si construyó su identidad política apelando a las “manos limpias” y al lavado de banderas. Pero más bien muestra cómo esa misma trayectoria se pierde por la entronización de una lógica personalista.

El golpe a los discursos de izquierda identificados con Villarán es ciertamente muy fuerte; un golpe más específico a la propuesta de una izquierda “socialdemócrata”. En 2006 Villarán compitió a la presidencia con Javier Diez Canseco, ilustrando dos caminos posibles para la izquierda; en esa ocasión ambos fueron duramente derrotados, obteniendo sumados apenas el 1.1%. Pero el golpe reciente es uno que se suma al que dejó como saldo su gestión municipal, el de la identificación de izquierdismo con ineficacia. Existe en ciertos discursos la fantasía de que las malas gestiones de las autoridades se explicarían por su subordinación a los grandes intereses empresariales, por lo que una gestión de izquierda, libre de esas presiones, tendría automáticamente mejores desempeños. La pedestre realidad es que buena parte de los problemas se originan en las marañas de la gestión pública dentro de un Estado como el peruano. El fracaso de su gobierno expresó también los límites de las visiones del Estado y de las prácticas de gestión habituales en el mundo de izquierda en los últimos años. A esto hay que sumarle un muy mal manejo político: voluntarismo excesivo, subestimación de adversarios, sobreestimación de las propias capacidades, muy mal manejo de las expectativas ciudadanas. Al final, la experiencia municipal en la capital del país, que podría haber catapultado a la izquierda, la terminó desacreditando muy profundamente.

Con todo, ineficiencia no implicaba corrupción. Pero ahora resulta que además de ineficiencia, hubo corrupción. Lo que nos lleva al punto con el que empecé el artículo. ¿Cómo alguien como Villarán ha terminado donde está, una celda contigua a la de Keiko Fujimori? Dicho sea de paso, los delitos imputados a ésta última parecen pequeños frente a los de Villarán, con lo que la comparación inevitablemente parece favorecerla. Volviendo a la pregunta, algunos han apelado a la ideologización: en 2012 Villarán habría tomado la decisión de aceptar aportes ilegales de campaña en nombre de una cruzada moralizadora para enfrentar una mafia. En realidad, esto más bien me suena a una retórica justificatoria de lógicas personalistas. No se trataba de salvar a la ciudad de una mafia (de haber triunfado el Sí a la revocatoria de Villarán la gestión de Fuerza Social igual habría continuado), se trató de salvar una gestión mediocre de un papelón político.

Este personalismo es el que explica la ruptura de la coalición de izquierda que la llevó al Municipio en 2010 tan temprano como en las elecciones presidenciales de 2011; el alejamiento de su núcleo más cercano en la campaña en contra de la revocatoria de 2013; el improvisado armado de una lista para una ilusa campaña de reelección en 2014; y la finalmente patética candidatura presidencial en 2016 con el Partido Nacionalista. Ese personalismo explica el aislamiento en el que ahora se encuentra.

Lo único rescatable en medio de esta triste historia es que la actuación de la Fiscalía y del Poder Judicial ha podido despejar las versiones de que habría una actuación selectiva y parcializada. La justicia está llegando para todos, y está muy bien que así sea.

¿Presidencialismo coyuntural?




En el debate sobre la reforma política, algunos críticos de la propuesta de la Comisión de Reforma Política señalan que existiría la intención de fortalecer el presidencialismo, y que ello sería consecuencia de haberse dejado llevar por la coyuntura política actual. Es decir, habría un ánimo contrario a la mayoría fujimorista del Congreso actual, por lo que la propuesta buscaría debilitar al Congreso y fortalecer al poder ejecutivo. Falso.

En la Comisión discutimos el problema de las relaciones entre ejecutivo y legislativo, y diagnosticamos que el diseño constitucional peruano actual podría caracterizarse como de un "presidencialismo parlamentarizado", en el que, contrariamente a lo que algunos colegas piensan, en un contexto de conflicto incontrolado, el diseño constitucional otorga demasiadas armas a las partes en conflicto, lo que estimula la conflagración, y además claramente inclinan la balanza a favor del Congreso y en contra del Presidente. Eso es un problema porque nuestro sistema es presidencialista, con un presidente electo directamente por voto popular por un periodo fijo de cinco años. Si el presidente enfrenta un Congreso adverso, no tiene herramientas suficientes para defenderse, lo que genera serios problemas de gobernabilidad. Una razón dentrás del quiebre de la democracia en 1948 y en 1968 es precisamente esa crisis de gobernabilidad. La literatura académica ha llamado la atención sobre los problemas asociados a tener presidentes sin mayoría, el drama del presidencialismo latinoamericano en contextos de multipartidismo y sistemas electorales de representación proporcional.

Contrariamente a lo que algunos colegas piensan, una mirada comparada de la Constitución peruana de 1993 muestra que los poderes presidenciales son menores, no mayores, a los de otras Constituciones de la región, por lo que urge atenuar el componente parlamentarizado de nuestro presidencialismo. Es un argumento que desarrollamos en nuestra propuesta. La propuesta responde pues a la comparación de nuestra Constitución con otras de la región, y al análisis de las crisis políticas de 1948 y 1968. No a la antipatía al fujimorismo. En 2005 publiqué un libro, Democracia sin partidos, Perú 2000 - 2005. Los problemas de representación y las propuestas de reforma política (Lima, Instituto de Estudios Peruanos), en el que decía precisamente eso. Así, el problema del autoritarismo fujimorista no estaba en la Constitución, si no en el hecho de que el fujimorismo tenía una mayoría parlamentaria abultada y un control corrupto de las instituciones. No se trataba por tanto de cambiar la Constitución para debilitar el presidencialismo. Por decir eso en 2005, algunos despistados me acusaron de fujimorista, por supuesto. Ahora, en 2019, por plantear exactamente lo mismo, ahora me acusan de plantear las cosas por tenerle tirria al Congreso de mayoría fujimorista. Ni no uno ni lo otro es cierto...

Una cita de mi libro:

“Otro de los debates que merece atención es el de la necesidad de cambios para combatir el supuesto "hiperpresidencialismo" del régimen político y el paso hacia un régimen parlamentario. Con esto estamos ante otra buena ilustración de un mal diagnóstico. En primer lugar, no está claro en absoluto que en el Perú la presidencia sea fuerte; por el contrario, la evidencia sugiere exactamente lo contrario. Si miramos los datos comparados presentados en el PNUD, 2004, la presidencia en el Perú aparece con poderes no legislativos muy bajos (el indicador contempla la existencia de voto de censura legislativa al gabinete y los límites que tiene el presidente para disolver el Congreso) y con poderes legislativos de nivel medio alto (indicador que contempla la existencia de vetos presidenciales parciales o totales, la facultad de expedir decretos, el mecanismo de aprobación del presupuesto, la existencia de exclusividad para introducir legislación sobre algunos temas y la facultad de convocar a plebiscito), lo que arroja un promedio medio bajo de poderes presidenciales formales, que se complementa, además, con un nivel medio bajo de poderes presidenciales partidistas (indicador que considera el control partidario sobre los legisladores y control partidario del Ejecutivo sobre su bancada en el Legislativo ). 

En términos generales, en cuanto a las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, es claro que en un caso de conflicto abierto de poderes, el Congreso tiene todas las de ganar. Lo que ocurre es que la evaluación del contenido de la Constitución de 1993 está distorsionada por la impresión que dejó un gobierno autoritario como el de Fujimori; el asunto es que la clave del autoritarismo no estuvo en las reglas del régimen, sino en el uso abusivo de una mayoría en el Congreso. Tanto es así que la misma Constitución hace ver al presidente Toledo débil y vulnerable frente a un Congreso que lo amenaza permanentemente con el fantasma de la declaratoria de vacancia, como consecuencia de la precariedad de su mayoría” (p. 88-89).